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Artes

11 noviembre, 2009

El secreto detrás del secreto


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Eduardo Sacheri*

Aunque El secreto de sus ojos es un éxito, él sigue siendo un tipo de barrio que sólo quiere hacer bien lo que tiene que hacer. Es el autor de la novela en la que se basó la película y el encargado, junto con Juan José Campanella, de escribir el guión. Por Carolina Cattaneo y Marta García Terán. Fotos: Pilar Carlés.

Un día, hace cinco años, yo estaba manejando allá por donde el diablo perdió el poncho, en un Fiat Duna a gas destrozado, escuchando la radio. Juan José Campanella había estrenado Luna de Avellaneda y le estaban haciendo una nota. De golpe ,escucho: ‘De entrada, yo no pensaba contar la historia de un club de barrio; a mí me gustan mucho los cuentos de un escritor que se llama Eduardo Sacheri…’. ¡No lo podía creer, hablaba de mí! A los pocos días, me mandó un mail y me dijo que tenía ganas de hacer algo con algún cuento, más adelante. Y mirá lo que será mi visión comercial que cuando se publica mi novela La pregunta de sus ojos, no se la mandé, porque pensé: ‘Bueno, si algún día hacemos algo juntos, tendrá que ver con los cuentos’. Me dije: ‘Esta novela oscura…’ y ni se la mandé. Se la tuvo que comprar en una librería y después me llamó para decirme que se había conmovido y quería llevarla al cine”. Por esta misma visión comercial sus cuentos se habían conocido, años antes, sólo gracias a sus amigos. “Hacía poco que escribía cuentos, pero ni se me ocurría publicarlos. En esa época, en 1996, Alejandro Apo estaba arrancando con Todo con afecto, en radio Continental, en donde buscaba leer en voz alta cosas relacionadas con el fútbol. Como entre mis cuentos había alguno de fútbol, mis amigos me decían: ‘Dale, llevalos’. Yo les decía que no, que no me iba a dar bola. Pero igual se los empecé a mandar impresos en Word; los dejaba en sobres oficio en la radio. Pasaron tres años, y quince cuentos, hasta que conocí a Alejandro Apo. Así fue como me llamó la editorial para publicar mi primer libro, Esperando a Tito y otros cuentos”.

Ahora, trece años después, El secreto de sus ojos es un éxito de taquilla y en la calle no se habla de otra cosa que de la actuación de Ricardo Darín, la dirección de Juan José Campanella, la calidad de las escenas o lo impactante del final. Pero no muchos saben que hay alguien allí atrás, alguien que hace cinco años imaginó la historia de un hombre a quien la justicia atropelló al otorgarle la libertad a la persona que había violado y matado a su mujer. Y también imaginó a un empleado judicial que se cruza en su camino y que, con sus virtudes y defectos, tiene que enfrentar a un sistema que no le hace las cosas fáciles para llegar a la verdad y hacer justicia. Ese alguien es Eduardo Sacheri. Eduardo es un tipo de barrio, más precisamente de Castelar. Tiene 42 años, es profesor de Historia en la UBA y en dos colegios secundarios. Ya publicó cuatro libros de cuentos y dos novelas, aunque es, o era, más conocido por sus cuentos de fútbol, que muchos hombres siguieron durante años por la radio, donde se leían en voz alta. Eduardo recuerda con mucho cariño los años en que trabajó en Tribunales, cuando acababa de terminar el colegio y descubrió un mundo que lo llevó a las primeras reflexiones sobre la noción de justicia. Estuvo allí entre los 19 y los 24 años, mientras estudiaba Historia, y dejó su puesto para irse a hacer un trabajo administrativo, menos apasionante pero con un sueldo que le permitía pensar en casarse con Gabriela, su novia del colegio, con la que tiene un matrimonio de diecisiete años y dos hijos, de 13 y 9, Francisco y Clara. Hoy, que de golpe se encontró con una exposición a la que no está acostumbrado, pretende seguir con su existencia tranquila y no perder el rumbo con la fama adquirida. Por ahora, pareciera que no le resulta difícil mantenerse en su eje.

