El viento que arrasa, una historia sobre los vínculos, la fe y el desafío de abrirnos a lo diferente - Sophia Online

Membresía digital

Círculo Sophia

Sophia Online

Artes

El viento que arrasa, una historia sobre los vínculos, la fe y el desafío de abrirnos a lo diferente

Una charla con Paula Hernández, directora de este film que recibió el aplauso del público y de la crítica, en una notable adaptación de la novela de la escritora entrerriana Selva Almada.

Por Agustina Rabaini

“Me interesa el cine que genera preguntas sobre cosas pequeñas y a veces invisibles, lo que le sucede a las personas, a una familia”, dice la directora Paula Hernández en algún momento de esta conversación y su frase condensa buena parte de aquello que ha venido contando y la mueve a hacer películas. Acaba de estrenar El tiempo que arrasa, una adaptación de la novela de Selva Almada, con gran repercusión de público y crítica luego de su recorrido por festivales internacionales. 

Paula Hernández primero filmó Herencia, luego vendrían Lluvia, Los sonámbulos y Las siamesas. Claro que ella ya estaba entre cámaras y en sets de rodaje desde antes, porque comenzó a trabajar en cine y publicidad siendo muy joven, a los 19 años. “Fui pasando por distintas áreas, estudiaba Comunicación Social, hacía teatro, me gustaba escribir y leer, luego me di cuenta de que, en realidad, me interesaba hacer cine, dirigir películas”, cuenta.

Desde entonces, los vínculos entre hombres y mujeres y la relación entre padres e hijos han sido una constante en su filmografía. En este último film, hay una unión preciosa entre el sonido, la fotografía y una trama que nos acerca un universo distinto, dominado por cuerpos masculinos, el reverendo Pearson (Alfredo Castro) y el Gringo (Sergi López), aunque sean sus hijos, los personajes más jóvenes, los que ganen terreno avanzada la trama. Por empezar, todo está contado desde el punto de vista de Leni, la hija de Pearson (sorprendente, Almudena González), un personaje conmovedor que viaja por las rutas, los pueblos y por países limítrofes con su padre hasta que quedan varados en medio del campo y eso los lleva a encontrarse con los otros dos personajes de la historia.  

“Esta película para mí fue un salto a otra cosa”, dice Paula, a quien la novela le llegó a través de un productor, y enseguida se entusiasmó con contar esta ficción de Selva Almada a quien Paula ya venía leyendo desde antes. “Con El viento… fue como si se abriera una ventana para explorar otro mundo y poder tomar otras decisiones. El texto me llevó a un lugar desconocido para mí, como la fe, y llegué a preguntarme cuáles son las situaciones de fe en mi propia vida. Hasta ahora el mundo religioso me era ajeno, y ese es el mundo en el que se mueven los protagonistas”. 

El viento que arrasa te llegó de manos de un productor. En otros casos, ¿cómo nacen las historias?

—Vienen de lugares muy distintos. Los sonámbulos llegó de la imagen de una chica que deambulaba por un lugar, y una madre que se despierta y duerme de esa forma en que dormimos las madres, tan conectadas con los hijos. Las siamesas vino luego de leer un cuento de Guillermo Saccomano y se me ocurrió que podía hacerla con Rita Cortese y Valeria Lois. A veces, las películas nacen de experiencias familiares; otras veces vienen de cosas que leo o las dispara un sueño. Voy tomando notas en cuadernos, hasta que encuentro un esquema de trabajo y todo empieza a fluir.  

¿Por qué crees que veinte años después del primer film, Herencia (2002), seguís queriendo hacer películas, seguís en esta senda en este contexto, en este país?

—Para mí eso no tiene mucha respuesta, salvo que es algo que siento muy vital en mí. El cine reúne cosas me gustan como la fotografía, el texto, la música, compartir con otros, bucear, contar, observar comportamientos, hay algo que engloba todo y que lo vuelve muy interesante, pero también es cierto que hacer cine acá supone una “remada” importante y es una apuesta, porque al hacerlo uno deja de lado otras cosas. 

