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24 junio, 2019 | Por

Clara Pazos: “Los seres humanos tenemos la responsabilidad de ser libres”

La directora de contenidos de los inspiradores encuentros Human Camp nos comparte su sueño: sembrar humanidad para que todos podamos trabajar en la propia expansión e inspirar, a su vez, la de otros. En esta nota habla de sus proyectos, sus aprendizajes y ese viaje tan rico como personal que emprendió tempranamente con la misión de nunca dejar de buscar.

Por Agustina Rabaini

Mi camino emprendedor comenzó a fines de 2001”, cuenta Clara Pazos (45) al iniciar nuestro encuentro, pero le tomará apenas unos minutos revelar—a corazón abierto— lo que recuerda como los dos momentos bisagra en su vida.  En primer lugar, el día en que dio a luz a su hija Camila cuando tenía solo 17 años y aún no había terminado la escuela secundaria. “Mi hija ahora tiene 27 y fui madre soltera”, cuenta orgullosa y sonriente hoy, con la luz y la madurez que le trajeron los años de experiencia.

Un segundo momento clave sobrevino con el fallecimiento de su amado hermano menor, Juanjo. Él tenía 26, ella 30, y su partida la hundió en una tristeza profunda, hasta llevarla a buscar un sentido diferente a la vida que conocía hasta el momento.

Fue en 2004, en medio de una fuerte crisis personal y en un contexto económico adverso que nació, nada casualmente, el proyecto más personal y comprometido de esta emprendedora y productora de eventos: el encuentro de capital humano que en el 2008 se transformó en el Human Camp“.

En su vasto recorrido, Human Camp reunió 30 ediciones en total: 6 HC Vocacional, 3 HC Educadores, 2 HC Salud y 19 HC Líderes, en los distintos encuentros celebrados en ciudades como Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Montevideo y Bogotá.

Ella fue la ideóloga y directora del primer Human Camp Líderes, un evento dirigido al sector de recursos humanos que, a lo largo de doce años y muchas ediciones, se amplió hasta impactar en otros públicos: en los educadores, en los profesionales de la salud y en los más jóvenes, a través del Human Camp vocacional.

Con mi hermano habíamos estado muy cerca siempre y él fue el que estuvo también ahí con mi mamá cuando mi hija era chiquita y yo salía a trabajar y estudiar. Su muerte me dejó seca, sin sentido, y entonces hice mi primer viaje sola a Cuzco, un lugar al que después volví varias veces. Hoy lo recuerdo como el inicio de un camino interior hacia una nueva etapa y a una pregunta que no me abandonó más: ¿por qué y para qué hago lo que hago?”. 

Vivir una vida humana

La mañana es casi invernal en un bar-refugio del barrio de Belgrano y  Clara cuenta, con ojos clarísimos y hablar pausado, que nació en 1974, en Buenos Aires, que al año se fue a vivir a Ecuador junto a su familia y más tarde creció en el litoral, en Posadas, Misiones, porque su padre ingeniero trabajaba en Yacyretá.

En esa ciudad vivió hasta los 16 años, bien cerca del río y la naturaleza. Su madre, una artista plástica y mamá de seis hijos, le transmitió la sensibilidad por lo social, al igual que su padre, que impulsaba eventos orientados al desarrollo social.   

A Buenos Aires regresó a vivir al fin de la adolescencia,  y con el apoyo de sus padres, mientras Camila, su hijita, iba creciendo, pudo estudiar la carrera de Diseño de Interiores y salió al mundo del trabajo muy joven. “Fui mesera, trabajé en una empresa de ropa, en un hotel, en el ámbito de la salud y seguí hasta que me di cuenta que me interesaba crear contenidos para eventos. Así llegué a tener mi primera empresa, Axis Group, con un socio, y en ese marco nacieron los dos eventos que después continué ya de manera independiente, con mi empresa, Rayuela,los dos más importantes que hice en los años que siguieron fueron el MBA Forum, una feria de posgrados y maestrías y el Human Camp”.

“Yo fui una mamá jovencita pero muy consciente de mi rol  y de la elección que había tomado. Camila fue mi motor y mi inspiración. Me metí en un tren bala pero nunca descuidé la semilla de mamá”. 

—¿Y el diseño de interiores?

