Sophia - Despliega el Alma

23 septiembre, 2021 | Por

Albertina Piterbarg: “Es importante diferenciar entre la religión y sus versiones extremistas”

En una charla con Sophia desde París, la especialista argentina en participación política femenina nos acerca una reflexión sobre la situación de las mujeres en Afganistán y en otros países con regímenes autoritarios.


Por Carolina Cattaneo

Poco más de un mes atrás, el domingo 15 de agosto, los ojos del mundo volvieron a posarse con preocupación sobre Afganistán, cuando el régimen talibán retomó el poder del gobierno, luego de que Estados Unidos retirara sus tropas militares tras 20 años de ocupación, la más larga en la historia bélica de esta nación. Con el recuerdo de una sombra pesada y oscura de abusos, autoritarismo y violencia, las alarmas del planeta se encendieron con la vuelta de los talibanes: el pasado condena a este grupo islamista extremo que, más allá de las promesas de llevar adelante un liderazgo más moderado, diferente al que ejerció entre 1996 y 2001, está dando señales que preocupan y atemorizan tanto a los ciudadanos afganos como a los organismos internacionales. Algunas de ellas, ejecuciones a civiles, detenciones a quienes protestan, falta de mujeres en su gabinete y presencia en él de algunos de los antiguos líderes. La situación de las mujeres y las niñas bajo un sistema que limitó su libertad para trabajar, estudiar o incluso moverse, es una de las cuestiones más sensibles en un país que arde de hambre y pobreza.

Las fuerzas talibanas ya adelantaron que esta vez no prohibirán a las mujeres estudiar, pero sí asistir a clases, como lo venían haciendo, con sus compañeros varones. El fin de la educación superior mixta y la orden a las trabajadoras de no asistir a sus empleos hasta tanto la convulsión social no se tranquilice, fueron dos de las primeras medidas anunciadas por los funcionarios. Tampoco les permitirán hacer deportes, al menos, no aquellos que se practiquen con lo que este grupo radicalizado considera indumentaria inapropiada para su religión.

El nuevo gobierno también reemplazó el Ministerio de Asuntos para la Mujer por el Ministerio del Vicio y la Virtud. Esta entidad fue responsable, durante el anterior mandato del Talibán en Afganistán, de desplegar policías religiosos en las calles para hacer cumplir la ley sharia. Estos agentes se encargaron de castigar a mujeres por conductas que consideraban infracciones, como el vestirse de manera ‘inmodesta’ y andar en la calle sin un tutor masculino”, informó la BBC en una nota publicada el 12 de septiembre. Temor e incertidumbre y todo un conjunto de cuestionamientos se reavivan en medio de un caldo de intereses políticos, económicos, religiosos, culturales y sociales muy complejo.

Albertina Piterbarg tiene 54 años y es argentina. Conoce de primera mano esa complejidad. Primero como observadora electoral para la Organización de los Estados Americanos (OEA) y luego como experta en Comunicación y participación política femenina para la ONU, organismo al que llegó en 2008, vivió y trabajó en distintas naciones, algunas de ellas bajo regímenes islamistas extremos.

En primera persona

Timor (izquierda), Nueva Caledonia (arriba, derecha) y Níger (abajo, derecha) son algunos de los países en los que Albertina se desempeñó como especialista en temas de género y participación política.

Licenciada en letras, Magíster en periodismo y con una diplomatura en La Sorbona como especialista electoral, Albertina trabajó en países como Venezuela, Ecuador, República Dominicana, Colombia, Bolivia, México. Luego, como consultora en materia de género y derechos de las mujeres de la ONU, fue destinada a participar de misiones en Timor, Indonesia, Túnez, Libia, Egipto, Níger y Senegal, entre otros.

Su familiaridad con estos pueblos asiáticos y africanos comenzó cuando se mudó a Timor: su casa estaba al lado de una mezquita y así, en la cotidianeidad de la vida de esta pequeña isla, supo que los musulmanes practican su primera oración del día antes de que salga el sol. También comprobó que las sociedades donde impera la religión musulmana son distintas y existen matices en la forma de vivir la fe: “Hay miles de millones de musulamnes en el mundo, por eso no hay que confundir la religión con las interpretaciones extremistas de la religión, como es el caso de los talibanes o el wahabismo, la corriente que no dejaba que las mujeres manejaran”, señala, por teléfono, desde París, donde vive hace ocho años junto a su marido y sus dos hijas.

