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4 junio, 2021 | Por

“¡La necesidad me llevó a aprender tanto!”

Martín Liendro es la cálida voz de bienvenida a La casa del tejedor en Salta. Un habilidoso y multifacético artesano que supo forjar su camino en una trama con la tensión justa entre las ansias de superación, la fuerza de voluntad y la creatividad.

Por Catalina Castro Almeyra

Viene de las alturas, de paisajes que se alzan a 2700 metros sobre el nivel del mar. Como si fuera un designio o una trama de nacimiento, su espíritu de superación también se eleva espigado y fuerte como los cerros que lo vieron nacer hace 48 años. Luracatao significa pueblo alto, y desde ahí, en el departamento de Molinos en Salta, Martín Liendro emprendió un largo camino hasta llegar en 2002 a La casa del tejedor, en Cachi. Así es como se la conoce a esa magnífica construcción de 1780, cuidada y restaurada, para albergar, además de a sus dueños, a turistas y telares.

Martín es el guardián de este refugio y, allí mismo, él también atesora un saber ancestral. Desde 2018, esta casa colonial funciona como hospedaje “y le pusieron la casa del tejedor por mí”, cuenta Martín entre la risa y el pudor. Habilidoso y tenaz autodidacta, su trabajo se reparte entre la hospitalidad con los turistas, el mantenimiento del lugar, que tiene también un llamativo jardín diseñado por Jackie Henderson, la dueña de casa, y los hilados y tejidos de ponchos, tapices y caminos.

La idea de los Henderson era además, la de motivar a los artesanos del lugar para que pudieran exponer y vender sus obras y objetos junto a los tejidos de Martín, brindándoles un espacio. Jackie, que es escultora y diseñadora textil, incentivó a los tejedores a usar otras paletas de colores, y les propuso también nuevos diseños, vistosos y fáciles de agregar en las valijas de los turistas.

La casa del tejedor, ubicada en Cachi, Salta recibe cálidamente a los turistas.

¿Dónde aprendió el arte de tejer? Martín cuenta: “Yo no vengo de una familia de tejedores, pero sí de un pueblo tejedor. En Luracatao había tejedores expertos. Los barracanes salen de ahí“.

“Yo no vengo de una familia de tejedores, pero sí de un pueblo tejedor. En Luracatao había tejedores expertos. Los barracanes salen de ahí”.

Gracias al gusto por los tejidos del francés José Dhont, administrador de una gran finca con muchas ovejas, había un fuerte impulso por estos textiles y mucha lana para hilar. La madre de Martín trabajaba en esa finca donde se hacían todo tipo de trabajos en telares manuales y telas como el picote y el barracán. Luego Dhont dejó la finca, pero siguió comprando hilo y estimulando los tejidos artesanales en la zona y Martín, ya de grande, también trabajó con él.

Edgard, su hijo, también aprendió el oficio observando a su padre. 

Tejer una historia

Creció bajo el techo de la casa de su tía abuela Julia. Ahí aprendió a cuidar las ovejas mientras las llevaba a pastar luego de ir a la escuela, y si había tareas las hacía, para después ponerse a hilar. “Era muy inquieto y quería hacer de todo”, relata. Quizá fue el límpido cielo que se recostaba en las laderas de las tardes silenciosas, o el tranco seguro y ascendente de los animales en el cerro, además de las enseñanzas de su abuelo, la combinación que en él se dio de voluntad e inspiración. Su sueño más grande había sido ser gendarme, y esperó poder entrar al servicio militar, pero el número bajo en el sorteo y un defecto en la columna torcieron sus aspiraciones.

La vida hilvanaría para él otros senderos. En su casa, solo había para lo esencial, y más acostumbrado al mote de maíz que al pan, quiso salir adelante por las suyas. “Si hacían pan casero, era para hacerlo durar una o dos semanas”. Tenía ingenio, curiosidad, voluntad y unas manos de potencia artesanal. Supo también aprender de otros maestros, además de los de la primaria. Como aquel que encontraba en la cancha de fútbol y que, junto a la habilidad deportiva, sabía enseñar lo que mejor hacía: buenas jugadas con los pies y, con las manos, estupendas piezas de telar. “Ignacio Morales tenía 27 años cuando murió de un paro cardíaco jugando a la pelota. ¡Era un telero que yo admiraba tanto!”.

Martín en su telar de dos pedales, donde elabora alfombras y tapices.