—En realidad, yo quería estudiar arquitectura, pero elegí la carrera más corta para ocuparme de mi hija y poder vivir las dos juntas. Así llegué a tener mi primer puesto gerencial, a los 21. Después de recibirme, no ejercí la carrera porque la vida me llevó por otros caminos, pero hoy veo que todo se relaciona. Con el Human Camp me dediqué al diseño de interiores con mucha intensidad (se ríe). La construcción que empecé ahí y también durante mi formación en la Escuela de Vocación Humana, a la que todavía asisto, están vinculadas entre sí. Seguí conectada con la arquitectura, el diseño y la creatividad, pero al servicio de una vocación. Con una misión y un para qué, y haciéndome nuevas preguntas.

—El Human Camp nació en el 2008 para dar visibilidad a líderes que pudieran inspirar a otros y después llegó el Human Camp Vocacional, el Human Camp Educadores y el Human Camp Salud…

—Sí, fueron diez años del Human Camp de líderes y cinco del Human Camp vocacional. El primer evento nació de mi interés por llevar adelante algo que me hiciera sentido, trabajar desde una profunda motivación. Cuando me independicé de mi socio y decidí seguir sola, empecé mi propia organización que se llamaba Rayuela… Ese nombre simbolizaba para mí el camino de la tierra al cielo; una comunión con algo más alto. En lo personal, me hacía pensar en la integración entre generaciones, algo que siempre me interesó y que tenía que ver con las tres generaciones de mujeres que representábamos mi  hija, mi mamá y yo. Para mí era importante no solo entender a los jóvenes y ver qué iban a traer, sino también qué iba a pasar con las generaciones anteriores en ese proceso de adaptación.

—¿Mirar hacia adelante pero sabiendo de dónde venías?

—Sí, también por mi personalidad, desde chica fui muy rebelde y estuve años cuestionado el deber ser y los dogmas y las estructuras dentro de mi familia y en todos lados. Como si necesitara hacer algo con esa falta de aire y de libertad que había sentido en varias oportunidades. La sensación de decir: ´Estoy en una caja y acá hay una serie de mandatos y cuestiones que hoy sé que trascienden el ámbito de la familia´. Eso tiene su precio: ir contra la corriente no siempre genera buenas sensaciones en los demás, así que no fue fácil.

—¿Qué era lo que más cuestionabas?

—Si miro para atrás, hubiera respondido otras cosas, pero hoy sé  que tenía que ver con mi búsqueda de libertad, con dárnosla y con la responsabilidad que tenemos de ser libres. Poder transmitir eso a nuestros hijos o sobrinos, y a las generaciones que vienen. Ayudarlos a salir de las cajas donde nos han metido y de las que es muy difícil salir porque el mundo alrededor funciona así. Hoy puedo decir que es posible vivir en este mundo asumiendo la búsqueda de la libertad, aunque sea agotador estar haciéndose preguntas continuamente. Mis amigos me preguntan: ‘¿Cuándo vas a dejar de buscar?‘ Mi respuesta es nunca, nunca.

—¿Encontraste compañía en esa búsqueda?

—Sí, hay personas con las que nos juntamos y podemos estar días  compartiendo conversaciones y también momentos de escucha o de silencio. Porque esta intensidad que me mueve no tiene que ver con hablar, necesariamente. Antes parecía tener la respuesta en la punta de mi lengua y hoy tengo más preguntas que respuestas, el trabajo todavía es inmenso. Para algunas cosas, sigo sintiéndome una cachorra y sigo maravillándome de la misma manera.

—Cortázar decía que la literatura era “el juego más serio que podía hacer como adulto”. ¿Detrás de Rayuela y del Human Camp estaba también esta idea de la creatividad con responsabilidad?

—Bueno, sí, con Rayuela y con cómo fue desarrollándose mi vida después. No solo por la importancia enorme que le doy a la creatividad sino por el juego en sí, por esta posibilidad de jugar. Julio Cortázar fue el primer escritor que me tocó y me conectó con algo más profundo. Hoy puedo decir que vivo desde un lugar muy lúdico y mitológico, también. A veces siento que estoy adentro de un mito o que veo mitos por todos lados.  Empecé a jugar de grande a lo que, tal vez, no había jugado cuando era chica.

“Cuanto más conscientes somos acerca de nosotros y de lo que elegimos, mayor es nuestra responsabilidad en relación a nuestros actos y a las consecuencias de los mismos”.

