Sophia - Despliega el Alma

5 febrero, 2021 | Por

Elsa Punset: “La lucha más difícil es contra la indiferencia, la codicia y el cinismo”

De su nuevo libro, de cómo transitar la pandemia, pero también de cuán importante es canalizar este tiempo de manera vital y trascendente, nos habla en esta entrevista con Sophia la filósofa y periodista española, en una charla a través del océano.

 

Elsa Punset, retratada por Paco Navarro, empezó el año con nuevo libro: Fuertes, libres y nómadas (Planeta, 2021).

Por Carolina Cattaneo

El plan con la filósofa y periodista española Elsa Punset era, fiel a estos tiempos pandémicos, tener una video entrevista por Zoom. A las 11:30 hora Argentina y a las 15:30 hora de España, semana con ola de calor en Argentina y nevadas intensas en España, la conferencista y referente en temas de inteligencia emocional y crianza, autora de booms editoriales como Brújula para navegantes emocionales o El libro de las pequeñas revoluciones, estaría esperando la llamada al otro lado del océano frente a la cámara de su computadora. Pero, lista para responder preguntas sobre su obra más reciente, Fuertes, libres y nómadas (Planeta, 2021), un libro que, también fiel a estos tiempos pandémicos, lleva inscrita una mirada reflexiva, práctica y esperanzadora, los planes se aguaron por fallas en la conexión a Internet y la llamada se convirtió en un diálogo a la vieja usanza.

Del otro lado y, tras el inconveniente técnico, suena una voz entusiasmada y encendida: “Yo hasta me había peinado un poco y me había puesto una blusa para ti”, dice esta licenciada en Filosofía y Letras y máster en Humanidades por la Universidad de Oxford, tras tener que apagar la cámara. “Me cambié porque aquí andamos vestidos para labores de campo y vida más campestre que en Madrid. Están las cosas tan mal en Madrid que decidimos que merecía la pena alejarse un tiempo de las ciudades –cuenta-. En Madrid hemos tenido el coronavirus muy desatado y además hemos tenido Filomena, una especie de tormenta de nieve que nos ha dejado sin agua en las casas, todo absolutamente catastrófico. Solo falta un terremoto, un ovni y ya estamos completos”, dice con humor.

–Suena apocalíptico.

–Sí. Yo los llamo tiempos extraordinarios y, en cierto modo, a mí me da la sensación de que se puede aprender de estos tiempos, pero hay que hacer el esfuerzo consciente de sentarse y decir “Bueno, no voy a dejar que esto me pueda, de alguna forma encontraré una salida”. Nosotros, una de las cosas que hemos hecho es esta, venirnos al campo unas semanas, que aquí se está más tranquilo. ¿Cómo estáis vosotros?

–Acá a principios de año hubo un aumento de casos, pero no sabría decirte con exactitud si es un rebrote o ya es el comienzo de la segunda ola, porque decidí no estar tan hiper atenta a esos tecnicismos como lo estaba al comienzo de la cuarentena en la Argentina.

–Mira, estás aplicando algo que dicen que es muy importante en tiempos difíciles, que es reducir las fuentes de información y no empeñarnos en predecir lo que va a pasar.

–El proceso de escritura de Fuertes, libres y nómadas transcurrió en medio de la pandemia. ¿Cómo nació?

–Yo tenía otro libro sobre el estrés. Cuando nos encerraron, me pasó como a todo el mundo: me encontré con mucho tiempo libre y mi vida cabeza abajo. Me parecía que algo de esta pandemia podía ayudarnos a sacudirnos ciertos automatismos que habíamos acumulado durante las últimas décadas, unas décadas en las que hemos vivido de forma bastante pacífica, en las que le hemos dado enorme importancia al bienestar, articulando una idea de felicidad que tiene mucho que ver con el placer, con la distracción. Como después de cualquier otro gran evento, me parecía desde el principio que estábamos viviendo un momento histórico y que valía la pena reflexionar sobre los cambios que queríamos llevar a cabo. Así fue un poco cómo transformé el libro que tenía en esto, para pensar de qué nos puede servir esta pandemia, qué podemos aprender de ella, cómo podemos participar del nuevo mundo que viene.

