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Carmen Burone: «Animarse a sanar heridas es solo para valientes»

Cuando su hija menor murió, su corazón se partió en mil pedazos. Pero con el tiempo se animó a sanar, atravesó el dolor y logró renacer a una nueva dimensión de sí misma. Y entonces encontró su propósito: acompañar a otras personas en sus procesos de autoconocimiento y transformación. Con ella hablamos para comprender cómo la oscuridad también puede llevarnos por un camino de luz, amor, esperanza y alegría.

Por Sophia

Carmen Burone acompaña procesos de autoconocimiento, transformación y despertar en consciencia. 

Por Bea Vilá Bertrán

Carmen Burone (49) es counselor psicológica y terapeuta espiritual holística. En enero de 2018, la muerte de su hija Alma en un accidente automovilístico la obligó a atravesar un duelo dificilísimo. Durante este proceso, su fascinación por el autoconocimiento y el despertar de conciencia se afianzó y se convirtió en su propósito de vida. Para ella, toda crisis resulta una oportunidad perfecta para hacer un insight y profundizar en nuestras heridas, pero también en nuestros dones y virtudes para conectar con nuestra esencia y todo nuestro potencial.

En una charla honda y cercana, Carmen comparte con Sophia qué función tienen las crisis y los duelos que atravesamos en la vida y qué trabajo interior estamos obligados a hacer, si queremos sentirnos parte del mundo que viene. Porque, según dice, toda transformación nos impulsa a dejar de sobrevivir arrastrando dolores y optar por vivir más despiertos, sintiendo cada instante con el corazón.

—¿Qué lugar cumplen los duelos en nuestra vida?

—Los duelos son procesos en los que atravesamos tantas emociones difíciles y nos rompemos en tantos pedazos que, de alguna manera, ya no nos reconocemos. No somos la misma persona: tenemos que trabajar profundamente en nosotros mismos para volver a entender quiénes somos y mirar con mucho amor todas esas partes que se cayeron para ver con cuáles queremos quedarnos. Los duelos son parte de la vida y son saludables y convenientes, aunque suelen ser muy temidos. Todos estamos llamados a evolucionar, así como de forma constante mueren células y nacen otras nuevas en nuestros cuerpos. Las capas viejas tienen que partir. Pero son muy pocas las personas que se animan a atravesar los duelos de manera consciente para transformar el dolor en amor. La mayoría de las personas prefieren guardarlos debajo de la alfombra y conviven con el sufrimiento por el resto de su vida.

—¿Cómo aconsejás atravesar un duelo?

—Al dolor se lo atraviesa por el medio, es el camino más rápido y el mejor atajo. En cambio, si lo negamos o lo esquivamos, empezamos a convivir con el sufrimiento crónico, que no hace otra cosa que poner en evidencia un dolor no atravesado. El efecto del sufrimiento es mucho peor que el del dolor. El sufrimiento crónico mata. Mata por dentro y, a la larga, como mínimo, se convierte en una enfermedad.

—La muerte te tocó de cerca, al tener que despedir a tu hija Alma a sus diez años. ¿Cómo viviste su partida?

—Tremendo, no se lo deseo a nadie. Es una bomba que te explota en la cara y te rompe en millones de pedazos. Quedás aturdida, rota para siempre. Es, literal, morir en vida. Trabajé duro para intentar reconstruirme a mí misma. Lloré y hablé de ella mucho tiempo. La muerte te ordena la vida en blanco y negro. Hay personas y lugares que no se eligen más. Tenés mucha más claridad sobre dónde y con quién volver a ir, o no. Ya no buscás complacer a nadie. Es un dolor agónico con el cual aprendés a convivir, y todo lo que es superficial como la queja, la falsedad, la mediocridad o la pavada, ya no te atrae. La mecha te queda corta para siempre. Entendés que la vida es corta y es hoy. Ahora.

La muerte de Alma la rompió en pedazos, pero también la ayudó a encontrar su verdadero propósito en la vida. 

Para Carmen, un vínculo puede continuar a pesar de la muerte, todo depende del nivel de apertura mental que tengamos. “El alma de Alma sigue viva y me muestra con señales qué caminos elegir, con números, con canciones, con imágenes y tengo la bendición de abrazarla en sueños muy seguido. El vínculo sigue y ese es mi regalo. Porque, aunque no la veo, la siento y nos acompaña siempre». 

—¿Cómo se sobrevive a un dolor tan grande?

