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Cultura

12 octubre, 2016 | Por

BEATRIZ PICHI MALEN: “Soy gente de la tierra y así me reconozco”

Esta mujer de espíritu inquieto, descendiente de mapuches, da a conocer la cultura de su pueblo a través del canto y la palabra. En una charla profunda y mágica, retrato de una artista que celebra al sol, a la lluvia y al viento, y sabe de respeto por la tierra, la cultura y el valor de los orígenes.

beatriz pichi malen

Por Agustina Rabaini

Desde 1990, cuando comenzó su carrera artística, la cantante Beatriz Pichi Malen ha difundido la música y la sabiduría de sus antepasados en distintos escenarios del mundo. Su búsqueda se orienta a recuperar la esencia de este pueblo a través de su patrimonio poético y musical.

Vive con su hija, Wychariy, y con su compañero desde hace veinticinco años, Lucho, en una casa en Longchamps. Cerca, a pocas cuadras, vive su hermana: su familia, su mundo, están al alcance de su mano. En realidad, todo lo que ama está al alcance de su mano: es una mujer profundamente conectada con cada pequeña fibra del universo que la rodea. Y este increíble don lo recibió de sus ancestros, los mapuches.

“Yo soy mapuche, soy gente de la tierra, y así me reconozco”, arranca diciendo Beatriz Pichi Malen. Tataranieta del viejo cacique Coliqueo, hoy ella también se siente hija y nieta adoptiva de los ancianos mapuches que han venido nutriendo su alma y su mente con su sabiduría ancestral, con las ceremonias sagradas y esa manera tan particular de celebrar la tierra y el agua, los elementos, el cielo… La vida en todas sus formas.

La historia de Beatriz comenzó en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, donde vivió su primera infancia junto a su madre y su hermana. Era muy chiquita cuando se vieron obligados a irse de allí, al perder las tierras en las que vivían. Desde entonces, vivió en Buenos Aires. Mientras crecía, no preguntó demasiado por sus orígenes mapuches, pero un día se dio cuenta de que sentía una falta, una inquietud. Y así fue como, a los veintitantos años, escuchó lo que hoy describe como “un llamado del cuerpo, que algo muy claro le estaba diciendo”.

“Yo era una muchachita y le pregunté a mi mamá: ‘¿Qué será esto que siento?’. Mi mamá me dijo que tenía que volver a Los Toldos. Mientras estaba ahí, aunque ya no quedara nadie de nuestra familia, empecé a darme cuenta de muchas cosas. No sabía que estaba buscando mi identidad ahí; solo cuando me fui encontrando con gente mapuche, diez años más tarde, empecé a tener un poco de contacto con ellos y se me fue abriendo todo un mundo”.

Hoy Beatriz es una más entre los integrantes de las comunidades que visita en Chile, a las que lleva sus canciones y en las que participa de las fiestas sagradas, de los encuentros, de los cumpleaños y los festejos de Año Nuevo. “Voy a la zona de Arauco, en Chile; voy a la zona de Temuco; voy a la zona de los ríos, que viene a ser Valdivia, y en todos los municipios hay gente mapuche que vive en comunidades. Voy a visitarlos, estoy con ellos, y después hacemos un recital. Voy de pueblo en pueblo. Soy nómade a esta altura de la vida (sonríe). El pueblo mapuche está en Chile y también en la zona de Neuquén, pero tenemos que pensar que el pueblo mapuche está en una territorialidad que no reconoce fronteras. En total, seremos un millón doscientos mil, un millón quinientos mil, de un lado y de otro”, dice.

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Artista y educadora, Beatriz celebra transmitir el valor de la cultura mapuche.

–¿Qué puede enseñarnos el pueblo mapuche?

En principio, ellos valoran esta oralidad que tiene que ver con el respeto por la palabra, algo que, para nosotros, es y ha sido una conducta de vida. Por supuesto que nosotros tenemos dentro de nuestras comunidades, gente más y menos honesta, también tenemos nuestras miserias. Personalmente, creo que hay que hacer un gran esfuerzo todos los días para mantener la cabeza clara, para ordenar los pensamientos y abrir grande la puerta al sol, como yo hice esta mañana también. Hace un rato me puse a cantarle a ese hermoso sol que estaba saliendo a las siete y cuarto de la mañana, y quise agradecer que estoy viva, que estoy sana y que no me ha cambiado la manera de pensar. La relación con la tierra para el mapuche es muy fuerte y hace que uno no se desvíe. Si hay algo de lo que no me quiero separar nunca es esto de andar con nuestra gente, bien cerca de la tierra y el cielo. Como decía el maestro Gandhi: “Ando detrás de mi pueblo, a ver si lo puedo alcanzar”…

“Hay que hacer un gran esfuerzo todos los días para mantener la cabeza clara, para ordenar los pensamientos y abrir grande la puerta al sol, como yo hice esta mañana también. Hace un rato me puse a cantarle a ese hermoso sol que estaba saliendo a las siete y cuarto de la mañana, y quise agradecer que estoy viva, que estoy sana y que no me ha cambiado la manera de pensar”.

