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12 septiembre, 2019

En busca de la luz

Nuestra arquitecta nos comparte sus trucos para iluminar los espacios que nos rodean sin caer en excesos. ¿Qué ventanas elegir? ¿Cuáles son las necesidades lumínicas de nuestros ambientes y los límites a tener en cuenta? ¡Enterate en esta nota!


Por Mariana Etulain, arquitecta.

En una clase de diseño, un grupo de futuros arquitectos luchábamos con tijeras, cartones y acetatos una batalla difícil de ganar: el dominio de la luz. Estábamos en primer año y todavía no conocíamos las enseñanzas de los constructores del período Barroco, esos que supieron salir airosos de este desafío.

Tomé las tijeras y comencé a recortar triángulos amarillos. En mi afán de querer alcanzar una buena iluminación, abrí ventanas y más ventanas en mi pequeña maqueta, pero el espacio quedó con tantas aberturas que la luz invadió todo. El ejercicio era que el espacio controlara la luz, pero ella se había apoderado de él. ¿Qué había sucedido?

Más tarde lo entendí en un libro del arquitecto español Alberto Campo Baeza: “Cuando la luz se dosifica con precisión, como la sal, la arquitectura alcanza su mejor punto. Más luz de la cuenta deshace, disuelve la tensión de la arquitectura. Y menos la deja sosa, muda. Al igual que la falta de sal en la cocina deja a los alimentos insípidos y el exceso de sal los arruina”.

Para Baeza, la luz es el material más lujoso que hay, pero como es gratis, no lo valoramos“. Podemos aprender de los maestros e incorporar a nuestros hogares esta reliquia que cae del cielo. ¿Qué estrategias podemos utilizar para dotar de luz a nuestros espacios?

Misma ventana, distinta posición.

Según nuestro deseo, podemos tener una luz puntual o pareja. El secreto está en la posición.

El dominio de los grandes

La precisión que demanda la luz no es fácil de capturar, fue alcanzada por tan solo algunos, como Bernini y Borromini, quienes doblegaban la luz a su antojo, o Kahn y Le Corbusier, arquitectos de diferentes períodos pero de igual talento.

El gran arquitecto mexicano Luis Barragán, no solo logró el control sobre la luz, sino su obediencia. En su Casa Estudio enmarcó el paisaje con un gran ventanal de dos alturas donde la luz bañó delicadamente el espacio. Prolongó uno de sus muros para que el sol pudiese proyectarse en él e iluminar el ambiente de manera indirecta. De esta manera, transformó el muro en un plano de luz y ganó horas de iluminación natural.

Luego, en la capilla del Convento de las Capuchinas de la Ciudad de México, trazó una esbelta raja por donde ingresó la luz, la dirigió hacia pulidos retablos que reflejaron los rayos tiñéndolos de dorado y así alcanzó una atmósfera capaz de envolver, contener y refugiar.

Tomemos 2 ventanas de igual tamaño. Una vertical y la otra horizontal. Técnicamente, ambas tienen la misma superficie de iluminación, sin embargo, su efecto difiere notablemente.

La ventana vertical genera una luz puntual. Es decir, ilumina “por franjas”. Luces finas y alargadas que llegan hasta el fondo de la habitación. Esta tipología la podemos encontrar en los típicos caserones franceses anteriores al siglo XX.

La ventana apaisada permite obtener una luz pareja. Fue Le Corbusier su principal defensor, dotando a sus edificios de ventanas corridas, ganado vistas panorámicas y una iluminación homogénea.

Se podría decir entonces, que la luz puntual, es la luz intensa que perfora al muro y se alza desde las sombras. Es una luz con fuerza que jerarquiza un espacio, lo tensa. Es el halo de luz que penetra el óculo del Panteón de Roma, la luz de las Iglesias. Traducido a nuestras casas es la luz ideal para cuando queremos acentuar un elemento: puede ser un hall, una escalera, un espacio en doble altura, un extenso pasillo. La clave aquí es la existencia de sombras para que la luz cobre protagonismo.

La luz pareja, al contrario, es aquella que ilumina de manera uniforme. Es común en espacios continuos, y por lo general, es la más utilizada. Aquí, no se busca acentuar ni jerarquizar. Son los grandes ventanales que nos permiten obtener una clara visión del espacio exterior.

Materiales y reflejos

A escala doméstica, la elección de determinados materiales puede aumentar considerablemente la iluminación del espacio: mobiliario realizado con detalles en acero o vidrio, utilización de espejos, espejos de agua, o materiales reflectantes – azulejos, cerámicos, mármoles, granitos – multiplicarán los rayos solares. Mamparas y puertas de vidrio esmerilado son buenas opciones para dividir espacios sin perder luz ni intimidad.

Colores

Los colores claros serán nuestros aliados para amplificar la iluminación. El conjunto de blancos, marfiles, cremas, amarillos es la paleta con mayor porcentaje de reflexión (85–60%). Sin embargo, es posible utilizar azules, verdes y grises (60- 55%) siempre que sean en un tono claro.

Si lo que buscamos es modificar el tono de la luz, podemos lograrlo mediante colores en paredes, o cortinas que filtren el sol y lo maticen del color que queramos.

Lucarnas

Como, muchas veces, no es posible modificar la orientación de nuestras casas, un buen recurso para captar la iluminación deseada es la apertura de lucarnas, tragaluces que podemos direccionar hacia la orientación deseada.

Patios de aire luz

La apertura de patios es otro gran recurso para iluminar. Tanto en la arquitectura colonial, como en las casas chorizo y los palacios renacentistas, el patio fue el elemento principal a la hora de acariciar el sol. Ilumina, nos acerca a la naturaleza y nutre de aire fresco a nuestros hogares.

Si bien no todos los recursos pueden aplicarse para todos los casos, existe uno que sí. Es sin duda el más simple y quizás el más poderoso. Cuando todo lo demás falle, recordá las palabras de Mies van der Rohe: “Menos es más”.

Para llegar a la luz, hay que simplificar y depurar. Liberarnos de los objetos que obstruyen y generan sombra. Eliminar todo aquello que sobra y quedarse con lo que, para cada uno, es esencial.

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