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22 febrero, 2021 | Por

Juanita Canteros: “Mi primer acto de rebeldía fue hablar guaraní”

Nació en el paraje Curupaity de San Miguel, Corrientes y hoy es una líder comunitaria que mantiene vivo el idioma de su niñez, recibe a los turistas que llegan a conocer Iberá y lleva adelante un espacio que promueve la lectura, llamado Ñemity (“semilla”). Y todo con una forma de hablar cantarina que dan ganas de quedarse cerquita de ella.

Por Lola López. Fotos: José Aguirre 

Juanita vive en San Miguel, en los (hoy) famosos Esteros del Iberá de la provincia de Corrientes. Y como muchos de sus coterráneos, hubo un tiempo en que dejó el pueblo para irse “allá ité” (“lejos”), o sea a Buenos Aires. Pero a diferencia de muchos otros, un día Juanita decidió volver, porque siempre supo que su lugar era en su tierra. Y así, junto a su esposo José, volvieron a San Miguel, que ahora ofrecía otras oportunidades laborales al haberse convertido en un destino turístico nacional e internacional.

Fue en 2015 cuando nuestros caminos se cruzaron: yo había ido al Iberá a hacer una nota de ecoturismo y parte del recorrido era tomar una merienda con productos locales. Esa merienda fue en su casa y todo lo que comimos (nuevo para mi paladar y delicioso a la vez) había sido hecho por ella y José, que era pastelero y que salía a vender pan casero a caballo por el pueblo.

Lo que yo no sabía (Juanita me lo acaba de contar para esta entrevista), es que ese fue su primer “servicio de té”, que desde ahí no paró y que hoy recibe visitantes de todo el mundo. Su casa, llamada Koé Mimbí (“amanecer brillante”), fue uno de los primeros lugares en abrir las puertas al turismo en San Miguel y gracias a ese ir y venir, Juanita ya tiene más de 15 hijos del corazón entre toda esa gente que para en su casa. Tan fuertes son los lazos de cariño que se establecen, que cuando hace poco hizo una remodelación fueron varios de estos “hijos” quienes tomaron la posta para llevarla a cabo con sus propias manos.

¿Por qué hablar guaraní era un acto de rebeldía cuando eras chica?

–Porque me lo prohibían. Mi abuela nos decía que si hablábamos guaraní no íbamos a poder leer en la escuela; pero a mí me encantaba, fue mi primera lengua. Yo vivía con mis abuelos en el campo y a la noche los escuchaba hablar entre ellos, compartiendo cosas, organizando el día siguiente y todo era en guaraní.

Pero, ¿cuál era el problema con ese idioma?

–Que estaba mal visto. En la escuela no se permitía y te tenían como “menos”, como que uno era ignorante. Aún hoy, que han cambiado muchas cosas, esto a veces sigue ocurriendo porque la gente tiene vergüenza de hablar guaraní. Pero yo siempre saludo en guaraní y cada vez que puedo, hablo y les hablo a los que sé que hablan.

¿Todavía lo hacés como una rebeldía?

–Es algo más. Es que al compartir el idioma nos identificamos y sentimos que esa es nuestra raíz, nos sentimos iguales. Yo amo respirar la tierra, vivir en el campo y siento que está todo relacionado: nuestra comida, nuestra manera de ver las cosas. Uno en el campo y en la naturaleza ve las cosas distintas.

¿Por eso te volviste de Buenos Aires?

–Sí, porque lo que uno aprende de chico es lo que queda y en mi caso fue el campo. Cuando uno sale al mundo y empieza a comparar, se revaloriza más aún la niñez. Y mi esposo pensaba igual, los dos éramos de acá; siempre supimos que íbamos a volver a Corrientes. Y tomamos la decisión cuando nuestros dos hijos ya eran grandes y tenían su vida armada en Buenos Aires.

“Al compartir el idioma nos identificamos y sentimos que esa es nuestra raíz, nos sentimos iguales. Yo amo respirar la tierra, vivir en el campo y siento que está todo relacionado: nuestra comida, nuestra manera de ver las cosas. Uno en el campo y en la naturaleza ve las cosas distintas”.

¿Es cierto que jugaste al fútbol en River?

–(Risas) La verdad es que yo jugaba al futbol acá, en mi pueblo, desde los 12 años; iba siempre antes de ir a la escuela. Un día la llamó la directora a mi mamá para decirle que yo llegaba sucia y transpirada a las clases y ahí se armó, porque mi mamá no sabía lo que yo hacía. Cuando me preguntó por qué no le había dicho nada, le dije la verdad: “Porque vos no me ibas a dejar”. Y así era, no me dejaba porque decía que yo era “machona”.