En su carencia, Martín no tenía las herramientas necesarias para aprender el oficio, por eso Ignacio lo ayudó para que él mismo se fuera haciendo con el material que tenía a mano. En su casa había unas bicicletas viejas y con los rayos de las ruedas hizo un peine de 30 centímetros para telar. “Se me desarmaba y ya me estaba dando por vencido, pero me dije, no, voy a hacer uno mejor”, recuerda.

–¿Y cómo salió ese otro intento?

–¡Me salió tan lindo! “¡Ahora sí!”, dije. Yo ya tenía once años y lo iba a mirar a él trabajar: cómo hacía los cruces, los enganches y los dibujos, él se daba maña para dibujar en la urdimbre y de ahí ir guiándose.

Así fue probando y aprendiendo poco a poco, solo mirando y afinando la técnica. Hasta que un día le llevó su trabajo a Morales, que le dio el visto bueno y lo animó a ponerlo en venta. “El primer tejido que hice y que vendí era una señora hilando”, comparte. Su carácter emprendedor lo fue empujando a aprender y a buscar nuevos caminos y oportunidades. “¡La necesidad me llevó a aprender tanto!”.

–¿Cuál es la diferencia entre el barracán y el picote?

–El barracán se teje sentado, se necesitan dos pedales y cuatro lizos, se necesita más hilo y se hacen unos dibujos que se llaman ojo de perdiz o rombo y espigado, y algunos otros más, en cambio el picote se hace con dos lizos. Son distintos estilos de trama y de urdimbre en el telar.

–¿Dónde compra hoy los hilos que usa para los tejidos?

–Yo los sigo comprando en Luracatao. Mi propósito es defender lo nuestro. Lo que yo ofrezco es todo artesanal, todo hilado y hecho a mano. Compro la lana y la tiño yo. Tenemos tintas artificiales y naturales.

–¿Con qué hacen las tinturas naturales?

–Se pueden hacer con cebolla, con la resina del algarrobo que sale de color marrón, con la cochinilla que es un insecto que se pega en las tunas y que saco de la huerta y tiñe color rojo.

Uno de sus hermosos tejidos: barracán teñido con cochinilla. 

Nunca dejar de aprender

A los 21 años Martín seguía tejiendo, pero quiso probar suerte en Buenos Aires. Le resonaban las enseñanzas de su abuelo, quien le decía que además del respeto y la educación, para progresar debía aprender a hacer muchas cosas. “Me acuerdo siempre de eso”, dice. Incansable peregrino para alcanzar sus sueños, tenía dos trabajos y alquilaba una pieza en el barrio de Constitución. Arrancaba muy temprano limpiando en un centro comercial y luego se iba al restaurante. “Entré en un puesto de limpieza, pero yo quería aprender a cocinar. En Buenos Aires aprendí todo sobre limpieza y cocina”. Pero extrañaba su telar y su espíritu inquieto necesitaba más espacio, más ocupaciones. Así que en el 2000, luego de seis años lejos de los cerros y los hilos de lana, volvió a su Salta natal.

Hoy su talento también se imprime en la madera y la piedra. Y, sobre los diseños de Jackie, va esculpiendo lo que luego serán las esculturas a las que ella les dará color y vestirá con piezas recortadas por el herrero Dino Moya, otro talentoso. Encargadas por un coleccionista alemán que se alojó en la casa, dos de estas esculturas fueron a parar a Grecia. Con la piedra, Martín realiza pavimentos con distintas figuras como la rana, el suri, el sol y la luna.

Las creaciones de piedra de este inquieto artesano destacan en el lugar. 

“A mí cualquier trabajo me viene bien. Puedo hacer esculturas en madera. Aprendí a tallar solo. Soy muy intranquilo. Pero el tejido no lo cambio por nada”.

–¿Cuál es su especialidad o lo que más disfruta tejer?

–Lo que más hago son alfombras y tapices. Ahora estoy haciendo varios pedidos. En 2019 por el hospedaje recibimos muchos extranjeros. Vinieron de España, Alemania, Francia, Holanda, Canadá, Inglaterra, vinieron de Corea, de China, de casi todo el mundo. Compraban acá y se lo llevaban. A mí cualquier trabajo me viene bien. Puedo hacer esculturas en madera. Aprendí a tallar solo. Soy muy intranquilo. Pero el tejido no lo cambio por nada.

El guardián, una escultura de madera creada por la dueña de la casa se ubica sobre el piso que realizó Martín. 

Fotos: Gentileza La casa del tejedor @lacasadeltejedor

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