Entre la tierra y el cielo: el viaje de un fotógrafo y un sabio quechua unidos por el vuelo del cóndor andino - Sophia Online

Sabiduría

Entre la tierra y el cielo: el viaje de un fotógrafo y un sabio quechua unidos por el vuelo del cóndor andino

El fotógrafo argentino Hernán Pepe emprendió una travesía sagrada que se transformó en un documental donde explora la profunda conexión que existe entre la naturaleza, la espiritualidad y los saberes ancestrales.

POR Karina Bianco

Alguien le dijo alguna vez a Hernán Pepe (55) que “el dolor es el puente que une la separación de la totalidad, esa totalidad que ansiamos recuperar para volver a ser”. Y en la búsqueda de atravesar ese puente, comenzó su camino de transformación. 

Desde muy chico sintió que había algo en la naturaleza que lo completaba. Ansiaba ir los fines de semana a la quinta familiar en Ezeiza para caminar por las calles de barro e ir a jugar al arroyo. Sus padres lo acercaron a ese mundo más allá de lo visible. 

Tenía apenas ocho años cuando su mamá falleció. “Desde ese momento, esos dos mundos, el de lo visible y palpable y el que no vemos, estuvieron presentes en mi vida y entendí que la naturaleza era el que lo contenía todo”. 

Hernán se convirtió en fotógrafo y mientras trabajaba para destacadas editoriales argentinas, comenzó a colaborar con el Programa de Conservación del Cóndor Andino, el ave voladora más grande del mundo, y que hoy está en peligro de extinción. Desde hace veinticinco años, impulsa el programa de conservación de esta especie emblemática de los Andes. 

A partir del encuentro con un abuelo sabio del pueblo quechua, el Tayta Ullpu, nació una relación personal que, durante dos décadas, los llevó a recorrer caminos por Sudamérica y Australia, entre montañas, ríos, mares, cóndores y ballenas, siguiendo las señales recibidas de esas aves sagradas.

Al cumplir sus 49, un giro en la relación con el Tayta lo llevó a replantear toda su vida para buscar el camino de regreso a casa.

—¿Cómo fue el llamado interior que te llevó hacia ese viaje fascinante, de descubrimiento?

—El llamado fue siempre a través de la naturaleza. Las montañas fueron el lugar en donde eso se expresaba de la mejor manera y donde yo más disfrutaba. Cuando era adolescente, empecé a subir a esas montañas de la mano del Padre Perrupato, el cura del colegio al que fui, precisamente por los campamentos que él organizaba en Bariloche. Esa fue mi primera experiencia consciente de experimentar la relación entre la naturaleza, las montañas y la conexión con mi propio espíritu. 

—¿Y de qué manera llegó el cóndor andino a tu vida?

—Los cóndores llegaron a mí naturalmente, cuando el biólogo Luis Jácome, que por entonces era mi cuñado, comenzó a desarrollar la idea del Programa de Conservación del Cóndor Andino. Su llegada al mar, en la costa atlántica patagónica, se vio interrumpida en los últimos 100 años y con ella su vínculo con la ballena, otro animal sagrado de los pueblos originarios de esa zona. En ese entonces comencé a colaborar con el programa, que trabaja en restablecer ese vínculo repoblando la zona con nuevos cóndores. 

Con los años nos fuimos relacionando con distintos referentes de pueblos originarios con conocimiento sobre el cóndor. Un día llegó al zoo de Buenos Aires el Tayta Ullpu, uno de los líderes espirituales de la comunidad quechua. De a poco, fuimos entablando una relación que me llevó a acompañarlo durante muchos años en viajes y ceremonias, y entendí un poco más sobre esa relación con los cóndores, que ya venía sucediendo en mi vida.

—¿De qué manera el encuentro con el abuelo sabio Tayta Ullpu te condujo hacia una nueva dimensión de consciencia? 

—En la tradición de los pueblos originarios los aprendizajes son a través de la experiencia y de poder vivir las cosas. No enseñan de la manera que en la cultura occidental lo entendemos. Se aprende, más que se enseña. 

Se dio la coincidencia de que esa es la forma más natural para mí de poder aprender. Acompañarlo y ver la forma y desde qué lugar hacía lo que hacía, creo que fue lo que más me cambió. Eso de “hacer lo que hay que hacer”, aunque a mí me pareciera en algunos momentos que no tenía mucho sentido. Entender con el tiempo las razones y ver los resultados fue una constante que me hizo comprender una nueva perspectiva sobre mi propósito.

—¿Cuáles fueron los mayores aprendizajes de esta etapa de crecimiento tanto a nivel espiritual como humano?

—Creo que el mayor aprendizaje es precisamente entender que esos dos conceptos no están separados. Somos seres humanos y espirituales a la vez. Si nos enfocamos más en uno que en otro, o creemos que uno es más importante que el otro, terminamos restando importancia a una parte nuestra.

—¿Cómo transformó esta experiencia tu mirada sobre cuál es el sentido de la vida y para qué estamos en el mundo?

—¡Ahhh, el sentido de la vida…! Hablemos dentro de veinte años y veo si tengo algo para decirte. Por ahora creo que estamos en el mundo para aprender a ser humanos. Y humano viene de “homo” (hombre), pero también de “humus”, que es tierra. Así que ya eso nos habla de la conexión que tenemos con la tierra.