–En tu caso, dentro de tu comunidad, sentís que fuiste señalada para cantar…

–Sí. Lo fui entendiendo en una frase que suelo repetir: “Más que llevar yo el canto, siento que el canto me lleva a mí”. Cuando te das cuenta de que es así, lo tenés que tomar con responsabilidad, ya no podés volver atrás.

–¿Cuál sentís que es tu misión como mujer mapuche?   

–Justamente, levantar ese canto, recogerlo al encontrarlo, porque yo no salgo a buscar canciones. De repente, aparecen en mi espíritu y les pongo un tono, las canto, las tarareo, las comparto y me doy cuenta de que la gente las abraza con mucho cariño. Nunca me voy a olvidar de que alguien alguna vez me pidió, en una reunión de amigos: “¿Por qué no contás algo de eso que cantás tan lindo?”. A la gente le gustaban las canciones, y yo siempre, como preámbulo de cada canción, para que se entendiera, contaba algo más sobre el pueblo mapuche. Eso mismo hago ahora cuando voy a las escuelas y en los escenarios, en todas partes.

–¿Cuáles eran esas cosas que contabas en la reunión?

–Bueno, nunca salgo pensando: “Ahora de qué voy a hablar”. Empiezo así, simplemente; a lo mejor escuché algo, como puede ser un celular, y empiezo con un sonido ajeno a lo nuestro y lo relaciono con un cuerno que todavía se toca en las ceremonias mapuches, pero que antes era un llamado y se usaba para convocar. ¿Y qué son todas estas cosas? El ser, el sentirse gente de la tierra. Nosotros somos una de las tantas especies que existen; estamos en conjunción, en relación con el resto de las especies, pero eso no es solo lo palpable, sino también lo intangible… A veces uno en la ciudad dice: “¡Uy, llueve tanto!” y yo digo que la verdad es que es una pena no disfrutar de la lluvia. Necesitamos tanto de la lluvia, de todo ese agua que cae y es tan vital.

–¿Qué más podés compartir de esa relación y ese respeto que tienen los mapuches por la tierra y todos sus hijos?

–Lo más importante que me gustaría transmitir es que uno no debería apartarse de esta relación que tenemos con la tierra y con lo espiritual, aun estando en las grandes ciudades. En la cocina de mi casa, por ejemplo, yo tengo una ventana, y en la tranquera hay una retama. Cuando llega el Wachipantu, el año nuevo, yo lo voy sabiendo, porque la retama abrió su florcita amarilla. Voy, me fijo y digo: “Sí, es luna llena, así que mañana o pasado, ya estaremos en Wachipantu”. Todo eso es lo que tiene que ver con nosotros, así vivimos.

“Hace un rato me puse a cantarle a ese hermoso sol que estaba saliendo a las siete y cuarto de la mañana, y quise agradecer que estoy viva, que estoy sana y que no me ha cambiado la manera de pensar. La relación con la tierra para el mapuche es muy fuerte y hace que uno no se desvíe. Si hay algo de lo que no me quiero separar nunca es esto de andar con nuestra gente, bien cerca de la tierra y el cielo”.

–Cuando hacen las rogativas, dentro de la comunidad, también piden permiso a Dios y agradecen por todo lo bueno…

–Sí, te cuento un ejemplo sencillo. Una vez iba a visitar por primera vez la ruca (la casa) de una machi, Adriana Pinda, una casa de paja y forma circular, que tiene una entrada que mira al este y una salida al oeste. Al entrar, te encontrás con un fuego en el medio de la estancia y los banquitos al lado. Íbamos en un auto y adelante iba otro vehículo con unos hermanos mapuches. En eso, veo que pasaba un hilito de agua que venía de la montaña y, entonces, el auto que iba adelante para y baja una niña que levanta una ramita del suelo y pregunta: “¿Esto?”.  Alguien desde el interior del auto responde: “Sí, con eso alcanza”. La niña puso la rama sobre el hilito de agua y cruzaron. Fue una manera de pedir permiso antes de pasar por el río. Yo, en cambio, me bajé y le canté al río, y esa fue nuestra manera de pedir y agradecer que nos dejara pasar. Nosotros pedimos permiso para todo, porque la tierra es nuestra única casa y todo lo que hay en ella está para que lo tomemos, pero con cuidado, con mesura.

