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8 abril, 2021 | Por

“El campo fue, es y será una elección”

Andrea Passerini es tambera, pero no se crio en el campo. Vivió y estudió en la Ciudad de Buenos Aires, hasta que un día decidió dejar su carrera para hacerse cargo del tambo familiar. Allí se convirtió en dirigente del sector y se dedicó a escribir poesía. En esta charla nos comparte el largo recorrido que la trajo hasta acá.

Andrea Passerini es tambera, dirigente de dos entidades gremiales y poeta. 

Por Lola López

¿La energía de una persona puede ser “rutilante”? Quizás en el lenguaje no sea habitual el maridaje de ese sustantivo con ese adjetivo, pero es lo primero que se siente al hablar con Andrea Passerini. Tiene que ver con su sonrisa frontal, sus fotos llenas de sol en el medio del campo y con la pasión vibrante y envolvente con que hace (todo) lo que hace. “Si hay algo que me pone feliz es que en todo lo que hice siempre fui yo misma, equivocándome o no”, dirá promediando la entrevista, con una convicción que contagia.

Pero vayamos al principio: Andrea es tambera. O dicho con más detalle, lleva adelante el tambo familiar ubicado en Carlos Casares, provincia de Buenos Aires, donde tiene 550 vacas raza Holando (la típica blanca y negra), que dan entre 11 y 15 mil litros de leche por día y que en 2020 ganó el premio al Mejor Productor Lechero.  Se licenció en Ciencia Política y trabajó muchos años en el sector de relaciones institucionales de diversas entidades.

Algunos datos sobre la lechería, para tener una idea general del sector: en nuestro país hay unos 10.000 tamberos de los cuales el 70% son chicos, es decir que producen unos 3 mil litros diariamente, y se les paga entre 21 y 25 pesos por litro. Una ternera empieza a producir leche a los 2 años y medio o 3, y se realizan 2 ordeños por día (cada 12 horas y es mecánico, no a mano).

Además de tambera, es dirigente en dos entidades gremiales del mundo agropecuario: CRA (Confederaciones Rurales Argentinas) y CARBAP (Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa) y eso, definitivamente, no es común en un sector donde en la dirigencia sigue habiendo mayoría de hombres.

Pero Andrea también es poeta y cultiva el tradicional formato de poemas endecasílabos: Girondo, Benedetti y Borges son sus preferidos. Al final de esta nota van dos poemas firmados por ella.

Holando es una raza de ganado vacuno que se encuentra principalmente en la Argentina.

Un largo camino al campo

Andrea quería estudiar la carrera de Letras pero finalmente estudió Ciencia Política y Relaciones Internacionales, porque los planes de la familia eran que se desempeñara en la Cancillería Argentina. Entre 1992 y 2000 trabajó con distintas figuras políticas como encargada de relaciones institucionales y prensa, y luego comenzó a trabajar en el Ministerio de Economía, en la sección de relaciones internacionales. Así fue hasta 2005, cuando decidió irse a vivir definitivamente al campo a gerenciar el tambo familiar.

–Estás a cargo de un tambo y sos dirigente rural pero no te criaste en el campo… 

–Estudié y viví en la Ciudad de Buenos Aires muchos años, pero siempre sentí que el campo era lo que me definía. Pasaba todos los fines de semana y los veranos en Carlos Casares con mis primos, en una época donde no había luz eléctrica en la casa, recién llegó en 2003. Entonces prendíamos el generador un rato y luego nos quedábamos afuera, mirando las estrellas o escuchando a Dolina en la radio AM. Siempre anduve detrás de los bichos, me gustaba estar con los animales por eso digo que opté por el campo, fue una decisión, no una necesidad.

“Dejé un trabajo seguro en la función pública para pasar a una actividad privada como el tambo, con tantos vaivenes económicos… Además, mi hijo era chico y tenía que mantenerme porque era yo quien ´paraba al olla´. Pero era el momento de hacerlo”.

–¿Cómo fue ese salto?

–Uf, al vacío. Dejé un trabajo seguro en la función pública para pasar a una actividad privada como el tambo, con tantos vaivenes económicos… Además, mi hijo era chico y tenía que mantenerme porque era yo quien ´paraba al olla´. Pero era el momento de hacerlo.

–¿Qué fue lo más difícil?

–La mayor prueba que tuve que pasar para hacerme cargo del tambo, que hasta ese momento mi padre compartía con un socio, fue… ¡mi propio padre! Porque él tenía la idea de que mi hermano debía hacerse cargo del campo, algo que no sucedió. Mi padre pensaba que esto era demasiado para mí, pero cuando le demostré que estaba a la altura, el me dio su confianza y ahí no paré más. Hice cursos y, sobre todo aprendí, de los que saben.

Así, podría decirse que Andrea “pasó de 0 a 100” ya que no sólo se hizo cargo (y con éxito) del tambo sino que, además, comenzó a involucrarse en la actividad gremial, dado que siempre tuvo vocación por participar en espacios públicos. Por eso quiso combinar su trabajo “tranqueras adentro” con lo que pasaba afuera: “Siempre sentí que solo trabajando en mi empresa no me sentía satisfecha, que debía hacer algo más, contribuir a cambiar una realidad que veía hostil. Así que lo primero que hice fue meterme en la Sociedad Rural de Casares”, recuerda.

