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5 octubre, 2014 | Por

SELVA ALMADA: hablar de lo que no se habla

El nombre de Selva Almada sonó con fuerza cuando su libro "El viento que arrasa" fue elegido por la Revista Ñ; como mejor ficción en 2012. Pero Selva Almada fue por más y escribió "Chicas muertas", sobre tres asesinatos ocurridos en los ochenta, cuando la palabra "femicidio" aún no se pronunciaba. Conozcan a esta joven autora que viene dando que hablar.


Parece ser que en Villa Elisa, el pueblo entrerriano donde Selva Almada nació y vivió hasta los 17 años, no había una sola librería. En su entorno había, en cambio, un abuelo inmigrante suizo muy lector, y una madre maestra que soñaba con que la nena leyera primero y fuera a la universidad después. Selva se entusiasmó temprano con los libros, tuvo un periódico en la escuela primaria, creyó que sería periodista y cursó la carrera de Comunicación cuando se mudó a la ciudad de Paraná. Pero la lectura y el impulso por escribir cuentos pudieron más, y a los 20 años ya estaba encaminando una segunda carrera: el Profesorado de Literatura.

De aquellos años hoy recuerda con nitidez las reuniones con compañeros que, como ella, decidieron desoír a los docentes que los desalentaban con aquello de “acá no se viene a ser escritor sino profesor”. Fuera de clase, entre amigos armaban cadáveres exquisitos ya no con versos (como los poetas surrealistas) sino en prosa; historias breves que uno empezaba para que a esa trama la siguiera otra y así hasta que cada uno volvía a su hoja en blanco y se encaminaba en su propio relato.

En esta casa del barrio de Flores, Selva, que ya cumplió 41 años, sigue haciendo más o menos lo mismo que entonces y pasa horas sentada en una vieja silla, las manos imparables sobre el teclado de la computadora. Durante días, sin rutinas prefijadas, pergeña tramas, persigue intuiciones y así edifica relatos cortos y novelas que la hicieron conocida no solo en Buenos Aires sino en países como Francia, México o Italia. En ferias literarias como las de Guadalajara, París, Lima o Lisboa, muchos se preguntaron quién era esta chica que se convirtió, raudamente, en la voz preferida de libreros, críticos y lectores con un libro breve, El viento que arrasa (2012). Además, hasta hoy, muchos jóvenes llegan a tocarle la puerta para ser parte de los talleres de escritura que dicta en este mismo espacio (a veces en el living, otras veces en la terraza), junto a otro nombre potente de la nueva narrativa argentina, Julián López (Una muchacha muy bella).

¿Y cómo empezó todo? Selva llegó a Buenos Aires a los 26 años y lo primero que hizo fue anotarse en el taller de escritura que el escritor Alberto Laiseca dictaba en el Centro Cultural Rojas. El autor de Los Sorias devendría su maestro, su profesor y amigo hasta hoy. Prueba de ello es que días atrás, el escritor le dejó a su gata, Cenizas, para que conviva (si puede) con Chao Mien, la gata de Selva y su pareja. A simple vista en la casa no hay chicos, y más tarde Selva confirmará que no, que chicos no. Lo que hay seguro son estantes de libros, montones de textos y también juguetes, fotos y los títulos que Selva supo publicar: antes de El viento que arrasa (2012), escribió Mal de muñecas (2003) y Una chica de provincia (2007). Más tarde vendrían Ladrilleros (2013) y la reciente novela Chicas muertas (2014), publicado por Random House, donde se metió con un tema complejo y penosamente actual: el de la violencia de género, el maltrato y la impunidad. A través de un relato de no ficción –inspirado en hechos reales–, rescató los asesinatos de tres mujeres de Entre Ríos, Córdoba y Chaco que tenían la misma edad que ella cuando estaba saliendo al mundo, en los años ochenta.

–En todos los casos, tus textos están ambientados en paisajes suburbanos. ¿Por qué esta apuesta por los escenarios de provincia y por el realismo?

–Crecí en el pueblo de Villa Elisa, cerca de Colón, en Entre Ríos, y siempre me llamó la atención que los provincianos veamos a Buenos Aires como una ciudad violenta, difícil. También que los porteños tuvieran la idea bucólica de que en el interior todo es apacible y que la gente es buena. Quise contar que no, que el interior también esconde un mundo violento. Trabajo con el realismo, con lo que está en el plano de lo real pero a la vez está atravesado por atmósferas extrañas, con todo eso que me impacta, con lo que está debajo y me da curiosidad.

–Un colega se refirió a los lugares de tus cuentos como del “interior salvaje”…

–En realidad, cuando empecé a escribir, mis relatos eran súper urbanos, no tenían nada que ver con lo que comencé a contar después. Pero en el último tiempo en que vivía allá, me volqué por una literatura ambientada en el interior. Pensaba en un pueblo cercano al mío y allí transcurren varios cuentos… El libro Una chica de provincia es autobiográfico y reúne tres relatos. En “Niños”, el primero que escribí, cuento mis memorias de infancia. Y también está “Intemec”, un relato largo que transcurre en Villa Elisa.

–¿Qué elementos de Villa Elisa te dieron más tela para cortar?

–La vida de pueblo tiene un ritmo particular y eso les marca un pulso a las narraciones. Y siempre está esta cosa del secreto: eso que no se dice pero todo el mundo sabe, o eso de lo que nadie habla pero todos están al tanto. Eso ominoso y oscuro del pueblo, lo subterráneo que está latente, como si en un lugar donde aparentemente pasan pocas cosas, hubiera algo a punto de explotar.

