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Salud

6 agosto, 2020

En primera persona: “Soy una agradecida de haber tenido endometriosis”

Esta es la historia de Virginia, una mujer que aprendió a convivir con el diagnóstico de una enfermedad dolorosa que no le permitió tener hijos biológicos, pero le abrió un camino lleno de esperanza en el que logró cumplir su sueño de ser mamá.


Por Virginia Martínez

Hola a todas. Hoy les quiero compartir la historia de mi largo camino recorrido junto a la endometriosis. Para que, si están pasando por lo mismo, este relato las inspire y les sirva para darle otra mirada a lo que vendrá.

Padecí endometriosis, una enfermedad que considero sistémica porque no solo sufría físicamente, sino que además me afectaba emocional y socialmente.

Corría el año 1998. Ya tenía antecedentes de dolores abrumantes que me incapacitaban para realizar mis actividades diarias durante el período, pero todo parecía ser “normal”. Lo novedoso fue que un día tuve fiebre. “¡El apéndice!”, dije el doctor de emergencias. Me operaron y el cirujano le explicó a mi mamá: “Su hija tiene algo más, pero no sé qué es. Está en el ovario y también en otros lados”.

Desde ahí comenzó un sinfín de recorridos, pastillas anticonceptivas, dolores, ecografías y demás. Mientras tanto, seguía mi vida abocada a mi trabajo y estudio. Los años pasaban y esos malestares eran parte de mí. Si menstruaba no salía, vomitaba varias veces, no comía, tomaba calmantes cada vez más fuertes. Luego, todo pasaba y venía un período de paz hasta el próximo mes, que se repetía la situación.

Llegó 2002. Ya recibida, me casé. ¡Qué felicidad! En la luna de miel, menstrué. ¡Ay! Dolía tanto que tuvimos que retrasar el regreso.

Hasta que en 2005 decidimos emprender la búsqueda de nuestro hijo. Dejé las pastillas anticonceptivas y cada vez que menstruaba me derrumbaba. Busqué un ginecólogo que siguiera mi caso y me acompañara en este proceso, ya que siempre había consultado a diferentes profesionales y nadie escuchaba TODO lo que me pasaba, que era mucho más que dolores.

Así me derivaron con un especialista para hacer una cirugía laparoscópica exploratoria. Ese día conocí a quien sería, luego de esa cirugía (octubre de 2005), mi médico, mi amigo, mi confidente, mi salvador, el doctor Javier Vidaurreta. Recuerdo nuestra primer charla: “No nos conocemos, pero debo realizarte una cirugía para ver qué pasa”, dijo. Me desperté en la sala ya operada y él me dio por fin mi diagnóstico: Endometriosis Estadio IV.

Por mi perfil de ingeniera pensaba en las calificaciones de los exámenes de 1 a 10, así que el IV no me pareció tan malo. Allí fue que me explicó que era el grado más elevado y que vendrían tiempos complicados. Ese mismo año, en otra cirugía, me extirparon el ovario izquierdo. En 2007, resección intestinal, terapia intensiva y transfusiones. Luego empecé a mejorar.

Aún no era tan consciente del diagnóstico, ¿quién era esa enfermedad que vivía siempre conmigo? Había días en los que ella tenía más fuerza que yo, pero pude sortear aquella difícil cirugía. ¡Me salvé! Aún siento el dolor en el abdomen, pero también recuerdo la alegría de no llegar al ano contranatura, una idea que me atormentaba por aquellos días.

Eso fue un punto de inflexión en mi relación con la endometriosis. Empecé a sentirla, entenderla, escucharla. Algo quería decirme, algo vino a dejarme. Fue ahí que comencé flexibilidad y meditación, actividades que me ayudaban cuando llegaban “esos días”. Así también empecé a leer que había alimentos que quizás hacían peor y comencé a balancear mi dieta. No obstante, en 2009 recibí otra mala noticia: un hidrosalpinx bilateral (una alteración de la trompa de Falopio caracterizada por la obstrucción y acumulación de líquido) me introdujo otra vez al quirófano.

Ahora sí tenía mucho para pensar, reprochar, replantear. ¿Por qué me pasaba todo esto? Y, más importante, estaba el deseo no cumplido de tener un hijo.