–¿Por qué elegiste hablar de la justicia?

–Supongo que tiene que ver con mi pasado como empleado judicial. El germen de La pregunta de sus ojos (el título de la novela) surgió de una vieja anécdota que me contaron en Tribunales, que hablaba de una amnistía que había dado el gobierno de Cámpora en 1973, por la cual liberaron a un preso común que estaba en la cárcel de Devoto. Se lo acusaba de delitos muy graves, y lo esperaba una larga condena, pero salió en libertad sin que nadie supiera cómo ni por qué.

–¿En qué te quedaste pensando cuando te contaron esa historia?

–Empecé a pensar en cómo viven los deudos de una víctima la liberación del victimario. Ese mismo día se me ocurrió parte de la historia y su descenlace.

–Vos que conocés la vida en Tribunales, ¿lo que se muestra en la película ocurre a diario?

–Bueno, creo que hay una mezcla entre un exceso de trabajo y la propia mediocridad de nuestras instituciones, la debilidad de las instituciones, que padecemos en un montón de esferas, no sólo en la Justicia. Por supuesto, tenés gente honesta y dispuesta a laburar mucho y bien, pero sospecho que no son la mayoría. Ojo, si me preguntás por la docencia, te voy a contestar lo mismo. Éstos son los ámbitos que más conozco, pero intuyo que no es muy diferente lo que pasa entre los empleados bancarios, los policías, los periodistas o los médicos. Es una opinión personal, sin bases científicas.

–Una cuestión de percepción.

–Sí, de percepción. Creo que nos tenemos en bastante más de lo que somos, en cuanto sociedad. Creo que nuestra sociedad es muy frágil porque no somos demasiado buenos haciendo lo que se supone que tenemos que hacer. No sé si todos estamos dispuestos a hacer ese mínimo que tenemos que hacer.

–¿Qué ecos recibiste del ambiente judicial?

–Bueno, las personas con las que fui hablando se sienten sumamente representadas. Dicen que está bien retratada la realidad judicial, sus taras, sus ritos, sus costumbres, el clima cotidiano…

–¿Creés que la película ayuda a que se empiece a revisar cómo funciona nuestra Justicia?

–No sé si tanto; me parece que sería una expectativa que excedería las modestas posibilidades de la película.

–¿Cómo nos llevamos los argentinos con la ley?

–Siento que tenemos un gravísimo problema con la ley, con la norma, en tanto mandato que condiciona y limita tu existencia. Tenemos un individualismo tan salvaje y tan desmadrado que es natural que tengamos esa dificultad. En general, la ley está bárbara para todo el mundo menos para uno mismo. La única manera en que aceptamos la ley es cuando nos preserva de los otros. Lo que me molesta es que si no respetás la ley, en definitiva, no te reconocés en el otro.

– Entonces, actuar bien implica, en primer lugar, respetar al otro. ¿Qué más implica?

–A veces, implica sentirte un pelotu… Implica un sacrificio enorme; el sacrificio y la disciplina de resignar tu deseo, ni más ni menos.

–El protagonista de la película, Benjamín Espósito, es un tipo valiente. ¿Qué significa para vos la valentía?

–Discrepo con vos. Para mí no es valiente; es un tipo totalmente responsable, pero no sé si valiente. Para explicarte esto de la responsabilidad, me resulta más claro contestarte con mi pata docente. Vos necesitás educarte y hay cosas que tenés que aprender, te guste o no. Y si no te gusta la historia, me importa nada; yo te la voy a explicar del mejor modo, pero hay una instancia en la que es responsabilidad tuya aprender y tenés que hacer un sacrificio. No podemos negar que tenemos que hacer ese sacrificio, y el que hace ese sacrificio no es un tipo sacrificado, sino responsable. Volviendo a Espósito, como te decía, es un tipo responsable, que a lo mejor es una forma de la valentía, pero la forma menos brillante. Para mí tiene conciencia del deber, pero no es un héroe. Si ocupás cierto lugar en la sociedad, a través de tu trabajo o donde sea, hay cosas que merecen ser hechas por vos; que tenés que hacerlas, aunque te cueste.

