Sophia - Despliega el Alma

3 agosto, 2016 | Por

GRACIELA BASSO: “La vincularidad puede salvar a la humanidad”

Los años de trabajo en Neonatología llevaron a Graciela Basso a una práctica de la medicina que tiene en cuenta la salud de los bebés tanto como las emociones de las mamás que acompañan a sus hijos recién nacidos. Una visión humanizante con rigor científico.

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En el andar, nada más, se le notan las “horas de vuelo”, los días de acompañar a las madres y sostener a los bebés, muy chiquitos, en este piso del Hospital Juan A. Fernández donde trabaja como neonatóloga como parte de un equipo de profesionales. Graciela Basso no es muy diferente –dicen quienes la conocen– de aquella joven de 22 años que eligió esta profesión el día en que presenció un parto por primera vez.
“Era estudiante –recuerda para Sophia– y dos de mis profesores, los doctores Firpo y Margulies, me permitieron estar presente. Estábamos en el Hospital Alvear, era una sala muy pobre, y sentí algo indescriptible, como una presencia divina. Era un parto natural, y después del dolor intenso, la madre pareció entrar en una especie de éxtasis por el triunfo de haber dado a luz. Dios estaba ahí. El bebé hizo un esfuerzo por abrir los ojitos y así, luego del primer llanto, comenzaron a comunicarse. Fue tan mágico que me dije: ‘Esto me gusta’”. Y así fue: la anécdota resultó tan trascendental que se inclinó por la neonatología.

El recorrido fue arduo, la tarea, aún mayor: para trabajar en la sala de “Neo”, los médicos deben recibir un entrenamiento riguroso como terapistas intensivos. Hoy ese es el mundo en el que Basso se mueve día a día. En el Hospital Fernández, coordina el grupo de trabajo “Neurodesarrollo e Intervención Temprana”, dirige el Centro Latinoamericano del NIDCAP* y capacita a otros como Directora Asociada de la Carrera de Desarrollo Infantil que dicta la Universidad de Buenos Aires. En este mundo, en estos mundos, Basso acompaña la vida y tantas otras veces la enfermedad, los obstáculos y, también, la muerte. Las despedidas.

Calor, sostén y upa

“El calor, la voz, el olor de la mamá y el papá son la columna vertebral en la recuperación de los bebés. Queremos lograr que, en todas las maternidades, la mamá y el papá puedan entrar y tener a upa al bebé, piel a piel, todo el tiempo que sea necesario. Cuando la madre sostiene a su bebé en brazos, crea un paraguas multisensorial que lo protege”, explica Graciela Basso. En la sala de cuidados intensivos del Hospital Fernández donde trabaja, capacita a otras mujeres para que entiendan que parte de su tarea es sostener a las madres que quizás están solas o deprimidas, y sin una red social que las contenga.

El trabajo –dirá entrelíneas– a veces es poder ser empático y compasivo, acompañar a mamás que pierden a sus hijos temprano a abrazar, sostener y, recién después, dejarlos ir. “Las alegrías son muchas, pero también están los momentos críticos. A veces, entre las cuatro paredes de este hospital, la vida emocional estalla y lo que hay que hacer es acompañar”, cuenta, parada en un pasillo por el que van y vienen médicos, enfermeras y madres agarrándose las panzas. En el trayecto saluda a un papá, sí, en el mismo lugar donde hasta hace poco, los varones no podían ingresar a las salas de parto.

La doctora Basso lleva tiempo abocada al cuidado del neurodesarrollo en la unidad de cuidados intensivos, y a la intervención ultratemprana en niños que padecen complicaciones en el período prenatal o que son prematuros. Al escucharla no sorprende saber que se especializó también en psicoanálisis. “El neurodesarrollo es el puente invisible que integra y entrelaza la fina línea que separa lo biológico de lo emocional. El cerebro que se moldea en el útero es único, para toda la vida. Por eso hay que cuidarlo tanto. Hasta hace poco, cuando un bebé nacía prematuro, la enfermera se ocupaba de los cuidados. Se entendía que la mamá podía ser transmisora de bacterias, y no podía ingresar. Al ver eso, me propuse estudiar cómo se desarrollaba el bebé, las condiciones durante su crecimiento en la panza –en un lugar líquido, oscuro, sin ruidos o sonidos múltiples–. Así supimos que había que mejorar el modo en que los niños atravesaban sus primeros días de vida”.