Entonces te sacaste el gusto de grande…

–Es que nunca dejé de jugar. En Buenos Aires jugaba futbol de salón y ahí iba gente de los grandes clubes. Un día se me acercó un señor y me dio una tarjeta. Yo la guardé y cuando llegué a casa (ya tenía más de 30 años y a mis dos hijos) le conté a José lo que había pasado y que le iba a decir que no. Pero entonces mi hijo me dijo: “Mamá a vos te encanta jugar, andá y fijate”. Y así fue: fui a River y jugué cinco amistosos en cancha grande. El tema es que vivía en zona sur y el club me quedaba muy lejos, pero a la vez quería seguir jugando. Entonces me metí en el equipo de fútbol de Remedios de Escalada, mi barrio, ¡y hasta fui capitana en 1994! Me encantaba porque ahí participaba toda la familia, cada uno en sus actividades.

¿Y cómo fue volver a San Miguel después de toda esa adrenalina?

–Muy bueno, era lo que queríamos. Cuando volvimos, con José empezamos a armar nuestra casa y surgió la idea de brindar comidas, desayunos y meriendas, con mate cocido a la vieja usanza (con yerba y que se cuela), con tortas con cascaritas de naranjas, panes, tortitas de avena y miel, mermeladas de mango y de guayaba. Y todo eso les encanta a los turistas.

¿Qué es lo que más les gusta?

–Se maravillan con el lugar… Pero a lo mejor es porque yo amo mi tierra (risas). Ellos se fascinan con el verde, con el agua, con los animales. Es que San Miguel está en el corazón del Iberá, es un portal privilegiado a la naturaleza cuidada. Ahora tengo también una biblioteca, así que acá se quedan si llovió mucho y no pueden salir. Antes también hacíamos cabalgatas…

“Cuando volvimos, con José empezamos a armar nuestra casa y surgió la idea de brindar comidas, desayunos y meriendas, con mate cocido a la vieja usanza (con yerba y que se cuela), con tortas con cascaritas de naranjas, panes, tortitas de avena y miel, mermeladas de mango y de guayaba. Y todo eso les encanta a los turistas”.

¿Ya no?

–No, porque José ya no está. Los dos nos potenciábamos, éramos un equipo y disfrutábamos mucho de lo que hacíamos; él fortaleció mis alas para que yo pudiera crecer, siempre me apoyó en todo. Ya hace tres años que falleció, pero lo siento presente… Sobre todo cuando estoy por tirar la toalla. Por ejemplo, hace un tiempo se me había perdido una yegua y aunque la busqué por todos lados no la podía encontrar. Porque eso ocurre, ¿sabés? Acá todavía pasa que cuando una se queda sola hay machirulos que creen que te van a pasar. Pero yo les hablo en guaraní y les digo que crecí entre caballos y que no los voy a perder así nomás.

¿Y qué pasó?

–Con lo de la yegua me sentía muy mal porque con José también nos unía el amor por los caballos y perderla me puso triste, como que se me iba parte de ese amor, y ya estaba pensando que tenía que irme, cambiar, buscar un nuevo lugar. Eso les estaba diciendo a mis hijos del corazón que andaban por acá y de pronto alguien golpeó las manos afuera; salí a ver y era un señor que venía a avisarme que mi yegua estaba en un campo cercano. Ahí nomás me olvidé de toda la tristeza y salí a buscarla. Y sí, era ella. La pude recuperar.

¿Ahora cómo sigue todo?

–Trabajo desde los 12 años, siempre quise ser independiente; para mí no existe eso de “no puedo, no tengo o no sé” porque estoy convencida de que en el camino hay muchas personas que nos van a ayudar. Por eso, además de hacer comidas tengo un taller de lectura para niños, para que sepan que son dueños de su vida, porque lo que uno escucha y ve de chico es lo que queda.

Como el guaraní y el amor por la tierra, en tu caso…

–(Sonríe) Así es. Yo hice muchas cosas en contra de lo que se esperaba de mí y así aprendí mucho también, como a ser feliz a pesar del dolor. La niñez es un momento determinante en nuestras vidas, por eso hay que hacer cosas lindas para que queden en quienes nos rodean. Yo tenía grabadas adentro mío esas hermosas conversaciones entre mis abuelos, junto al fuego, y eso mismo hacíamos con mi amado José todos las noches antes de irnos a dormir: hablábamos de lo que había pasado en el día y planificábamos lo que íbamos a hacer al siguiente. Siempre juntos en todo. Fue demasiado lindo vivir con él.

Descubrí más sobre Juanita Canteros en www.facebook.com/koemimbi

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