Albertina Piterbarg en La Soborna, París, Francia, donde realizó una diplomatura como especialista electoral.

Su trabajo y estadías en distintos puntos del planeta la entrenaron en lo que ella llama “una gimnasia” constante para pisar suelo extranjero y hacerlo con empatía y respeto. Asimismo, debió “alfabetizarse” en el Islam. “Me alfabeticé en el Islam y en la religión musulmana en el sentido de comprender la cultura, porque era una cultura con la que yo tenía que trabajar. Trabajé en Libia dos años con un grupo de mujeres con las que estábamos escribiendo la ley para la cuota femenina en la Asamblea Nacional, yo no podía llegar a Libia o a Níger y decir: ‘Acá está todo mal’. Tengo que tener respeto por cómo piensan y tratar de entender por qué toman las decisiones que toman. Como persona que trabaja para Naciones Unidas tengo que respetar los valores locales y lo hago”, dice.

No fue hasta su estadía en Libia cuando experimentó la hostilidad por ser mujer en un país donde religión y política se mezclan y se traducen en formas de gobierno restrictivo, especialmente con la población femenina. Llegó hasta allí en 2012 como integrante de la Misión Política de la ONU durante las primeras elecciones tras la caída de Muammar Gaddafi. Albertina vivía en Trípoli, la capital, y trabajaba en la Honorable Comisión Electoral Nacional (HNEC) como asesora técnica en el Ministerio del Interior, no en la oficina de la ONU. Por esa razón, estaba en contacto permanente con colegas, mujeres y varones, libios. La extraña sensación de sentir incomodidad con su cuerpo llegó pasada la efervescencia de los primeros días. Esa incomodidad se hizo muy patente el día que entró al baño de mujeres y descubrió que una chapa que reflejaba su cuerpo de manera distorsionada era todo lo que el baño de mujeres tenía como espejo. “Una compañera me explicó que era para evitar alentar el espíritu vanidoso y pecaminoso de las mujeres. Mirarse al espejo era una manera de alentar esa vanidad y de alejarse de las reglas de su religión o, mejor dicho, de su interpretación de esa religión”, escribió Albertina en un artículo publicado en la revista Seúl.

Con el tiempo, esa incomodidad creció y se hizo cada vez más patente. Es muy impactante entrar a una reunión y que no te miren, no te saluden o no te dirijan la palabra porque sos mujer, que te insulten en la calle, con una violencia terrible, o ver cómo maltratan a tus colegas nacionales por el solo hecho de ser mujeres, maltrato que ejercían sus propios compañeros -relata a Sophia-. Es una vida muy difícil para el que la vive, está llena de reglas, de limitaciones, si te pusiste el velo de una manera, si te vestiste de otra, si miraste a la cara a uno, si te sentaste en la parte del restorán donde no está permitido que te sientes. Genera tanta fricción que, al final, las mujeres se dan un poco por vencidas y se quedan adentro de la casa, porque salir es tan complicado y genera tantos problemas, que prefieren seguir las reglas para hacerse la vida un poco más fácil”.

“Es muy impactante entrar a una reunión y que no te miren, no te saluden o no te dirijan la palabra porque sos mujer, que te insulten en la calle”.

Una mirada hacia Afganistán

Albertina Piterbarg no estuvo en Afganistán, pero entiende la situación de este país a través de la experiencia de sus colegas y de documentos internacionales. “He colaborado haciendo lectura de informes y reportes de Afganistán, por eso conozco la problemática que atraviesa el país, sobre todo la relacionada con las mujeres y las niñas. También, el tipo de interpretación religiosa que el grupo talibán le da al Corán (N de la R: el libro sagrado de los musulmanes). Esa interpretación es muy delirante y no está lejos de las interpretaciones más extremistas”, explica.

