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6 junio, 2022 | Por

Juan Carlos Kreimer: «Soy un militante del pacifismo interior»

Luego de presentar su nuevo libro, el periodista, escritor y referente de la contracultura de los años 70, nos recibe para conversar sobre eso que tanto importa: el arte de crecer humanamente y de aprender a habitar realidades simultáneas.


Juan Carlos Kreimer es uno de los grandes referentes de temas filosóficos y espirituales de nuestro país.  

Por Luz Martí

Conversar con Juan Carlos Kreimer —periodista, escritor y referente de la contracultura de los años 70— es siempre un placer abierto a descubrimientos acerca del mundo y, valga el guiño, de “uno mismo”. Su mirada espiritual y filosófica, aguda y concreta sobre la vida desde el aquí y ahora, atravesada por la búsqueda incesante de la paz interior y una larga experiencia de ciclista urbano, lo sumergen en una meditación con la que logra contactar conocimientos sólo alcanzables a través de una profunda escucha del propio ser.

También es mi vecino y lo conocí por casualidad. Nos vemos casi todas las mañanas, cada uno escribiendo en su computadora en el mismo bar de barrio, tranquilo y sin glamour, con ventanas a una plaza verde donde florecen las tipas y los jacarandás. Fui lectora de su revista, Uno Mismo, y de sus libros de la colección Para Principiantes, de la que dice “vendía liebre por gato”, porque trataba temas serios y profundos bajo la forma de comics atractivos y fáciles de seguir.

Acaba de publicar El artista como buscador espiritual (La llave), un nuevo trabajo que sintió una inmensa necesidad de escribir y donde entrelaza la existente afinidad entre conceptos como inspiración, conciencia, atención, significado y propósito, al tiempo que se pregunta cuál es el aporte del arte a este presente tan incierto. Su libro es, como dice el psicólogo y escritor Joan Garriga, un mapa para ayudarnos a caminar más despiertos y conscientes en el viaje de la vida

—Tus temáticas muy están ligadas a la espiritualidad. ¿Sos religioso?

—No, pero soy un militante del pacifismo interior, que es el verdadero sentido del discurso del «Paz y Amor» de los 60, con su manera de seguir propuestas propias y de no adherir ciegamente a las posturas del statu quo. Me interesan las filosofías más que las religiones. Me atrae el pensamiento y la inmensa riqueza que podemos alcanzar a través del contacto directo con la profundidad de nuestro ser. Mis padres eran muy lectores: Krishnamurti, Erich Fromm, Víctor Frankl, Simone de Beauvoir y Albert Camus llenaban la biblioteca de casa. De adolescente me sentía atraído por temas que hablaban de que la realidad no era sólo aquello que veía a simple vista. Eso me nutría. En casa pesaba más la formación y el estudio que el comercio. De grande, todo ese material me abrió la cabeza para abordar los temas espirituales y filosóficos con curiosidad de buscador, sin temor.

En su nuevo libro El artista como buscador espiritual, el periodista y escritor nos llama a buscar una conexión con el arte 

—¿Qué te despertó la necesidad de detenerte en la búsqueda interior? ¿Cuándo sentís que apareció eso en tu vida?

—A lo largo de mi infancia y adolescencia fui registrando distintos mundos que me impactaban. A los seis o siete años empecé a ir a pasar las vacaciones a San Luis con la empleada de casa y su familia. Me recibían con todo el cariño del mundo y me aceptaban tal cual era. En ese ambiente empecé a notar que había otros entornos que me resultaban placenteros. Los acompañaba a misa los domingos y reconocía otro universo simple, feliz y agradecido, puro en cierto modo, cuando lo valioso en esa época —y eso lo entendí de mayor— era ser un progresista ateo. Descreer de todo lo que no fuera racional, comprobable, cuantificable.

—¿Cómo fue el proceso hasta decidirte a jugarte por escribir sólo acerca de lo que realmente te interesaba?

—Hasta los veinticinco años mi vida se desarrollaba en dos mundos: investigando a fondo mis intereses y, a la vez, trabajando como periodista en la Revista Claudia y medios gráficos donde tenía como compañeros a Rodolfo Walsh, Olga Orozco y Tomás Eloy Martínez, que fueron mis mentores y de quienes aprendí el oficio. (N. de la R.: A Walsh y Eloy Martínez los tuvo de compañeros en Panorama y La opinión). La revista pertenecía a editorial Abril, propiedad de César Civita, un exilado italiano, cineasta formado con Vittorio De Sica. Ahí me permitían escribir acerca de fenómenos que empezaban a aparecer en la sociedad de esa época y que yo conocía e investigaba por intereses personales y generacionales, como el rock nacional, ciertas temáticas consideradas un poco under: los Beatles y el hippismo, lo contracultural.

—Junto a otros compañeros de los años 60 sembraste ideas revolucionarias para el momento, como la ecología, la meditación y el yoga, que hoy son insoslayables en la conciencia de la humanidad.

