El valor de una crisis laboral: por qué perderse puede ayudar a encontrar el rumbo - Sophia Online

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El valor de una crisis laboral: por qué perderse puede ayudar a encontrar el rumbo

Frente a una encrucijada profesional, comienza el verdadero trabajo: soltar certezas prestadas para abrirnos a lo que emerge. ¿Puede la desorientación, paradójicamente, ser el mejor camino?

POR Maite Moreno Ugartemendía

Un cuento budista relata la historia de alguien que iba al galope en su caballo, quien pasa frente a un monje y le pregunta: “¿A dónde vas?”. El jinete responde: «Pregúntale a mi caballo». Así solemos transitar nuestra vida profesional: a toda velocidad, movidos por la inercia o por expectativas que no son propias.

La mayoría de los expertos ofrecen consejos para salir de la crisis profesional. Son pocos los que nos invitan a entrar en ella, a quedarnos sin visibilidad el tiempo que sea necesario, a tener paciencia hasta que aclare. 

¿Y si no saber quiénes somos y lo que queremos hacer de nuestro futuro laboral no fuera una equivocación, sino justo lo que necesitamos?

Sacar dramatismo al desconcierto

Como señala el granjero y activista ecológico Wendell Berry, la incertidumbre y la confusión marcan el comienzo de la aventura: “Cuando ya no sabemos qué hacer, empieza nuestro verdadero trabajo, y cuando ya no sabemos hacia dónde ir, comienza nuestro verdadero viaje. La mente que no se desconcierta no está en uso. El arroyo que encuentra obstáculos es el que canta”.

Perderse es un estado natural. Una fase más de los procesos de transformación, tan válida como cualquier otra. 

Estamos todavía más perdidos cuando no dudamos, cuando estamos demasiado seguros de tener todo claro. Tan inmersos en nuestros condicionamientos y proyecciones, no nos damos cuenta de que nadie atraviesa la vida sin perderse. Entrar en crisis no es el problema, es el camino. Es un pasillo por el que nos toca pasar para poder aparecer en un lugar distinto. 

Lo que hacemos cuando nos da vértigo no saber

Creer que no deberíamos estar sintiendo lo que sentimos solo agranda el dolor. Si nos resistimos al cambio y no nos permitimos estar perdidos en lo profesional, quedamos atrapados en roles, trabajos o caminos que ya no nos representan. Reprimir esa sensación puede generar desgaste y una desconexión progresiva con lo que hacemos. El término Quiet quitting describe ese “estar sin estar”, una renuncia silenciosa en la que permanecemos en el trabajo cumpliendo las tareas básicas, sin conexión emocional. 

La psicología organizacional y la economía conductual identificaron mecanismos inconscientes que nos mantienen ocupados y funcionales pero desconectados de lo que realmente importa.  

Una de las estrategias más comunes es llenarse de tareas, de urgencias irrelevantes para evitar preguntas profundas sobre el sentido. Decimos: “Estoy a full, no tengo tiempo para ver qué quiero” (Grant, 2013). Otra es el sesgo de costo hundido (sunk cost fallacy), que nos lleva a sostener caminos solo por haber invertido mucho en ellos: “A esta altura, no voy a desperdiciar todo lo que estudié” (Arkes & Blumer, 1985).

También está la fusión entre identidad y rol profesional (role engulfment), que hace que cambiar de rumbo se viva como una amenaza a la identidad: “Es lo único que sé hacer. Si no soy esto, ¿quién soy?” (Ashforth, 2001). Y el sesgo de statu quo, que nos hace preferir lo conocido, aunque duela. El dicho: “Mejor malo conocido que bueno por conocer” (Samuelson & Zeckhauser, 1988). 

A corto plazo, eso nos da la sensación de protección, pero a largo plazo nos saca de las manos la caja de sorpresas, el posible regalo que viene dentro del “no saber”.

Distintas maneras de perderse

“El concepto de perdido tiene dos significados diferentes. Por un lado, tiene que ver con la desaparición de lo conocido y por otro, con la aparición de lo desconocido”, escribe Rebecca Solnit en Una guía sobre el arte de perderse. 

Algunos ejemplos:

Andrea, 43 años. Luego de trabajar durante 18 en el área de Seguridad e Higiene de una empresa multinacional, diseñó junto a su líder un programa de seguridad comportamental con enfoque humanista. Cuando se jubiló, Andrea entró en pánico: “Mi compromiso era con él, no con la empresa. No sé qué voy a hacer. Era mi ancla”. El vínculo con su jefe la mantenía en ese lugar. Ahora, estaba a la deriva. La empresa, tan conocida, no parecía la misma; era lejana, amenazante. 

