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9 agosto, 2013 | Por

ROMINA PAULA La elegida del teatro off

Compartimos hoy un extracto de la nota de tapa de la edición de agosto, una entrevista a la escritora, dramaturga y directora de teatro Romina Paula. Con sólo 34 años, Romina es una de las protagonistas más creativas de la escena cultural contemporánea. Actúa, dirige, escribe, y cosecha elogios por todas partes, pero se lo toma con calma y naturalidad. No te pierdas nuestra galería de fotos exclusiva de Sophia online. Por Agustina Rabaini. Fotos: Sol Levinas.  

A los 34 años, Romina Paula no se anda con chiquitas. Dramaturga, escritora, directora de teatro y actriz, la fundadora de la compañía de teatro El silencio se animó a adaptar El zoo de cristal, de Tennessee Williams, en la pieza El tiempo todo entero y ahora dirige Fauna, una obra que rescata la figura de una escritora que, décadas atrás, se vestía de hombre para entrar a lugares que les estaban vedados a las mujeres, entre ellos, un círculo de poetas universitario.

A ocho años de su obra debut (Si te sigo me muero, 2005), sus trabajos traspasaron las fronteras de las salas de teatro off local para proyectarse en escenarios del mundo. Y sostienen un universo personalísimo, donde ella reúne sus mayores intereses; el universo del teatro, los textos de grandes autores y poetas, y el tema de los vínculos: de pareja, entre hermanos, y de padres a hijos.

Al verla sentada en su silla de directora mientras transcurre Fauna, podría decirse que Romina Paula anda por la vida un poco sorprendida de que la juventud, acompañada de talento, sea vista como una virtud en sí misma. No parece jactarse del título de “gran dramaturga joven” que le atribuyen y así va, más concentrada en el proceso y en su fascinación por buscar e investigar que en el resultado.

Luego de crecer en el barrio de Beccar junto a sus padres –él, ingeniero; ella, profesora de Educación Física–, y a sus dos hermanos, con los años Romina adquirió una sólida formación actoral –estudió con Ricardo Bartís, Alejandro Catalán y Pompeyo Audivert–. Y hoy también trabaja como actriz en películas de cine independiente, como El estudiante, el mejor film argentino para la crítica nacional en 2012. Lo que más la alegra, en cualquier caso, es ver a sus antiguos profesores de la carrera de Letras de la UBA –que cursó y no terminó–, entrar a la sala para ver Fauna y poder compartir el viaje de creación colectiva que da sentido a este encuentro-evento cultural que sostienen entre amigos los sábados y domingos en el Espacio Callejón. “Con mis compañeros, antes de estrenar, ensayamos durante meses y esa etapa es fundamental; son días en los que, sin escenografía, bajo una luz fría, estamos solo los actores, el texto y yo”.

Todavía recuerda la conmoción que le produjeron las primeras obras, como El corte o Máquina Hamlet, dos recordadas puestas del teatro off  local que vio cuando tenía 20 años: “Antes de salir del secundario, creí que iba a seguir un camino académico y me anoté en Letras. Cursé la carrera durante un tiempo, pero un día mis amigos pasaron a ser los de las clases de teatro y se me abrió una puerta que fue un viaje de ida, un mundo de experimentación que me tomó por completo. Con el tiempo, tuve la suerte de dirigir mi primera obra, Si te sigo me muero, en el Espacio Callejón. Y ya no me alejé más.

¿Qué era lo que te conmovía tanto del teatro?

La posibilidad de vincularme con otros. Hasta entonces, desde un lugar más introvertido, en la adolescencia me había refugiado en los libros; leía sin parar. Fui al mismo colegio alemán desde el Jardín hasta terminar el secundario y tuve una vida bastante estable. A los 17 años, empecé a venir a Capital para estudiar y descubrí la vida de ciudad. Hasta hoy me encanta que haya gente las veinticuatro horas del día en la calle y los transportes públicos me fascinan. Cuando viajo, siento algo parecido a la sensación del teatro, donde convivís con gente desconocida en un evento único y después cada uno se baja del colectivo y ya está, a otra cosa. Me gusta esa proximidad que se da, ese modo de compartir que respeta la intimidad del otro…

En el teatro encontraste compañía nueva y estimulante…

Sí, a los 22 años me vine a vivir a Capital, a un PH en Parque Centenario con unos amigos. En esa época  tomaba clases, leía y escribía, iba al teatro. Fue una época efervescente, todo bullía mucho. Con los compañeros de teatro durante la semana ensayábamos, armábamos escenas, y así fui empezando. Un poco antes, a los 21, debuté en una versión de El padre, de Strindberg, en el Sportivo Teatral. Después hice otras dos obras más con dirección de Gonzalo Martínez. Y a los 26, estrenamos Si te sigo me muero, mi primera obra como directora.

Después nació El silencio, tu propia compañía de teatro, y se juntaban a ensayar en una terraza de Boedo. ¿Cómo es el proceso de ensayo e investigación que llevan a cabo antes de estrenar?