–¿Y por qué creés que podemos ver a un héroe en alguien que hace sólo lo que tiene que hacer?

–Eso habla muy mal de nosotros. En realidad, creo que tiene que ver con que no estamos acostumbrados a que la gente haga lo que tiene que hacer. Entonces, cuando alguien hace lo que tiene que hacer, nos parece extraordinario. Sin duda, toda persona que se dedica a su trabajo y que lo hace bien es muy loable; tampoco quiero caer en esa cosa antipática de “no, loco, hizo apenas lo que tenía que hacer”.

–Decías que estuviste años pensando cómo podían reaccionar los deudos de una persona que fue asesinada. Si cometen un delito contra vos o tu familia, y ese delito no recibe la pena judicial que corresponde, ¿qué puede operar en vos, qué reacciones se despiertan en nosotros cuando no se hace justicia?

–Yo creo que la reacción más automática es algo mucho más visceral, esta cosa de la ley del Talión. Creo que naturalmente a todos nos sale eso, por más que yo no lo justifico.

–¿Hablás de sentimientos o de pasar a la acción?

–Estoy hablando del plano de los sentimientos. Por eso, me preocupa tanto la noción de justicia, porque la clave para vivir en una sociedad civilizada es que se haga justicia, que vos puedas confiar en que la colectividad te protege. No digo que no te ocurra nada malo, sino que luego se haga justicia, que se hagan respetar las normas.

–Eso te protege de vos mismo, de tus reacciones.

–Sí, por supuesto. Te protege de estas pulsiones, de no pasar a la acción.

–La mayoría no sale a ejecutar ese instinto de revancha, pero ¿cómo manejan esa ira que les despierta la injusticia?

–Lo que pasa es que la sensación de injusticia, en general –no pensemos sólo en el crimen–, corta tus vínculos con los otros. Tenés la sensación de que te están tomando el pelo, que te tomaron por estúpido; es una lección horrenda en el sentido en que dejás de confiar. Si vos te sentiste burlado por la ley y por tu colectividad, entonces, sentís que tenés que responder.

–¿Cómo respondés?

–Empezás a sentirte fuera de la colectividad, por encima de esos mandatos que supuestamente te atan a la colectividad. Por eso, como lección moral colectiva es espantosa la ruptura de la ley. No es casual que se coseche esa cosa tan ególatra, tan asocial y tan prescindente del otro; no es casual que vivamos sin pensar en el otro.

 

–Te referís a partir de cuando se consuma la injusticia.

–Sí, rota la ley, y consumada la injusticia, vos sentís que no le debés nada a nadie. Caés en una anarquía íntima en la que te sentís más allá de la ley; anarquía más en términos de comportamiento personal, no político.

–Perdés la dimensión del otro…

–Sí, y eso es lo único que nos exceptúa de la soledad. Creo que somos verdaderamente humanos cuando entramos en contacto con los demás, cuando nos relacionamos con los demás.

–Decías que cuando se consuma una injusticia, empezamos a sentir que no le debemos nada a nadie. ¿Cómo estamos respecto de ese comportamiento?

–Mal y sin síntomas de mejora, porque no es algo que se esté discutiendo, no es algo que nos ocupe demasiado. Y mientras no lo hablamos, estamos lejos de solucionarlo.

–¿Por qué no lo hablamos?

–Se ve que estamos con cosas aparentemente más urgentes… Pero creo que estamos profundamente distraídos de lo esencial que nos une a los demás.

–Vos trabajás en educación y seguís eligiendo dar clases en los colegios, aunque ya no lo necesitás. ¿Por qué lo hacés?