 

“Me parecía que algo de esta pandemia podía ayudarnos a sacudirnos ciertos automatismos que habíamos acumulado durante las últimas décadas”

 

Elsa Punset, autora, conferencista y divulgadora, especialista en gestión de las emociones. (Foto: Alex Río).

–En lo personal, ¿qué aprendiste de las emociones humanas y los vínculos humanos en pandemia?

–Bueno, algo que yo sé teóricamente, porque nos lo dice la ciencia y trabajo mucho con eso, es la importancia de los vínculos humanos en nuestra vida, que al final, son lo más importante. Creo que esta pandemia lo que me enseñó, como a tantas personas, es a sentir realmente esta importancia. Lo único más importante pasó a ser que las personas que queríamos estuviesen a salvo, hemos vivido un duelo colectivo, hemos visto lo importante que somos los unos para los otros, cómo nos echamos de menos, la soledad que sientes al no poder ver y abrazar a las personas que quieres. Estábamos viviendo de una manera que no era del todo sana. Por eso, a la última parte del libro la dedico a lo que llamo la revolución de la ciudadanía. Hemos descubierto que somos una ciudadanía porque nos cuidamos los unos a los otros, somos interdependientes. Hay que pensar cómo ponemos eso en el centro de nuestras vidas.

 

“Lo único más importante pasó a ser que las personas que queríamos estuviesen a salvo, hemos vivido un duelo colectivo, hemos visto lo importante que somos los unos para los otros”

 

–En una entrevista al filósofo esloveno Slavoj Zizek que publicó en enero el diario español El País, él habla de una “nueva solidaridad”.

–Estoy muy contenta de ver que personas que trabajaban en el campo de la filosofía y también de la psicología, incluso de la psiquiatría, se han vuelto menos teóricas y se ponen manos a la obra para ver de qué forma podemos hacer servir los conocimientos acerca del ser humano. De ahí que yo me identifico como filósofa operativa. Nunca me interesaron las ideas en el vacío y, en cambio, me gusta aplicarlas a nuestras vidas. Siempre ha habido una sensación de que todo eso que articula al ser humano, la necesidad de los demás, la empatía, la gestión de emociones, ser solidarios, ser generosos, te pone en un lugar de debilidad y de vulnerabilidad. De que son cosas muy bonitas pero que no son fundamentales, como que a la hora de vivir fueran fundamentales cuestiones más materiales. Esta pandemia ha puesto en el centro hoy que las personas no van a estar bien y el planeta no va a estar bien mientras vivamos con valores que no son los que nos corresponden. Hay una reconsideración de nuestros valores y prioridades, un replanteo que considera vivir menos de forma automática arrastrados por la sociedad de consumo y preguntarnos quién soy, qué quiero, y cómo quiero vivir. Eso me apasiona de este momento.

–Dedicás un capítulo de tu libro a reconectar con la naturaleza. ¿Por qué lo consideraste importante?

–Tenemos que volver a mirarnos y volver a pensar en cómo queremos vivir desde dentro, individual y colectivamente. La naturaleza es otro estadio más de lo colectivo: está el individuo, está el colectivo humano, y luego está el planeta al que pertenecemos con las demás especies. No somos nada si cortamos una de esas conexiones.

–¿Cómo reconectamos con la naturaleza si vivimos en departamentos en medio de la ciudad y con pocas posibilidades de viajar?

–Es una ocasión y una oportunidad para replantearnos cómo queremos que sean nuestras ciudades. ¿Qué podemos hacer los que estamos en pequeños departamentos? Por una parte reclamar. Hemos estados pasivos y nos tenemos que volver todos mucho más activistas. Reclamar a nuestros políticos lo que importa, hay tantas cosas que hacer, y tantas que nos han distraído, que hemos delegado un poco estas reclamaciones. Creo que no teníamos tan claro que las ciudades se han vuelto un poco inhumanas. El cambio tiene que venir de dentro. Es empezar a vivir de manera más respetuosa, agradecida y pacífica con el mundo natural que nos rodea, y eso se puede hacer con pequeños gestos.