—Siempre digo que yo sentí que mi hija Alma me había preparado para ese momento. Fue una sorpresa, y no tanto. Si estamos atentos, la vida nos prepara. En mi caso, la muerte siempre estuvo presente desde que estaba embarazada de ella, ya que en la traslucencia de las 12 semanas detectaron que tenía síndrome de Down y un higroma quístico que doblaba el tamaño de su cabeza. Los médicos me hablaron de la posibilidad de que muriera en mi panza. Me ofrecieron abortarla —en una época donde el aborto era ilegal en la Argentina— como solución rápida para evitar traer al mundo a un hijo con discapacidad. Eso fue un golpazo para mi corazón. Era mi hija, y mi voz interior me gritaba “amala”.

—¿Su llegada también atrajo un proceso de transformación?

—Que Alma haya nacido fue un regalo de la vida. Había pedido tanto poder conocer su carita, y me concedieron el deseo. Pero su primer año de vida fue muy difícil, con tantos órganos inmaduros debido al quiste en su cabeza. Creo que recién empecé a dormir más tranquila a partir del segundo año. Un hijo con discapacidad tiene un montón de exigencias, te obliga a acudir a muchos médicos y terapias, y nunca hay una pausa o un descanso. Me entrenó en la más dura de las maternidades y saqué músculo para luchar como una leona. Cuando partió, una de las primeras preguntas que me hice a mí misma fue la misma que, en 1978, le transmitió la Madre Teresa de Calcuta a Facundo Cabral, para contenerlo cuando su mujer y su hija fallecieron en un accidente aéreo: “¿Y ahora qué vas a hacer con el amor que te sobra?”.

—¿Creés que Alma te ayudó a amar más?

—Sí, ella me zambulló en mi interior, porque cuando nació tuve que aceptar al “hijo no esperado”. Nadie desea un hijo con discapacidad y tuve que hacer un duelo por el hijo que no fue. Después de llorar, de enojarme mucho y de no entender nada, me rendí para aceptarla. Y solo así pude empezar a preguntarme qué tenía que aprender de ella y de esa experiencia. Empecé a sentir la vida desde otro lugar. Ella me hizo cambiar la mirada de miles de maneras diferentes, me forjó como un hierro fundido, me puso en carrera y me conectó con mi ser al ciento por ciento. Ella y mi hija Luna forjaron quien soy hoy, por eso son mi mayor tesoro. La maternidad me transformó por completo.

En mayo de 2020, junto a Federico Gallardo, empezó a grabar el podcast Con el corazón en la mano.

“Si estás viviendo desde tu corazón te tenés que emocionar, por lo menos, una vez por semana, aunque lo ideal sería todos los días. Y por cosas simples: el privilegio de una ducha caliente, el sol del otoño en la cara, el regalo de un abrazo esperado, un mensaje sorpresa que sea un mimo al alma, una charla con una amiga, un rico café, tu canción favorita que aparece en la radio, esa mariposa o colibrí que llegan a tu balcón. Si en la semana los ojos no se te humedecen por algo así de chiquito, es porque estás desconectado del corazón». 

—¿Y en esa transformación lograste encontrar cuál es tu propósito de vida?

—Siempre supe que vine a construir un mundo mejor, con más amor. Pero no tenía idea cómo llevar eso a cabo, qué lugar ocupar y qué instrumento tocar en esta inmensa orquesta de la vida. Pero en mi proceso de duelo y transformación pude encontrar cuáles son mis dones y mi instrumento. También entendí para qué estoy acá y cuál es la melodía que tengo que tocar. Trabajar en mi interior me sirvió para afinar mi voz. Entendí que ese era mi instrumento para ayudar a ampliar la mirada y la consciencia de esta humanidad. Pero, para eso, era fundamental que yo fuese la primera en afinar mi propia voz y vibrar en armonía con mi ser.

—¿Qué es lo más gratificante de acompañar a otros en su despertar?

—Me llena de amor, de emoción, de orgullo. Cuando mis consultantes llegan a mí, generalmente lo hacen a raíz de una crisis vital. Me refiero a la finalización de un ciclo, como puede ser terminar el colegio secundario o la facultad, mudarte a otro país, llegar a la mitad de la vida o divorciarte, por dar ejemplos cotidianos. Llegan llorando, viviendo un tsunami interior, desconectados de sus corazones, hartos de vivir para el afuera en lugar de para ellos mismos. Sus caras de angustia y desesperación me conectan con mi propia experiencia.

—¿Cómo se desarrolla una sesión de tu terapia de acompañamiento?