–No lo necesito económicamente, pero sí emocionalmente, humanamente. Doy clases en dos escuelas: una privada de Ramos Mejía, donde se puede dar muy bien clases, los pibes comen todos los días, no los golpean… Y una escuela de Pontevedra, que es una zona muy marginal, con otras posibilidades, otras cuestiones, pero donde me gusta quedarme… Me parece importante laburar en la educación y también hay algo que me conviene a mí, porque el trabajo de escritor me resulta sumamente metido para adentro, silencioso, muy cerrado, y la docencia te obliga a lo contrario: a la apertura, el contacto, el puente…

–¿Qué te dan los chicos?

–Ese oxígeno de la adolescencia y de la sinceridad más absoluta y atroz, y mucho afecto. Me parece que hay mucho para que aprendan, pero si no te querés mucho con los pibes, no aprenden nada. Si ellos se dan cuenta de que no te importan, no aprenden. Hay pibes que te hacen el favor de aprender porque te quieren. Piensan “pobre, el pelado, mirá qué bueno que es, y bueno, vamos a escribir un poco”.

–En Pontevedra encontrarás cada historia de vida…

–Sobre todo, más expuestas; porque la ventaja que tiene la clase media en Ramos Mejía es que puede ocultar mucho mejor sus miserias. En cambio, allá en Pontevedra, está todo a flor de piel, en todo sentido.

–Los primeros cuatro libros que publicaste son de cuentos y algunos de ellos están relacionados con el fútbol. Por eso, te conocen mucho más los hombres. Pero en esos cuentos usás códigos de la cancha para contar las vidas de distintas personas; con dolores, con frustraciones, con alegrías. Una cosa más profunda…

–Creo que el denominador en mis cuentos es el horizonte de vidas simples, cotidianas; algo no demasiado ajeno a lo que vive cualquiera de nosotros y, en todo caso, buscando lo excepcional en esa cotidianidad. O que la excepcionalidad radique en la profundidad de la mirada y no en la complejidad de lo que estamos mirando. Y sí, algunas de esas historias corren por el andarivel del fútbol.

–¿Creés que a las mujeres nos cuesta entender a los hombres, la esencia masculina?

–Tal vez sí. Es una esencia que se juega más en esta periferia; me refiero a esto de que un tipo no puede emocionarse por sus cosas más esenciales, pero sí puede emocionarse, llorar enloquecido, reír o sufrir por un partido de fútbol. El hombre descarga sus emociones por esta periferia. Me parece que los hombres tenemos mucho problema para encarar lo nuclear y lo profundo. Las mujeres no, aunque estoy generalizando.

–Este año sacaste la novela Aráoz y la verdad. ¿Por qué te interesa hablar de la verdad?

–Me interesa porque me interesa reconciliarnos con el pasado. Me interesa la memoria como ejercicio de comprensión de lo que somos. Sin memoria, sin comprensión de lo que hemos sido –personalmente, nacionalmente, históricamente–, no hay manera de plantarte frente al futuro.

–Esquivás la nostalgia…

–Me gusta pensar que en el pasado perdí cosas, pero que lo importante es hoy. Si no, hay una desvalorización del presente. La memoria es un acto de creación y de resistencia; la nostalgia es un lugar cómodo e inútil. Es la diferencia entre la melancolía y la esperanza.

–El secreto de sus ojos puede llegar a la meca del cine norteamericano. ¿Qué sentís con esto de “de Castelar a Hollywood”?

–Hay un peligro de vértigo, pero cuando te viene un viento fuerte, creo que atarte a ciertas cosas es un modo de no salir volando. Es un esfuerzo no creértela. Yo creo que no soy “eso” (ese éxito), porque cuando mis libros vuelvan a venderse con la parsimonia de años atrás, yo seré el mismo, con el agregado de “en el medio me pasó esto”.

*Tiene 42 años, está casado y tiene dos hijos. Es profesor de Historia y escritor. Escribió, junto con Juan José Campanella, el guión de El secreto de sus ojos, la película basada en su primera novela.

ETIQUETAS cine justicia literatura sociedad

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