Criada en el seno de una familia porteña, intelectual y progresista, donde la política y el feminismo eran temas de conversación cotidianos, Albertina se reconoce como una persona “muy afín a los valores democráticos y republicanos”. Y cree en la democracia como el mejor de todos los sistemas de gobierno existentes.

−Si hay algo que tiene el Islam para Occidente es una enorme complejidad. ¿Cómo describirás vos el Islam? −Hablando en general, yo entiendo a toda religión como a un set de reglas bastante antiguo, previo a la conformación de los Estados modernos, que de alguna forma estructuraban y ordenaban a las sociedades desde tiempo inmemorial. Las religiones tienen un eje estructurante, tienen reglas, ordenan, definen quién imparte justicia, qué tipo de justicia se imparte, cuáles son los roles sociales, qué es aceptado, qué no es aceptado. Ahora bien, cualquier religión tiene la posibilidad de ser interpretada de manera extrema y utilizada políticamente. Por eso es importante diferenciar entre la religión y sus versiones extremistas, como por ejemplo, lo que fue la Inquisición. A los talibanes, uno los podría interpretar como los inquisidores de la Edad Media que salían a cazar brujas, judíos, y a torturar y quemar gente por ahí. Son sociopatías, abusan del poder. Sin embargo, es cierto que el Islam le da a la mujer un lugar muy estricto en el Corán y en las interpretaciones de los jadís, que son las experiencias del profeta. Luego existe la ley de la sharia, una ley que no está escrita y que se interpreta de acuerdo a la cultura o al gran mafti o gran jefe religioso de cada lugar.

−¿Qué interpretación hacen del Corán los talibanes y en qué deriva en la situación de la mujer?

−El talibán es un grupo extremista particularmente misógino, tienen una interpretación agresiva con las mujeres, de restricciones. Es más bien un grupo muy conservador, filo whahabista. El wahabismo es el tipo de islamismo que se aplica en Arabia Saudita, muy agresivo en cortar los derechos de las mujeres y las niñas.

−¿Qué más podés decir de los talibanes? −Los talibanes son un desprendimiento tribal que después, como las FARC o como Los Monos, ganaron poder con el tráfico de drogas. Son grupos de poder con mucho dinero, muchos recursos y muy armados que pueden avanzar sobre una democracia muy frágil como era la afgana. No hay que romantizarlos: son un grupo de criminales, traficantes de drogas, entre otras cosas. También viven del secuestro extorsivo, de la minería ilegal, son una corporación dedicada al narcotráfico con turbante.

“El talibán es un grupo extremista particularmente misógino, tienen una interpretación agresiva con las mujeres, de restricciones. Es más bien un grupo muy conservador”.

−¿Qué se sabe sobre lo que está ocurriendo con las mujeres?

−Desde el momento en que el estado de derecho cae y se instala una dictadura teocrática, generalmente las mujeres y las niñas son absolutamente pasadas por encima. No van a tener posibilidad de llevar una vida al margen de las reglas que se  impongan en una teocracia fundamentalista y autoritaria. No va a haber ningún respeto por los derechos humanos.

−Hay posturas que dicen que existe un imaginario sobre la situación de la mujer en los países de Oriente Medio. ¿Qué opinás? 

−¿Imaginario de parte de quién? ¿De la progresía que vive en Occidente y tuitea desde su Ipod? Sí, obvio. Quiero ver a cualquiera de ellas siendo esposa a los diez años de un señor talibán entrado en años, y ver cuánto se divierte con las viejas tradiciones. Este tema de sacralizar la palabra tradición, ¿tradición qué es? Es un hecho, algo que se viene repitiendo en el tiempo. Ahora, que algo se repita en el tiempo no quiere decir necesariamente que sea bueno. Tu antepasado pudo haber estado muy equivocado cuando le cortó el clítoris a la primera niña. Vos me podés decir: “Pero eso es una tradición en África”. Sí, pero ¿vos sabés la bestialidad que es eso? Antes de ser tradición es presente, una tradición fue un hecho politivo de un ser humano que tomó la decisión de hacer una determinada cosa, y que haya vivido hace mil años no quiere decir que haya tenido razón. En este contexto, en el que estamos tratando de promover el imperio de los derechos humanos y de la razón, pues bien, ya no tiene ninguna validez. No hay simplificaciones cuando uno pelea por los derechos humanos, decir “es una tradición y está todo bien”: no podés decir que está todo mal o que está todo bien, tenés que mirar realmente cuándo un derecho es vulnerado. Y en ese lugar pararse. Si una nena es obligada a casarse a los 10 años, bueno, yo sé dónde estoy parada, por más que la poligamia esté escrita en el Corán. No voy a  justificar una aberración contra una criatura.