—Éramos un grupo rebelde, pioneros casi sin darnos cuenta, donde cada uno tenía sus propios intereses y sus actividades, pero con una mirada común: Hay otra forma de ver el mundo y de vivir. Sobre todo fuimos fieles a nosotros mismos, más allá de los discursos dominantes de la época. En ese grupo había gente como Pipo Lernoud, poeta y precursor de la agricultura ecológica y Miguel Grinberg, uno de los nombres más importantes de la contracultura argentina, que comprendió la dimensión del rock nacional y fundó con Antonio Dal Masetto la revista Eco Contemporáneo, destinada a difundir vanguardias literarias y poéticas del continente americano en una Buenos Aires “demasiado europeizada”, según el mismo Grinberg.

–En Europa escribiste el libro Punk, la muerte joven, por encargo de una editorial española y fue un enorme éxito. Después llegó otra publicación icónica en la Argentina.

–Estaba en Londres y me pidieron escribir un libro acerca del Punk en veinte días. Yo necesitaba plata y conocía ese fenómeno reciente, un poco atemorizante para la sociedad, que eran esos chicos pintarrajeados del Punk. Vivianne Westwood, madre de la estética punk en la moda londinense y su marido, Malcom Mc Laren, representante de los Sex Pistols, me facilitaron el acceso a ese submundo. Aquí convendría una pregunta tuya, Luz. Tipo: ¿Cómo fue el paso del punk a lo natural, al sacar lo mejor de sí, al buscarle sentido a la vida? Tiempo después, en Buzios, Brasil, nace la idea de tirarme a la pileta escribiendo sólo acerca de los temas que me interesaban y aparece la revista Uno Mismo. Iba dirigida a un público atento a temáticas como la búsqueda espiritual, el yoga, la alimentación sana y la medicina alternativa, que buscaba leer experiencias reales, contadas en primera persona. Nada de teorías. Escribí y pedí que escribieran sobre lo que realmente les pasaba a cada uno.

–Nhat Hạnh fue un monje budista zen, escritor, poeta y activista por la paz vietnamita nominado por Martin Luther King para el Premio Nobel de la Paz. En 1972 se convirtió en refugiado político en Francia por su oposición a la guerra de Vietnam. ¿Qué significó Nhat Hanh en tu vida?

–Lo conocí en Francia, en Plum Village, donde tenía su centro. Yo era un gran admirador de su postura y de su obra y quería editar en Argentina dos de sus primeros libros Momento Presente, momento maravilloso y El sol de mi corazón. Los consideraba imprescindibles para abrir caminos hacia la interioridad. Los traduje y publiqué acá antes de que su nombre fuera conocido.

¿Qué es el «budismo comprometido» del que habla Nhat Hanh?

–Según él, la idea de la felicidad completa es peligrosa porque en ausencia de dolor y de sufrimiento, la comprensión y la compasión son incompletas. Es ingenuo pensar en la existencia de un lugar sin sufrimiento. Precisamente, el camino que conduce a la cesación del sufrimiento pasa por atravesar el propio y acompañar a otros en los suyos.

–Has escrito más de veinte libros y a los 77 años seguís siendo un constante transreceptor y transdifusor de tus descubrimientos e ideas. Acaba de salir un nuevo título. ¿De qué trata?

El artista como buscador espiritual habla sobre la necesidad de practicar cualquier arte, incluso la de observarlo, como búsqueda de sentido para la vida. Cada día más personas sienten una necesidad quizá no muy clara de contactar con estados artísticos, porque, como explico en uno de los capítulos (El ser busca quien lo exprese”), a través de alguna expresión artística pueden lograrlo. Desde hace algunos años vengo experimentando esta teoría con talleres para animarnos a acceder a aquello que no sabemos que tenemos y hacerlo, no desde la creatividad y la búsqueda del resultado, sino desde el permiso de expresarnos y desde la vivencia misma.

«Es ingenuo pensar en la existencia de un lugar sin sufrimiento. Precisamente, el camino que conduce a la cesación del sufrimiento pasa por atravesar el propio y acompañar a otros en los suyos».

–La meditación ocupa un lugar preponderante en tu vida. ¿Es fácil meditar?

–Son muy simples la meditación y la respiración consciente y cualquiera puede hacerlo, sólo hace falta valor para abrirse a los mundos que se te presentan, sostenerlo en el tiempo y admitir que esos mundos también son reales y están en uno. Perder el miedo de entrar allí ya es acercarse al arte: contactás con ellos y, como en todo, podés tomarlos o dejarlos. El artista los toma y los convierte en su obra. Quien no lo es, también puede tomarlos y expresarlos a través de su forma de vivir. Muchos creen que la meditación básicamente provee elementos para calmar el estrés. Te calma porque te conecta con algo de tu ser. La respiración es fundamental. No conviene subestimar el poder del aire: el aire no es sólo respirar, es vinculación y contacto entre diferentes elementos y planos. Meditar es depurar por dentro. Al meditar se alinean los distintos cuerpos que nos componen: físico, emocional, mental y otros menos registrables. Se barren las interferencias de la mente y abre la conciencia a un contacto con tu vos mismo no verbal, más profundo.