 

“El cambio tiene que venir de dentro. Es empezar a vivir de manera más respetuosa, agradecida y pacífica con el mundo natural”

 

–Ayer leía una entrevista al el psicoterapeuta norteamericano Martin Seligman, padre de la Psicología Positiva, en la que él decía: “El mundo está de parto y la pregunta ahora es qué va a dar a luz”. ¿Qué creés que va a dar a luz el mundo después de esto?

–Efectivamente estamos ante una posibilidad de cambio muy importante, y efectivamente este cambio va a ser difícil, va a exigir mucho trabajo, no es automático. ¿Qué es lo que más temo? Que después de esta pandemia volvamos a una zona gris, de promesas vacías, de resignación, de hipocresía y de vida insostenible. ¿Qué es me gustaría que diese a luz? A mí me gustaría formar parte de un mundo valiente, que se enfrente a los problemas, que los resuelva, optimista, verde, mucho más verde, tecnológico y mucho más conectado, es decir, que dé mucha importancia a las relaciones entre seres vivos. Un mundo más humano en el mejor sentido. Creo que es a lo que estamos yendo. Vamos a lograr enfrentarnos mucho más a una serie de prejuicios sistémicos, a la codicia empresarial, a la corrupción política. A todo este cinismo de “no se puede hacer nada”, la pandemia lo está sacudiendo. La lucha más difícil es contra la indiferencia, contra la codicia y contra el cinismo, ese cinismo corrosivo que se niega a tener esperanza y a ponerse manos a la obra.

 

Foto: Carlota Lobo

 

–En tu libro también hablás mucho del optimismo. ¿Es posible construir el optimismo en un entorno tan difícil, con tantas malas noticias?

–Absolutamente. No solo es posible: genéticamente tienes una tendencia al optimismo o al pesimismo pero puedes construirlo, puedes volverte más optimista o más pesimista. Cuanto más difíciles son las circunstancias, es cuando más necesitamos el optimismo, por eso ahora mismo necesitamos una epidemia de optimismo. Muchas personas me dicen ¿cómo voy a ser optimista si no puedo pagar el alquiler a fin de mes? Lo que nos dice la ciencia es que el optimismo no es una emoción, tú puedes estar preocupado y triste pero ser optimista. El optimismo es una actitud, es la persona que se enfrenta a un problema y dice: Yo tengo que encontrar una solución, una forma de adaptarme a esto. Científicamente sabemos que las personas optimistas tienen más amigos, encuentran más soluciones, mejores trabajos, porque no hacen lo que hacen los pesimistas, que es quedarse con los brazos cruzados, quejarse y resignarse sin hacer nada. Los humanos tenemos un cerebro programado para sobrevivir, que da mucha importancia a nuestra capacidad de tener miedo, que nos hace reticentes ante la incertidumbre. Somos mejores memorizando emociones negativas que positivas. Eso nos dificulta la vida y esto hace que el optimismo a veces se nos haga cuesta arriba y también que a veces no nos demos cuenta de la suerte que tenemos de vivir en el mundo en el que vivimos. Pero el optimismo tiene que ser inteligente, no puede ser ingenuo.

–En la misma entrevista que te mencionaba antes a Slavoj Zizek decía, resumidamente, él decía que una persona pesimista y optimista a la vez. ¿Cómo vive en nosotros esa contradicción?

–Es la paradoja humana. ¿Qué crees que es más cómodo? ¿Ser optimista o ser pesimista? Tendemos a dejarnos llevar por el pesimismo porque en el fondo el pesimismo nos hace decir: “Esto que hay aquí yo lo conozco, es mi zona de confort, no tengo que arriesgarme, no tengo que dar la cara, no tengo que parecer ridículo, no me van a insultar ni me van a agredir porque diga que hay que cambiarlo”. Los optimistas no la pasan bien, muchos de los activistas de este mundo mueren, o en todo caso, se cansan, y están siempre defendiendo cosas a las que la gran mayoría parece indiferente, o cosas que tienen intereses en contra, entonces el optimismo requiere siempre una enorme valentía y mucha energía. Hay una psiquiatra que a mí me encanta, Elisabeth Kübler-Ross. Ella dio mucha esperanza a los enfermos terminales y conocía muy bien al ser humano.

–¿Qué era lo que le interesaba de su mensaje?