–En el caso del pueblo mapuche, ¿qué es lo que más respetan y veneran?

–¡La vida!, que no es solo la nuestra. La vida de todas las especies, porque la especie humana existe porque existen las demás. Uno tiene que cuidar el equilibrio que existe, porque le permite a uno ser. Por lo tanto, si algo se rompe o se destruye para siempre, es una gran pérdida. Esto no significa que estemos en contra del avance, porque el estar vivo significa también evolucionar, avanzar. 

“Más que llevar yo el canto, siento que el canto me lleva a mí. Cuando te das cuenta de que es así, lo tenés que tomar con responsabilidad, ya no podés volver atrás”.

–Antes me hablabas del valor de la palabra…

–Sí, cuando hablaba de la palabra, siento que el aporte profundo que podemos hacer los descendientes de aquellos antiguos nuestros es el respeto a través de la palabra, la actitud de respeto, y eso nos involucra a todas las especies. Hablo del respeto a la tierra, de tener respeto por los que nos da, por los que nos dio y lo que nos puede dar. Si seguimos maltratando la vida, otras generaciones no la van a tener; hablo de tener respeto por todo el hábitat, del respeto a los políticos, que son los que nos tienen a cargo. Nosotros tenemos un concepto cuando hablamos de loncos (caciques)y de machis:, que son nuestras autoridades espirituales.

–¿Cómo hacemos para respetar a los políticos cuando ellos mismos no se hacen respetar o terminan no siendo dignos de respeto?   

–Nosotros vivimos  bajo un sistema democrático. Este es el sistema que tenemos y nosotros lo aceptamos, vamos a votar. Y claro que hemos tenido políticos que nos dijeron una cosa e hicieron otra. Ahí entra a jugar otra cosa que en el mundo mapuche es muy importante: la tolerancia. A mí me gusta mucho escuchar la radio. Escucho a un periodista y a otro, y no solo al que me gusta; los escucho a todos. También leo todo lo posible y después saco mis propias conclusiones. Y cuando ya entro a darme cuenta de que caigo en la intolerancia, me llamo a silencio; la palabra ahí la guardo. ¿Para qué voy a usarla en algo que no va a ayudarme a construir? La discusión tiene que estar basada en que a mí o al otro nos ayude a mejorar lo que pensamos. Me importa más oír que decir, y en este sentido, el mundo mapuche es muy silencioso. Como dijo el gran don José Larralde: “En silencio, a veces es cuando se habla más”.

Para traerlo un poco a nuestros días, si quienes nos tienen a cargo nos faltan el respeto, ¿eso no nos da lugar a nosotros a faltarles el respeto a ellos? De ninguna manera; el respeto se construye muchas veces haciéndoles notar en silencio a los demás, que la cosa podría ser de otra manera. Por supuesto que uno tiene que protestar, esto no significa que uno tenga que sentarse a poner la otra mejilla. A veces también hay que protestar, pero hay que saber cuándo hablar y cuándo callar.

“El ser, el sentirse gente de la tierra. Nosotros somos una de las tantas especies que existen; estamos en conjunción, en relación con el resto de las especies, pero eso no es solo lo palpable, sino también lo intangible…”.

–¿Cómo es tu relación con los mayores? ¿Qué aprendés de ellos?

–Estando con ellos, aprendés a mirar la vida desde el mundo mapuche, aprendés a verlas cosas cómo ellas la ven y cómo vive la gente de la tierra. Con el tiempo, lo vas descubriendo. Un día, por ejemplo, soñé algo malo y le dije a una abuela: “¿Qué hago con esto? Lo tengo que sacar afuera, ¿pero cómo?”. Me dijo: “Si le hace mal, lo tiene que contar.  Sáquelo, pero después del mediodía”. Yo iba a preguntarle por qué después del mediodía, pero dije: “No, a ver si lo entiendo”. Y me dijo: “Puede ir al lado de un río y ahí lo desarma al sueño y no la va a tocar”. Bueno, pasó el tiempo y me di cuenta. ¿Por qué a partir del mediodía? Porque a esa hora el sol llega a su punto máximo y luego empieza a morir; entonces, el sueño no iba a cobrar fuerza, se iba a ir muriendo. ¿Y por qué un río? Porque el río va, va y no vuelve, como dice la canción. Y el agua es limpiadora, es sanadora. Estas cosas las vas aprendiendo al andar con nuestros mayores, con nuestra gente.