Pero Andrea empezó a experimentar una confianza que no había sentido antes. Por primera vez, puso en perspectiva todo el conocimiento y la experiencia cultivada en esas dos décadas de trabajo. Lo que apareció ante la ausencia de su jefe, fue una imagen de sí misma renovada. Una profesional sólida en lo técnico y con valores claros, lista para la posición de mayor liderazgo, que le ofrecieron meses después. Perderse, en su caso, fue reconocerse.

Delfina, 33 años, diseñadora industrial. Cofundó un emprendimiento de packaging compostable junto a dos socias. Como les preocupaba la cantidad de plástico de un solo uso, decidieron crear una alternativa biodegradable. En la pandemia el negocio fue un éxito comercial, pero eso también trajo tensiones internas en el equipo. Tantas, que la sociedad se terminó disolviendo. 

Delfina estaba ahora del otro lado, afuera de ese emprendimiento al que le había puesto tanto amor. Se dio un tiempo para hacer el duelo. Estaba desconcertada. Se alejó físicamente: viajó, exploró otros proyectos. Fue difícil “volver”, porque para las personas que la habían conocido por su negocio, ella era “Delfina, la del compostaje”. Alejarse de lo conocido fue un alivio, la posibilidad de ser muchas otras Delfinas. Su historia ilustra cómo perderse fue liberarse de etiquetas.

Amparo, contadora, 41. Trabajaba de forma independiente para grandes empresas y ONGs. Estaba bastante bien y no se consideraba en una crisis profunda, pero tenía la sensación de que algo le faltaba. No le encontraba explicación. En el proceso de mentoría laboral, se fue revelando solo: “Con tanta cabeza y números, perdí el contacto con lo manual y también con mi lado de comerciante”. 

Quiso integrarlo. Mantuvo sus servicios contables y, además, empezó a fabricar y vender almohadones artesanales. Para Amparo, perderse fue incorporar (hacer cuerpo) partes de sí misma olvidadas.

Estas historias reales nos muestran que, en alguna medida, perderse implica algo a lo que nos resistimos: perder el control. Con más o menos convencimiento, dejamos de apretar manos y dientes. Soltamos. 

Se trata de una disposición a explorar el territorio completo, exuberante en misterio, que llega mucho más allá de nuestros pequeños mapas artificiales. Nos abrimos a vivir las preguntas en sí mismas y observar lo que se va revelando en el proceso. 

Esto contrasta con cómo fuimos educados: en una clase se aplaude a quien da una buena respuesta, no a quien hace una buena pregunta. Del mismo modo, se valora más “encontrar” algo concreto (una solución, una identidad profesional, una certeza) que “perdernos”, aunque las dos sean importantes. 

Claridad evanescente

Nadie tiene claridad sobre quién es y qué quiere hacer todo el tiempo. No existe. Así lo expresa Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas de pronto cambiaron todas las preguntas”. 

La claridad y la confusión juegan a las escondidas: aparece una, se esconde la otra. Son polaridades en tensión. Y gracias a esa tensión, existe la energía para que los cambios sucedan.

“El proceso de devenir (llegar a manifestar quienes somos) es impulsado por el continuo cambio entre tener y perder, perder y tener. Perdemos lo que tenemos, tan solo para redescubrirlo luego, pero esta vez con un nivel diferente de conciencia”, dice Allan Kaplan en el libro Artistas de lo invisible. 

Para evolucionar y ser personas íntegras, es necesario pasar por la desintegración. Rompernos. Como bien dice el poeta y dramaturgo irlandés W.B. Yeats: “Nada puede ser único o completo sin que antes se haya separado”.

En ese proceso, en ese movimiento, aparecen nuevas claridades. “A medida que empiezas a caminar fuera del camino, el camino aparece”, dice Rumi.

Aprender a perdernos

Perderse requiere aprendizaje. Y eso incluye aprender a estar presentes. Según las neurociencias nos resulta desafiante porque estamos diseñados para distraernos y evadirnos. Cuando el cerebro no está enfocado en una tarea externa, se activa la Red por Defecto del Cerebro (DMN, por sus siglas en inglés), un conjunto de regiones cerebrales que salta del pasado al futuro, y viceversa, incansablemente. 