–Ella decía: cada día tenemos que elegir conscientemente entre el amor o el miedo. Y cuando hablas de optimismo y pesimismo, en realidad estás hablando de los dos grandes polos emocionales del ser humano: amor, que es la capacidad de salir al exterior, abrirte a los demás, ser curioso, el amor en el sentido más amplio, y miedo, que es esa sensación de “yo me tengo que proteger”, “no tengo las fuerzas, no tengo la energía”, “yo no sé cómo hacerlo” o “¿para qué lo voy a hacer”. Acuérdate que tenemos un cerebro programado para sobrevivir que tiende mucho más al miedo, que gravita entre estas dos polaridades pero cuya tendencia natural es ir hacia el “Cuidado, me tengo que proteger”. Es una lucha diaria.  No siempre puedes ser el que tira de todo el mundo, el optimista, a veces te cansas, a veces pasas pérdidas, duelo, cansancio. Es normal y hay que vivir con esa parte humana. Muchos días estás triste, no tienes la palabra adecuada, pero lo intentas cada día. Y eso es a nivel individual y a nivel colectivo, funciona en los dos niveles. Las sociedades adelantan y a veces retroceden un poco y luego vuelven a adelantar, y el humano individual tiene que hacer lo mismo.

–En el libro incluís un cuestionario para hacer una autoevaluación sobre valores y prioridades. Hay un casillero que es “Ser espiritual”. ¿Cómo entendés vos la práctica de “ser espiritual” y qué nos brinda?

–La vida nos encierra en una realidad corta, finita, frágil, vulnerable y, sin embargo, frente a esa realidad, el humano siempre está mirando más allá. Como decía Oscar Wilde, todos estamos en la alcantarilla pero algunos de nosotros miramos hacia las estrellas. Ese mirar a las estrellas ha sido parte del ser humano desde que estamos en la tierra. Tenemos la sensación de que hay algo, una parte de la realidad, una parte de nosotros, que no conocemos, que es misterioso. Hasta ahora, durante siglos, la religión era la que cuidaba de ese capital espiritual, de esa dimensión invisible. Pero la religión de repente pesa menos para muchísimas personas en el mundo y esas personas se han quedado muy huérfanas, y aún así tenemos necesidad de soñar con que puede haber otra dimensión de la vida que no vemos. Eso es lo que yo llamo ser espiritual, simplemente ser consciente de que la vida no se acaba donde se termina tu visión, tu olfato, tus sentidos, sino que hay un misterio ahí afuera para explorar y ser consciente de que es un misterio. Yo siempre digo que entiendo que la gente pueda ser agnóstica, pero atea, no lo entiendo, porque es como negar algo que en el fondo no sabes. A eso le llamo la parte espiritual, simplemente a la conexión con esa dimensión desconocida que mueve al ser humano desde que estamos en la tierra y que nos inspira, y que es algo mucho mayor que nosotros.

 

“Los optimistas no la pasan bien, están siempre defendiendo cosas a las que la gran mayoría parece indiferente, entonces el optimismo requiere siempre una enorme valentía y mucha energía”

 

–¿De qué manera lo experimentamos?

–De mil maneras: puede ser para ti simplemente una conexión con el resto de los seres vivos que te lleva a ser respetuosa con ese mundo natural que te rodea, puede ser la conexión con un ser superior, puede ser una sensación de poesía, puede ser una conexión con un sentido moral de la vida, pero yo creo que todos necesitamos reflejar eso de alguna manera.

–¿Se entrena esa mirada sobre el misterio de la vida?

–Pues es una buena pregunta, fíjate que esa parte es tan intuitiva que yo creo que más que entrenarse lo que hacemos es destruirla, acallarla. Fíjate que los niños naturalmente creen en cosas mágicas, no tienen ninguna dificultad, y se lo vamos sacando de la cabeza a medida que crecen. De la misma manera que sabemos que las escuelas tienden a generar personas que son cada vez menos creativas, creo que también acallamos todo lo que no sabemos ver y explicar, y es una pérdida. Pero sí claro que como puedas negar esa dimensión humana, es seguro que la puedas entrenar. Como yo lo siento de forma muy fuerte, nunca lo había pensado, pero tienes toda la razón, reflexionaré sobre eso, sobre cómo volver a despertarlo.

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