19 de julio de 2024
Lo primero que pienso es en lo afortunada que fui de cruzarme con ella en la vida. En cómo ese encuentro único que es la amistad puede transformar para siempre nuestro mundo. La primera vez que nos vimos fue en el jardín de infantes. Se llamaba Candelaria y tenía la sonrisa más grande y luminosa que conocí. Cuando miro fotos de aquel entonces, reconozco en mí, en cambio, un gesto triste: fue el momento en que nació mi hermano con una discapacidad y la vida familiar se trastocó. Mis papás se dedicaron a cuidarlo en el hospital, de mí y de mi hermana se ocupaban mis abuelos y tías. Siento que jugar con Cande me salvó. Nos hicimos amigas enseguida, sin dudar, con esa fluidez de la infancia. Y fuimos inseparables hasta que, al entrar a la primaria, a las dos nos cambiaron de escuela.

Una de las primeras fotos juntas, cuando compartían las tardes en el jardín de infantes.
Por aquel entonces no había teléfonos celulares, redes sociales ni contactos de mamis como los que hay ahora. El tiempo transcurrió y simplemente no nos vimos más. Pero siempre quedó en mí su recuerdo, esa alegría compartida.
No me imaginaba que el destino tenía planeado volver a juntarnos. Pero celebro que ocurrió. Fue el primer día, de primer año, del colegio secundario. Cuando la preceptora pasó lista y leyó su apellido y su nombre, los recuerdos del jardín volvieron a aparecer. La miré emocionada, intentando reconocerla. “Cande, ¿sos vos?”, le dije con una sonrisa. “¡¡¡Sabri!!!”, dijo y me sonrió. Fue así que comenzó (nuevamente) una amistad entrañable, de esas que marcan la adolescencia y hacen que los días sean mejores. No sé qué hubiera sido de mí durante esos años sin ella. Crecimos a la par, yendo para todos lados juntas tomadas del brazo.
Éramos una para todo. Si no estábamos en su casa, era porque estábamos en la mía. Vivir a pocas cuadras de distancia, en San Andrés, ayudó a que nuestra unión fuera inquebrantable. Tanto que nuestros compañeros, cariñosamente, nos apodaron “las siamesas”. No había Cande sin Sabri, ni Sabri sin Cande. Jamás nos peleamos, al contrario: nos entendíamos con tan solo mirarnos. Vacacionábamos y festejábamos nuestros cumpleaños juntas (ella era del 24 de marzo, yo del 29 del mismo mes). ¿Qué hacíamos durante tantos momentos compartidos? Charlar, cocinar, hacer mandados, ver películas. Estábamos ahí siempre, la una para la otra. Y eso nos daba una secreta felicidad.
Creo que hasta llegamos a parecernos un poco físicamente, aunque en verdad éramos muy distintas. Ella, la más chiquita de su familia —“Pitu” la llamaban— era extrovertida y mimada. Yo, la mayor de cuatro hermanos, era más reservada y metódica. Ella siempre estaba de novia, se le daba fácil el amor. Yo, en cambio, me enamoraba en silencio y cada vez que le contaba mis historias, Cande me escuchaba disponible y atenta, lista para aconsejarme. Que ella estuviera en pareja no era impedimento para continuar con nuestras salidas: si ella iba con alguien me invitaba a ir con ellos. Su familia me quería, los novios que tuvo, también. Para los míos, igual: en nuestra casa ella era una más. Nos habíamos elegido y eso nos convertía en hermanas de la vida.
Hay un recuerdo lindo: cuando saqué la licencia de conducir, lo primero que hice fue ir a buscarla a su casa. ¡Quería que fuera parte de ese momento feliz! Sin dudarlo, su papá me ofreció las llaves de su auto para que diéramos una vuelta juntas. Teníamos esa complicidad, esa confianza. Teníamos muchas aventuras por delante. O al menos eso nos gustaba creer.
De cara a la vida universitaria, nos decidimos por carreras diferentes. Cande cursó Medicina por un tiempo, pero después se cambió a Ingeniería en Alimentos. Yo me decidí por Relaciones Públicas. Y aunque eran temáticas tan distintas, igual nos reuníamos a repasar para los exámenes. Las dos en silencio, cada una leyendo sus libros, sus apuntes. Alegres de tenernos cerca.
A nuestros 24 años, el futuro se veía brillante para las dos. Nos habíamos recibido, trabajábamos, estábamos en pareja. Ella con Franco, yo con Fede. Planeábamos muchas salidas divertidas para los cuatro. Soñábamos con crecer en nuestras profesiones, casarnos, tener hijos. Sabíamos, de hecho, el nombre que cada una elegiría para su primera beba: la de ella se llamaría Delfina, la mía Isabel. Y aunque Cande convivía con su novio en Capital y yo seguía viviendo en provincia, igual encontrábamos la forma de vernos. A veces era solo un ratito, a la pasada, pero cada instante juntas valía lo mismo que si fueran varias horas.

