Sophia - Despliega el Alma

Espiritualidad

26 marzo, 2021

“En la oración Dios nos presta su voz cuando no podemos hablar”

Hoy te compartimos el testimonio de Rosario Bernardi, una lectora de Sophia que luego de atravesar la enfermedad de tres de sus siete hermanos y hacer frente al inmenso dolor de la pérdida, decidió rearmarse para abrazar la vida y hacer de su camino un ejemplo de amor y fe.


Por Rosario Bernardi

Soy la cuarta de siete hermanos. Cuando tenía 12 años, a mi hermana mayor, Sofía, le diagnosticaron cáncer. Ella tenía 18, estaba terminando el secundario y en pocos días la vida de todos lo que la conocíamos cambió para siempre. Comenzó el tratamiento y tuvo que atravesar cirugías y largas internaciones. De su mano descubrí que había un secreto guardado en la oración: había en Sofía una calma especial cuando rezaba y cuando hablaba con alguien que la ayudaba espiritualmente.

Pocos meses antes de que mi hermana falleciera, nació Tomás, mi hermano menor. El parto fue complicado y él y mi mamá estuvieron internados en terapia intensiva. Tomás quedó con parálisis cerebral.

Muchas cosas ocurrieron durante esos años: conocí la enfermedad, la discapacidad y la muerte de cerca. El dolor realmente se sentía, dolía. La vida siguió… Varios años después me recibí de psicomotricista, me casé, tuve dos hijos, trabajé en centros de rehabilitación, en terapias neonatales. Hicimos con mi esposo, durante varios años, sillas de ruedas especiales, a medida, para niños, adolescentes y adultos. Y con una amiga abrimos un centro de día para adolescentes y después también para mayores.

Pero algo daba vueltas en mi interior, necesitaba parar, comenzar a sanar, comprender el dolor desde otro lugar.

Fue así que descubrí un modo nuevo de vincularme con Dios, a través de los Ejercicios Ignacianos. Fue un momento fundante en mi vida: comprendí que la relación con Dios hay que cultivarla, cuidarla y abrazarla cada día; aprendí a ver que el Padre quiere ofrecernos un rostro de amor, de ternura, de cercanía. Era necesario, entonces, comenzar todo un proceso de desaprender para volver a aprender…

“Fue un momento fundante en mi vida: comprendí que la relación con Dios hay que cultivarla, cuidarla y abrazarla cada día; aprendí a ver que el Padre quiere ofrecernos un rostro de amor, de ternura, de cercanía. Era necesario, entonces, comenzar todo un proceso de desaprender para volver a aprender…”.

Si aprendemos a hacer memoria del corazón y nos dejamos llevar, puede ser una experiencia que nos ayude a cambiar la mirada sobre los acontecimientos de nuestra vida, un modo de descubrir cómo Dios nos estuvo ayudando y acompañando en los distintos momentos de nuestra historia personal; cómo nos reveló su rostro a través de diferentes personas que fue poniendo en las distintas situaciones para poder atravesarlas sostenidos por Él y así descubrir que estuvo en nuestras vidas, que sigue estando y que siempre nos acompañará.

Cuando aprendemos a descubrir al Dios cercano puede ser el comienzo de un proceso sanador y transformador.

En esos ejercicios aprendí a trabajar en la oración el discernimiento, la contemplación, el silencio; a desarrollar el arte de elongar el corazón a la espera de poder desarrollar la paciencia. Así entendí que Dios quiere relacionarse con nosotros de una manera diferente, en la cercanía, hablándonos al alma. De esa manera descubrí cómo Dios se hace simple, humano, conoce toda nuestra realidad, nuestra debilidad y nos comprende; se deja encontrar en lo cotidiano, sin dejar de ser Dios…

Necesitaba empezar a sanar. Había descubierto la manera, se abría ante mí un camino nuevo. ¿Me animaría a transitarlo?

