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18 julio, 2019 | Por

Bernardo Toro: “El planeta arde y estamos tomando whisky”

Lo dice el reconocido filósofo colombiano que recorre el mundo alertando sobre el cambio climático y el calentamiento global. En su paso por Buenos Aires para disertar en un encuentro sobre la AGenda 2030, organizado por la Dirección de Responsabilidad Social (MSyDS) junto a Fundación Avina, el CEADS y GDFE. Una mirada cruda, aunque esperanzada, acerca de un llamado de atención deliberado: la necesidad de recuperar la ética del cuidado.

Por Equipo Sophia

–Disculpe, ¿cómo dice, Bernardo?

–Eso: que el planeta arde y estamos tomando whisky.

La frase es dura, pero el filósofo colombiano Bernardo Toro sabe de sobra que un buen disparador para el debate no debe andarse con eufemismos. Su intención es hacer visible eso que, a veces, nos cuesta asimilar: el planeta que habitamos tiene problemas serios y muchos de nosotros estamos pensando en otra cosa, bebiéndonos una copita.

¿Deberíamos dejar lo que estamos haciendo ahora, salir corriendo, alertar a otros? Y de ponernos manos a la obra, ¿cómo y en qué? “Tranquilos”, dice con una sonrisa Toro, mientras habla sobre eso que sí reviste urgencia: comprender la importancia que tiene cambiar el viejo paradigma que nos trajo hasta aquí por uno nuevo: el del cuidado.

Cuidar, una atribución históricamente femenina, según explica; una necesidad que hoy nos interpela a todos: mujeres y varones. La de cuidarnos y atender nuestros intercambios en pos de un bien mucho mayor que el propio.

El colombiano llegó a la Argentina para participar del tercer aniversario del Foro de Responsabilidad Social para el Desarrollo Sostenible, en el marco de la jornada “Desafíos y oportunidades de la Responsabilidad Social en la agenda 2030”. El evento fue organizado por el Ministerio de Salud y Desarrollo Social (MSyDS) en articulación con Fundación Avina, el Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible (CEADS) y el Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE).

¿Qué es Avina?

Es una fundación latinoamericana enfocada en generar y apoyar procesos colaborativos que mejoren la calidad de los vínculos entre emprendedores, empresas, organizaciones de la sociedad civil, el sector académico e instituciones gubernamentales para contribuir juntos al bien común. Actualmente consta de 10 programas, que incluyen temas vitales como el cambio climático, las migraciones y la importancia del reciclaje, entre otros. ¿Cuál es para esta organización el instrumento para generar el cambio? Los procesos colaborativos, fundamentales para impactar en cambios que ya no permitan volver atrás. Más información: www.avina.net

No es un problema de buenos o malos. El ser humano no puede vivir en el modelo de no comer carne y no consumir nada … El paradigma de la acumulación, el poder y el éxito nos trajo hasta acá, ¿qué hacemos ahora? No renunciar, sino generar nuevos paradigmas”, resume el filósofo, autor de la teoría de “La ética del cuidado”, profesor de matemática y física e integrante de la Fundación Avina, creada en 1994 para producir cambios a gran escala en el desarrollo sostenible.

Padre, abuelo y autoproclamado “nerd” (lo suyo es, sin dudas, leer y reflexionar), recibe al equipo de Sophia con lucidez, dispuesto a repensar todo. Incluso, aquello que ya hayamos repensado.

–¿Y ahora qué vamos a hacer?

–El único instrumento poderoso para transformar la realidad es la política, no hay otro. La sociedad es una articulación de intereses. El cambio se logra cuando esos intereses se articulan en una dirección. Es la única forma de sobrevivir. El viejo paradigma generó la tecnología, las comunicaciones, la genética. No es ni bueno ni malo, fue el paradigma con el que construimos este cuento. Pero hoy el 60% del agua dulce de nuestro planeta está contaminada. O cambiamos rápido de paradigma, o no somos viables. El fundador de Avina, la fundación a la que pertenezco, fue una de las primeras personas en el mundo que vislumbró el problema del cambio climático y por eso nació la fundación: para tratar de garantizar la sostenibilidad del planeta.

–¿Por qué hemos demorado tanto?

–Las ciencias de la tierra nacieron en 1968, o sea, ayer. Recién a través de las imágenes del Apolo X el ser humano pudo ver el planeta y confirmar, por primera vez, que la tierra era redonda. Eso cambió para siempre el cerebro humano: ya no se trataba del análisis que habían hecho los árabes cuatro mil años antes, había una foto, era vedad. Consciente o inconscientemente, comenzamos a ver en esa imagen una casa, un espacio finito, con agua finita, con aire finito. Durante miles de años el ser humano creyó que vivía en un espacio sin límites.

–Y confiando en lo ilimitado de los recursos los fuimos destruyendo…

–La tesis dice que ya no hay chance: el futuro de la especie humana no es sostenible, solo es adaptable y no es posible volver atrás. Va a haber mucho dolor. En este momento en que charlamos, la mitad de Australia tiene temperaturas de 51 grados y Ciudad del Cabo, la más desarrollada de ese país, sufre un racionamiento de agua a tres galones por día. En Egipto los niños no pueden salir a la calle de día y la mitad de la región se volverá inhabitable. Las islas del pacífico sur desaparecerán. La gente cree que es literatura, pero hay zonas en las que el mar puede llegar crecer siete metros. Nueva York, Lima, Buenos Aires, Barranquilla… muchas ciudades pueden inundarse hasta desaparecer.

