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28 mayo, 2021 | Por

“La mujer rural pronuncia con resquemor la palabra feminismo”

Lleva la ganadería en la sangre y propone otras acciones para bajar el precio de la carne local. Promotora de la agrupación Mujeres Rurales Argentinas, apunta a visibilizar el rol de la mujer en la ruralidad y trabaja en protocolos para atender los casos de violencia de género en el ámbito rural.

Patricia Gorza supo desde pequeña que quería ser chacarera, como su papá. 

Por Lola López 

Patricia Gorza es productora agropecuaria en 9 de julio, provincia de Buenos Aires y el amor por lo rural le viene desde chica. Hasta 1985 (tenía 6 años), vivió en el campo, momento en que comenzó una inundación en la zona que obligó a su familia a mudarse al pueblo porque su casa había quedado como una isla en medio del agua.

Todo el mundo se acuerda del presidente Raúl Alfonsín sobrevolando la zona para ver cómo todo estaba inundado”, recuerda y agrega: “A partir de ahí, con mi familia vivimos en el pueblo pero de viernes a la tarde a domingo a la noche lo pasábamos en el campo, donde mi padre nos enseñó a mi hermana y a mí, desde muy chicas, a hacer todo: manejar autos, camioneta, tractor, cosechadora y hasta curar animales”.

Patricia cuenta que la frase de cabecera de su papá, que era ganadero y contratista (dueño de maquinaria agrícola al que contratan para cosechar y sembrar otros campos) era: “Todo lo que hacen los hombres en el campo lo pueden hacer ustedes”, algo que no resultaba muy común en la década del ochenta y que quizás fue la semilla para iniciar el grupo de Mujeres Rurales Argentinas impulsado por Patricia y del cual hablaremos más adelante.

Hoy, en su campo de 300 hectáreas, Patricia dedica 100 a producir maíz, trigo y soja, y las otras 200 hectáreas a la ganadería: cría vacas de la raza Angus tal como lo hizo su familia durante cuatro generaciones. Como esta charla transcurre en un momento donde la ganadería es noticia, debido a que se han cerrado las exportaciones de carne durante 30 días, la primera pregunta es obligada:

–¿Te afecta esta medida tomada por el gobierno nacional?

–En el aquí y ahora no, porque mi producción se comercializa en el mercado local, pero creo que es una medida equivocada porque genera una incertidumbre muy grande en todos lo que nos dedicamos a la ganadería, sobre todo teniendo en cuenta que una vez ya se cerraron las exportaciones para abaratar el precio de la carne en el mostrador y no funcionó. Y creo que hay otras formas para bajar el precio…

–¿Cómo cuáles?

–Hay montón de cortes que no vendemos afuera, como el asado. La Argentina exporta los cuartos traseros, es decir lomo, cuadril, bife ancho, entonces creo que podría haber algún acuerdo donde todos los integrantes de la cadena de la carne hagamos un esfuerzo para tener cortes a precios más bajos y que no sólo se le apunte al productor. También, por ejemplo, se podría eliminar el IVA y ahí ya habría una diferencia. Yo espero que alguna vez nos podamos sentar todos en una mesa a hablar y trabajar en políticas de largo plazo para la producción, y potenciar lo que tan bien hacemos, que es producir. Entiendo que culturalmente para el argentino la carne es muy importante y creo que es momento de que todos hagamos un esfuerzo, de que todos ganemos un poco menos para salir de esta crisis que estamos atravesando.

En su campo de 9 de julio, provincia de Buenos Aires, cría ejemplares de la raza Angus.

Carne argentina

Antes de pasar a otro tema, Patricia quiere aclarar un mito que circula con fuerza sobre la carne que consumimos los argentinos: “Primero, hay que saber que el 70% de lo que se produce se consume en el mercado interno y en segundo lugar, la carne que comemos es de tan alta calidad como la que se exporta. También es importante aclarar que de ese 30% que se exporta, el mercado chino –que hoy es de mucha importancia y sigue en crecimiento– se lleva las vacas que llamamos ‘de descarte’, que es un producto que los argentinos no consumimos, o sea que cerrar esa exportación no tiene sentido ni incidencia en nuestra mesa”.