¿Y cómo se mantiene ese fuego, ese deseo encendido? 

—El deseo sigue encendido. Hubo un solo momento en el que todo se había puesto complicado y dije “me voy a hacer teatro”, a explorar otras cuestiones, pero la verdad es que siempre estoy pensando en filmar. Ahora estoy escribiendo algo para una editorial y puede ser que a veces haga algo diferente o piense en poner un negocio de café, porque me encanta el café (se ríe), pero no, acá estamos, estrenamos la película en salas locales y vamos acompañando, con el equipo, contentos.  

En medio de la carrera de obstáculos que supone llevar adelante proyectos artísticos en un momento como este, ¿hay algo de eso que traccione la producción y la creatividad?

—Creo que sí, y no solo a la hora de generar proyectos y llevarlos adelante, sino en la misma situación de rodaje. El viento que arrasa fue muy compleja de hacer, tuvimos que lidiar con todo tipo de problemas: situaciones climáticas, polvo, autos y motos que no andaban, situaciones que te obligan a cambiar de eje, a buscar opciones, y a mí todo eso me estimula. A veces me guía la intuición y hay que saber tomar decisiones, también. 

Hace ¡veinte años!, en esta revista publicamos una entrevista con vos y otras tres realizadoras que reflejaba las condiciones y posibilidades con las que se enfrentaban las directoras mujeres. ¿Cuánto cambiaron las cosas desde entonces?

—Cuando empecé a trabajar en cine, y hasta algunos años después, era raro ver mujeres en lugares de decisión. Había pocas y recién con los años se empezaron a ganar ciertos espacios. Hubo todo un cambio social y una suerte de “discriminación positiva” en festivales y secciones que nos permitió abrirnos paso. También hay más escuelas de cine y recursos tecnológicos, entre otros elementos que nos permitieron avanzar, pero aún así, todavía no se puede hablar de equidad, todavía no existe y lo vemos permanentemente. En mi caso, soy casi una privilegiada, he podido sortear escollos y seguir adelante. Hay derechos y cuestiones ganadas, pero tenemos que estar atentos y ver qué sucede ahora en este contexto tan poco tolerante con las diferencias.  

Hay algo nuevo en tu filmografía: la ausencia de madres. Están los padres, Pearson y el  Gringo, y están los hijos. ¿Cómo fue filmar este universo de cuerpos y modos masculinos?  

—Es cierto que yo venía trabajando más el mundo femenino y que esta película me propuso un corrimiento. Si bien en Los sonámbulos hay hombres, y en Las siamesas están las marcas, acá tuve que contar a estos dos hombres en particular, dos universos muy opuestos en cuanto a lo que creen y a cómo se relacionan con sus hijos. Me interesó mostrar a esta chica que pertenece a ese mundo religioso tan hermético, tan al borde de lo fanático, y cómo empieza a observar y a encontrar otras posibilidades de vincularse con ese padre y a pensarse desde la diferencia. Leni busca, también, darle un lugar a esta madre ausente, esa voz que no está. Los dos hijos crecen en la soledad de lo materno, pero lo materno está y hay algo que siempre hablamos con Selva (Almada), autora de la novela, que es interesante. A ella le habían hecho una nota donde condenaban a estas madres “ausentes”,  y en este caso hay una madre un poco arrancada de la vida de la hija, y en el otro, una madre que entrega al hijo. ¿Por qué no se puede pensar como un acto de amor también, en algún lugar, que una madre no pueda abordar esa situación y entregue al chico al padre? Muchas veces las decisiones de los padres son menos condenadas que las de las mujeres.  

¿Cuánto incidió en vos el hecho de haber tenido una hija mujer, que va creciendo y casi termina la primaria?

—¡Un montón! Es mucho lo que cambia con la llegada de un hijo o una hija. Pasás de ser hija a una estructura familiar; repensás tu lugar y empezás a ver a tu mamá de una forma diferente: en qué cosas te gusta parecerte y en cuáles querés diferenciarte. En mi caso, el encuentro con mi hija es maravilloso, poder ver cómo crece y cómo mira, con esa claridad que tiene para ver el mundo, algo que debe ser bastante epocal. Criar hijos es recordar que ese hijo o hija no es tuya, sino alguien a quien acompañás, amorosamente. Es un trabajo aprender a soltar, a darles libertad de pensamiento y de criterio. 

