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4 octubre, 2019 | Por

Gilles Lipovetsky: “El destino de la mujer es imprevisible”

Esta fue la primera entrevista que publicamos en nuestro número 1, que salió a la calle en octubre de 1999. Una charla con el filósofo francés donde hablábamos sobre la revolución femenina y los desafíos por delante, sin imaginar lo que vendría. ¿Te gustaría reflexionar acerca de todo lo que vivimos en estos 20 años?

 

Foto: Fronteiras do Pensamento.

Su libro La tercera mujer (Anagrama) sostiene la tesis de que los tiempos actuales marcan una ruptura histórica en la manera en que se construye la identidad femenina, así como las relaciones entre los sexos. A la primera mujer, encasillada durante siglos como un “mal necesario”, y a la segunda, tipificada como “bello sexo y hada del hogar” le sigue la “tercera mujer”, que puede hacerlo todo: profesión, hijos y pareja incluidos.

En los últimos cincuenta años hubo más cambios en la condición femenina que en toda la historia, y la principal razón es que la mujer, a partir de la década de los 60, se apropió de su biología y pudo —dice Lipovestky— “decidir sobre su sexualidad y liberarse de la servidumbre inmemorial que suponía la procreación”, entregándose al libre ejercicio de una actividad profesional que la llevó a abrirse camino codo a codo con los hombres.

Esto fue un impacto en la organización de las sociedades. Tanto es así, que los últimos treinta años se caracterizaron por un fuerte replanteo de los roles familiares. Todo lo que se daba por supuesto entró en una era de debate y de conflicto. Hoy, el destino femenino es imprevisible. Por lo tanto, es evidente que si hay otra mujer, hay otro hombre, otro modelo de pareja y un nuevo rol de padre y madre“.

“Todo parece indicar que el poder, al menos el económico, seguirá en manos masculinas antes que verse compartido en términos de igualdad con la mujer”. 

¿Qué estudios realizar? ¿Qué profesión elegir? ¿Casarse o vivir en pareja? ¿Divorciarse o no? ¿Cuántos hijos tener y en qué momento? ¿En el matrimonio o fuera de él? ¿Cómo conciliar profesión y familia? Como dice Lipovetsky, ahora todo, en la existencia femenina, es objeto de elección, de interrogación y de arbitraje.

—¿Qué modelo de pareja funciona hoy?

—Uno nuevo, marcado por la autonomía femenina y por la participación de ambos cónyuges en las decisiones importantes. El hombre, en general, ya no es el jefe del hogar, y la mujer, con recursos propios de su trabajo, aumenta su poder de decisión dentro de la pareja.

—¿En todos los campos?

—En la actualidad, las grandes decisiones relacionadas con la compra de una casa, o con la educación de los hijos, las toman los dos cónyuges a la vez, y seis de cada diez mujeres reconocen que ellas llevan solas las cuentas de la casa. El retroceso de la familia patriarcal se nota en algunos hogares norteamericanos, donde tanto el hombre como la mujer disponen de sueldos elevados, y cada uno lleva por separado sus gastos y su presupuesto. Esta tendencia a llevar cuentas separadas empieza a manifestarse también en Francia entre algunas parejas jóvenes.

—¿Cómo se llegó a esto? 

—El ideal igualitario, el descrédito de los comportamientos machistas, la emancipación económica de la mujer, son todos elementos que ayudaron a construir este nuevo modelo. En épocas anteriores, el reparto de tareas en la pareja era un legado de la tradición. Hoy es objeto de discusión y de negociación entre el hombre y la mujer.

—¿Se puede hablar de una democracia doméstica?

—Diría que no, porque por significativos que resulten, los cambios siguen siendo lentos, limitados. Encuesta tras encuesta, se sigue demostrando que, aun cuando los hombres intervienen más que en el pasado en las actividades domésticas, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte de la responsabilidad en la educación de los hijos y en las tareas del hogar.

“Antes que nada quiero decir que estoy convencido de que la revolución social de las mujeres pudo producirse porque los hombres la aceptaron muy rápido”. 

—Quiere decir que si los hombres contribuyen en el trabajo doméstico, es más porque les gusta o por “dar una mano”, que por asumir una responsabilidad permanente…

—Exacto. Por consiguiente, lo que ha cambiado no es tanto la lógica de la división sexual de los roles familiares, sino el espíritu de cooperación masculina en algunas tareas que siguen siendo territorio femenino.

Nuestro primer número, publicado en octubre de 1999, marcó un antes y un después.

 

—¿Por ejemplo?

—Prever las actividades de los hijos, llevarlos y traerlos, planificar el tiempo, pensar en las comidas, las compras y toda esa “carga mental” que va mucho más allá de una estricta división de tareas en función del tiempo. La dinámica igualitaria ha logrado que el hombre pierda autoridad en la pareja, pero, paralelamente, la mujer no ha podido desprenderse de sus responsabilidades domésticas.