El largo camino de la fe

Entonces, todo comenzó de la mano de la escritura, de las anotaciones, de tomar nota de esas cosas que quedaban resonando en mi corazón. De eso se trataba: de detenerme en aquello que me había movilizado y guardarlo en mi interior; seguir la huella de ese lugar donde sentía calma.

Tantas veces pretendía descubrir a Dios en los signos extraordinarios, pero ahora empezaba a buscarlo en la simpleza del encuentro, lo descubría revelándose en el corazón.

El puente más cercano para descubrirlo fue la oración y el silencio. El desafío, darle un tiempo al día para estar exclusivamente con Él y solo para Él. No mezclado con otras cosas. Ni siquiera era necesario que fuera un tiempo largo; solo debía ser profundo, en serenidad, dejando de lado las distracciones.

Así, en la calma, aprendí a dejar a Dios ser Dios para permitirle actuar en mi vida. Lo dejé hacer a su modo, le pedí con mucha confianza y comencé a descubrir cómo sus palabras tocaban la fibra de mi corazón.

El Alma era ese gran misterio, intrigante, único, liberador. Algo comenzaba a cambiar…

“Así, en la calma, aprendí a dejar a Dios ser Dios para permitirle actuar en mi vida. Lo dejé hacer a su modo, le pedí con mucha confianza y comencé a descubrir cómo sus palabras tocaban la fibra de mi corazón”.

Hace cuatro años Juan, mi hermano dos años menor, recibió un diagnóstico de cáncer de intestino y sentí que era necesario comenzar a hablar del dolor. Porque si al dolor lo compartimos, se alivia. Durante muchos años me pregunté por qué evitamos hablar del dolor si todos lo sentimos, si todos lo atravesamos en algún momento de la vida. Es inherente a nuestra condición humana y, mientras más lo acallamos, más nos lastimamos.

Tenía una necesidad clara, puntual. Quería escribir. Era necesario abrir una ventana para no quedar asfixiada en el humo de la tristeza.

La escritura fue esa ventana. Los temas a tratar el dolor, la oración, el trato con Dios, el discernimiento, hacer memoria del corazón, recuperar las semillas de esperanza, volver a sembrarlas en el corazón, cuidar las semillas que se habían conservado y trabajar sobre ellas. Descubrir nuevas posibilidades en medio de las dificultades, volver al Alma.

Pedí ayuda, comencé a hablar de lo que me dolía, de lo que daba vueltas hacía tiempo. Curiosamente, me animé a leer lo que hacía tiempo venía escribiendo, ahí estaba todo guardado. Fue entonces cuando la persona que Dios puso en mi camino para ayudarme me alentó a escribir.

Así empecé: escribiendo pequeñas reflexiones, cortas, simples, que resonaban en mi corazón, sobre lo que sentía y sobre lo que tantas veces me había ayudado a continuar: la oración.

Las palabras sanan, curan el Alma, cicatrizan las heridas, alivian el dolor.

Con estos escritos se fue armando un gran mosaiquismo que publico a diario en los estados de WhatsApp; cada uno es como una pieza rescatada para volver a armarme.

Siempre me gustó el arte del mosaiquismo, y con mis escritos fui armándome nuevamente. Cada reflexión fue como metamorfosear el sufrimiento, darle un nuevo significado, reparar el desgaste que había sufrido el corazón, contactarme con mi niña interior, poner calor en las zonas del Alma que se habían entumecido, darle voz a la niña que había sido y despertar con ella de nuevo a la vida.

Escribir es para mí un modo de hacer contacto con los sentimientos, dejarlos hablar, ver qué vienen a decirme. Es, al mismo tiempo, una experiencia liberadora.

Hoy les comparto mi mosaiquismo que se fue armando con partes perdidas, olvidadas, rotas, otras intactas; con sueños, lágrimas, alegrías.

El Alma fue marcando qué debía curarse, restaurarse, qué era necesario cicatrizar y por dónde continuar.

Con un amor inmenso, desde mi corazón, acá se los regalo.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()