Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

16 junio, 2020

En primera persona: “Esto es lo que haría después de la cuarentena…”

Un lector de Sophia nos escribe para compartirnos las cosas que descubrió en estos días de cuarentena junto a su familia y también todo lo que le gustaría hacer una vez que termine el aislamiento social obligatorio.


Por Agustín Maizon

Al principio de la cuarentena leí una historia que me llegó profundamente la atención (1). El texto presenta una conocida historia narrada en el contexto de los primeros siglos. Un joven se acerca a su maestro espiritual, un anciano. El joven, curioso e impetuoso, le pregunta a su maestro qué haría él si le dijeran que esa tarde moriría. El joven pregunta esperando alguna respuesta relacionada con el texto que aquel anciano leería, qué oración recitaría o qué lugar santo iría a visitar. El anciano, que está barriendo el piso, se detiene, mira a los ojos al discípulo y le contesta: “Lo que haría lo estás viendo“. Y el anciano continúa barriendo.

Cuando leí la invitación de Sophia a compartir lo que haríamos cuando la cuarentena termine, vino a mi corazón el relato del anciano y el joven. Aquella historia me inspiró al principio de la cuarentena a intentar a hacer cosas que luego, acabada la pandemia, se pudieran seguir realizando. Y también continuar durante estos días con cosas que ya hacía antes de este aislamiento social obligatorio.

Levantarme, mirar al cielo que cada día nos regala la creatividad de nuevas figuras y climas. Luego rezar/meditar. Lavar los platos de la noche anterior, preparar el desayuno para que venga Patricia, mi esposa. Y luego acompañar el despertar de Juan Bautista y María Luz, nuestros hijos, para que empiecen sus mañanas de la mejor manera posible: con un beso de buen día y una mesa preparada.

Luego, estudiar con ellos, preparar nuestras clases (somos docentes) y cocinar juntos. Descansamos a la siesta para luego hacernos presentes con nuestra vocación y encontrarnos con nuestros alumnos y alumnas mediante los diferentes medios que hoy tenemos disponibles: WhatsApp, aulas virtuales, transmedias y todo lo que sea posible para llegar hasta ellos y que “nadie se baje del tren”.

Al atardecer, antes de preparar la cena, tenemos un nuevo momento solo nuestro: meditar-rezar-seguir tomando mate con Patricia. Hablamos y nos encontramos los dos. La pandemia nos hizo conectarnos más, ver aspectos del otro que no conocíamos lo suficiente o que dábamos por sentados. Estos días me dieron el regalo de poder enamorarme todavía más de ella y de que creciera nuestra pareja desde otro lugar.

En ocasiones, antes de la cena, jugamos con Juan y con Luz. A veces al dígalo con mímica, otras veces a las cartas u otros juegos de mesa que tenemos. También es el momento en el que hablamos con los abuelos: todos los días los saludamos, le preguntamos cómo están y nos interesamos por saber cómo andan. Los mimamos y nos dejamos mimar.

La noche llega al final y luego de encontrarnos con algún amigo, o incluso varios de ellos online, nos vamos a dormir. Con Juan y Luz reflexionamos y recordamos agradecidamente lo mejor que vivimos en el día. Y también aquello que queda por mejorar, eso que podemos cambiar; es el momento de decirnos “Gracias“, “Perdón” y escuchar el “Está todo bien. Mañana lo intentamos de nuevo“.

Me encantaría responder con la misma paz y sabiduría de aquel anciano a la pregunta qué haré cuando la pandemia se termine: “Haría lo mismo“, diría yo si me preguntaran.También sé que haría algo diferente: darle un abrazo grande a mi mamá de 77 años y decirle de nuevo, al oído, que extrañé su abrazo y que la quiero mucho.

También seguiría leyendo Sophia, continuaría compartiéndola con mis alumnos de la escuela media y el profesorado para pensar y aprender juntos. Y seguiría incorporándome a los talleres y espacios de reflexión que Sophia propone que son un alimento para la interioridad .

Nos seguiríamos viendo, encontrando y leyendo. En el mismo abrazo, agradecido, desde el corazón.

Confío en que nuestro limonero nos seguirá dando sus frutos y entonces continuaremos preparando dulce y licor de limón para compartir con nuestros amigos y que nuestros hijos seguirán grabando audiocuentos para sus hijos… Y así creo que la muerte y el miedo permanecerán alejados y solamente podrán mirarnos, porque saben que nuestras vidas no le pertenecen

(1) El relato se encuentra en Casey, Michael: Una guía para vivir en la verdad, ECUAM, 2006.

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