La esperanza de cuidar

Es viernes por la tarde y hay un sol hermoso. ¿Cómo no querer creer que las cosas marcharán bien? Imposible no tener fe: en el restaurante con vista al río en el que transcurre esta charla un niño que está aprendiendo a caminar se acerca a nuestra mesa y sonríe. “Lo que he aprendido con los años es que lo único que hay que hacer es trabajar todos los días en algo en lo que uno crea. Si sale o no, bueno, uno no es dueño de la historia. Hago mía la frase de Martin Luther King: ‘Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo hoy todavía plantaría un árbol’. Se trata de vivir en la esperanza continua para seguir haciendo. Triunfar o no en lo que se hace ya es un problema narcisista”, dispara.

–¿Por qué decidió pensar en todas estas cosas?

–Soy hijo de un cogedor de café y de la señora que hacía la comida para los cogedores de café. Sobrevivimos a una matanza cuando tenía 6 años, algo común en Colombia. Fuimos desplazados y no pude hacer ni primero, ni segundo, ni tercero, ni cuarto ni quinto grado de la escuela primaria. A mí me enseñaron a leer y a multiplicar la señorita Olga y la señorita Blanca, que eran amigas de mi mamá. A los 11 me fui de mi casa para que no me pusieran a trabajar cargando bolsas. Me encontraron unos franciscanos por la calle y gracias a ellos pude educarme en la secundaria como un príncipe. Estudié filosofía, matemática y física porque creo en la capacidad del conocimiento, no en la inteligencia, porque no garantiza nada. Muchas personas inteligentes hicieron harina el mundo; solo la ética es liberadora.

Pensamiento filosófico

Para Bernardo todo, lo que transforma y le da sustentabilidad a una sociedad son las transacciones cotidianas que, según dice, “hacen posible la supervivencia, la convivencia, la producción y la vida con sentido”. Esas transacciones ocurren todos los días, a toda hora y permiten que las personas nos relacionemos intercambiando sentimientos (transacciones emocionales), bienes y servicios (económicas), reconocimiento (sociales), intereses personales o colectivos (políticas), formas de ver y construir el mundo (culturales) y trabajo para evitar o disminuir el dolor en los otros a través de una compasión activa (espirituales). “Es en las transacciones donde se construye o se destruye la ética de una sociedad”, asegura el filósofo colombiano.

–¿Cómo ve, en este escenario, a la nueva generación?

–Esta generación va a gozar del nuevo paradigma del cuidado. ¿Qué es lo que hace ese paradigma? Reorientar la pregunta de cómo producimos y consumimos. El ser humano no puede parar de producir ni de consumir porque, si no, perece. Todas las especies, desde los protozoarios hasta los seres humanos, pasando por los chimpancés, se preguntan a diario qué van a comer cada día. Y no hay salida. Consumir no es un problema ideológico, sino de sistema. No se trata de un tema ético, sino vital. Pero los seres humanos además tenemos un asunto adicional: no podemos parar de producir. El tema es cómo producimos y de qué manera orientamos el pensamiento para que el mínimo impacto suceda.

–Usted dice que la sociedad se mueve por intercambios de todo tipo, ¿por qué hace hincapié en el valor que tienen las transacciones espirituales?

–Porque de eso se trata: de trabajar para disminuir o evitar el dolor de otros. ¿Cómo garantizamos los derechos de la gente? El mecanismo para que algo suceda en política es el debate, la inteligencia colectiva. Nadie no sabe si lo que está haciendo sirve o no, porque nadie tiene una teoría general de la realidad. ¿En qué consiste el verdadero cambio? Imposible saberlo. Lo que la gente sí sabe es qué cambio quiere, ningún cambio ocurre al azar, y nadie puede producirlo salvo esas mismas personas que están queriendo cambiar.

–¿Cómo lo lograremos?

– La pregunta es: si esta vaina se va a quemar, ¿qué es lo que hay que hacer? El cuidado comienza a ser un problema estratégico y paradigmático. ¿Por qué el feminismo prospera al mismo tiempo que el cuidado? Porque el auge de la mujer va unido al cambio de paradigma.  Para los jóvenes la discusión de género no existe. Nuestros hijos hablan varios idiomas, nosotros apenas uno o dos. Para ellos no hay barreras: el Iphone rompió el tiempo y el espacio. Por eso debemos educarlos en la ética del cuidado y la compasión. Mientras el cuidado no sea un interés más poderoso que la acumulación, el poder y el éxito no hay chance. El vínculo con los otros es el instrumento más poderoso que tenemos para prevenir todos los problemas, pero no existen políticas públicas para trabajar sobre eso.

–¿Quiénes pueden enseñarnos el camino?

–Jóvenes como Greta Thunberg, una niña sueca de 13 años con síndrome de Asperger, que un día decidió no ir a la escuela y se sentó con un cartel frente al Parlamento. La chica les formulaba a sus representantes una preguntaba fundamental: ¿de qué sirve aprender si no vamos a tener un futuro? Así logró que todos los viernes otros niños y adolescentes del mundo se sumaran a un paro reclamando soluciones para un planeta que se ha vuelto inviable. Juntos están haciendo oír su voz, porque la gran trampa del mundo es el individualismo.

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