—En nuestros encuentros les abro mi corazón y los escucho atenta con una mirada sin juicio. Les pongo en palabras lo que sus corazones y almas sienten. Lejos de estar deprimidos, lo que están es profundamente tristes porque viven una vida que no los hace felices, que construyeron para otros sin tenerse en cuenta a ellos mismos. Están atascados en lugares, con personas y hasta ejerciendo profesiones que no eligieron de forma consciente. Paramos juntos la pelota, los abrazo con el alma y los guío para que consigan ordenarse y reconocerse. Para esto siempre recurro a tres preguntas básicas, que son: «¿Quién soy?», «¿Cuáles son mis dones?» y «¿Para qué estoy en esta vida?». Y ellos van elaborando sus respuestas de forma concreta en el transcurso de las sesiones.

—¿Cómo reconocés cuando el proceso termina?

—A partir de la terapia, cada uno de mis consultantes queda en otro lugar. Un lugar nuevo desde donde comenzar a escribir su verdadera historia. Desde allí sí vale la pena estar vivo. Amo a cada uno de mis consultantes y ellos sienten en nuestro trabajo el profundo amor y respeto que les tengo, que es lo que más necesitan para hacer este trabajo en profundidad. Son procesos cortos, de no más de tres meses. Les doy herramientas y claridad para que puedan conducir sus propias vidas de forma autónoma. Es un camino maravilloso, aunque atravesarlo no es fácil ni agradable, pero los que tienen sed de vida empiezan a vivir una vida apasionante, siendo conscientes de que son creadores de sus propios destinos.

—¿Hay algún denominador común entre tus consultantes? ¿Cuál es el bloqueo que aparece con mayor frecuencia?

—Tengo consultantes de todas las edades, desde universitarios de 19 años a directivos de multinacionales de más de 50. El despertar en consciencia no es propio de una edad, la crisis es transversal y son muchos los que están despertando. El bloqueo más grande es la propia desconexión del ser, estamos en un mundo que nos desconecta desde chiquitos, nos llena de creencias y mandatos que nos alienan de nosotros mismos y nos lleva a crear personajes para sobrevivir. Vivimos desde una falsa identidad que nos mata por dentro, nos vacía, nos corroe y nos termina deprimiendo.

—Hoy priorizamos el sobrevivir en lugar del vivir, ¿cuál es el punto de quiebre?

—El punto de quiebre es un gran hartazgo. Una gran tristeza. Un gran basta. Te lo grita tu alma para que termines con esa vida falsa y ficticia que te creaste. Te avisa que te perdiste, que ya estás demasiado lejos de vos. Tu alma te pide en un grito desesperado que vuelvas a casa. Hay veces que te pide que termines con esas relaciones que tanto daño hacen, y las seguimos teniendo en nombre de la sangre o del qué dirán, de mandatos o viejas creencias. Hay veces te piden que salgas de ese trabajo que te corroe el espíritu y te vuelve un robot autómata. Hay veces que te trae un accidente para que te quedes en cama a hacerte todas estas preguntas importantes. Hay veces que es a través de una enfermedad, que te hace replantear a fondo toda tu vida.

—Estamos muy acostumbrados a analizar nuestras experiencias desde la cabeza y a racionalizar nuestros sentimientos. ¿Cuál es el antídoto?

—Cuando nos desconectamos de nuestro ser, el miedo, la culpa y la carencia se apoderan de nosotros. Estas son tres trampas del ego que impiden que nos reconozcamos poderosos. Tenemos todo para construir una vida plena. Pero, para eso, tenemos que volver a conectar con el corazón, que nos saca de nuestra zona de confort. Nos obliga a dejar atrás todos los disfraces, todas las complacencias para empezar a vivir en coherencia con nuestro ser. Es solo para valientes animarse a sanar heridas, a vivir conectados, a vivir sintiendo. Debemos aprender a conocer y a gestionar nuestras emociones. Nadie nos enseñó a hacerlo y, al primer dolor, elegimos desconectar de nuestros corazones y prescindir del sentir, en lugar de aprender a integrarlo. Pero en la nueva Tierra se vive desde el sentir. La sensibilidad es un don, y es fundamental saber usarla, es nuestro GPS.

—¿Qué papel creés que tiene la mujer a la hora de forjar este nuevo entendimiento?

—En casi veinte años de recorrer este camino, veo que las mujeres llegan primero. Despiertan antes, son las que conectan más rápido con sus corazones y ven que por ahí va el futuro de la humanidad. A través de ellas despiertan muchos hombres y se crían hijos conscientes. Por eso, una mujer despierta, es un hogar despierto. Ellas son el faro en cada hogar. Su rol es tan importante como sagrado, porque si cada mujer toma consciencia de que cómo está ella espeja cómo está su familia, entendería que su mayor responsabilidad es custodiar su armonía interior diaria. Si muchas mujeres construyen hogares despiertos, llegaremos a construir un mundo con más amor.

Luna y Alma, su mayor tesoro, quienes la ayudaron a convertirse en la persona que es hoy. 

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