Si quería ser mamá, ya sabía que de manera natural (no NORMAL, es importante marcar esa diferencia) no sería el camino. Pero tenía otras alternativas. Quería escucharme, evaluar opciones, tomar distancia. Hablé con Javier, mi doctor, para analizar qué tratamiento podríamos seguir. Le pedí tiempo para tomar una decisión. Su respuesta fue: “Si claro, hay cinco libros en la VIDA. Acomodalos y pensá que los hijos a veces son de la VIDA”. Cerré la puerta y me fui a pensar.

No recuerdo cuánto pasó, pero sí recuerdo que un día me levanté y le dije a mi marido: “¡Amor, quiero ser mamá!“. Felices los dos, pero imagino que él por dentro se preguntaba: “¿Y ahora qué? ¿Estar del otro lado y sentir la impotencia de no poder hacer nada?“. Lo miré a los ojos, le conté que mi cuerpo ya había sufrido mucho. “¿Podemos adoptar un hijo?“, le pregunté. “¡¡¡Siiiii!!!“, fue su respuesta inmediata. Esa tarde fui a ver Javier y le dije: “Ya está, ya me decidí, quiero ser mamá“. Me miró fijo, pálido y atento, y le di la gran noticia: “¡Vamos a adoptar un hijo!”. Aún recuerdo su abrazo, siento su calor y su emoción cuando me contestó: “Entendiste todo, flaca”.

Había aprendido algo muy importante que no me lo dio la facultad ni mi trabajo en empresas. Me lo dio la Vida cuando me hizo convivir con la endometriosis.

Empezamos a recorrer juzgados y a generar certificados de infertilidad para poder inscribirnos. Pero todo era alegría. Estaba viva y buscando a mi hijo. Dejé de trabajar en relación de dependencia para poder dedicarme de lleno a él o ella cuando llegara. No deseábamos que fuera un bebé, queríamos a un pequeño en edad de jardín de infantes. Nos sentíamos más cómodos así.

Y un día llegó el llamado. ¡¡¡Llegó Dani!!! El cielo y la tierra se juntaron, mis ojos se iluminaron, mi vida se hizo plena. Mágicamente, la enfermedad que me había acompañado todo ese tiempo me dejó descansar durante cuatros años y disfrutar del proceso de adopción, de los papeles, de las asistentes sociales…

Al mismo tiempo, mi pequeño héroe me iba enseñando el valor de la vida y la importancia de disfrutar de esos primeros pequeños e inolvidables momentos juntos.

Cuando la enfermedad volvió, corría 2016. Su regreso fue con mucha más fuerza y, con mi médico, temimos lo peor. ¡Pero no! ¡Seguía siendo ella! Le dije a Javier: “Me preparo para esta, mi última cirugía”. Y así fue. Me preparé, sané recuerdos, preparé mi intestino para que esté sano y fuerte, pero esta vez el afectado era el riñón. Igual estábamos seguros y confiados de que todo iba a estar bien. Era entrar dos veces más a esa sala fría pero llena de esperanzas. Comencé a estudiar metafísica, un tema que me ayudaba y tranquilizaba; también iba a Tai Chi. Me enfoqué como uno se prepara para un examen en la facultad, pero no solo desde la razón: cuidé mi cuerpo y mi alma y enfrenté esa batalla que implicaba la anexo histerectomía total.

¡Y la logré entender! Antes de la cirugía descubrí cosas que creía diferentes. Visualizaba mi sanación, porque sanar siempre es POSIBLE y, porque cada vez que salía del quirófano, salía distinta. Había logrado aprender algo más de la VIDA: que con cada cirugía podía volver a nacer.

Por eso, estoy agradecida de haber tenido endometriosis. Sin ella, no sería la que soy ni habría comprendido tantas cosas. Tengo 43 años y hace 9 que soy mamá de Dani, que ya tiene 14. Me siento afortunada de haber tenido a mi lado a mi marido, que me amó y cuidó siempre, y el recuerdo eterno de mi médico que se fue, pero me dejó grandes enseñanzas y me guía desde el cielo.

Paradójicamente, doy clases de pensamiento sistémico y bien sabemos nosotras, las mujeres diagnosticadas con endometriosis, lo que es algo “sistémico” atravesando esta enfermedad. Pero solo una puede decidir si quiere quedarse aferrada al dolor y vivir adaptándose a lo que la enfermedad propone, o hacer que el diagnóstico sea un camino de aprendizajes para llegar a la META, sea cual sea.

¡Por eso estoy tan feliz y orgullosa de mi historia, de mi VIDA!

Ella es Virginia, autora de esta carta, un ejemplo de amor y resiliencia.

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