—Una vez que lograste aquietar el ruido exterior para escuchar el alma de la naturaleza ¿qué señales sagradas comenzaste a recibir del entorno?

—Bueno, no sé si eso lo logré. O tal vez podría decir que solo en algunos momentos me acerqué a ese estado. Pero sí empecé a entender todo lo que manifiesta la naturaleza como algo sagrado y que está ahí, disponible para transformarse en un mensaje para nuestra vida. No me gusta mucho pensar en que esas señales son para mí, trato de entenderlas dentro de la sincronicidad que hace que, si estamos abiertos a la escucha, hay algo en ese grito de la naturaleza que seguramente será para nosotros y nos puede dar señales claras de por dónde continuar nuestro camino. 

—Junto al productor y director de cine Pablo Ratto, lograste plasmar en un emotivo film un recorrido donde las imágenes y la música conmueven al espectador. ¿Por qué sentiste la necesidad de compartir todo lo vivido y aprendido en este documental?

—Hace muchos años, en una ceremonia donde se le da nombre a los hombres (hay otra en otro momento del año para las mujeres), el Tayta Ullpu me dio como nombre Pacha Jap’iq. La traducción sería algo así como “el que captura el tiempo-espacio”, en referencia a lo que él vio que yo ya estaba haciendo, a través de la fotografía, de capturar esos momentos, para poder transmitirlos. Si bien, como dije, eso es lo que yo ya hacía, con el tiempo fui entendiendo ese compromiso de una forma más consciente y encontrando otras maneras de poder transmitir ese legado. Esta película es una de las primeras formas que encontré más allá de la fotografía. Con el tiempo fui incorporando nuevas maneras de hacerlo y comencé con los retiros en la naturaleza y luego mi camino siguió incorporando diferentes formas que fui uniendo a ese propósito.

—En el documental contás que al cumplir 49 años hubo un giro en la relación con él, que te llevó a buscar el regreso a casa y a reencontrarte con vos mismo. ¿Qué es y cómo se experimenta ese regreso? 

—En la cosmovisión andina, como en otras, los 49 años son un momento clave en la vida. Es cuando se cumplen los primeros 7 septenios, cuando se llega a ser mayor: a partir de esa edad se utiliza el término “abuelo” para referirse a los mayores con conocimiento. Es el momento en que para algunos comienza una nueva etapa para hacerse responsables por sí mismos de lo que les toca encarar. Esa etapa fue un cambio importante en mi vida, por algunas circunstancias que se dieron en mi relación con el Tayta que me hicieron resignificar todo lo vivido y poder comprenderlo con una mirada más personal, que me llevó a hacer cambios profundos en mi vida. 

Ese momento coincidió con el haber terminado de filmar todo lo necesario para hacer esta película y pasar los siguientes tres años en el proceso de darle forma definitiva a la historia que necesitaba contar. Un largo proceso que fue retroalimentando la filmación y mi vida.

—Hablando de esa casa grande, de todos, que es la tierra, ¿cuál es el mensaje que te importa hacer llegar sobre la necesidad de tener una conexión más amorosa con la naturaleza y con los demás seres que la habitan junto a nosotros? 

—Creo que justamente es eso: es nuestra casa, y es de todos. Es la que nos alimenta y nos da vida. Un ser vivo, que tenemos que cuidar para que siga estando sano y así poder sostenernos. Poder conectar con la inmensidad de la naturaleza, su complejidad en las infinitas relaciones que se establecen para sostener la vida, debería hacernos dar cuenta de nuestra humilde fragilidad y poder conectar con quienes realmente somos.

—¿Qué te gustaría decirnos a quienes vivimos en las grandes ciudades y a lo mejor, adormecidos por el ruido incesante del entorno, nos perdemos de cultivar el asombro y lo sagrado en nuestro día a día?

—Creo que hay que buscar los espacios necesarios para poder encontrar esos lugares de conexión con la naturaleza. Claro que es difícil en las grandes ciudades, donde podemos olvidarnos de cosas tan simples como que la lluvia es indispensable y no solo algo molesto que nos moja al ir a trabajar. Salir cuando se pueda a encontrarnos con la naturaleza es importante, pero recordarlo después es indispensable.

—Imagino que para hacer este camino tuviste que soltar muchas cosas… familia, amigos, zonas de confort… ¿Cómo lo pudiste llevar adelante en armonía?


—La verdad es que se fue dando naturalmente. Sí, tuve que dejar cosas de lado, pero fue al mismo tiempo que iba entendiendo que ya no las necesitaba y que había otras que me hacían mejor a mí y mejor a los demás. Por supuesto que no fue un viaje de película de Disney y hubo momentos difíciles y bastante alejados de la armonía, pero no creo que eso sea algo que se pueda evitar en ningún camino. Las zonas de confort suelen ser bastante poco confortables cuando uno toma consciencia de cómo nos van moldeando sin darnos cuenta.

Entre el cielo y la tierra se estrenará el jueves 21 de agosto en el cine Gaumont (CABA) y en varias salas del país. Idiomas: español, inglés, quechua. Más info: www.entrelatierrayelcielofilm.com | @pacha_jap_iq

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