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9 diciembre, 2021 | Por

Joan Garriga: “Vivir también es aprender a perder”

El reconocido psicólogo español estuvo de paso por Buenos Aires para presentar su último libro, Decir sí a la vida, donde aboga por hacernos discípulos de la realidad y no sus oponentes, y en el que asegura: "Dolor no es lo mismo que sufrimiento".


 

Por Carolina Cattaneo. Fotos: Gentileza Editorial Planeta.

 

Miércoles, fines de noviembre. Es una tarde amable, con un cielo azul diáfano, el césped de la plaza San Martín, de Retiro, irradia un verde iridiscente, y las florcitas frágiles de los jacarandás se zarandean con el viento. Al entrar al hall de un hotel de lujo a pocas cuadras de allí, un empleado decora un inmenso árbol de navidad. La belleza de la escena anterior queda arrasada por un pensamiento antipático, nutrido quizás por el sabor agridulce que suelen tener para mí las fiestas de fin de año: “¿Navidad? ¿Ya? No quiero que llegue tan rápido”.  Y entonces, Carolina, mi compañera de redacción quien asiste esta tarde conmigo a la entrevista con el psicólogo español Joan Garriga, me dice: “No hay nada que puedas hacer para cambiarlo, solo aceptarlo. La Navidad va a llegar, quieras o no”.

Con pragmatismo, ella me recuerda uno de los mensajes principales que contiene el libro que Garriga vino a presentar a Buenos Aires y la razón por la que hoy estamos allí. Escribe Garriga en Decir sí a la vida (Destino, 2021): “Asentir es aceptar lo que la vida trae sin renunciar a la capacidad que la misma nos vida nos otorga, como parte que somos de ella, para modificar o mitigar aquello que nos violenta o nos duele”.

Y para olvidar el trago amargo y pueril que me causó la escena del árbol, Garriga aparece sereno, con una sonrisa ídem, abrigado con un saco grueso extemporáneo para esta época del año en Buenos Aires, e invita un café, amable y suavemente, para luego sentarnos alrededor de una mesa en el living del hotel y conversar con él, licenciado en Psicología, creador del Institut Gestalt de Barcelona, discípulo del psiquiatra Claudio Naranjo y terapeuta en constelaciones familiares, acerca de su obra más reciente, que llega después de publicaciones como Bailando juntos (2020), El buen amor en la pareja (2013) o Vivir en el alma (2008), entre otras.

-Desde el vamos, ya en la Introducción, usted plantea una verdad bastante irrefutable. Dice: “La vida a veces nos duele, y nos duele de maneras relativamente parecidas a todos”. ¿Es importante recordarnos que nos duele de maneras parecidas a todos?

-Bueno, yo lo que quería decir es una noble verdad del Buda: que no es que solo duela, la vida a veces duele y vivir significa que también en algún momento nos visitará el rostro del dolor. Pero cuando digo que nos duele de maneras parecidas, lo que quiero decir es que, para mí, la unidad básica de la vida son los vínculos. Parte del dolor golpea allí, en los asuntos importantes del viaje de la vida: nuestras raíces, los padres, los hermanos, los hijos, las parejas, las ex parejas, el trabajo, la salud, la muerte.

-¿Eso que usted llama los “universales afectivos” o “universales existenciales”?

-Sí. Cuando la gente viene con sus asuntos, siempre son versiones distintas de estos ítems, pero no hay muchos, eh. Te duelen los padres, te duelen los hijos, te duele la pareja, te duele el trabajo, te duele la salud, te duele la muerte. Los grandes temas: nadie puede zafarse de tener que cabalgar con estos asuntos. Algunos pasan de largo, hay gente a la que en el trabajo siempre le va bien, entonces le golpea en la pareja o en la salud. Siempre, quien más quien menos, tiene un área de la vida con la que debe enfrentarse más seriamente. En la mayor parte de la vida nos la pasamos en expansión, pero en algún momento toca la retracción. Vivir también es aprender a perder. Me gustaría tener 20 años, pero tengo 63. Hay pérdidas, y al mismo tiempo hay ganancias también: pierdes vigor físico, pero ganas un poquito más de desapego.