En realidad, las preguntas de Graciela Basso iban más allá: “Cuando entrás en este mundo, podés quedar atrapado en el catéter, en el respirador, en las tecnologías que pueden salvar una vida, pero soy muy curiosa y tuve que moverme. Quería ver qué le pasaba al recién nacido; cuáles serían sus pensamientos, si había un alma, si sentía dolor. Los mundos ‘psi’ y el de la ‘biología’ no podían estar tan disociados”, recuerda. “Me di cuenta de que la medicina estaba rota porque el ser humano es entero, y no solo un ojo, un corazón o un riñón. Si bien es cierto que todo tiene que funcionar bien, me preguntaba quién integraba al recién nacido. Y ahí estaban la madre y el útero. Entonces me metí en la Asociación Psicoanalítica Argentina y más tarde Heidelise Als (N. de la R.: Psicóloga de Harvard, creadora del Programa NIDCAP*) me hizo descubrir la teoría sinactiva y cómo se organizan los sistemas en el ser humano.

–¿Qué cambios implementaron en la sala de “Neo” con los bebés prematuros?
–Me capacité en NIDCAP y empezamos a aplicarlo cubriendo las incubadoras para bajar la intensidad lumínica y buscamos proveer a los bebés de un nido para mantener la flexión de sus piernas y un espacio donde los decibeles captados por sus oídos no les provocaran tanto estrés. La intervención temprana que hacemos con los niños incluye a las madres, a las que hay que empoderar para que puedan ver las capacidades de sus hijos y las áreas de mayor dificultad. A partir del Método Madre Canguro, o del contacto piel con piel, las mamás aumentan su temperatura, y al respirarles cerca, los pequeños reducen sus apneas –pausa respiratoria– o tienen menos reflujo, por mencionar solo algunos beneficios. Desarrollamos un mundo de estimulación que permite que al salir de la internación, madre e hijo se conozcan, sin miedos, y no que la madre salga con un bebé que desconoce, como ocurrió durante años.

–¿Cómo fue abrirte camino en un mundo de hombres?
–Cuando me recibí, ser médica mujer fue un gran desafío. Aún hoy sigue siéndolo, pero fui encontrando mi lugar. La neonatología es una especialidad que requiere hacer muchas guardias, y durante la etapa formativa, la dedicación diaria y lo que se vivía era arduo, plagado de éxitos y fracasos, de alegrías y dolores. Más allá de todo y habiendo sido madre muy joven (N. de la R.: Graciela Basso tiene cuatro hijos), conté con el apoyo de mi familia y de mis chicos, que crecieron en una red de amor y de familia ampliada.

–¿Por qué te levantás hasta hoy para venir a trabajar todos los días?
–No me imagino otra cosa, me siento gratificada, en contacto con el alma. Cuando un bebé se pone en posición canguro y se relaja, o puedo aportar un granito de arena para que algo de lo que pasa esté mejor, el día valió la pena. Hace poco murió un bebé de 900 gramos que tenía una hemorragia cerebral y su madre no estaba. Estábamos reunidos con el equipo y vinieron a decir que el bebé se estaba descompensando. Justo el día anterior había dado una charla sobre cómo acompañar la muerte en Neonatología, y con una compañera nos excusamos de la reunión. En ese momento, lo que había que hacer era acompañar a morir. Parte de la medicina es saber acompañar a vivir y a morir, y eso es algo que no te enseñan en la facultad. Nuestro granito de arena fue acompañar a ese bebé hasta que llegó la familia. Fue algo mínimo, pero no murió solo sino en brazos. Se fue mientras rezábamos alrededor.

–¿Qué más cambió en las maternidades en relación con tus comienzos?
–En el Servicio de Neonatología al principio había solo jefes hombres. Ahora hay muchos, pero también mujeres que saben que en este trabajo hay que tener disponibilidad. Si voy a hacer asistencia respiratoria, tengo que poder hacerla aunque no haya dormido por la fiebre de mi hijo, y tengo que saber entubar porque de eso va a depender que un bebé viva. No podemos anteponer nuestra problemática por nada. En Neonatología hay momentos límites, acá se juega la vida o la muerte.

