Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

6 noviembre, 2019

En primera persona: “Pude transformar el dolor en algo positivo”

Esta es la historia de Analía Crivello quien, luego de sufrir un gravísimo accidente, tuvo que volver a nacer. Estuvo al borde de la muerte, perdió la conciencia, el habla, la movilidad, pero con mucho esfuerzo se recuperó, se recibió de periodista y creó una ONG. Un ejemplo de resiliencia, en un relato conmovedor.


En Mendoza, feliz, luego de haber atravesado la dura experiencia de barajar y dar de nuevo.

Por Analía Crivello

Un día de octubre del 2003 salía de trabajar cuando un auto me atropelló. El accidente fue muy grave y durante cuarenta días no se sabía qué podía suceder. Una tarde los médicos le anunciaron a mis padres que estaba cerca el desenlace, que partiría. Pero me quedé.

Estuve seis meses internada entre hospitales y clínicas de rehabilitación.

Luego seguí muchos años más, pero con tratamientos ambulatorios. Tengo secuelas que me quedarán para siempre: un trozo de mi cráneo es de mentira; la parte derecha de mi cuerpo no responde como la izquierda; en la vista hay un punto ciego que no se arregla con anteojos; escucho un poco menos de un oído.   

Estuve dando vueltas para escribir esta nota. No sabía cómo arrancar porque era sobre mí y sobre cómo atravesé mi recuperación, que no solo fue física sino también emocional. Y eso es mucho más difícil.

Hace varios años, una persona conocida me aseguró que yo era resiliente. “¿Eso qué es?”, pregunté. “Alguien que hizo frente a una situación muy difícil, la superó, no tiene bronca ni rencor y aprendió mucho de todo eso”, sostuvo. “¡Ah!”, dije.

Pero la palabra me quedó girando en la cabeza. Fui al diccionario y vi que había dos acepciones:

1.Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. 2.Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Entonces concluí que, por ahí, las dos cosas me habían pasado.

Un largo despertar

Recuerdo unas lucecitas que se encienden y se apagan de los primeros años luego del accidente: cuando en la clínica de rehabilitación en la que estaba internada bebí el jugo más rico de la historia apenas me sacaron la sonda que me alimentaba; cuando esa Nochebuena yo estaba contenta y quería celebrar, pero no esbozaba una palabra y mi familia no sabía si yo comprendía o no; cuando mis amigos venían a casa porque yo no podía salir, ya que caminaba poco y mal.

Al año del accidente volví al hospital a visitar a los médicos que me habían atendido en los primeros momentos.

Mi vida cambió de un segundo a otro, y lo hizo para siempre. Estaban las consecuencias físicas, pero más que nada las intelectuales: la afasia es la alteración adquirida del lenguaje y la comunicación causada por una lesión cerebral. Entonces, no sabía cómo leer ni cómo escribir. La paradoja es que, antes del accidente, me estaba por recibir de periodista”.

En un cuarto que tenía una ventana grande por donde entraba el sol recuerdo sus caras de asombro cuando vieron que podía caminar. Y, como pude, les dije que yo lo iba a lograr, que todo esto iba a pasar, que era un mal trago y que, ya repuesta, mi modo de existir sería igual que antes.

Pero no: mi vida cambió de un segundo a otro, y lo hizo para siempre. Estaban las consecuencias físicas, pero más que nada las intelectuales: la afasia es la alteración adquirida del lenguaje y la comunicación causada por una lesión cerebral. Entonces, no sabía cómo leer ni cómo escribir. La paradoja es que, antes del accidente, me estaba por recibir de periodista.

La psicología actual sostiene que la principal característica de las personas resilientes es la capacidad para sobreponerse a la adversidad, son competentes para detectar la causa de los problemas, saben manejar sus emociones, mantienen la calma en situaciones de mucha presión, son realistas y continúan con su vida, transformando los contratiempos en algo positivo y desarrollando recursos que creían no poseer.

Todo eso que yo no tenía.