“Desde el momento en que el estado de derecho cae y se instala una dictadura teocrática, generalmente las mujeres y las niñas son absolutamente pasadas por encima”.

−El 3 de septiembre, un grupo de jefas de estado emitió un comunicado y pidió protección para las mujeres de Afganistán. No había firmantes varones. ¿Cómo leés ese tipo de acciones?

−A nivel internacional, poco importa que el que se manifieste sea hombre o mujer, jefe o jefa. Me parece trivial. Llegado el momento de tomar medidas, hay que tomar medidas que limiten el poder de los talibanes. Y si vos sabés que el tráfico de opio y el consumo ilegal en tu país, como en Estados Unidos, les da fondos, me parece que las medidas que hay que tomar son de otro tipo. No solamente de quién hace qué declaracion: el problema es qué decisiones toman los Estados en función de, por ejemplo, la financión, la ruta del dinero negro, dónde va esa plata, cuáles son los paraísos fiscales, cómo llegan a tener armas. El tema no son las declamaciones sino las decisiones. Cuando Trump negoció con los talibanes hace un año no sé hasta qué punto tomó en cuenta los derechos de las mujeres o no le importó nada.

La obligatoriedad de llevar velo o cubrirse el cuerpo por completo con una burka, la exigencia de salir a la calle sí o sí acompañadas por un varón o la de someterse a la voluntad ajena al momento de formar una pareja: muchas son las situaciones que a menudo viven las mujeres que habitan países con regímenes político-religiosos restrictivos. Que estas normas y formas de vida estén naturalizadas no quiere decir, según Albertina, que no exista sufrimiento entre ellas ni que ellas no entren en conflicto con las normas. “La libertad es lo que es más importante en este mundo. Si vos no tenés libertad, tu vida es terrible. Si no podés elegir salir a la calle, si no podés elegir tomarte un café, si no podés elegir la ropa que usás, con quién te casas, cuándo tenés hijos, dónde vivís, qué hacés con tu dinero, si no tenés posibilidad de tener una herencia, si no te dejan salir a trabajar y sos dependiente toda tu vida, estás infantilizada toda tu vida”, dice.

Pero rebelarse, en ambientes muy conservadores y autoritarios, muchas veces es sinónimo de ponerse en peligro: “Son las normas en las que vivís y si no las cumplís sos un paria. Que sea la normalidad no quiere decir que las mujeres no entren en conflicto con las reglas”, dice Albertina. En cuanto a la situación concreta de Afganistán, ella no ve otra salida positiva para el pueblo afgano que no sea a través de la negociación entre los líderes locales y los países extranjeros, aunque sospecha que imperará un “apartheid de género”.

Existe una delgada línea que divide el respeto por las tradiciones, las creencias religiosas y los valores locales y el territorio de los derechos individuales de, por caso, las mujeres y las niñas. En ese terreno, para Albertina Piterbarg hay una sola brújula posible: los derechos humanos. “La violación de los derechos humanos no tiene atenuantes: una nena que es violada en Capital Federal, en París o en Kabul es una nena que ha sido violada. Cualquier atenuante y cualquier justificación al único que le sirven es al perpetrador del crímen, al misógino, al machista, al violento, al abusador. Una criatura obligada a quedar embarazada y tener un bebé en el Chaco o en Kabul es una criatura a quien se le han violentado sus derechos humanos. No tengo atenuante geográficos para eso. Podés contextualizar culturalmente y dar una explicación, ahora, si me voy a manifestar, voy a decir: todas las mujeres tienen derecho a elegir cómo se visten, todas las mujeres tienen derecho a elegir con quién se casan, todas las mujeres tienen derecho a elegir a ser educadas, sin excepción”.

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