–He visto que a menudo hacés énfasis en hablar de la cultura mapuche en presente, en valorarla como cultura viva y hacer notar que hoy están y que no sólo existen en los libros de Historia.

–Es interesante lo que decís porque ha habido una pretendida intención de que desaparezcamos. Se escribió una historia parcial, la de los que ganaron, como dice la canción. Y hay otra historia. Con los años, hubo toda una negación, pasaron muchas cosas y  en las escuelas se  terminó diciendo que los mapuches “vivían, eran, estaban”. Pero nosotros estamos vivos.

–¿Cuánto hace que vas a las escuelas a cantar y a contar y qué compartís con los chicos?

–Hace muchísimos años, más de veinticinco. Voy a todos lados y no solo acá; he ido a muchas escuelas en España y otros lugares. Puedo contar como me cuenta la gente en el fogón en la ruca, así, de la misma manera. Les cuento y les canto cosas del pueblo mapuche, de eso, de lo único que estoy habilitada para hablar, les hablo y lo que ocurre es una maravilla, algo muy lindo, llevo mis canciones, llevo mis instrumentos y a los chicos más grandes tal vez les proyecto un documental sobre nuestra gente. Otras veces puedo hablarles de las danzas, que son simples, a partir de los bichitos del campo: la danza del tero, de la torcaza… El mundo mapuche es simple. Las canciones son simples, pero siempre guardan una enseñanza.

–¿Cómo concibe a Dios el mundo mapuche?

Futa significa “grande” y, cuando se dice Chao, se está diciendo “padre”. Cuando decimos Futa Chao, nos estamos refiriendo al padre mayor. Además, cada uno de nosotros y de los seres vivos, en general, tiene un ngen, un halo de vida, una fuerza vital. El ngen viene a ser el halo de vida, de las piedras, de la montaña, del cielo, y los mapuches llamamos Nenechen al protector de esta fuerza de vida que tenemos las personas. Nenechen nos tiene a nosotros, nos sostiene. Cuando hacemos una rogativa, como sería la misa para un cristiano, la hacemos a cielo abierto, en contacto con los elementos de la tierra.  ¿Qué decimos entonces? Hablamos de Nenechen, y en algunos casos vamos a escuchar hablar del Chao Gnechen, del “padre de la energía de la gente” –si quisiéramos encontrar una traducción–, o escuchamos hablar de Futa Chao, del padre mayor y nos referimos también a la pareja de ancianos y a la pareja de jóvenes. Junto con Futa Chao, siempre mencionamos a la mujer y al hombre joven, y a la mujer y al hombre mayor. Ellos son los ngen, las fuerzas de vida, eso mismo que tiene el río que pasa por delante de nuestros pies.

“Los abuelos son muy valorados porque son los que tienen la cultura adentro. A los mayores hay que oírlos y al estar con ellos, hay que aprender a preguntar y a hacer silencio también, porque ellos tienen otros tiempos”.

–Beatriz, ¿cómo es la educación mapuche?

–Todo se desarrolla en el ámbito de la casa, en las rucas, y en torno al fuego. Los chicos aprenden a leer el cielo durante las noches, y aprenden de las estrellas y las constelaciones. La escuela mapuche tiene que ver con la práctica cotidiana y así los chicos aprenden el respeto hacia los abuelos, al río, a la montaña, a los animales y a las plantas. Los abuelos son muy valorados porque son los que tienen la cultura adentro. A los mayores hay que oírlos y al estar con ellos, hay que aprender a preguntar y a hacer silencio también, porque ellos tienen otros tiempos.

–¿Cómo definirías lo que hacés, como embajadora y parte de la cultura mapuche?

–Mi compromiso es transmitir lo que pude ir aprendiendo a las futuras generaciones y no solo a los mapuches. Yo quiero ser un puente que pueda hacer algo para acercar estos mundos. Nací dos veces. La segunda vez fue cuando pude encontrarme con el pueblo mapuche y ellos me invitaran a entrar. Yo sorteé muchas barreras para establecer un vínculo de confianza con ellos, pero ahora me esperan y me dan. Somos una familia.

 

Esta nota fue publicada en el N° 132 de la edición impresa de la revista Sophia, en octubre de 2012.

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