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Inspiración

17 marzo, 2021

El último año de tu vida

¿Cómo elegiríamos vivir si solo nos quedara ese tiempo por delante? ¿Podríamos aprender a ir muriendo cada día con la alegría y la paz de estar de verdad vivos? Y, de ser así, ¿cómo lo haríamos? Una mirada trascendente en la búsqueda de una existencia plena de sentido.


Por Sergio Sinay

Veintisiete años atrás, en una entrevista, le preguntaron al Dalai Lama por sus próximos planes. “Tengo 58 años y es hora para prepararme para el final de un ciclo”, respondió. No se refería a un ciclo laboral, por supuesto, ni a la conclusión de una tarea puntual. En la respuesta del guía espiritual había, como suele suceder, una alusión a lo trascendente. El Lama sugería el final de su vida física. Hoy sigue vivo y no importa lo mucho que se alargó a aquella expectativa, sino la actitud que reflejaba.

Intencionalmente, o no, el Dalai retomaba en aquella reflexión las palabras con las que Platón, cinco siglos antes de Cristo, respondía a sus discípulos cuando le preguntaban, en su lecho de muerte, cuál era la última lección que podía dejarles. “Aprendan a morir”, les dijo el filósofo. ¿Cómo se cumple ese aprendizaje? En la vida. Una curiosa paradoja. Como la muerte es lo único de lo que podemos estar seguros que nos ocurrirá, lo demás se reduce a cómo vivir. Quien enseñe a los hombres a morir, les enseñará también a vivir”, escribía en sus célebres Ensayos el gran escritor y pensador humanista francés Michel de Montaigne (1533-1592). Lo imprevisible es parte de la vida, señalaba el propio Montaigne, y lo más previsto de todo, que es la muerte, es también lo más imprevisible. No sabemos cuándo, no sabemos cómo. Razón por la cual se trata de que, cuando sea que ocurra, nos encuentre vivos, profundamente conectados a una existencia con sentido.

Hacia una nueva dimensión

Mucho de esto anidaba en la mente de Stephen Levine, escritor, filósofo y especialista en budismo (1937-2016) cuando, al escuchar aquellas palabras del Dalai Lama, se sintió motivado a escribir su libro Un año de vida, una reflexión honesta y valiente acerca de cómo abordaría su existencia si supiera con certeza que el siguiente sería el último año de esta. El tema no se cerró para Levine con aquel libro. En cambio, dio lugar a un taller vivencial que creó de inmediato. Quienes se apuntaban a este taller se comprometían a un encuentro semanal a lo largo de un año, citas en las que irían compartiendo sus experiencias a partir de las propuestas de Levine. Estas iban dirigidas a vivir verdaderamente en una cuenta regresiva. Cada semana era una menos en ese último año de vida. Los participantes se consustanciaban con esa certeza, procuraban que no fuera una mera simulación, y desde esa perspectiva encaraban sus vínculos, sus trabajos, sus afectos, sus legados y también los hechos previos de sus vidas.

No se trataba de algo simple. Varios de los protagonistas del taller abandonaron en el camino porque no podían asumir, ni siquiera imaginariamente, la idea de su propio final.

“Levine contó que a medida que más fuertemente lograba convencerse de que estaba atravesando el último año de su vida, más libre se sentía. Fue desembarazándose de temores que solían paralizarlo, porque se dio cuenta de que los había sobredimensionado, dio otro valor a los días, a las horas, a los minutos. Ya no trataba de ahorrar tiempo, sino de vivir el tiempo. Dejó de ser prisionero del reloj y del calendario para concentrarse en pasar por el tiempo y no en ser atravesado por este”.

Al comentar sus conclusiones de la experiencia, Levine contó que a medida que más fuertemente lograba convencerse de que estaba atravesando el último año de su vida, más libre se sentía. Fue desembarazándose de temores que solían paralizarlo, porque se dio cuenta de que los había sobredimensionado, dio otro valor a los días, a las horas, a los minutos. Ya no trataba de ahorrar tiempo, sino de vivir el tiempo. Dejó de ser prisionero del reloj y del calendario para concentrarse en pasar por el tiempo y no en ser atravesado por este. Cuando sentía que algo (una actividad, un encuentro, una conversación, una contemplación) estaba pleno de sentido, se detenía allí sin apuro y sin pensar en qué vendría después o en qué obligación lo esperaba. Incluyó a su propia mujer, Ondra, en este aprendizaje y compartieron la vivencia. Levine se concentró especialmente en el agradecimiento. Pensó en todas aquellas personas que con sus vidas habían tocado la suya y se detuvo en agradecer a cada una de ellas. Descubrió que su vida había sido enriquecida por muchos pequeños gestos y actos de otros. Se dedicó a perdonar a personas ante las cuales había quedado encallado en inútiles resentimientos. Pero no solo eso. Además, pensó en aquellos por quienes quería ser perdonado. No dejó esas intenciones en su mente, las convirtió en acciones. Habló con cada una de aquellas personas. Perdonó y pidió perdón. Revisó sus deudas de todo tipo. Cuando eran económicas, se dedicó a pagarlas con dinero, y cuando eran de tipo afectivo o moral, procuraba saldarlas con actitudes.

Morir sin culpa

A medida que transcurría ese año, Levine fue escribiendo un diario en el que registraba sus reflexiones, sus sentimientos, sus pensamientos, sus emociones.Todo esto no trata sobre la muerte, sino sobre la recuperación del corazón que tiene lugar cuando contemplamos nuestra vida y nuestra muerte con atención y misericordia”, escribió. El “último” año de su vida se convirtió así en un año de sanación, de alegría, de celebración y de gratitud. Por supuesto, Levine viviría todavía muchos años más, junto a Ondra, en su casa de San Francisco, California, donde organizaron y convocaron a numerosos y variados trabajos y experiencias vinculados con la meditación, el estudio de la muerte (es decir, de un modo de vivir) y también con el acompañamiento de personas en su fase terminal. De esta última experiencia nació su libro ¿Quién muere?

En ese libro se lee: “Vivimos en una sociedad condicionada para negar la muerte. Quizás sea por eso por lo que, en el momento de expirar, muchos se sienten desorientados y culpables. Nos sentimos culpables de morir porque no sabemos cómo vivir”. Solo creemos que estamos bien si estamos sanos, señala Levine en esas páginas, y con esa idea fija nos cerramos a la exploración de espacios profundos, y trascendentes. Sentados en los sillones de nuestras casas nos enteramos de las muertes de otros, y pensamos que tenemos la buena suerte de seguir vivos. Pero no nos preguntamos para qué ni cómo.

Durante el último año, desde que el coronavirus se presentó abruptamente en nuestras vidas, el temor al gran “previsto imprevisible” se instaló como una sombra sobre la existencia de muchas personas, desatando temores, terrores, conductas paranoicas, enclaustramientos a menudo fóbicos. Como nunca, la incertidumbre de la vida nos mostró su cara. No supimos, y no sabemos de aquí en adelante, si no sería el último año de nuestras vidas. Podemos huir de esa idea, escondernos. O encontrar en ella lo que supo encontrar Stephen Levine: un disparador para sumergirnos en una vida consciente, una vida de agradecimiento, de reconocimiento, de celebración; una vida que, sabiéndose finita, encuentra su sentido. Podemos vivir cada año como si fuera el último. Sería una maravillosa manera de estar al día y de, cuando toque, morir livianos de equipaje y algo más sabios de como llegamos al mundo.

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