Kreimer es amante de la bici como medio de transporte y también como una herramienta de aquietamiento y meditación. 

–Sos un fan de la bicicleta desde chico y andando descubriste otra forma de meditar.

–Andar en bicicleta es meditar en movimiento. Al pedalear con la atención fija en el camino la mente se aquieta y se vacía de pensamientos. No hay nada más. Es experimentar la sensación de estar vivos. Nhat Hanh ve a la atención como un milagro cotidiano a lograr, algo tan simple como estar aquí en cada paso, cada gesto, la unión de mente y cuerpo. Se puede meditar caminando, lavando platos, remendando una camisa.

–Hoy seguís descubriendo tendencias en un mundo de metaverso, hiper comunicado y saturado de información. ¿Tenés un ojo especial para “pescar” lo importante que viene?

–Parece que sí, siempre llego antes que la pelota y quedo en orsai. Después, otros lo popularizan. Me considero un cool hunter, un cronista de emergentes culturales, más que de temas mainstream. Me interesan y me resulta natural ahondar en ellos. La clave está en la receptividad, en saber escucharse a sí mismo y al otro. Recibir esa transmisión y transmitirla. Ser “trans receptores”. Saber que lo que percibimos como verdades personales pueden ser verdades universales que a todos nos representan.

A través de sus escritos y charlas, el autor busca llevarnos hacia una comprensión más profunda de la vida. 

«Muchos creen que la meditación básicamente provee elementos para calmar el estrés. Te calma porque te conecta con algo de tu ser. La respiración es fundamental. No conviene subestimar el poder del aire: el aire no es sólo respirar, es vinculación y contacto entre diferentes elementos y planos. Meditar es depurar por dentro».

–Tenés un montón de gente que te sigue ¿Qué enseñanza te interesa dar?

–Sobre todo, les diría: “No me tomen al pie de la letra”. Yo soy un detonador. Lo que importa no es lo que digo, sino lo que resuena en cada uno, y que podamos vivir con verdadera confianza en nuestras percepciones. Ser amorosos, honestos y reconocer que podemos. Aprender a escucharnos y a ayudarnos con humildad. Todo lo que hagamos en favor del otro, no sólo de mí mismo o de lo mío, crea un campo sutil que en algún lugar se inscribe.

–Así como se manifiesta una necesidad de vida saludable y parece haber cada vez más problemas de obesidad y sedentarismo, se habla de meditación, mindfulness y yoga y la gente está más violenta que nunca. ¿Hacia a dónde pensás que va la humanidad hoy? 

–Hoy como humanidad nos damos cuenta de que no somos el centro del Universo y empezamos a considerar en serio la situación, en una perspectiva más amplia que la antropocéntrica. La Tierra es en sí misma un enorme ser viviente que nosotros habitamos como pequeñísimos virus. Los tiempos de la Tierra y las posibilidades de vivir en su superficie, tal como los conocíamos, están cambiando. Hay menos recursos, se reemplaza el trabajo humano por el de las máquinas trayendo aparejado un estado de inutilidad y ocio que tendremos que aprender a manejar. Los cambios son vertiginosos y una vez que los vemos, ya no podemos ignorarlos ni volver atrás.

–¿Qué haremos, entonces?

–Estamos obligados a adaptarnos y a poner lo mejor de nosotros para crear nuevas realidades. Tenemos que aprender a convivir con varias realidades al mismo tiempo, a admitir que todas, en alguna medida, tienen algo de razón. No tenemos acceso a verdades absolutas. ¿Será que ha llegado aquel mentado tiempo de hacer sin esperar nada a cambio, ninguna otra recompensa que la posibilidad de hacerlo? ¿De hacer lo necesario, lo que consideremos más correcto, en cada momento, independientemente de lo que resulte…? ¿Y de recordar que sólo se puede confiar en el presente, lo que presente el presente? Hasta la “forma” humana está mutando. Basta pensar que hoy muchos de nosotros vivimos gracias a implantes en nuestros cuerpos.

–Por último, ¿qué te interesa destacar Juan Carlos?

–Que, aunque nos hagamos los distraídos, el espíritu también es una presencia permanente en todo momento. La búsqueda espiritual no es una nave espacial que vendrá a rescatar nuestra mente del colapso: es aceptar la posibilidad de que otras realidades, otras dimensiones de la realidad, se encuentren con nuestra mente y hacer consciente la influencia mutua. Todo esto debería enseñarnos a vincularnos desde el ser, y no desde el ego, libres de egoísmos y de sentimientos de superioridad, para poder reconocernos como iguales ante el Universo y lograr así una convivencia igualitaria, pacífica y coparticipativa.

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