—¿A qué te referís con lo de los mitos?  

—¿Cómo explicarlo? No creo que sea casual que estemos hoy sentadas acá, conversando; creo más bien que llegó nuestro tiempo para estar acá. Esta elección o forma de vida me ha hecho ir y venir de lugares muy luminosos a otros más oscuros, y en eso la escuela de Vocación Humana me acompañó muchísimo porque me enseñó a ver más allá de lo que podés conocer desde lo mental. Hay que poder hacer algo más: trabajar la propia oscuridad para integrarla, como decía Carl Jung. Es ahí donde yo encontré un sentido a mi búsqueda. Entiendo que hay personas que tienen esa sutileza y liviandad, y puede ser bello también. Pero yo veo la belleza en el guerrero y en el fuego, en trabajar mi propia oscuridad.

—El propósito de Vocación Humana y el de Human Camp parecen coincidir en esta idea de  que “cada uno descubra y cultive su propia vocación, su lugar en el mundo y la modalidad propia de su sentido de trascendencia”…

—Sí, con poder vivir la vida desde otra perspectiva, salir de lo cotidiano a mirar desde un lugar externo y observar determinadas situaciones. Human Camp y Vocación Humana tienen mucho en común, pero no hubo un propósito en conjunto para que eso sucediera de entrada. El Human Camp fue  desarrollándose y cuando conocí al filósofo Bernando Nante lo invité a ser parte del consejo del Human Camp. Más tarde inicié el programa de Vocación Humana en 2014.

—¿En qué situación está el Human Camp en este momento?

—En el 2017 cerramos un ciclo y  ahora está gestándose una nueva etapa. Con mis socios decimos que sea un momento de incubación.  Para mí el Human Camp fue algo muy luminoso y muy difícil a la vez. Estuve muy sola durante los primeros años y, en un momento, el tema económico se hizo cuesta arriba. Yo veía que estábamos haciendo algo que florecía y que generaba cada vez más adhesión con una propuesta disruptiva. Primero vinieron los filósofos, después los líderes espirituales, se fue sumando gente y pude ir encontrando socios en el camino que me ayudaron a seguir. Carlos Pérez, Mariana Ibero, Roberto Olivero, Federico Seineldin (N: de la R: el creador de empresas sociales como Njambre y Arbusta, es el marido de Clara), Tomás Rojas, Bernando Nante, Moira Lowe y Christian Plebst. Todos ellos me ayudaron a revisar la idea de  que tenía que poder sola, algo que había forjado en mí fuertemente desde mi historia personal.

—¿El ciclo se discontinuó?  

—Hoy no está activo, estamos subiendo contenidos a nuestro canal de YouTube y queremos compartir desde las redes lo realizado hasta el momento, pero también gestar lo que pueda venir. Podemos seguir nosotros, o darle la posta los más jóvenes, que han sido una gran motivación en todo momento. Hicimos todo lo posible para que fuera sustentable, pero en un momento entendimos que había que cerrar el ciclo. Yo no sé qué es lo que va a nacer, pero mi semilla está en lo vocacional y en los que vienen atrás; el corazón me late ahí y para eso estoy explorando mi propio camino en Vocación Humana. El aprendizaje es de por vida.

—¿Qué aprendiste del Human Camp hasta acá?

—A lo largo de las treinta ediciones pude escuchar todo tipo de historias de vida. Haber estado con esas personas y conectar con sus recorridos desde la niñez, ver por qué se forjaron así y cuáles fueron las batallas que libraron, me fui nutriendo y espejando tanto que les estoy profundamente agradecida. Fue aprender de la historia de los otros y ver cómo conectarlas con mi propio dolor, con mi historia, con mis carencias. Se generaba algo mágico: enfrente había seres humanos abriéndose a explorar y a dejar sus semillas en un evento multitudinario, compartiendo historias que no eran solo de éxitos sino de aprendizajes. Los verdaderos líderes no buscan el éxito material sino perfeccionarse y expandirse como seres humanos.

 “¿Quiénes me inspiran hoy? Genios de la historia como Da Vinci, Pitágoras o Nikola Tesla; personas que no estudiaron una sola carrera, sino que exploraron en diferentes disciplinas y le dieron al arte tanto lugar como a las matemáticas, a la ciencia o la filosofía”.  

Clara Pazos

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