Dirigente en dos entidades gremiales, siempre tuvo vocación por involucrarse en el espacio público. 

Una vez que se hizo cargo del tambo también se aseguró de que sus empleados –“su gente”, como dice– se sintieran bien, cómodos, contentos. Y parte de ese plan fue que las doce familias viven en el tambo tengan asegurada la escolaridad para sus hijos. Tal es así que el alumnado que concurre a la escuela que está frente al establecimiento está compuesto por los chicos de las familias tamberas.  “La gente de campo es maravillosa, siempre quiere aprender y mejorar, y eso me motiva y me da mucha alegría”, resume.

–¿Cómo es ser dirigente agropecuaria? ¿Sentís que es un espacio con cierto machismo?

–Siempre digo, un poco en chiste y otro poco en serio, que no dirijo nada, que lo que hago es llevar adelante las propuestas de lo que consideramos básico para que la lechería argentina salga de la crisis estructural que sufre. En mi experiencia personal, yo no siento que haya machismo en el campo; nunca sentí una mirada agresiva o censuradora por ser mujer. Sí me miraban con cierta curiosidad, pero eso fue hasta que fui ganando mi espacio escuchando y aprendiendo.

–¿Cómo es tu día a día?

–No vivo todo el tiempo en el campo porque mi hijo y mis padres están en Buenos Aires y muchos amigos también, así que vivo entre la ruralidad y lo urbano. Mis días arrancan en la computadora y hablando con el banco, el estudio contable y los proveedores, lo cual no varía esté donde esté. Pero lo que más me gusta es andar afuera, recorrer el campo, viendo que todo funcione. Mi padre, que tiene 83 años, es mi gran asesor: con esa edad tiene mucha experiencia en capear las crisis.

–¿Por qué siempre se escucha, justamente, que los tambos están en crisis?

–Porque no es fácil ser tambero: la leche cruda, nuestro producto, es totalmente perecedero, no podemos dejar de ordeñar ni un día, ni podemos almacenar la leche en un silobolsa. Además, al tambero no le cierran los números porque no puede trasladar un solo peso del aumento de sus costos.

“La mayor prueba que tuve que pasar para hacerme cargo del tambo, que hasta ese momento mi padre compartía con un socio, fue… ¡mi propio padre! Porque él tenía la idea de que mi hermano debía hacerse cargo del campo, algo que no sucedió. Mi padre pensaba que esto era demasiado para mí, pero cuando le demostré que estaba a la altura, el me dio su confianza y ahí no paré más”.

–¿Por ejemplo?

–Y… aumenta el alimento balanceado, el gasoil y mis insumos para sembrar pasturas, pero yo no puedo aumentar el precio de la leche porque al tambero la industria le fija el precio unilateralmente.

–¿Cómo hacen para seguir, entonces?

–En mi caso, en lo económico, sigo en el tambo porque tengo un buen manejo y gran parte de los campos son propios. Y en lo personal, porque creo que hay mucho para hacer y mucho para mejorar fuera de la tranquera. Me entusiasma creer que tengo algo para aportar.

–En medio de todo esto, ¿cómo entra la poesía?

–En verdad es al revés: la poesía fue lo primero, desde la primaria, y todo lo demás vino después. Mirar el campo puede hacer que te inspires para un poema o que agarres la calculadora y te pongas a hacer números. Yo a veces dejo la calculadora y transformo lo que veo en poesía.

Por Andrea Passerini

POEMA DE LA LUNA QUE SANGRA

¿Por qué sangras hoy, luna?

Tus lágrimas carmín ¿son las palabras
que no puedes decir?

Tu presencia de esfinge nos observa
con ojos de sorpresa…

¿Por qué lloras hoy, luna?

¿Qué tristeza profunda
te has guardado,
qué sombras has mirado,
qué quieres descubrir?

Miramos hacia el cielo,
misteriosa morada
desde la que derramas
callados resplandores.

Nuestro pequeño tiempo
se detiene
mientras sangras
y buscamos respuestas
siempre vanas
que no nos puedes dar.

Porque sangras hoy, Luna,
se nos escapa el sueño
como un sol de verano
que va huyendo,
y nos brota tu sangre
como gemidos huecos.

Ya mañana serán tus cicatrices
las que sanan.
Otras noches, tal vez,
otras moradas,
sin preguntas
sin palabras
sin tiempo,
sin sangre,
sin mañanas.

ALGUIEN

Alguien está muriendo
mientras allá en el campo,
sopla el viento.

Como muere el invierno
y la tarde al caer…
Como murió el ayer
y este momento.

Alguien está muriendo
mientras la noche irradia
breves suspiros,
mientras los ojos temen
morir dormidos,
mientras la tierra exhala
su polvareda.

Y mientras alguien muere
la vida es pausa,
y el tiempo, un sinsentido.
La rosa no florece
y el sol no traza
sus recorridos.

Pero, aunque esté muriendo,
ya no te apures.
No puedes evitarlo:
finalmente,
él habrá de partir
de cualquier modo.

Es tiempo de aceptar.

Y es tiempo de guardar la ropa.
Y es tiempo de ceder el paso
El viento ha de amainar, acaso,
al llegar la tormenta.

Y ya vas a volver, despacio…
el campo igual espera.
Como espera el abrazo
quien se ha perdido.
Como espera la lluvia,
igual, la primavera.

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