Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

22 mayo, 2020

En primera persona: “Yo no tengo ningún don”

Esta es la historia del despertar de Carla, una mujer que tuvo que dejar atrás su crisálida para convertirse en mariposa. A pesar de los miedos, de la incomodidad, del sufrimiento, ella eligió cambiar. Y hoy comparte con Sophia el testimonio de esa transformación.


Por Carla Messano

Se me viene a la mente recordarme diciendo con cierta tristeza que yo no tenía ningún don. No era buena para el dibujo, no cantaba bien, tampoco bailaba, no sabía escribir…

Sentía que era parte de la media, no me destacaba en nada.

Así crecí, estudié una carrera, sin mucho entusiasmo y casi que por descarte. Trabajaba de eso que había estudiado, me iba bien, puro empeño, responsabilidad, garra y voluntad.

Empecé a coleccionar mis primeros logros, me compré un auto, tuve un ascenso, cambié el auto, me volvieron a ascender, viajé por muchos lugares, me compré una casa….

Un día formé una familia, vinieron hijitos, y con ellos una felicidad inmensa: siempre había querido ser madre. Sin embargo, la realidad chocaba contra mi cara como un camión con acoplado: me pasaba catorce horas fuera de mi casa trabajando, viajando, coleccionando logros materiales. Nada de lo que yo había imaginado en relación a la maternidad estaba sucediendo y mi ser más exigente me decía que estaba fallando.

Mi despertar

Alguien me dijo alguna vez que el universo te va dando señales, que podés verlas o mirar para otro lado y, cuando esto último ocurre, pareciera ser que el universo un día te da una especie de sacudón para que reacciones, despiertes y salgas del automático.

En mi caso, fue así.

El 17 de Septiembre del 2015, en un control de rutina, mi médica ginecóloga me informó que tenía un carcinoma en la mama izquierda. Ese fue mi despertar y, más que un sacudón, fue un uppercut directo en la mandíbula, y sin anestesia.

Recuerdo la sensación de ver mi vida como en una película en blanco y negro, en cámara lenta. Fueron días largos y noches más largas aún, en los que todo se detuvo: me di cuenta que me podía morir. Y sí, todos vamos a morir algún día, pero en nuestra sociedad la muerte es un tema tabú, no nos animamos a hablar de ella. Esa fue mi primera conversación con la muerte.

Lo interesante de esa conversación es que terminó siendo un gran disparador.

La vida tomó otro valor y créanme que, para mí, fue un antes y un después. Vinieron muchas preguntas, al principio cierta obsesión con los “por qué” que luego aprendí a transformar en “para qué”. Muchos aprendizajes, mucho amor y contención. Empecé a preguntarme cuál era mi propósito, cuál era mi misión, cuál era mi don. Tal vez tenía alguno y solo era cuestión de buscarlo.

En el 2017 renuncié a mi trabajo en relación de dependencia, luego de más de 23 años. Estaba feliz, pero la euforia me duró poco. ¿Y ahora qué?

Vacío…

De oruga a mariposa

Más terapias, más libros, meditación. Hasta que un día algo resonó muy fuerte en mí: la idea de que la búsqueda no es hacia afuera, sino hacia adentro. Tal vez no era la primera vez que lo escuchaba, pero en ese momento sonó distinto. Ahora, con un poco más de perspectiva, pienso que estaba lista para escucharlo.

Así emprendí un nuevo desafío.

Partí hacia un nuevo viaje, fue el viaje más lindo y desafiante que había vivido hasta ese momento. Un viaje de transformación personal, como el de la oruga que se convierte en mariposa. En esa metamorfosis la oruga va dejando atrás viejos trajes y a mí no me resultó fácil hacerlo, me costó, tuve días oscuros, a veces me preguntaba: ¿qué necesidad tengo de sentir esta incomodidad? Quiero aclarar que no lo hice sola, estuve sostenida por un grupo de personas maravillosas que me acompañaron en todo el proceso.

En ese proceso hay un punto de inflexión y es cuando la mariposa está lista para dejar atrás su crisálida.

Lejos de ser un momento placentero para mí, se trató de una instancia de mucha angustia: tenía que transitar mi propio duelo, dejar atrás a la oruga. El miedo se apoderaba de mí. ¿Qué tal si todos los que me habían conocido como oruga ya no me reconocían? ¿Les gustaría en esta nueva versión? ¿Y qué podría pasar si no les agradaba que volara?

No podía dejar de llorar por aquella que había sido y ahora estaba dejando morir, sí, morir… En ese momento surgió otro gran aprendizaje: morir es transformarse, porque para que nazca algo nuevo hay que dejar morir lo viejo, hay que que crear el espacio para que eso nuevo pueda nacer. Todo el tiempo estamos muriendo y renaciendo, todo el tiempo nos estamos transformando.

Durante esa metamorfosis (metamorfosis quiere decir “más allá de la forma anterior”) por fin descubrí que sí tenía un don. Ese don era ser yo misma, con todas mis luces y mis sombras. Y que permitirme SER era un regalo para todos los que me rodeaban. Era, ni más ni menos, poner mi SER al servicio de los otros.

Calma, sociego, paz interior….

Quiero contarles que las mariposas no viven mucho tiempo, a veces viven solo un día. Yo hoy elijo vivir la vida como una mariposa, muriendo y naciendo cada día, porque cuando nos atrevemos a incorporar la muerte como parte de la vida, la vida misma cobra otro significado, tiene otros colores, olores y sabores, otra intensidad.

En cada renacer hay un nuevo aprendizaje. En cada renacer me permito elegir quien quiero SER. En cada renacer elijo compartirme, compartir mi DON, que es permitirme, nada más ni nada menos, que ser yo misma.

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