Conmueve la mirada sensible y perspicaz de la joven protagonista, Leni, esta chica que llega a preguntarse, y mi vida, la mía, ¿cuál es? 

—Sí, acá hay un “destino” trazado por su padre, de vivir esta vida tan nómade y endogámica, pero Leni tiene la inteligencia y la sensibilidad de ver otros mundos, está abierta, es permeable. Me interesa esto de la adolescencia como un punto de giro en la vida de las personas donde todo es pulsión, ese momento de salir a la vida.  

Los pliegues oscuros y la complejidad del mundo vincular y familiar son temas recurrentes en tus últimas películas…  

—Sí, en este caso, más que lo oscuro, es lo que no se ve, los pliegues de las sábanas, lo que no se puede decir ni contar, lo que no se puede compartir y está muy adentro. Todo eso opera, a veces, más que lo explícito en los vínculos familiares, y es algo que me atrae mucho. Incluso el fanatismo me permitió, desde la puesta en escena, ir hacia lugares mucho más delirados. Lo que se ve y lo que se cuenta transita una zona de ambigüedad: vos no sabés exactamente dónde transcurre la historia, en qué tiempo ni de dónde vienen los personajes. ¿Son padre e hija, o son un matrimonio extraño? Esa ambigüedad me gustaba mucho y quería contar ese mundo, cómo van moviéndose los personajes y los paisajes tanto desde lo visual como desde lo sonoro.

En el caso de Leni, la música es una puerta hacia la libertad, algo que le permite conectar con su cuerpo y con algo del orden de la libertad, igual que la libreta para escribir o la posibilidad de conducir un auto. Ese padre, a Leni, durante la crianza probablemente también le enseñó a manejar… 

—Sí, hay un montón de cosas que le dio ese padre: le dio la posibilidad de manejarse sola y de poder negociar, de poder escribir y manejar, todo dentro de una limitación y dentro de un mundo. La música también es algo que pertenece al mundo de Leni, el tema es cuándo algo de eso puede volverse propio, suyo, y cómo logra salir de esa incomodidad que también siente.

Cuando pienso en este y en otro libro de Selva Almada, Esto no es un río, me vuelve algo de la ambigüedad de los mundos de Sara Gallardo, cierta literatura muy de acá. ¿Cuáles son tus lecturas del último tiempo? 

—Estoy leyendo Los mejores días, de Magalí Etchebarne, un libro de relatos que me interesó mucho. De ella también leí Cómo cocinar un lobo, donde aborda la muerte de los padres. Hay otro libro que me gustó, La estirpe, de Carla Maliandi. La literatura ofrece mundos alucinantes y en caso de llevarlos al cine y adaptarlos, uno establece una relación y una convicción con esos textos, solo de ese modo se puede ir hacia adelante. 

Volviendo a los vínculos y a la pareja, hace un tiempo leí una frase que decía que en familia sostenemos una canción que vamos cantando juntos y que si dejamos de cantarla, la cosa se pone difícil… ¿Viste la película francesa Anatomía de una caída? Esa protagonista, una escritora que está en pareja, que es madre y lleva adelante una vida como la que en algún otro tiempo solo podían tener los escritores varones…. 

—La vi y me gustó mucho. En las parejas y en las familias hay mucho del orden del deseo y mucho de exigencia. Hay que sostener y resignar cosas, también. En mi caso, llegué a la maternidad con un recorrido hecho, pero para las mujeres siempre está esto de conciliar una familia con la vida que hacemos, están los rodajes, los viajes… En 2022, cuando filmé El viento que arrasa, hubo un gran movimiento. Me fui tres meses a vivir a Uruguay y mi familia venía a visitarme. No eran lugares accesibles y ese tiempo trajo aparejado un gran crecimiento para todos. Yo me corrí un poco y hubo un tiempo especial entre padre e hija, ella creció un montón. En el cine no hay una vida rutinaria, vas adaptándote a lo que viene, tratás de hacer lo que querés, de seguir adelante. 