Cande y Sabri riendo, inseparables, en una amistad repleta de momentos felices.
Imposible imaginar lo que ocurrió el 1 de mayo de 2007. Estaba en la casa de mi novio cuando me sonó el celular. Al atender vi que tenía muchas llamadas perdidas. La voz de su tía Silvi me dio la peor noticia al otro lado de la línea: “Cande está en el cielo”, dijo solamente. Recuerdo cada una de esas palabras con el mismo dolor con el que las escuché aquel día. No podía, no quería creer. Fui corriendo hasta su casa y al llegar supe que no era un error, que había pasado de verdad. Estaba aturdida, no llegaba a entender. «Un accidente», me explicaron. Al parecer, todo pasó muy rápido: Cande iba con su novio en el auto cuando los chocó un colectivo. Él se salvó, ella murió en el acto. Cuando llegó la ambulancia ya no había nada que hacer.
Fueron los días más tristes de mi vida y había mañanas en las que me resultaba difícil levantarme de la cama. ¿Cómo que Cande ya no estaba? No, no podía ser. La tristeza era interminable, pero también había en mí aceptación y, sobre todo, una gratitud infinita por todo lo vivido. Además, su ausencia física no impedía que su presencia me acompañara todo el tiempo a través de distintas señales. Como cuando aparecía en mis sueños cada vez que me encontraba frente a un acontecimiento importante. “Estoy embarazada”, le dije dormida aquella madrugada en la que me visitó para que compartiéramos esa noticia de la que yo me acababa de enterar. Lo mismo pasó con mis dos hijas, le conté de sus llegadas en sueños.
Eran imágenes vívidas, encuentros que parecían reales, la misma felicidad de otros tiempos. Me costaba demasiado despertar… Años más tarde, mis nenas, Isa y Juli, al ver la foto con Cande que había pegado en la heladera para tenerla siempre conmigo, la reconocían diciendo: “¡Mami, ahí estás con tu amiga, la del cielo!”.
Las tragedias lo cambian todo: la forma en que vemos la vida, la percepción de lo que es y lo que no es importante, el sentido de todas las cosas. Los vínculos, también. De repente, mi amiga del alma y mi segunda familia ya no estaban.. La sensación de desasosiego era enorme: había perdido a mi amiga, pero también a esa familia que me cobijó con amor tantas veces. Recién hace algunos meses volvimos a escribirnos con su mamá y fue una emoción enorme. Ojalá pronto estemos listas para tomar ese café y reencontrarnos…
El tiempo, tan sabio, me regaló otras amigas. Amigas que tienen cosas tan parecidas a Candelaria que no dejan de asombrarme. Sé que ella tuvo algo que ver: ¿cómo no sentir que está siempre ahí, acompañando e iluminando mis días?
Guardo las fotos que nos sacamos, un cuaderno que me dedicó y uso para mis recetas de cocina y creo, también, alguna de las bufandas que tejió especialmente para mí. Atesoro las miradas cómplices, los momentos compartidos sin hacer otra cosa más que pasar tiempo juntas. Si hay algo que siempre me llamó la atención, era cómo fluía por la vida, las cosas se le daban naturalmente. Había en su mirada, en su sonrisa, algo especial. Saber que tuvo una vida hermosa de alguna manera me reconforta. Porque fue amada, amó, viajó mucho, se rió fuerte, hizo cosas por los demás y soñó un mundo mejor para otras personas, buscando siempre la manera de colaborar.
Por eso, cada vez que veo a mis hijas jugar con alguna amiguita deseo, desde el fondo de mi corazón, que ellas también tengan la dicha que tuve yo. La suerte de poder encontrar a su Cande.

El cuaderno que Sabri recibió de su amiga y que atesora junto a otros de sus recuerdos.
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