Es interesante; a todos nos importa mucho el proceso. El otro día hablaba con Cynthia, una amiga que conozco desde la escuela de Bartís, con la que damos un taller de escritura de teatro y narrativa. Le decía que a veces veo chicos muy jóvenes demasiado preocupados por la visibilidad que puedan tener sus textos. ¿Cómo pueden escribir pensando en dónde lo van a publicar? Nosotros nunca trabajamos así; lo que hacíamos, lo hacíamos por necesidad, probábamos, volvíamos a probar. Mi amiga me decía que tal vez este apuro por publicar tenga que ver con las redes sociales, donde rápidamente podés tener una visibilidad. Lo que yo digo es que, aunque tengas una cantidad de lectores garantizados, es importante entender antes qué querés decir y cómo lo vas a decir.

¿Con los años tenés más conciencia de que hay otro ahí mirando?

Sí, con el tiempo, el teatro se convirtió en mi profesión y lo tomo con otro rigor o seriedad. Pero es raro porque desde la primera obra que hicimos juntos con la compañía, Algo de ruido hace, ya había  una valoración muy fuerte del trabajo en grupo y del proceso. Desde el minuto cero, la cosa debía tener una consistencia. Para nuestros maestros de actuación, el teatro era la vida entera. Ellos dirigen sus propias obras, no paran de pensar en el teatro y, además, dan clases. Era estimulante ir a esas clases y después juntarnos con amigos  a ensayar, a investigar.

¿Te sentís más dramaturga, escritora o actriz?

Actriz es lo que menos soy. Me gusta mucho el cine y disfruto de actuar en las películas. En estos años el teatro y el cine independiente han estado muy conectados y colaboramos unos con otros. De cualquier manera, sobre todo, siento que escribo y que dirijo. Necesito concentrarme cada vez más.

¿Cuáles son los temas que más te convocan para escribir?

Gran parte de lo que escribo tiene que ver con mi experiencia y hay algo que está en todos los textos; cierta  preocupación acerca del amor. Una necesidad de definir sentimientos o de tratar de entenderlos nombrándolos. Me refiero al amor en un sentido amplio, porque también me interesan los vínculos familiares. Cuando escribo, busco un interlocutor. Digo: “¿Esto es así o será de otra manera?”. Uno escribe para poder comunicarse, para sentirse menos solo. En el teatro por un rato no estás solo, sino acompañado por gente compartiendo una misma vibración. Es muy poderoso eso.

La muerte es otro tema recurrente en Fauna y en Agosto, y llama la atención que lo abordes, siendo tan joven…

En estos años tuve experiencias relacionadas con la muerte. Cuando tenía 16, murió un familiar muy cercano y hace tres años también falleció mi papá… Cuesta saber de qué manera me impactaron esas pérdidas, pero lo que es seguro es que con la muerte hay un estado de las cosas que cambia de golpe, rotundamente. Frente al duelo, te quedás aferrado al dolor o seguís adelante. Es extraño, porque una muerte cercana a una edad temprana también puede imprimirte una especie de shock de vitalidad. Hasta cierta edad, yo era melancólica, para adentro, y de pronto salí al exterior, a encontrarme con otros. De cualquier manera, la muerte es un tema interesante en sí mismo, más allá de lo que te haya pasado con eso.

En tus textos también aparece algo de lo femenino y de la condición de la mujer. ¿Por qué decidiste contar la historia de una mujer fuerte como Fauna? Y su hija María Luisa, ¿se llama así por María Luisa Bemberg?

La pregunta sobre el lugar de la mujer o sobre qué es femenino y masculino me convoca especialmente. ¿Qué define cada una de esas cosas? ¿Cuál es el consenso respecto de eso? ¿Cómo se comportan hombres y mujeres? Veo a los hombres de Fauna y tienen atributos muy femeninos… Hay una combinación de cosas que no es polarizada sino compleja, muy cambiante. Y sí, una de las presencias iniciales de la escritura de Fauna fue María Luisa Bemberg. Leí cosas sobre ella, vi entrevistas. Y también investigué las vidas de otras mujeres apasionantes, como Concepción Arenal o la escritora Agatha Christie. En 2013, el concepto feminista que encarnaban ya no me representa del todo, pero igual quise hacerles un pequeño homenaje. Lo que me interesa a mí hoy es pensar acerca de lo femenino que existe tanto en los hombres como en las mujeres.

¿Cómo ves a los hombres en este momento en el que, ante la salida rotunda de la mujer al mundo exterior, tratan de encontrar un lugar nuevo y muestran sentimientos y cambian pañales?

Para los hombres que se adaptan a esta nueva realidad, debe de ser liberador que ya no se espere de ellos todas esas pavadas que se esperaban desde un lugar más machista. Y a nosotras hay algo del lugar relegado de la mujer en lo social que, durante un tiempo, nos dejó a salvo de ciertas cosas. Esta idea de que no se esperaba mucho de nosotras. También estamos acomodándonos. Tengo un hermano varón más chico y creo que tuve una libertad distinta que él a la hora de elegir mi carrera. Cuando interrumpí la Facultad de Letras, mis padres deben de haber pensado: “Por ahí se casa; es mujer, ya se va a casar, va a tener hijos”. Con mi hermano, en cambio, el tema se jugó distinto. Y eso que él quiso estudiar Profesorado de Educación Física, como mi mamá.

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