Antes decías que el mundo de lo religioso te es ajeno, pero que esta película te llevó a hacerte preguntas en torno a la fe. ¿Por dónde pasa tu fe, cómo sería eso? 

—Yo diría que pongo la fe en mis vínculos, en las personas, en lo que hago y en lo que pienso. No hay una sola forma de conectar con la fe y en mi caso es algo más terrenal, y a veces aparece la idea de lo mágico. A veces tenés la necesidad de buscar explicaciones lúdicas: “si pasa esto, quiere decir que…”. Uno tiene ese juego permanente con las creencias y hacer esta película para mí fue importante, entre otras cosas, para entender cómo es la fe para otra gente, esta necesidad de creer y encontrar respuestas: la idea del “milagro” existe en todos los seres humanos, por eso me interesó explorarla y sacarme de encima algunos prejuicios. 

—En un momento de carencias, crisis y sufrimiento, la película ofrece una mirada empática, de realmente querer comprender algo. ¿Cómo no entender que las personas se vuelquen a la fe en contextos adversos?

—Pasa en algunos lugares rurales o lejos de nuestra vida, pero también podemos pensarlo en situaciones urbanas. Un ejemplo podría ser que alguien vaya y haga una constelación familiar, por ejemplo. En momentos de revolución interna hay muchas formas de conectar con el interior y con algo más misterioso, maneras de afrontar momentos de la vida. En todos, en determinado momento, aparece la necesidad de poner la fe en algún lado. 

Si en los 60 se creía que el arte podía cambiar el mundo, teniendo en cuenta la coyuntura, en este momento ¿se puede hablar de alguna función social del cine desde lo individual y lo colectivo? 

—Solo puedo pensarlo desde lo que me sucede a mí como espectadora y no solo como realizadora. Hay películas para pasarla bien, que ofrecen un entretenimiento, y hay películas que te hacen trabajar con vos, con tu propia vida y te disparan preguntas y reflexiones, funcionan como espejo. El arte permite elaborar situaciones y generar pensamiento. Hay ciertos momentos en los que, desde lo coyuntural y político, parecen no querer que ese pensamiento se genere y prefieren una forma de ver el mundo más convencional, donde haya menos preguntas. El cine que me gusta ver y hacer interpela sobre cosas más pequeñas o invisibles, sobre lo que nos sucede a las personas y a una familia, por ejemplo. Me inquieta lo que está sucediendo a nivel local, me entristece y me parece que vamos hacia un lugar cada vez más restringido. 

¿Hay algo que te haya sorprendido mucho de lo que venís escuchando de los espectadores? 

—Esta película recién se encuentra con espectadores de acá, pero podría pensar en otras, sobre todo en Los sonámbulos. Cuando filmás no te imaginás la dimensión o el alcance que puede tener lo que se cuenta, y ahí está la reacción de la gente, como si la película hubiera ayudado a sanar algo, situaciones dolorosas, cosas muy profundas. Hubo gente que me escribió, incluso alguien del equipo que había vivido situaciones muy traumáticas y vino a contarme que la historia fue un lugar de liberación. 

—¿Y cómo elegiste la música, tan clave en el relato? En algún momento suena Virus, ¿algo personal ahí?

—Hay distintos momentos musicales y el trabajo con Luciano Supervielle, a  cargo de la música, fue hermoso. Propuso cosas muy lindas, y están estas otras cosas que tienen que ver con lugares y con una época determinada. Cierta música del videoclip que conocemos quienes estuvimos ahí. En cuanto a Virus, aparece en algún momento y tiene que ver conmigo, con un lugar y un momento personal; ese compilado de cassettes de nuestra adolescencia. En medio de todo eso, Virus fue, para mí, una marca, hizo huella en mí. Lo asocio a un momento de exploración, algo del orden del deseo y de lo vital, y todo eso cuadraba bien con el personaje de Leni, la protagonista. 

COMENTARIOS

FRASE DEL DÍA

"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss