1 de junio de 2026
Vas al volante, manejando tranquila, con una sonrisa en la cara. Por el espejo retrovisor tu pasado avanza como una película. Te ves a vos misma a los 28 años tomando esas decisiones que te dieron seguridad: te casaste, tuviste un hijo, emprendiste, cambiaste de carrera, te fuiste a viajar por el mundo; lo que sea que hayas decidido. Percibís la seguridad que sentiste al pegar el salto en aquel momento, tu convicción y tus ganas de armar una vida propia.
De pronto te encontrás con una barrera que no te permite avanzar más y te ves obligada a frenar el auto. Bajás para encontrarte de frente a un espejo: te ves a vos misma hoy, a tus 35 años de edad, y te preguntás por primera vez en muchos años: ¿hacia dónde va mi vida?
La analogía del auto es una forma común de explicar una etapa vital de la existencia, que se extiende desde los 35 hasta los 42 años y que coincide con el sexto septenio de nuestra vida. Poéticamente, se conoce como “el tirón del alma”, el momento donde no solo nos detenemos a mirar el camino recorrido, sino que nos hacemos conscientes sobre lo que queda por recorrer.
“El tirón del alma es algo que te lleva hacia adentro porque reclama ser escuchado. Es una etapa de introspección y búsqueda. Es volcar la mirada y la escucha hacia el interior”, comparte Grace Antognazza (70), licenciada en Arte, astróloga y lifecoach quien además guía grupos que transitan este periodo de su vida.
Ella recuerda perfecto el momento en que su alma empezó a demandar atención. En ese entonces estaba casada, tenía cuatro hijos y una vida que parecía perfecta. Había dejado de estudiar antropología para formar una familia, y aunque nunca se arrepintió de esa decisión, de pronto algo dentro suyo la llevó a hacerse nuevas preguntas: ¿Qué deseaba además de ser esposa y madre? ¿Hacia dónde se dirigía?
“Yo estaba a full con la crianza, pero me anoté igual en un curso de Historia del Arte. Me fascinó y me inscribí en la carrera. Muy de a poco empecé a permitirme ir a la facultad, a cursar algunas materias, sin que nadie se diera cuenta. Fue ir haciéndome cargo de mi propia ambición, de mi propio deseo”, comparte Antognazza.
Según la teoría de los septenios desarrollada por Rudolf Steiner, el padre de la antroposofía, todo ser humano pasa por ciclos evolutivos de 7 años de duración desde su nacimiento. Cada uno de ellos propone distintos desafíos y aprendizajes. Desde los 28 a los 35, por ejemplo, buscamos establecer seguridad y encontrar nuestro lugar en la sociedad.
Luego, durante el sexto septenio, atravesamos un periodo en que las certezas que teníamos tambalean, y donde lo que nos quedaba cómodo nos empieza a incomodar. Nuestra voz interior reclama ser tomada en cuenta.
“Es la antesala a la crisis de la mitad de la vida, que arranca, según Jung, a los 42 años —comparte Antognazza—. Así como a los 28 años transitamos ‘la vuelta de Saturno’ y tomamos ciertas decisiones para nuestra vida, astrológicamente el tirón del alma es un ciclo jupiteriano que presenta la oportunidad de mirar cuál es la dirección que tomó nuestra vida, y evaluar si sigue siendo la que elegimos hoy o no”.
Vanesa Maiorana y Alejandro Luna —fundadores de la escuela AstroHología y autores de un libro de tres volúmenes con el mismo nombre—, lo explican de manera similar: mientras que durante el primer retorno de Saturno buscamos echar raíces, consolidar una estructura sólida para nuestra vida y asumimos compromisos y responsabilidades, “al cruzar la frontera al sexto septenio, hay una alteración radical en las prioridades y emerge una fuerza nueva, una necesidad visceral (…) Aquello que funcionaba a la perfección empieza a sonar hueco y surge la búsqueda de lo verdadero, de lo que tiene corazón, desplazando a la seguridad. Se trata de sintonizar con una frecuencia más honesta con uno mismo”.

En La tierra como escuela, el médico y autor argentino Roberto Crottogini retoma las ideas de Steiner y explica que, durante el sexto septenio, surge la pregunta no solo por el camino propio, sino: ¿cuál es mi valor para el mundo?
Aparece un registro más amplio de la existencia, uno que, lentamente, nos invita a evaluar cuál es el aporte que podemos hacer a la sociedad desde nuestro ser más auténtico.
“La persona siente la exigencia de ser ella misma; no es ya el simple hecho de lograr lo correcto sino de que lo logrado tenga valor (…) La tarea está unida al sentido de la vida”, escribe el autor.
Siguiendo esta visión, podríamos decir que “el tirón del alma” invita a un doble movimiento: primero debemos ir hacia adentro, para conectar con lo que realmente nos pide el corazón, y luego volcarlo hacia afuera.
“No se trata tanto de lo que vos le pedís a la vida, sino de lo que la vida te empieza a pedir a vos. Comenzás a prestar más atención a lo que pasa en el entorno y aparece muy fuerte la pregunta por la vocación”, agrega Antognazza.
Es un ciclo que nos invita a la expansión: pueden aparecer las ganas de ampliar nuestra frontera de posibilidades —cambiar de rubro trabajo, empezar una actividad novedosa— y la necesidad de vincularnos con personas de grupos diferentes, con miradas distintas a la nuestra.
La palabra clave en la que coinciden todos los expertos es “autenticidad”. El tirón del alma es el momento vital para deshacernos de los velos que opacan nuestro ser genuino para conectar con lo más puro de nuestra esencia.
Según Maiorana y Luna, durante esta etapa, dentro nuestro chocan dos voces: la que nos incita a seguir cumpliendo con nuestro rol social y la que nos empuja a liberar el alma, dejar de sofocarla. Esto puede traducirse en un profundo sentido de desorientación.
Según describe Crottogini, es muy frecuente sentir un enorme vacío; un vacío que, como tal, nos predispone al encuentro con nosotros mismos y nos impulsa hacia lo desconocido.
Por su lado, Antognazza agrega: “Posiblemente haya una sensación de meseta existencial, una necesidad de reorientarse. Puede ser que las creencias que sostenías se caigan o que empieces a cuestionarlas. De manera sutil, aparece un replanteo de la propia vida”.
No siempre es necesario hacer borrón y cuenta nueva, ni tirar todo lo construido por la borda. De hecho, los autores de AstroHología proponen encarar este momento con el fin de renegociar nuestras propias fronteras para darle lugar a ese yo auténtico que busca emerger.
Según dicen: “La invitación de esta etapa no es aniquilar nuestra propia biografía, sino actualizar el sistema vital para hacerlo sostenible. En lugar de una ‘revolución explosiva’, se trata de lograr una ‘integración inteligente’”.
Empezar a marcar límites, usar nuestro tiempo con más consciencia, elegir dejar de complacer, ver dónde quiero poner mi energía, explorar mis posibilidades creativas y animarnos a cuestionar las certezas, son algunas de las pistas a seguir para vivir plenamente esta etapa.
El tirón del alma no es un llamado sencillo de atender. Implica desarmar muchas de nuestras creencias y de atrevernos a cuestionar lo que nos parecía incuestionable. Pero también acarrea la promesa de una existencia más vital.
Lo que sucede durante este periodo es sutil, aclara la astróloga. Hay que detenerse y escuchar los mensajes que el alma nos susurra. “Si no te escuchás mínimamente a vos misma, si estás muy alejada y muy volcada hacia el afuera afuera —al logro profesional o a cumplir con lo que te exige el entorno o la cultura del momento —la crisis que llega a los 42 puede ser mucho más fuerte”.
“Es la oportunidad de acercarte un poquito más a tu esencia, a entender un poquito más quién sos”, dice Antognazza. Y al mirar por el espejo retrovisor de su propia vida, agradece ese periodo de incertidumbre que la llevó a dar un volantazo en su vida y tomar el camino hacia su versión más real.
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