Sophia - Despliega el Alma

1 marzo, 2021 | Por

“La fotografía y la enfermedad me enseñaron a ver la vida con otros ojos”

La fotógrafa argentina Flo González Álzaga supo encontrar la belleza y plasmarla en imágenes potentes. Pero cuando enfermó necesitó llevar ese ejercicio de entrega y paciencia también a su propio proceso de sanación. De todos esos aprendizajes habla en esta charla serena con Sophia.

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Flo González Álzaga.

A quince años de su primera muestra, la fotógrafa Flo González Álzaga todavía recuerda lo que le costó la idea de aquel vernissage: armar la lista de invitados, saludar uno a uno a los concurrentes, recibir las felicitaciones siempre con un poco de pudor. En definitiva, exponerse. Pero, en medio de esa vorágine, algo le dio calma: el anhelo de poder llegar a las personas y despertar en ellas alguna emoción. “Desde entonces mi vida ha cambiado y pasaron un montón de cosas. Sin embargo, hay algo que sigue intacto: la felicidad de encontrar la imagen, esperar el momento justo y entonces tomar la foto”. Lo dice despacio, como si saboreara cada palabra. O como si en ese encuentro con el mundo a través de la cámara le fuera entregado un gran tesoro secreto.

Una foto es un momento único que podés guardar o compartir con alguien. A lo mejor eras la única que estaba ahí, o no, quizás había muchas personas. Pero nadie lo habría visto igual. Lo importante es que esa imagen pueda transmitir algo. Entonces, el momento no muere jamás”, comparte esta mujer a la que, de niña, nunca le alcanzaban los rollos de fotos (aclaración para centennials: antes de las fotografías digitales existían “rollos” de película sensible a la luz que debían revelarse en laboratorios especiales para que aparecieran, si se tenía buena suerte, las imágenes tomadas). “El revelado podía tardar días, semanas y hasta ese momento nunca sabías si la foto había salido, eso hoy parece rarísimo”, observa divertida.

Ese ejercicio la cautivó desde siempre, pero recién empezó a estudiar fotografía cuando sus hijos crecieron. Profesional y mamá de cuatro, dos pares de entre 30 y 20 años fruto de “un primer y un segundo amor”, como le gusta definir a sus exmaridos, recuerda que el crecimiento vital de esos niños y niñas captó como nunca su atención.

–¿Les sacabas muchas fotos a tus hijos?

–¡Un montón! Jugando, haciendo deportes, haciendo las tareas… ¡hasta yendo al dentista! Quería dejar testimonio de cómo sacaban siempre lo mejor de ellos en cada situación.

(Esa afición confesa por los detalles pequeños y por contar la vida foto a foto, la llevó a profesionalizarse y a dejar su antiguo trabajo comprando y vendiendo caballos para volcarse de lleno a su verdadera pasión).

–¿Qué cambió en vos la fotografía?

Es increíble lo lindo que ves todo cuando empezás a estudiar. Pasás por la misma ruta por la que pasaste mil veces y de pronto te conmueve cómo atardece, la llegada del otoño, que el trigo creció… Es como si el ojo se transformara y aprendieras a mirar. ¡Es impresionante poder captar de pronto tanta belleza! Al principio ves fotitos lindas por cualquier lado, pero llega un momento en el que algo te lleva a detenerte y te empieza a latir fuerte el corazón. Bueno, esa es la foto.

Hacer el clic a tiempo

Hoy que sus días son siempre distintos y se despierta a sabiendas de que se dejará llevar por lo que el entorno –su objetivo favorito– le ofrezca, disfruta de cada toma con devoción. “Me encanta la naturaleza, amo fotografiarla, es la vida. El agua, el cielo, el bosque; los animales me pueden. No es lo mismo seguir a un caballo que hacerle una toma a un auto. Me conecto con lo vivo del animal, lo espero, estoy cazando ese momento. Hay mucha adrenalina: que el animal no te vea, que no se escape, que la luz acompañe. Pájaros volando, caballos corriendo, me encanta captar ese movimiento”.

–¿Qué pasa si el día no ayuda?

–Le saco fotos a la ventana, a una fruta, a mí misma. Encontrar la belleza en lo cotidiano te permite estar lista para fotografiar lo que sea. Lo mismo los retratos: yo siempre me pongo al otro lado de mi cámara para percibir aquello que intimida y así poder ser más amable con las personas.

–Si tuvieras que revelar el secreto de tu arte, ¿cuál sería?

–La paciencia. Hay que ejercitarla todo el tiempo. A lo mejor son horas y no lograste captar lo que querías. Me acuerdo una tarde en la laguna de Iberá: estaba escondiéndose el sol en el agua, estaban las garzas y me fui acercando despacito porque quería que salieran volando a contraluz. Y las fotos salieron todas movidas. O por ahí tenés que volver día tras día porque se nubló o porque llueve. No siempre te sale y eso es lo lindo que tiene todo esto.

–¿Quién es tu gran compañera y por qué la elegiste?

–Tengo una Nikon 810. Es un equipo liviano que llegó a mi vida cuando me enfermé. No podía ni moverme, tampoco sostener mi anterior cámara. Cambiarla fue un momento de duelo, lo mismo que soltar todo aquello que se había vuelto una carga demasiado pesada.

–¿Puedo preguntarte cómo llegó la enfermedad?

–Sí, claro. Fue hace casi siete años y me sorprendió. Pero, aunque inesperado, tuvo sentido: venía transitando un momento de mi vida muy complicado, lleno de asperezas. Me acuerdo que estaba con la cámara de fotos colgada y el contacto de la correa me molestaba en el cuello. Me palpé y había una cosita, un bulto. Ahí me dije ‘bueno, me lo tengo que hacer ver’. Fui al médico y me diagnosticaron linfoma de no Hodgkin, que es un tipo de cáncer linfático. Lo primero que me dijeron en la clínica fue ‘Flo, esto lo curamos’. Y confié. No te voy a mentir: fue un trabajo horrible, que nadie quiere hacer, pero cuando te toca no queda opción.

–¿De qué manera cambió tu vida?

–Me separé, modifiqué mis hábitos. Como no podía leer, aprendía a través de videos de YouTube. Comencé a meditar, mejoré mi alimentación y comprendí que había otra vida, otros caminos, otra forma de ver las cosas. Dejé de ser tan estricta conmigo y me animé a ir por otro lado, porque entendí que la cosa no era por donde yo estaba caminando. Lo primero que vi fue que necesitaba quererme, pero que no sabía cómo, porque nadie me había enseñado: en mi época no existía la idea de la educación emocional.

–Lo que se dice un auténtico renacer…

–Tal cual, voy reinventándome todos los días y mi objetivo es irme a dormir un poco mejor persona, más contenta. Aprendo más de la vida y de las cosas. Es valioso tener en cuenta que cuando un camino no va, uno puede cambiar el rumbo. A lo mejor no podés sacar algo de tu cabeza o de tu pecho, pero sí lo podés transformar.

–Como en la fotografía, la vida es un viaje de luces y sombras. 

–Claro, la luz es vida y la fotografía es luz. Me gusta descubrir esas luces, estoy todo el tiempo buscándolas no solo afuera sino también adentro.

–¿Tenés alguna foto a la que te gustaría volver?

–Uf, tantas… Pero hace muchos años estaba caminando por una callecita de Grecia y encontré una imagen de una señora y un señor muy viejitos que iban de la mano, entrando desnudos al mar. Me pasó algo con esa foto, pero no la compré. Hoy, aunque estoy muy bien sola, sé que algún día alguien me sacará una foto igual a esa.

 

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()