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Anselm Grün: «Tenemos que reconciliarnos con nuestros límites»

A muchos de nosotros nos cuesta decir que no. Tememos ser egoístas y preferimos complacer a todos. En esta charla, el monje benedictino alemán –uno de los referentes espirituales más destacados del mundo– nos muestra por qué es importante fijarnos límites firmes para vincularnos sanamente con los demás.

Por Sophia

Por Agustina Lanusse. Fotos: Creative Commons. 

En un mundo en globalización, que cada vez conocía menos límites, un virus nos puso en jaque y nos llevó a reflexionar sobre la necesidad de parar. Por eso decidimos rescatar esta charla con el monje benedictino Anselm Grün para ahondar en el sentido de la vida a través de su larga experiencia dedicada al acompañamiento espiritual. «Las personas corren sin pausa en busca de la felicidad. Nuestro tiempo padece de falta de medida y de límites. Todo puede realizarse simultáneamente. Otra ilimitación se muestra en el consumo. Siempre debe existir más; todo debe de estar de inmediato a nuestra disposición, en todo momento, no bien sentimos la necesidad”, explicaba tiempo atrás en diálogo con Sophia.

Es que poner límites a nuestros deseos, proyectos y actividades cuesta. Parecemos nunca estar satisfechos con lo que hacemos y tenemos y en esta conversación amena salta a la vista lo que este hombre escucha y percibe a diario: a los mortales nos cuesta pronunciar ciertas palabras como “no”, “basta”, “suficiente”. “Los límites son arduos para todos. Pero quien no sabe decir no pronto enfermará”, señala Grün, convencido de la importancia y la urgencia de ahondar en este tema, uno de los que retrató en sus más de trescientos libros publicados con millones de copias vendidas en todo el mundo.

–¿Por que son tan necesarios los límites?

–En primer lugar lo importante es poder ponernos nuestros propios límites. Reconocer con humildad lo que somos capaces de hacer y lo que no. Esto es vivir en la verdad. Y vivir con humildad y en verdad nos da paz. Al delimitarnos podemos percibir nuestra propia persona y desarrollar armónicamente nuestra personalidad. Sin hacernos violencia contra nosotros mismos, sin sobreexigirnos, sin pretender ser o hacer aquello que no somos o que no nos corresponde en este tiempo y circunstancias.

–Pero, si me autolimito ¿no estoy siendo egoísta?

–No, sólo quien sabe autolimitarse puede establecer relaciones sanas y no pegoteadas, puede construir un vínculo de verdad y no vivir en la dependencia del otro. La negativa no significa un rechazo del otro, sino que es un ofrecimiento para entablar una relación en una forma que me haga bien a mí y al otro. Por ejemplo, si cada vez que me dejo convencer por alguien para algo que en realidad no quería, me enfando. Desarrollo, entonces, algunas estrategias que me protegen contra el enojo. Nunca acepto de inmediato una proposición en el teléfono, sino que solicito tiempo para pensarlo. Tengo tiempo así de ordenar mis pensamientos. Escucho mis sentimientos. Si percibo rechazo y resistencia en mí, al día siguiente tranquilamente puedo decir no. Antes aceptaba reuniones incluso los domingos al mediodía. No existía motivo alguno para decir que no cuando alguien solicitaba una reunión. Ahora he reservado para mí el domingo por la tarde y una noche en la semana. En esos horarios nos acepto nada.

«Lo importante es poder ponernos nuestros propios límites. Reconocer con humildad lo que somos capaces de hacer y lo que no. Esto es vivir en la verdad. Y vivir con humildad y en verdad nos da paz. Al delimitarnos podemos percibir nuestra propia persona y desarrollar armónicamente nuestra personalidad. Sin hacernos violencia contra nosotros mismos, sin sobreexigirnos, sin pretender ser o hacer aquello que no somos o que no nos corresponde en este tiempo y circunstancias».

–¿En qué sentido los límites favorecen los vínculos?

–Nos otorgan un marco de protección para desarrollar relaciones afectivas o laborales sanas. El arte de la convivencia se encuentra en la capacidad de regular la cercanía y la distancia con el otro, en encontrar un equilibrio entre la soledad y la comunidad. Las mujeres cuentan con frecuencia que les resulta difícil delimitarse frente a sus madres ancianas que requieren atención. Si bien quisieran atender por sí mismas a su madre, notan que van hacia ella con una resistencia interior, que se tornan agresivas cuando la madre expresa un deseo. En una situación así es necesario delimitarse. Una ayuda puede ser, por ejemplo, sentarse brevemente antes de la visita y meditar. Cuanto mayor sea el contacto que tenga la persona consigo misma, tanto menos podrá el otro herir su propio límite. Yo observo qué desea mi madre. Luego confío en mi propia percepción respecto de qué deseos quiero responder y cuáles no. De esta manera será posible una relación no absorbente, libre y al mismo tiempo afectuosa con la madre, que será útil para ambos.