-Empieza su libro hablando de Dios. ¿A cuento de qué un terapeuta nos viene hablar de Dios?

-A mi abordaje terapéutico yo lo llamo “psicoespiritual”. Espiritualidad no significa una evocación de lo divino. Espiritualidad significa una vocación de lo trascendente o de lo que nos abarca, de lo que nos dirige. La idea de Dios está en la cultura, pero para mí Dios es la realidad tal y como es, las cosas tal y como han decidido ser. No es una persona con barba blanca y túnica ni las imágenes que nos hacemos de él, que suelen ser muy infantiles. Por eso en un capítulo cito una frase que se atribuye a Santa Teresa: “Dios escribe recto con renglones torcidos”, que quiere decir algo así como que tenemos que confiar en que la realidad sabe lo que hace, por más que a veces escriba tan torcidamente que nos parece enloquecida. Lo cierto es que la realidad no conoce el concepto de recto o torcido, el concepto de “estoy torcido” es una idea humana y eso debería ser de otra manera: en mi libro abogo por hacernos más discípulos de la realidad y no sus oponentes. En este diálogo entre yo y la realidad, tratar de integrarla, porque la realidad hace lo que le da la gana.

-¿Y debemos dejar que haga con nosotros lo que quiera?

-No, no quiere decir que me ponga pasivo. Si quiero tener un hijo, me pongo en movimiento, le hablo a la realidad con mis acciones. Pero luego, a lo mejor la realidad no me da un hijo. La realidad es aconceptual, es aproblemática. Las cosas son, actúan. Los humanos tratamos de decirle a la realidad cómo nos gustaría que fueran, y luego tratamos de integrarnos y sintonizarnos tal y como ha decidido ser esta realidad.

«Todo sufrimiento empieza con un «debería», «tendría», «podría haber sido»…, verbos, en todo caso, de lucha y oposición contra la realidad. Por eso conviene estar afinado para afrontar la dialéctica entre lo que es y lo que creemos que debería ser o haber sido. Entre la voluntad y el destino». Decir sí a la vida (Destino, 2021).

-Desde el título mismo, Decir sí a la vida, usted ya postula una de sus grandes propuestas: asentir a la realidad para sufrir menos. ¿Cuál es la actitud para asentir a la realidad?

-Vuelvo, no sé si a Dios o a la espiritualidad, con una famosa frase: “Hágase tu voluntad”. Pero también soy práctico: en las personas con las que trabajo, pacientes con sus problemas, siempre se puede rastrear que, detrás de lo que sucede, en algún momento la persona o la familia a la que pertenece gritó un “no”: “Este niño no debería haber muerto”, “Este marido no debería haberme dejado”, “Este abuelo no debería haberme golpeado”. Hay cosas que son feas, injustas y dolorosas desde la perspectiva de lo humano, pero cuando nos mantenemos en el “no”, en la no adhesión, nos debilitamos. No es que diga “Me adhiero a la realidad”, como una proclama. Sino: “Mi padre y mi madre discutían mucho y yo tenía mucho temor. Pues esto es lo que me tocó. Y hago el proceso emocional para esclarecer todo el magma emocional de lo que me tocó, aceptarlo y no tener que seguir viviendo en función de lo que no pude integrar de lo que fue”. El problema es que aquello que no logramos integrar del pasado, luego nos persigue.

-¿Cómo hacemos para integrar el pasado?

-En primer lugar, con tener la actitud de que la vida es más grande que nosotros, cultivar un poquito más la humildad y luego confiar en que tenemos los recursos emocionales suficientes como para procesar todo aquello que pueda pasar.

-¿Los tenemos?  

-Sí, sí. Los tenemos. La naturaleza no es idiota. Mira la historia de la humanidad: nos ha traído guerras, violencias, traumas, cualquier tipo de dolores, pero también nos ofrece la posibilidad de procesar todo esto. ¿Cómo? Pues a veces entramos en la negación, y al cabo de quince días sentimos tristeza y luego aparece el enojo, y luego la vergüenza, y luego la culpa, y luego asoma el dolor. Es decir: hacer toda la tramitación emocional que espontáneamente surge en nuestro interior para que con un año, o dos años, o con el tiempo adecuado, el pasado pueda quedar como pasado y no como un fantasma que nos persigue. Estos trámites o este procesamiento emocional solo se puede hacer si hay alguien ahí.

