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Reflexiones

17 mayo, 2021

El sentido del sinsentido

En su columna de hoy, Sergio Sinay nos formula una pregunta necesaria, que no deja de incomodar: ¿para qué queremos sobrevivir a esta pandemia? Una invitación a sincerarnos y a filosofar, para descubrir cuáles son nuestras fuentes de sentido.


Fotos: Unsplash

Por Sergio Sinay

Cuando creíamos avistar la orilla, la costa volvió a alejarse. No sabemos a qué distancia se encuentra. Cuánto más habrá que navegar en el mar de la incertidumbre, del temor, del agotamiento, de la impaciencia, del desaliento. ¿Hay un sentido oculto en todo esto? ¿Cuál es? ¿Cómo encontrarlo cuando nada parece tenerlo? Por momentos, todo queda reducido a salvar la vida propia y la de los seres queridos y cercanos, a no ser alcanzados por la sombra de la peste. Algo así deben de haber sentido otros humanos en otros tiempos de pestes, de guerras, de hambrunas, de súbitas catástrofes naturales. La historia abunda en hecatombes, no somos los primeros, acaso no seremos los últimos. Y ni siquiera somos, en comparación con otros congéneres y otras épocas, los más damnificados.

¿Alcanza con eso, con ponerse a salvo, cuidados y vacunas de por medio? Como cualquier animal de cualquier especie, también nosotros (en definitiva, los animales más evolucionados) cuando vemos amenazada nuestra vida por la razón que fuere reaccionamos a través de las dos vías que nos propone el instinto de supervivencia. Luchar o huir. Pero algo importante nos diferencia. Cuando el peligro ha pasado, los demás animales regresan al punto en el que estaban, no son víctimas de shocks postraumáticos, no escriben manuales de supervivencia que se convierten en best-sellers, no revisan sus vidas porque se dan cuenta de que han estado desperdiciándolas, no hacen promesas. Simplemente siguen viviendo como hasta entonces. A los humanos, en cambio, en esa situación se nos presenta con fuerza una pregunta que, de todos modos, está instalada en nuestro camino desde que nacemos. Podemos mirar para otra parte, disimular, cerrar los ojos, taparnos los oídos, buscar atajos para eludirla, pero la pregunta está.

Exclusivo para humanos

La pregunta es esta: ¿para qué quieres salvar tu vida? ¿para vivirla cómo? ¿para qué propósito deseas vivir? ¿Solo para respirar, comer, dormir, beber, reproducirte, divertirte y pasarla bien? ¿Qué te diferenciaría, entonces, de un gato bien cuidado, que duerme cómodamente en un mullido almohadón durante buena parte del día, y tiene servida siempre su ración de grumos y su agua? ¿No la está pasando fantásticamente bien? Sin duda. Solo que en su razón de ser no está la pregunta por el sentido de su vida, mientras que esta es esencial en la existencia de cada humano.

Una vida que dura 100 años puede carecer de sentido, ser inútil y equivocada desde un punto de vista ético, mientras que otra vida que ha durado la mitad puede haber sido enormemente productiva y origen de muchas alegrías en el mundo”, afirma la psicoterapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas, discípula dilecta de Víktor Frankl (1905-1997), el padre de la logoterapia, en su sensible libro El sentido del momento. Viene a decir que una vida humana revela su sentido cuando deja una huella de su paso por el mundo. Y esa huella, de acuerdo con el propio Frankl (a quien se le deben obras tan valiosas como La presencia ignorada de Dios, En el principio era el sentido, El hombre doliente y, la imprescindible El hombre en busca de sentido), aparece siempre reflejada en el otro, en un semejante, o en algo que hemos hecho y que deja el mundo un poco mejor de como lo recibimos. Vivir con sentido, en palabras de Frankl, es vivir para algo y vivir para alguien.

El sentido de una vida, de cada vida, no es algo a construir, según estos pensadores. No se trata de “darle” sentido a nuestra vida, porque ella ya lo tiene. La misión esencial durante el tiempo de nuestra existencia personal es la de descubrir ese sentido. De eso trata vivir y para eso debería ser fundamental conservar nuestra vida y cuidarla mientras podamos. De lo contrario solo habremos vegetado, habremos cumplido con las funciones vitales esenciales durante un tiempo determinado y nada más.

“El sentido de una vida, de cada vida, no es algo a construir, según estos pensadores. No se trata de “darle” sentido a nuestra vida, porque ella ya lo tiene. La misión esencial durante el tiempo de nuestra existencia personal es la de descubrir ese sentido. De eso trata vivir y para eso debería ser fundamental conservar nuestra vida y cuidarla mientras podamos”.

Pero ocurre que cuando una vida transcurre así, en el plano más superficial, sin conexión alguna con la noción de sentido más allá de la comodidad y el confort, del bienestar material o de la acumulación económica, la rondan de diferentes maneras y en diferentes momentos síntomas como la ansiedad, la tristeza, la depresión, el desasosiego, la ira, el miedo, la inconformidad, la desesperanza, la ansiedad o la intolerancia. Y cabe llamarlas síntomas, porque no son en sí mismas una dolencia espiritual, emocional o psíquica, sino el emergente de algo más profundo: el vacío existencial. Ellas representan lo que se suele denominar angustia existencial. El vacío de sentido.

Fuentes de sentido

Toda vida tiene fuentes de sentido, fuentes en donde explorarlo y descubrirlo. Estas pueden estar en las tareas que desempeñamos (sean o no remuneradas, representen o no una profesión o un oficio específico, se trata de nuestro hacer en el mundo, incluidas pequeñas tareas domésticas o anónimas y sencillas acciones cotidianas), pueden estar en el modo en que construimos y honramos nuestros vínculos, pueden estar en la manera en que vivimos de manera coherente, traduciéndolos en conductas y actos, los valores que profesamos, pueden estar incluso en los momentos de dolor y sufrimiento, cuando podemos bucear en ellos más allá de la sensación inicial.

Por otra parte, y de allí viene el título del libro de Elisabeth Lukas antes mencionado, el sentido no se da de una vez y para siempre, ni llega anunciado por trompetas o alumbrado por reflectores poderosos. Se evidencia en momentos, incluso en instantes, en epifanías. Un diálogo, una caricia, una palabra, una tarea, una hora de intensa dedicación a algo en lo que se expresan nuestros dones, nuestras capacidades. Momentos de sentido son aquellos, por breves que fueran, por los que apreciamos que toda nuestra vida valió la pena de ser vivida, aun con sus dolores, imposibilidades o frustraciones. En El mito de Sísifo, un ensayo que ahonda en este tema con enorme lucidez, Albert Camus (1913-1960), un gigante moral, autor de El extranjero, La peste, La caída y El hombre rebelde entre otras obras, dice: “Juzgar si la vida vale o la pena de ser vivida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía”.

Al pensar para qué queremos conservar la vida, cómo la vivimos y qué huellas estamos dejando, cada uno de nosotros se da a la tarea de responder a aquella cuestión que nos convierte a todos en filósofos. Porque, en definitiva, filosofar es responder, con nuestras acciones, elecciones y decisiones, a las preguntas que, por el solo hecho de estar en ella, la vida nos formula a cada paso, a cada minuto de nuestra existencia. Ya decía Frankl que a eso venimos a la vida. No a preguntar, sino a responder. Y a que nuestras respuestas sean huellas de sentido. No es necesario, para dejar esas huellas, que el cielo esté despejado y diáfano y que los vientos sean favorables. Se responde siempre, en todos los tiempos y condiciones. También en las que nos toca vivir hoy.

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