“Entiendo que culturalmente para el argentino la carne es muy importante y creo que es momento de que todos hagamos un esfuerzo, de que todos ganemos un poco menos para salir de esta crisis que estamos atravesando”.

Desde muy chica supo que quería dedicarse al campo: “Creo que en mi familia tenemos la producción en el ADN”, dice entre risas y señala: “Hay una escena que quedó grabada en mi mente: una vez mi hermana y yo acompañamos a mi mamá a la peluquería y alguien nos preguntó qué queríamos ser de grandes. Mi hermana dijo que quería ser periodista (y apuntó por ahí) y yo recuerdo haber dicho ‘chacarera‘… y así fue”.

Pero esta mujer de 42 años hoy dedicada plenamente a la producción agropecuaria, también tuvo su adolescencia rebelde. Quizás muy rebelde: a sus 16 años se fue a vivir sola a una pensión en Buenos Aires. Allí trabajó de niñera, terminó el secundario y se puso de novia. A los 19, por circunstancias familiares, volvió a 9 de julio para vivir directamente en el campo. Se casó con su novio de entonces, un muchacho bastante urbano que “sufría muchísimo el campo”, con quien tuvo dos hijos y, aunque más tarde se separaron, hoy los une una gran amistad. “Ahora me doy cuenta de lo difícil que fue para él, porque el campo te tiene gustar, si no, no se aguanta”, reflexiona.

–Además de tu trabajo en ganadería sos la impulsora de Mujeres Rurales Argentinas (MRA) ¿Cómo surgió la idea?

–Siempre hubo grupos de mujeres del ámbito rural que hacían distintas cosas; de hecho mi mamá participaba en uno de los primeros, allá por los años 80. Pero estaban casi siempre más relacionados al rol tradicional de la mujer, como la elaboración de conservas y otras actividades de ese estilo. Mujeres Rurales Argentinas nace de un encuentro provincial realizado en Saladillo en 2019, donde fuimos varias mujeres y entre mate y mate empezamos a charlar y pensamos que queríamos armar algo nosotras, un lugar donde nos sintiéramos representadas. Comenzamos como un grupo de WhatsApp que luego fue creciendo con el boca en boca y hoy somos mujeres de todo el país.

Junto a otras mujeres rurales lidera la agrupación MRA, un movimiento para construir un escenario más equitativo. 

–¿Cuál es el objetivo de MRA?

–La visibilización de la mujer rural real, la que vive en territorio, la que está en la “diaria” de la ruralidad. No se trata sólo de dueñas del campo, sino de todas: la ingeniera agrónoma, la veterinaria, la docente, la huertera o la compañera de un peón rural, cuyo trabajo no está reconocido por nadie. La mayoría del público urbano cree que la mujer rural es una mujer con capelina rodeada de vacas, pero somos todo un universo de mujeres. El otro objetivo es luchar por los derechos y la equidad dentro del mundo rural, como el acceso al crédito, blanquear a las trabajadoras rurales y toda la economía de las mujeres, porque en MRA concebimos el empoderamiento a través de la libertad económica, que cada mujer genere su propio ingreso.

–¿En qué consiste el feminismo rural que plantean?

–Está en construcción, vamos aprendiendo escuchándonos entre nosotras para saber cómo lo vive cada una. Creo que en esto no hay “grieta” con lo urbano, porque todas hablamos de lo mismo: libertad económica, derechos, igualdad de sueldos, compartir tareas del hogar… Lo que difiere es la forma de plantearlo.

“Mujeres Rurales Argentinas nace de un encuentro provincial realizado en Saladillo en 2019 donde fuimos varias mujeres y entre mate y mate empezamos a charlar y pensamos que queríamos armar algo nosotras, un lugar donde nos sintiéramos representadas”.

–¿En qué sentido?