-¿Se refiere a un terapeuta?
-O a una madre, o a un amigo, o grupo terapéutico. Es como en los lutos: muere un ser querido y espontáneamente la gente te abraza, te acompaña, en un gesto para que puedas vivir tu dolor. Es más fácil procesar las cosas cuando hay otros significativos que te acompañan, que te amparan, que te aprecian. Es como con los niños: si sufren un trauma y carecen de una figura de apoyo, el trauma se cristaliza. De manera similar, cuando uno está en una desesperada situación traumática, si existe una figura de apoyo, el trauma está ahí pero podemos avanzar mejor en su procesamiento.

Algunos de los títulos principales del terapeuta Joan Garriga.

-Recién decía que los recursos para salir o para no dejarnos embatir por el sufrimiento son la tristeza, el luto, luego la alegría. Es decir, las emociones. Es paradójico porque sanan, pero usted asegura que negarlas lejos de ayudarnos pueden causarnos otros males.

-Yo perdí a mi madre recientemente, a sus 92 años. Tras los primeros quince días, estaba bien, me pareció que su muerte era algo natural, pero después de dos o tres semanas, empecé a tener síntomas físicos de inestabilidad, luego ya me sumergí más en la tristeza y llegó una sensación muy primaria de desamparo. ¿Qué quiero decir con esto? Que al principio yo no quise enterarme, pero luego el cuerpo trató de transitar ese camino. Las emociones o las vivencias a las que no hacemos espacio, luego se pueden pervertir en forma de ansiedad, ataques de pánico, trastornos depresivos. Así que los sentimientos son bienvenidos, y son como los aromas: aparecen, están un tiempo, unos minutos, unas horas, se van, aparecen otros. Cuando uno enfrenta situaciones difíciles cuesta alojar la desesperación, la rabia profunda, pero luego se van apaciguando. Hay un dicho que dice que el tiempo lo cura todo. El tiempo no cura nada, en todo caso amortigua la intensidad de las vivencias emocionales, pero las cosas se curan por inmersión en ellas, no por evitación. Es importante cultivar el “y”: Ahora vivo esto, ¿y? ¿Y por qué no? También esto es bienvenido aunque no sea agradable en un momento dado. Vivimos en una sociedad demasiado fóbica a lo desagradable. Si somos un poquito más reales, nos daremos cuenta de que nadamos en lo imperfecto.

-En el libro habla de la importancia de “querernos defectuosos”. ¿Tenemos una inclinación a la “vida perfecta” que nos está dañando? 

-Desde luego que hay cosas que podemos arreglar y puntos de vista que podemos cambiar sobre las cosas que vivimos, pero también podemos aceptarnos más tal y como somos. Creo que no conviene ponernos muy perseguidores de uno mismo, sino saber que también somos limitados, que hay cosas que hacemos bien y cosas que no tanto.

-¿Cree que en ese aspecto hay un delgado equilibrio entre la autoestima y la condescendencia?

-Depende del tipo de carácter de cada persona. Hay personas que ojalá fueran más condescendientes consigo mismas porque son muy duras, pero hay otras que ojalá fueran menos autoindulgentes, porque niegan la culpa de algunos desmanes que hacen. O caen en la victimización, en la pasividad o en la fatalidad y entonces no generan cambios. Ojalá nos quisiéramos profundamente un poquito más, pero desde el buen amor.

-¿Qué es el buen amor?

-Es abrazar y comprender lo que nos sucede a cada momento. El amor a uno mismo no es una proclama de alta autoestima ni una proclama de baja autoestima. Hay personas que se proclaman de una alta autoestima y son temibles, porque se quieren tanto que dan codazos a todo el mundo, se ponen en el centro de la escena o son extremadamente narcisistas. Y hay personas que afirman tener baja autoestima y que son deliciosas, porque son muy respetuosas con los demás. También es cierto que hay personas que afirman tener baja autoestima y son problemáticas porque desde su rol de víctimas, desde su rol de pobrecitos, también exigen a los demás. Entonces el buen amor a uno mismo es de cierto equilibrio, en la medida justa.

