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El universo de las fotografías encontradas: instrucciones para convertirse en coleccionista

¿Qué lleva a una persona a querer atesorar la foto de alguien que no sabe quién fue, ni cómo se llama ni dónde vivió? ¿Por qué atraen tanto las imágenes rescatadas del olvido e, incluso, de la basura? La autora de esta nota, escritora y coleccionista ella misma, relata cómo empieza la atracción por este hobby.

Por Luz Martí

“Paulino (q.e.p.d) se mató el 20 de octubre 1933. Dios tenga piedad de él” está escrito con tinta, en caligrafía perfecta, en el reverso de una foto donde un hombre sonríe con un bandoneón en sus rodillas y los pies apoyados en un banquito. Nunca sabremos si se trata del propio Paulino o si la foto solo lleva las malas noticias de un amigo a otro, de una novia a un familiar. ¿Quién fue Paulino? ¿Cómo murió? Mirar la imagen es no poder dejarla, detenernos en los zapatos gastados, en el paño de terciopelo que se interpone entre el bandoneón y su ropa. Algo se apodera de nosotros que nos pide que la llevemos, que no dejemos a Paulino solo en esa caja sucia, en ese océano de imágenes desahuciadas.

Así, con ese simple acto de no-abandono, se puede entrar en una carrera interminable de curiosidad e imaginación. Así comienza una colección de fotos de gente desconocida que nos llevará a buscar piezas especiales en mercados de pulgas, ferias callejeras, en locales donde se acumulan objetos llenos de polvo.

Cada uno intuye lo que busca. No necesariamente serán antiquísimas cartes de visite, ni daguerrotipos, ni imágenes excepcionales, son fotos domésticas en blanco y negro o colores desvaídos. Una Polaroid o una cuadradita de la Kodak Fiesta. ¿Qué hay en esas dos amigas de pelo batido sentadas en un parque de Mar del Plata en los 60? ¿Quién fue, en las vacaciones cordobesas, el canalla que mereció que le borraran la cara rayándola con birome? Algo tocó una emoción desconocida, desató nuestra imaginación. Son las huellas y los errores involuntarios los que las convierten en únicas y nos inquietan. Las queremos. No sabemos por qué, desesperadamente.

Al principio, a pesar de que las imágenes nos resulten bellas o misteriosas, probablemente no entendamos bien lo que digan. Algunas podrán llevar escritos datos que nos orienten y acerquen a una historia posible. De a poco iremos educando la mirada, convirtiéndonos en buscadores agudos y certeros y, finalmente, habremos aprendido a leerlas como si se tratara de un diario íntimo.

¿Quién es toda esa gente que recorre libre las calles y las épocas para entrar en nuestra vida en cualquier momento? Cada imagen nos inspira una historia, evoca un pasado que ignoramos pero que es, a la vez, entrañable y reconocible en sus detalles más pequeños. Lo nuestro será mirar, separar, revolver sobres viejos, cajas manchadas de humedad, elegir y pagar por ellas lo que no valen porque nos habremos enamorado, inocultablemente. 

Hay fotos que nos interpelan, que dan cuenta de cosas que no se ven pero están, que tal vez quisieron ocultarse sin éxito: secretos de una “familia modelo” que podía no haberlo sido tanto al olvidar en cajones, bajo llave, fotos de intimidad, poco frecuentes, perlas solitarias ocultas por años que abren puertas secretas a la imaginación y que, liberadas a la muerte de sus protagonistas, quedan expuestas ante quien las encuentre y decida llevárselas. 

Coleccionistas y aficionados coinciden en que en ese rescate biográfico existe algo reparador que no nos permite abandonar a esa gente en el olvido. En el pasado, la importancia de la fotografía era distinta a la de hoy, cada imagen era un tesoro que se vería recién cuando fuera revelada una placa, una copia o un rollo que esperábamos confirmara nuestro registro correcto de ese momento. 

Coleccionistas por el mundo

“En casi todos los países este género que convierte las imágenes de gente desconocida en objetos de deseo, existe hace tiempo bajo distintos nombres, como Vernacular Photography en Estados Unidos o Photo Trouvée en Francia. En la Argentina, hay un interés incipiente por la fotografía encontrada, con grupos que se conectan a través de redes como Facebook o Instagram”, cuenta Diran Sirinian, coleccionista y propietario de la porteña librería anticuaria Poema 20, con una inmensa colección de fotos y de álbumes, algunos con elaborados bordados caseros en sus tapas, encontrados en Argentina o en sus viajes, y que muchas veces rescata del olvido con ayuda de un grupo de cartoneros del barrio a quienes les compra piezas que ellos encuentran en la basura.

“Tal es el interés en esta fotografía que el neoyorkino Peter J. Cohen, dueño de una extraordinaria colección de unas noventa mil imágenes, las ha expuesto en salas de grandes museos como el Moma y Metropolitan de New York”, comenta Sirinian. 