Cuando se despejó la primera bruma sentí mucho enojo. ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a otro? Volví a ser una nena: no podía —o no quería— hacer nada de forma diferente a como lo hacía antes. Mis amigos me visitaban y me invitaban a todos los eventos en los que yo podía estar. Teníamos veintitrés años, ellos estaban en la cresta de la ola y yo no participaba: recitales, bares, viajes, reuniones.

Un día, mi mamá, harta de las quejas, me anunció dos cosas: que nunca más volvería a ser como antes y que mis amigos se iban a alejar porque yo siempre estaba de mal humor. Sabía que era así, pero no quería verlo.

Entre las cantidades de temores y de verdades tenía un pánico inconmensurable a que mis amigos me dejaran. Porque tu familia siempre es tu familia y va a estar, pero ellos sí podían alejarse. Un verano, al atardecer, estaba con un grupo de amigos en una quinta y se levantó viento. Tenía una campera y no podía abrochármela. Una amiga de siempre, de toda la vida (o del colegio, que es lo mismo para mí), se ofreció a ayudarme. Levanté la vista y, con fuego en los ojos, le aseguré que yo podía. No pude, y un segundo después me vino a la mente la advertencia de mi mamá.  

De a poco me fui quedando más tiempo en la cama y, angustiada, comía en demasía. Estaba triste sin saberlo. O sabiendo. Permanecí un largo período así. Una letanía insoportable. 

Un día, no sé por qué, me desperté, salí de las sábanas y me puse a andar.

Dicen que un chico con buena autoestima se convierte en un adulto con la capacidad de superar los obstáculos que encuentra a lo largo de su  existencia. Yo no sabía que tenía esa fuerza, la descubrí a lo largo del camino. Pero gozaba de la familia, los amigos, los conocidos, los médicos, los kinesiólogos, las terapistas ocupacionales… Ellos me sostuvieron y todos los días se los voy a agradecer.

Tiempo atrás, con otras personas que pasaron situaciones similares formamos Ultreya, una asociación civil para quienes tenemos discapacidad por daño cerebral adquirido, una realidad invisible. Buscamos ayudar desde nuestra experiencia a otros en la misma situación. Además, damos charlas en escuelas y asesoramos a quienes le interese saber sobre el tema. Estamos haciendo desde hace varios años una campaña de concientización: Yo elijo usar casco, destinada a los ciclistas.

Pude transformar en algo positivo tanto dolor y gané la pulseada.

“Dicen que un chico con buena autoestima se convierte en un adulto con la capacidad de superar los obstáculos que encuentra a lo largo de su  existencia. Yo no sabía que tenía esa fuerza, la descubrí a lo largo del camino. Pero gozaba de la familia, los amigos, los conocidos, los médicos, los kinesiólogos, las terapistas ocupacionales… Ellos me sostuvieron y todos los días se los voy a agradecer”.

Mirando para atrás, soy la misma y soy otra. Tengo ahora casi cuarenta. Cuando tuve el accidente tenía veintitrés. Eso expresa mucho. Pero lo que más expresa es lo que me ocurrió y lo que asimilé: siempre sale el sol, no importa cuánto tiempo haya llovido. Siempre tenés que estar agradecida y ayudar a otros. Entonces, por ahí me quedo escuchando una melodía por un músico callejero en la estación del subte porque no sé si después lo voy a encontrar.

Hay un Dios, pero es más grande que todas las religiones.

Amo a mi familia y amo a mis amigos por todo lo que me dieron y me dan. Intento todo lo que puedo y, si no puedo, igual valió el intento. Antes de salir de la cama me digo que voy a ser mejor persona hoy. Curé mis heridas. Y baraje de nuevo.

El equipo de Ultreya: Martín, Analía y Alejandro ayudan a personas en su misma situación.

Más información: Ultreya Asociación Civil para la integración del Daño Cerebral Adquirido. Sitio web: www.grupoultreya.com.ar Mail: info@grupoultreya.com.ar Facebook: @grupoultreya

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