–¿Qué consecuencias tiene no lograr este equilibrio o no tener un registro claro entre lo que puedo dar hacia fuera y lo que debo preservar para mí?

–Cuando en las relaciones predomina la fusión o cuando se vive demasiado apretujado, sin respetar la propia intimidad, generalmente se cae en la agresión o la violencia. La agresión es un llamado de atención. Una alerta que me permite comprobar que mis límites han sido quebrantados, que no he podido o que han violado ese recinto sagrado de mi intimidad. Que fui más allá de lo que debería haber ido. El motivo determinante por el cual nos resulta muchas veces tan difícil delimitarnos es el temor de volvernos impopulares. En realidad, es a la inversa: la afirmación de los propios límites crea relaciones saludables.

–Hoy vivimos tiempos “ilimitados”. Todo nos empuja a más: más consumo, más diversión, deportes cada vez más extremos, jornadas laborales sin fin….¿que nos pasa?

–El hombre tiene una tendencia a construir imágenes propias de ilimitación y la sociedad actual claramente nos empuja en esta dirección. El hombre hoy se siente todopoderoso. La cultura actual es adictiva: al trabajo, al consumo, al endeudamiento, al éxito, al poder. Vivimos sobreexigidos, cansados, agobiados. Tanta gente padece hoy el síndrome de burn out. Una razón para sobreexigirme es la continua comparación con los demás. No percibo mis límites porque exijo de mi trabajar tanto como el vecino, o ganar tanto dinero como un conocido. Quien durante años vive de este modo y en virtud de una motivación tal por encima de sus condiciones se daña a sí mismo. Y muestra a las claras la incapacidad que tenemos de decir no. Lo cierto es que duele chocarnos con el límite, con el no puedo, no llego, no tengo.

–¿Por qué duele tanto el choque con el límite?

–Porque somos ansiosos y porque tenemos imágenes nuestras de ilimitación. Cuando logramos algo en cualquier plano, profesional, personal, material, siempre queremos algo más. Traspasar los límites. Si tenemos éxito, creemos que deberíamos aumentarlo más. Para mí el riesgo es caer en conductas adictivas. Además, la sobrevaloración propia si no realista implica riesgos.

–¿Hay temor a encontrarnos con todo lo que no podemos ser o hacer?

–Sí, tendemos a huir de los padecimientos. Por ejemplo, aceptar el límite de la edad, la ancianidad, implica padecerlo, soportar enfermedades, enfrentar que ya no puedo hacer determinadas cosas como antes. Pero puedo hacer otras distintas y con calidad. En este proceso se gana en sabiduría. Es todo un arte.

–Pero ¿no es mediocre vivir siempre entre límites?

–Por supuesto que el arte consiste en respetar los límites y saber traspasarlos cuando llegó el momento de hacerlo. Quien siempre se retrae dentro de sus propios límites vivirá con estrechez. A veces, se requiere valor para atravesar los propios límites y es necesario hacerlo para vivir con intensidad y creatividad. Existe una tensión saludable entre aceptar los límites y el desplazarlos y pasar por encima de ellos.

–Hablar de límites tiene una connotación negativa. ¿En dónde se esconde el aspecto positivo de respetar los propios límites y aprender a ponerlos correctamente afuera?

–El límite es justamente lo que permite el desarrollo de mi persona y todo lo que crear. Me da la posibilidad de reconocerme en lo que soy y en lo que no soy, y cultivar todo lo que sí hay en mí de capacidad y creatividad. Por otro lado, facilita la vincularidad fructífera. Sólo dos personas que viven desde su centro, que preservan ese recinto sagrado donde habita Dios, que es su intimidad, su núcleo más profundo, pueden realmente dialogar, intercambiar y establecer relaciones verdaderas. Si no, las relaciones se contaminan de confusiones y pegoteos.

–Deme un ejemplo…

–Está lleno de terapeutas que se identifican con los problemas de sus pacientes y hacen estragos por no reconocer y manejar sus propios sentimientos en la terapia, ponerles un límite, para actuar correctamente desde su lugar de terapeutas. También los padres tienen dificultades en establecer límites claros a sus hijos porque muchas veces se identifican con los caprichos y llantos de sus niños. En el fondo no ven que las demandas de sus hijos los remiten a sus propias demandas insatisfechas de pequeños, o despiertan a su niño interno herido; se identifican con éste y desde allí les cuesta poner límites sanos y claros a sus chicos. Para educar hay que limitar nuestras heridas del pasado y actuar en función de lo que mi hijo necesita: que no es otra cosa que reglas de juego claras que se respeten. La confusión contamina las relaciones.

–Usted ha dicho que quien puede autolimitarse, quien cultiva su intimidad, quien puede vivir desde su centro interno logra libertad interior….