Comenzada nuestra colección, la primera tarea será ordenarla, agrupándola por categorías: madres con niños, perros, gente con autos, disfrazados, orquestas, casamientos, conscriptos, gente trabajando, niños con juguetes, profesiones, personas subidas a árboles, diques, parejas, gente en la playa. El 99% de esa gente estará muerta, su familia habrá tirado las copias a la basura y a nosotros, de repente, nos asalta el deseo de darles otra vida, de inventarles una existencia que jamás coincidirá con la que tuvieron y a la que, sabemos, nadie se opondrá. 

Una vez instalados en ese papel todopoderoso, llegará el momento propicio para que sobrevenga otro cataclismo: la necesidad urgente de hacer algo con todo ese material, de compartir la emoción de los encuentros, de mostrar los tesoros que tenemos dándonos permiso para resignificarlos e intervenirlos sin límites. De esos experimentos de juntar lo que se encontró por separado para crear historias que nunca existieron, suelen obtenerse resultados mágicos. Nacen entonces las exposiciones, los collages, los libros.

Yo misma lo hice al redactar el libro Xios, que con veintiséis fotos e igual número de párrafos, da pistas de veintiséis vidas en las que sus protagonistas renacieron en mis historias convertidos en otros. 

La página Negativos Encontrados, con más de 31 mil seguidores en Facebook e Instagram, expone imágenes subidas por quienes —coleccionistas o no— encuentran fotos curiosas en la calle. La administradora del grupo, Jimena María Almarza, organiza muestras con ese material, que mejoran año a año en calidad y curaduría. La última, en 2023, fue en el MUMO (Museo de Morón).

En Argentina y España, por nombrar algunos casos, se han editado bellísimos libros inspirados en ese género fotográfico. Tanto la fotógrafa y productora audiovisual Inés Ulanovsky como Diran Sirinian, ambos argentinos, nos dejan testimonio de sus trabajos con fotos ajenas. La primera lo hace con su libro Las fotos, donde relata historias que descubre a partir de imágenes que rescató de los archivos de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) y de Madres de Plaza de Mayo.

El coleccionista Diran Sirinian, además de publicar otros libros como La tienda predilecta, dedicado a fotografías de la tienda Gath & Chaves, seleccionó con Camila Grehan, entre las miles de fotos de su colección, aquellas que remitían a sentimientos emparentados de alguna manera con el encierro de la pandemia en el poético An age of anxiety, un libro silencioso, sutil, conmovedor  y autoeditado.

Por su parte, el español Paco Gómez, coleccionista ferviente e inquieto, publicó, en noviembre de 2013 y vía crowdfunding, Los Modlin, bajo su sello editorial Fracaso books. Allí resume diez años de trabajo y el resultado es un libro atrapante donde la literatura de trazos detectivescos, la crónica periodística y la fotografía se dan la mano a partir del encuentro de las fotos de los excéntricos Modlin, una familia de artistas americanos en busca de fama radicados en Madrid en los años ‘70. Las  encontró por casualidad en un basurero de la calle del Pez en el barrio Malasaña. Este año, lo reeditará en una versión ampliada y con capítulos inéditos. 

“A mí lo que me interesa es el misterio que condensan las fotografías, también la curiosidad por a quién pertenecieron o por qué se hicieron. Toda fotografía se hace por alguna razón. Las que veo en la basura me despiertan la misma curiosidad que las conservadas en archivos o las fotografías históricas. En las de la basura, además, me interesa el hecho del rescate, del darles una segunda oportunidad”, nos dice Paco Gómez, por mail desde Madrid. Y agrega que el motor de estos rescates no es el morbo por la vida ajena, sino la curiosidad. “El morbo está en los ojos del que mira. Me interesan también fotografías en las que no salen personas, me interesa ese superpoder de detener el tiempo y no discriminar entre lo que está delante del objetivo”. Inevitable entonces pensar en que, tal vez, alguien, algún día, escriba nuestra historia basándose en fotos que encuentre perdidas, armándonos un vida-rompecabezas, de la que nunca sabremos, llena de episodios dramáticos o de aventuras indescriptibles.

Cualquier cosa puede pasar cuando se encuentra una imagen que nos atrapa: simpatía, ternura, y hasta cierto misterio. Este verano, angustiada, necesité sentir apoyo por un asunto personal que me abrumaba y, mientras pasaba el tiempo en una página de Facebook de fotografías encontradas, me topé con la foto de dos mujeres al pie de un monumento en Mendoza. No sé bien por qué amplié la imagen, pero al hacerlo, reconocí de inmediato la calidez de una presencia familiar. Las dos mujeres eran mi abuela y mi madre. Estoy segura de que no estaban allí por casualidad.

Fotos: Negativos encontrados

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