«Nos empeñamos en rechazar lo irrechazable y, en ese empeño, sufrimos». Decir sí a la vida (Destino, 2021).

-En el libro dice que tener dificultades nos puede resultar útil ¿Para qué?

-Para ser menos idiotas. Tampoco quiero ser frívolo. Imaginate qué sería una vida sin retos, sin dificultades, sin obstáculos: seríamos gente sin peso, sin solidez. Aterrizando esto: la persona que tiene una crisis de pareja hubiera preferido no tenerla pero la tiene, entonces pues esta crisis es una invitación a entrar más en sí mismo y preguntarse: “¿Cómo he conseguido tener esta crisis?” o “¿Cómo he participado yo en la realidad que estoy teniendo?”. Pero no para culparse, sino porque si uno es muy honesto consigo mismo, también se da cuenta de que uno participa en problemas que surgen con entidades internas que tienen expectativas fuera de lugar. “Mi mujer me tiene que querer siempre y aceptármelo todo”. ¿De dónde ha surgido esta creencia? Cuando fallan cosas en nuestra vida, también es una invitación a estar más libres nosotros mismo, porque a veces descubrimos que tenemos suposiciones que son un poco locas, porque vienen de magmas y atmósferas infantiles.

-En el libro habla de la mente “verborraica y parlanchina”. ¿Tenemos manera de pararla un poco o bajarle el volumen? 

-La mente puede ser una noria, un carrusel imparable de imágenes, de voces, pero es así como estamos fabricados. No sé quién fabrica todo esto que sucede en la mente, pero sucede. Con la meditación, el mindfulness y el trabajo con la atención, es como si esta verborrea se hiciera menos chirriante. Lo importante es no ser llevados por ella sino convertirse en un observador de lo que pasa en la mente. Ejercitándose más en la atención, se relaja un poco la velocidad de los pensamientos. También a veces hay que entender, como se dice en Gestalt, que hay una voz que nos machaca, nos persigue, y vale preguntarse quién habla ahí dentro para entender qué voces hablan.

«Expandir amor hacia lo supuestamente «no virtuoso» de uno mismo es el primer paso para integrarlo, convirtiéndolo quizá en «virtud» gracias al acto de iluminarlo y aceptarlo». Decir sí a la vida (Destino, 2021).

-Hay una idea que recorre gran parte del libro: que dolor no es lo mismo que sufrimiento. ¿Cuál es la diferencia?

-Sufrimiento es todo aquello que hacemos para evitar el dolor. Dolor son las vivencias naturales en forma de adversidad que nos suceden en la vida. Sufrimiento es todo aquello que hacemos para evitar sumergirnos en estos procesos dolorosos; tiene una galería muy grande de rostros: la víctima, el salvador, el perfeccionista, el perseguidor, el indolente, el invisible, el sobreadaptado. Luego, una diferencia muy importante entre los procesos del duelo, del dolor o de convulsión y del sufrimiento, es que los procesos de dolor tienen movimiento, y el sufrimiento es estático, es posicional.

-Y una vez que se cronifica, ¿se puede salir?

-Sí, se puede transformar. Con ayuda, muchas veces. En Brasil conocí a una mujer que perdió una criatura en circunstancias difíciles. La mujer se cronificó en un lugar victimista y depresivo. Es posible salir de ahí, pero requiere un proceso interior en el que tiene que sumergirse. Y es lo que hace la terapia . Muchos abordajes terapéuticos rastrean dónde aún uno necesita completar algo que no fue completado para que no tenga que molestarnos en el presente. En mi opinión, son más poderosas las fuerzas de transformación que las fuerzas de conservación. La vida, todos los días, nos ofrece oportunidades de salir de donde estamos. También es cierto que hay vidas que están edificadas sobre el sufrimiento, sobre actitudes de defensa. Y bueno, qué sé yo, cada quien… vivimos nuestra vida como podemos también. Bienaventurados los que, cuando les toca morir, pueden decir: “Estoy conforme con la vida que he tenido”.

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