–La mujer urbana parte de una lucha que ya tiene un montón de conquistas logradas. Por ejemplo, no le tiene miedo a la palabra feminismo, mientras que la mujer rural todavía la pronuncia con cierto resquemor, porque parece que ser feminista es ponerse a revolear el corpiño o ser “antihombre”, tal como se ha construido el estereotipo. Por eso es que estamos trabajando para cambiar ese prejuicio y reivindicar el feminismo como bandera de derecho a la igualdad.

–¿Cómo reaccionan los hombres con todo esto?

–Hay un avance en los varones pero sigue siendo difícil y lento. Nosotras no somos muy bien vistas en el mundo masculino del agro; nos han acusado de hacer política partidaria por ser feministas pero justamente nuestra riqueza es la diversidad, ya que hay desde militantes del Pro hasta de la Cámpora, desde la agricultura convencional a la agroecología, de grandes productoras a trabajadoras rurales o pequeñas emprendedoras, porque lo que nos une no es la política partidaria ni el tipo de producción, nos une el ser mujeres y transitar situaciones comunes.

–¿Qué es lo que más cuesta cambiar?

–Hay realidades muy diferentes, no es lo mismo la mujer de la región pampeana que la del norte del país o de la Patagonia profunda, pero sí hay algo que atraviesa a todas las mujeres rurales todos los sectores sociales: la violencia de género. En eso estamos trabajando mucho, por ejemplo en los protocolos, porque los que hay son urbanos: se le dice a la mujer agredida que vaya a la comisaría a hacer la denuncia, pero en el campo la mujer suele estar lejos y tendría que pedirle a su propio agresor que la lleve a hacer la denuncia… Otro tema es que la policía rural no tiene protocolos acerca de cómo actuar en estos casos, entonces logramos avanzar con el Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, en un protocolo para estos casos y para formar a los agentes de seguridad rural acerca de cómo proceder. Esto es muy importante, porque creemos que este protocolo nos va a dar la posibilidad de pedirlo en todas las provincias.

Su jornada laboral incluye largas horas realizando trabajos en la tierra de la mano de su compañero infaltable: el mate. 

Mujeres que habitan el campo

Otra de las iniciativas fuertes de MRA es que, junto al Banco de la provincia de Buenos Aires y al Banco de La Pampa, están trabajando para sacar una línea de crédito especial para mujeres rurales pensadas, justamente, para sus necesidades. “La mujer no va a pedir un crédito para comprar una cosechadora, pero sí para comprar una computadora para vender sus productos online”, detalla Patricia. También están organizando, entre otros, cursos sobre herramientas financieras.

“Estamos trabajando en los protocolos de violencia de género, porque los que hay son urbanos: se le dice a la mujer agredida que vaya a la comisaría a denunciar, pero en el campo la mujer suele estar lejos y tendría que pedirle a su propio agresor que la lleve a hacer la denuncia…”.

Más allá de las acciones puntuales, cada una –de forma personal y en grupo– sigue trabajando en su propia deconstrucción en cuanto a lo que se espera de una mujer. Por ejemplo, empezar a dejar de lado la idea de que es la mujer quien tiene que hacerse cargo de todo en la casa. “Pero, claro, es un proceso muy lento y donde hay ir con cuidado hasta con las palabras, porque estamos deconstruyendo algo que está muy arraigado y si una va demasiado rápido muchas salen corriendo”, grafica.

Patricia dice que, según el Foro Económico Mundial (WEF), al ritmo que vamos en el mundo va a llevar más de 100 años alcanzar la paridad y esos números interpelan a MRA para profundizar las acciones, los debates y llegar a cada rincón de país. “En eso estamos y aún hay mucho por hacer, porque los números del Censo Agropecuario 2018 son muy elocuentes: solo en el 21% de los establecimientos productivos agropecuarios figuran mujeres como propietarias o socias y en los puestos de la dirigencia del sector apenas hay un 5% de mujeres”.

-¿Y qué hace falta para que haya más?

-Que las mujeres se animen a salir a la esfera pública a ganar su espacio, a tomar protagonismo. Ese es, para mí, el camino del feminismo.

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