–¿Guardás también recuerdos luminosos de los primeros años?

–Sí, de la infancia, porque la adolescencia ya fue diferente. Fue muy feliz poder vivir los primeros años en el pueblo y eso está en el relato “Niños”. Crecí entre chicos, cerca de mi hermano mayor y de un primo que tenía mi edad y fue mi gran compañero de aventuras. Vivíamos en un lugar que todavía era casi campo. Con el tiempo el barrio quedó incorporado a la ciudad. Mis padres siguen viviendo ahí, igual que uno de mis hermanos.

–¿La adolescencia fue una etapa más difícil?

–Sí, no me gustó tanto porque no compartía tener que ir a determinados lugares o hacer cosas que “había” que hacer, como tener un novio a los 15 y casarte después. Había pautas muy marcadas sobre lo que era ser mujer que no me interesaban; me escapaba de todo eso. Y estaba esa maledicencia de pueblo, el chisme, la cosa contenida u oculta que empezó a hacerse más patente y asfixiante.

–Leyendo tus libros y algunas notas anteriores aparece un registro entre poético e hiperrealista, e influencias como Flannery O’Connor, Carson McCullers, Rulfo, Onetti, Sara Gallardo. ¿Cuáles son tus autores faro?

–A Sara Gallardo la leí menos que a los demás, pero me interesa mucho. Y Onetti fue una revelación cuando empecé a escribir. Después aparecieron otros autores con los que me sentía cerca, como Daniel Moyano u Horacio Quiroga, a quien recuperé de mis lecturas de la infancia. Las autoras norteamericanas que me gustan son, sí, Carson McCullers y Flannery O’Connor. A los cuentos de Flannery vuelvo siempre; es una gran narradora breve: sus cuentos me gustan más que sus novelas. De McCullers, mi novela favorita es El corazón es un cazador solitario.

–¿Y por qué escribís? ¿Qué les decís a los más jóvenes cuando te lo preguntan?

–Escribo porque me gusta, me interesa, y si no me pasara eso, no lo haría. No soy de los escritores que se quejan y dicen que cuando no escriben lo pasan mal. Necesito una conexión con lo que hago, y escribir es solo una parte de mi vida diaria. Hay épocas en las que escribo mucho y semanas en las que no escribo una página. Chicas muertas es un libro que escribí en dos o tres meses luego de años de juntar material y hacer entrevistas. Ahora estoy reescribiendo una novela.

–¿Cómo nació Chicas muertas? ¿Por qué esta novela sobre femicidios?

–El disparador fue el asesinato de una chica en Entre Ríos, que me impactó mucho cuando yo también era adolescente. Me había quedado esa historia en la cabeza y tuve que volver ahí, a ese crimen que había quedado sin resolución. Tenía un interés genuino por el tema de la violencia de género y sobre todo por ese tipo de violencia más solapada, doméstica, tantas veces impune.

–¿Cuál es tu intención con la publicación del libro?

–Quería contar estos casos de violencia y también contar escenas más pequeñas y cotidianas que no llegan al extremo del femicidio, pero que están presentes todos los días. Muchas veces pienso en cómo los responsables de esos crímenes siguen viviendo entre los parientes, en esas mismas calles. Fuera de eso, mi única pretensión era conservar la memoria de estas chicas. Durante años, cuando una mujer era asesinada por una cuestión de género, pensaba: “ Podría haber sido yo” .

–¿Tuviste alguna respuesta especial tras la publicación del libro ?

–Hace poco pasó algo que me gustó: me convocaron para presentar el libro en la Librería de las Mujeres. Fue interesante que un grupo de feministas como ellas hubieran leído el libro, y nos pusimos a charlar. Me dijeron que, de esta manera, el tema podría llegar a otro público o a más personas.

–A partir del éxito de El viento que arrasa y de Ladrilleros, ¿sentís la presión de seguir entusiasmando a los lectores?

–No siento presión; lo de El viento que arrasa nos tomó por sorpresa a mí y a mis editores, y me alegra seguir publicando. Es innegable que a partir de ese libro el reconocimiento llegó y me posicionó en otro lugar. Antes tal vez no decía que era escritora y no me invitaban a ninguna parte. ¡Ahora me invitan a todos lados! El año pasado fui a Guadalajara, este año fui al Salón del Libro de París, a Lisboa, Italia, Perú. Ahora me voy a Bolivia y a Chile.

–¿Podés vivir de los libros?

–No. Los libros se venden bien, pero son best sellers solo para mi editorial, que es chiquita. Vivo de los talleres de escritura donde hago seguimiento de obra. Doy uno en Espacio Enjambre y otros en mi casa con Julián López. Obviamente la gente que llega se interesa después de haber leído los libros o por las notas que van saliendo. Antes de eso, trabajé como profesora en un colegio secundario, y como administrativa en un hospital.

–¿Cómo sigue el camino?¿Estás reescribiendo una novela? ¿Una historia urbana esta vez?

–No. La historia transcurre otra vez en Entre Ríos.  Empecé con una anécdota de pesca que me contaron y ahí estoy, en una isla de Paraná.

–¿No nos vas a contar nada más?

–Es que no sé mucho, la retomé después de un tiempo y ahí estamos. A medida que escribo voy descubriendo de qué se trata. Y muchas veces me preguntan por qué los paisajes del interior. En una época quería escribir relatos que transcurrieran en la ruta y así escribí “Intemec” y El viento que arrasa. Hay algo fascinante en los relatos de ruta. Debe ser esto de moverse de un lado a otro.

 

Texto: Agustina Rabaini. Fotos: Estefanía Landesmann.

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