–Exactamente. Estar en contacto conmigo mismo, darme importancia a lo que siento, a lo que anhelo, a lo que puedo hacer y lo que no me permite rechazar las reglas de juego que otros pretenden imponerme. Si no busco adaptarme a las expectativas y valoraciones que otros depositan en mí, lograré mayor libertad interior. Y en el fondo, mayor felicidad. Pero para eso necesito conocerme y fijar límites al afuera: llámese padres, marido, jefe, hijos.

–¿En qué consiste la libertad interior?

–En la capacidad de vivir de acuerdo con mis expectativas y anhelos. En no tener que estar justificándome cada vez que digo no. En la capacidad de actuar desde el propio centro sin permitir que desde afuera nos prescriban qué debemos hacer. Vivir sin mandatos escuchando la voz interna de mi corazón y de mi conciencia que me va indicando el camino. Cuanto mayor sea el contacto que tengamos con este núcleo íntimo, menor será la capacidad de otros de herirnos. En esto consiste vivir con libertad.

«Estar en contacto conmigo mismo, darme importancia a lo que siento, a lo que anhelo, a lo que puedo hacer y lo que no me permite rechazar las reglas de juego que otros pretenden imponerme. Si no busco adaptarme a las expectativas y valoraciones que otros depositan en mí, lograré mayor libertad interior. Y en el fondo, mayor felicidad. Pero para eso necesito conocerme y fijar límites al afuera: llámese padres, marido, jefe, hijos».

–¿Qué camino propone para poder establecer los propios límites y limitar el afuera?

–A mí me dan resultado ciertas estrategias de autoprotección. Cuando me llaman para pedirme que de una conferencia en tal lugar, me he acostumbrado a decir que pensaré la solicitud y que contestaré luego. También reservo tiempo tabú en la semana para rezar, leer o simplemente estar solo. Obviamente que he recibido reproches por esto. Una vez un anciano que quería dialogar conmigo me dijo, enojado: “Usted se dedica al éxito de sus libros y no tiene tiempo para lo más importante, que es escuchar los problemas de las personas”. Es difícil decir que no a veces y no sentir culpa. Pero es necesario atravesar la experiencia y discernir las necesidades propias y ajenas. Y no dejarse manipular. El tiempo que dedico para el discernimiento de mi vida también me resulta una estrategia saludable para establecer límites. Son los ratos en que me pregunto qué quiero, a dónde estoy yendo, qué puedo y que no.

Grün habla con la voz de la experiencia y las largas jornadas que dedica al acompañamiento espiritual, tarea que ejerce desde el convento benedictino de Munsterchwarzach, Alemania.

El admitir y reconocer que, como humanos, somos limitados resulta para él crucial, tanto para el desarrollo psíquico como para el crecimiento espiritual. “Nuestro cuerpo nos impone límites naturales que debemos respetar: necesitamos comer y dormir. Y la comunidad exige respetar límites artificiales y reglas que se vuelven indispensables para la convivencia. La clave está en reconciliarnos con ellos. Sólo quien puede reconocerlos será capaz de ir más allá de estos límites, traspasarlos cuando las circunstancias lo requieran”, concluye, sonriente y se nota que sus palabras brotan de una fuente pura, no contaminada: son palabras de luz las que Grün regala a quien quiera oírlo.

La abadía benedictina de Münsterschwarzach, ubicada en Baviera, Alemania. 

Límites en la pareja

Muchos matrimonios se destruyen porque uno transgrede constantemente los límites del otro, quiere saber todo del otro, controla continuamente y se entromete una y otra vez. Precisamente, el éxito de una relación estrecha depende del buen manejo de los límites propios y de los del otro. Jurg Will, quien como terapeuta se ocupó intensamente con el logro de la relación de dos, opina que el matrimonio sólo tiene éxito si los cónyuges trazan límites hacia dentro y hacia fuera. En principio, los esposos deben delimitarse hacia fuera con respecto a sus familias de origen. Si la familia puede crecer bien en conjunto, también abrirá con gusto la propia casa a los demás. También frente a los hijos deben delimitarse bien los padres.

Límites profesionales

Un caso que ocurre con relativa frecuencia: alguien asciende en su carrera más alto de lo que corresponde a su aptitud. No admitirá que su tarea lo sobreexige, sino que hacia fuera se mostrará seguro de sí mismo. Pero detrás de la fachada existe un Yo pequeño y temeroso. Dado que no quiere ridiculizar a este Yo, se aferra a la fachada. En algún momento la capa de naipes se derrumbará. Quien fue tan seguro de sí mismo hacia fuera no experimentará entonces compasión. Para que mi vida resulte, deberé reconocer mi limitación, deberé aceptarla y amarla. Mi potencial intelectual y espiritual es limitado. Si bien puedo y debo tratar de ampliar estos límites, esto no puede realizarse discrecionalmente.

*Monje benedictino, estudió psicología, teología y administración empresarial. Lleva publicados más de 300 libros.

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