¿Cómo regresar? En su poema Perdido, David Wagoner responde:

“Detente. Los árboles frente a ti y los arbustos a tu lado no están perdidos. El lugar donde estás se llama Aquí, y debes tratarlo como a un poderoso desconocido, debes pedir permiso para conocerlo y que te conozca. El bosque respira. Escucha. Te responde, he creado este lugar a tu alrededor. Si te vas, puedes regresar diciendo Aquí. No hay dos árboles iguales para el cuervo. No hay dos ramas iguales para el reyezuelo. Si el valor de un árbol o un arbusto está perdido para ti, sin duda estás perdido. Detente. El bosque sabe dónde estás. Déjale que te encuentre”.

Otras especies no suelen perderse. Los petreles orientan su vuelo por el sol durante el día y por las constelaciones a la noche. Las tortugas laúd detectan el campo magnético terrestre y regresan años después a la misma playa donde nacieron. Los salmones memorizan el olor único de su río natal. En condiciones normales, saben volver a casa.

Nuestro estilo de vida actual las distrae. Las luces urbanas confunden a las aves y hacen que choquen contra los edificios; las ondas electromagnéticas de las antenas desorientan a las tortugas; la contaminación de los ríos altera las señales olfativas que los peces necesitan para regresar a su origen. 

Recuperar la pertenencia real

Experimentar la sensación de estar perdidos con angustia, búsqueda de sentido o crisis de identidad, es un fenómeno muy humano. Además de las otras especies, existen quienes parecen transitar la desorientación de otro modo: otras comunidades humanas que vivieron (y viven aún hoy) en conexión más íntima con la Naturaleza.

Los pueblos indígenas están profundamente conectados con la inteligencia natural. Ese es su gps. Caminan con el cuerpo alerta, leen el territorio. Los guaraníes y ticuna de América del Sur, por ejemplo, usan mapas cantados: memorizan relatos sonoros en los que nombran ríos, estaciones, señales precisas para el camino. Se orientan con los cantos de las aves, el croar de un sapo, o el eco. Por las huellas frescas, las ramas quebradas. Reconocen la presencia de un río por el aroma que trae el viento desde lejos. 

Cuando nos sentimos perdidos en nuestra vida laboral, podemos tomarlos de inspiración. Observar. Afinar nuestra percepción. Tal vez no estemos tan lejos de nuestro camino como creemos. Tal vez estemos siendo guiados por señales que aún no aprendimos a leer. 

Dejar de ir a tientas

La palabra «orientación» proviene de oriens, amanecer. Saber por dónde sale el sol nos permite trazar el rumbo. No necesitamos volvernos obsesivos con precisiones; tan solo encontrar un norte que nos permita ir con soltura en esa dirección.

Más que buscar técnicas o recetas externas para decidir nuestro próximo paso profesional, podemos recurrir a algo más cercano: la intuición. En Islandia, la llaman “innsaei”, sabiduría interna. La intuición nos da acceso a percibir de forma simultánea “el todo”. Muchas veces la clave está ahí. No en una parte, sino en la globalidad. En algo que no podemos explicar, pero sí captar. “La intuición lee lo implícito y lo sutil. Si eliminamos esa información, eliminamos el 95% de lo que sabemos. Porque la mayoría de lo que sabemos es inconsciente”, sostiene el psiquiatra y filósofo Iain McGilchrist en el documental El poder de la intuición. 

Perdernos en lo profesional es entrar en un estado de rendición en el que nos dejamos ser transformados. Es despejar el canal para que la Vida haga lo que sabe: buscar un nuevo orden. Y orientación, entonces, significa volver a lo intuitivo, al cuerpo, a las sensaciones y así oler, como los salmones, el camino a casa. 

Porque la libertad no es solo poder elegir; es anterior. Es dejarnos no saber qué elegir.

Y a vos, ¿qué te dice tu intuición sobre el camino profesional que te espera?

3 COMENTARIOS

  1. La intuición se forma con el conocimiento acumulado por la experiencia de vida, y que muchas veces no sabemos dónde ni cuando lo aprendimos, pero lo aprendimos y por eso no es azar o casualidad cuando hacemos lo que nos está diciendo.

  2. Mi intuición me dice que algo bueno está por venir , y eso me motiva y me da confianza para estar abierta a las señales y oportunidades

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