Sophia - Despliega el Alma

Mes de la Mujer

9 marzo, 2020

En defensa de la madre

Es este tiempo tan especial para todas, el filósofo español Andrés Ortiz-Osés nos comparte una reflexión acerca de la importancia de velar por el sentido matricial de la existencia, a partir de esa figura femenina tan vapuleada a lo largo de la historia: la madre.


Por Andrés Ortiz-Osés*. Ilustración: Maite Ortiz.

La contracultura arremetió contra el padre con alguna razón, pero el psicoanálisis y el feminismo ortodoxos arremeten contra la madre con razón o sin razón. Hoy corren adversos tiempos, incluso perversos, contra la madre y la maternidad, amenazada o vituperada, criticada por masoquista o sufridora o bien por sádica o atrapadora. Por supuesto, hay tipos de madres castradoras tanto como de padres ídem, y hay tipos de padres pusilánimes como de padres ídem.

El problema actual es que la crítica corrosiva o excesiva a la madre y su maternidad, ya no la ejerce un viejo patriarcado sino insólitamente cierto feminismo no crítico o autocrítico, sino aguerrido, desconociendo al parecer que la guerra es propia del macho más machote. Más de acuerdo estaría yo con la crítica racional a la falta de planificación familiar de los hijos por parte de madre y padre, sobre todo en ciertos países, claro.

El viejo patriarcalismo demonizó a la madre como dracontiana y bruja, tal y como comparece en el desplazamiento de la Diosa madre por el Dios padre, pero cierto feminismo la demoniza por algo parecido. Se alía así con el viejo mito matriarcal de Orestes el matricida, así como con el freudiano Lacan, cuando ensalza el nombre del padre en detrimento del prenombre o pronombre de la madre. La denostada matriarca comparece así como fémina agresiva tipo gorgona o amazona, frente al prototipo de la musa o gracia.

Y, sin embargo, el auténtico arquetipo de la madre es la afección misma, el afecto radical, el amor incondicional, como lo ha llamado Erich Fromm.

“A veces olvida cierto psicoanálisis y feminismo que la madre es una mujer, no necesariamente vampiresa, aunque quizás no se trate de un olvido sino de una reminiscencia de la niñez, ya que el niño nunca se figura que su madre es una mujer, como dice Beaunier, lo que por cierto debiera significar que la madre trasciende originariamente al género y su ideología”.

No deberíamos olvidar que la madre encarna nuestro origen y final natural, como lo muestra la Diosa madre, a la vez cuna y tumba telúrica. Pero no solo el paganismo, el propio cristianismo divinizó a la madre sea como diosa sea como madre de Dios, la Virgen María, la Madona como Pietá cantada temblorosamente por Alfredo Kraus en La Dolorosa. El poeta J. García Nieto poetiza sobre la madre en cuanto “aliento cristalizado”, el aliento matricial de la vida. Por lo demás, mi propia madre se llamaba Máxima, con ello está dicho todo lo que quiero decir al respecto; pero no prosigo, so pena de ser acusado del complejo de Edipo por la censura o censura puritana que nos rodea, a pesar de cierto permisivismo.

Sin embargo, la propia Universidad se autodefine como Alma Mater o Madre, aunque últimamente comparece entre nosotros como un alma un poco desalmada, por sus casos de corrupción cultural.

A veces olvida cierto psicoanálisis y feminismo que la madre es una mujer, no necesariamente vampiresa, aunque quizás no se trate de un olvido sino de una reminiscencia de la niñez, ya que el niño nunca se figura que su madre es una mujer, como dice Beaunier, lo que por cierto debiera significar que la madre trasciende originariamente al género y su ideología. Yo diría al respecto que el hombre y la mujer asuman su parte maternal-femenina y su parte paternal-masculina respectivamente, en un plan o plano fraternal como hija/hijo-hermanos de signo horizontal y democrático.

La madre es el hogar de donde venimos, la naturaleza, el suelo, el océano; el padre no representa un hogar natural de este tipo, escribe Erich Fromm. Por eso la madre es única, la matriz de la vida, lo matricial de la existencia. Y por eso resulta un tanto ridícula mi defensa de la madre, ya que la propia madre es nuestra defensa radical. Aunque su radicación sea algunas veces fallida, no se puede erradicar su compresencia existencial de la faz de la tierra, so pena de quedarnos huérfanos de la imagen más cercana a la divinidad.

*Andrés Ortiz-Osés es un filósofo y antropólogo español y su texto fue publicado originalmente en el diario El Correo de España.

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