—De todos modos, ¿no es una realidad que las mujeres que trabajan dedican  menos tiempo a las tareas del hogar y a los hijos que las que se quedan en casa?

—Sí, en parte, porque ahora se delegan a terceros. Pero eso solo libera a las mujeres en apariencia, porque si bien dedican menos tiempo a cocinar, gracias a los platos preparados, la moda del delivery, el horno de microondas, emplean más en informarse y en organizar las actividades extraescolares, deportivas y culturales, y en los desplazamientos de sus hijos, que son cada vez más demandantes. La carga física decrece, pero la mental se incrementa.

Hablemos de los hombres…

Antes que nada quiero decir que estoy convencido de que la revolución social de las mujeres pudo producirse porque los hombres la aceptaron muy rápido. La liberación, la contraceoción, el ingreso masivo a las universidades y a las empresas han sido hitos muy importantes. Pero son cosas que ocurrieron a partir de los años 60 y 70 vertiginosamente. Comparemos lo que ocurre en los países integristas, donde hay una gran resistencia por parte de los varones: es poco y nada lo que pudieron hacer las mujeres“.

—Pero allí más bien lo que se interpone es el fanatismo religioso, ¿no?

—De acuerdo, pero estoy convencido de que el avance fenomenal de la mujer en nuestra sociedad se pudo llevar a cabo porque sus ideales de libertad fueron compartidos y apoyados por los varones occidentales. En cuanto al ejercicio de la paternidad, las mujeres suelen envidiar la habilidad con que los hombres impiden que ésta interfiera en sus carreras, pero también rechazan esa falta de disponibilidad que tienen para la vida privada, por considerarla una vertiente excesivamente unidimensional de la existencia masculina,

—Sienten que ellos se están perdiendo algo muy bueno, ¿no?

—Sí. En las nuevas clases medias es notable comprobar que las madres viven con orgullo su capacidad para poder hacer frente al trabajo profesional y a las tareas maternas. La doble misión les significa una carga, pero también una manera de seguir controlando un poder que no desean compartir.

—Nos hace pensar en una supermujer…

—Depende de cómo se lo mire. Porque en un momento en que las mujeres ejercen cada vez más una actividad profesional, en que los nacimientos se eligen, en que el tamaño de las familias se reduce, las tareas maternas se contemplan menos como una fuente de sentido, menos como una injusticia que recae sobre las mujeres que como una realización de su propia identidad. En lo que sí coincido es en que veo muy poco probable el fin de la preponderancia femenina en la vida familiar.

“La dinámica igualitaria ha logrado que el hombre pierda autoridad en la pareja, pero, paralelamente, la mujer no ha podido desprenderse de sus responsabilidades domésticas”. 

—Pero no cabe duda de que en nuestra sociedad las mujeres adoptan cada vez más valores competitivos. 

—Las aspiraciones profesionales femeninas no apuntan tanto a la grandeza, el prestigio y el dominio, como a la igualdad con los hombres. El nuevo lugar de la mujer en la sociedad se rige por la movilidad permanente y la orientación hacia el futuro. Pero no nos estamos dirigiendo en modo alguno hacia un modelo único de socialización. La mujer sigue fuertemente orientada hacia lo psicológico, lo íntimo, las preocupaciones afectivas domésticas y estéticas, y el hombre hacia el status, el papel profesional, el éxito, la violencia y el poder.

—¿No hay una “derrota” de los hombres?

—A la luz de las tendencias actuales, la tesis de la derrota de los hombres no puedo sino generar escepticismo. Preparados socialmente para afirmar su yo en la confrontación con los demás, los hombres no han perdido la posición privilegiada que gozan para ganar en el juego del poder y la gloria.

—¿El machismo no está en retirada?

—Es verdad: el machismo y los valores más enfáticos de la virilidad están devaluados. Pero el ansia de dominio, la necesidad de medirse con los demás, el gusto de ganar por ganar siguen siendo principios masculinos. Por otra parte, mientras las mujeres se consagren de manera prioritaria a las responsabilidades familiares, la probabilidad de que sobrevenga una paridad entre hombres y mujeres en los niveles de decisión económica y política será muy improbable.

—Usted ha dicho que “los hombres juegan y ganan”.

—Y es así. Porque todo parece indicar que el poder, al menos el económico, seguirá en manos masculinas antes que verse compartido en términos de igualdad con la mujer. No asistimos al fin de la historia de la división entre los géneros, sino más bien al eterno retorno del dominio masculino, aunque se muestre menos ostentoso que antes y abierto a la competencia con las nuevas ambiciones femeninas.

◊ Entrevista publicada en el Nº1 de la edición octubre 1999. 

Foto: Fronteiras do Pensamento.

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