–¿Se puede ejercer la medicina con intuición y cosmovisión femenina en un ámbito oficialmente cientificista, racional y práctico?
–Sí, no son ideas antagónicas sino complementarias. Soy cientificista, racional y práctica, pero me parece imprescindible contemplar las necesidades emocionales, sociales y religiosas del paciente y su familia. La cosmovisión femenina está presente en esta unidad de cuidados intensivos neonatales. En este hospital podemos contar con sillas y fajas especiales para que las mamás puedan hacer piel a piel y Canguro, y una sala para que puedan permanecer durante la internación de sus bebés. Sin embargo, en algunos centros de atención todavía hay una cultura científica para la que sigue contando solo la incubadora y los aparatos, y todo se alivia con medicamentos. Hoy para los dolores pequeños, se tiene en cuenta la analgesia no farmacológica: se comprobó que una gota de leche materna en la boca del bebé actúa sobre el sistema nervioso central y calma el dolor. También que el Método Madre Canguro es seguro, una recomendación de grado A: extremadamente recomendable. Claro que así como se avanza, ves cómo las madres siguen teniendo a sus bebés acostadas. ¿Por qué? Para que el médico obstetra esté un poco más cómodo.

–¿Qué más hace falta cambiar y mejorar?
–Hace falta comprender el comportamiento del recién nacido y actuar en consecuencia. Si uno lee el lenguaje de los bebés, ellos mismos te dicen lo que necesitan. No hay que actuar por protocolo sino basados en lo que cada niño necesita. Los médicos están contentos cuando un bebé se va de alta, pero también es importante haber podido “empoderar” a esa familia que se lo lleva a casa. Acompañar y maternizar a la madre es maternizar al niño.

–¿Cuánto cura el amor?
–El enigma del amor me interesa desde siempre. Los médicos podemos pedir información al laboratorio sobre hormonas, vitaminas, etcétera, pero aún no sabemos cómo cuantificar el amor. Se está investigando la oxitocina, que es la hormona del bienestar. Los primeros estudios indicaron que, en pacientes adultos con enfermedades terminales que estaban solos, si una enfermera se tomaba el trabajo de llamarlos una vez a la semana, la supervivencia a largo plazo era mejor. Ese solo llamado les alargaba la vida. ¿Aumentaba la secreción de oxitocina? La medicina centrada en la familia probó también que si un paciente en terapia intensiva tiene personas que lo aman esperando fuera, va a tener más ganas de vivir. Que el amor puede.

–¿Qué les transmitís a tus colaboradores más jóvenes?
–Así como mi generación se especializó en la sub o súper especialidad, me gustaría que la nueva generación pueda integrar los diferentes conocimientos. En la facultad te enseñan sobre patologías, pero no enseñan a hablar de la vida y de la muerte ni a afrontar situaciones difíciles. Si hay una paciente “difícil”, se llama al psicólogo. El ser humano es todo, no solo los psiquiatras y psicólogos saben de eso, así como los médicos no solo sabemos de cuerpos.

–Si tuvieras delante a un funcionario con decisión política, ¿qué le pedirías?
–En nuestro país hay que bajar los índices de desnutrición y garantizar necesidades vitales (vivienda, agua potable y educación). El control del embarazo y los primeros mil días del niño también tendrían que estar cubiertos. Además, necesitamos políticas de Estado que enseñen a maternizar a quienes tuvieron carencias afectivas. Hay quienes pueden no haber tenido “la madre buena” de Winnicott y no saben ser madres, pero si uno las acompaña, logran sacar lo mejor de sí mismas. En la terapia intensiva neonatal, tratamos de tomarnos tiempo para ver a quién le entregamos el bebé y cómo podemos ayudar a mejorar. Lo mejor para cada bebé siempre será estar con su mamá y su familia. La vincularidad saludable es lo único que puede salvar a la humanidad.

Por Agustina Rabaini y Luz Laici. Foto: Estefanía Landesmann (De la edición impresa Invierno 2015).

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