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Inspiración

13 agosto, 2020

El río, símbolo de esperanza

En su eterno devenir, el agua de río nos muestra el incesante curso de la vida y la transformación constante en la que todos estamos inmersos. ¿Qué sueños y esperanzas nos conectan con la otra orilla? ¿Cuál es el mar que nos llama en este difícil momento?


Por Federico T. Piedrabuena*

En la vida hay realidades que nos acompañan como un telón de fondo. Son el paisaje de nuestra existencia. Están allí, a veces latentes; otras con más protagonismo. Creo que todos podemos identificar elementos, personas; incluso números, que constituyen la geografía de nuestra historia. Llegan a formar la trama preciosa de nuestro ser. Son parte de nuestra identidad, de tal manera que no podemos pensarnos sin referencia a lo que ellos representan.

El río es una de esas experiencias  para mí.

Me ha acompañado desde pequeño. Son muchas las ciudades del mundo erigidas junto a un río. Ello responde a razones vitales: son la fuente del agua dulce que los seres vivos necesitamos para nuestra subsistencia. Históricamente han sido vías de comercio, actividad estratégica y turismo. A sus orillas se levantaron civilizaciones enteras, como el Antiguo Egipto en el delta del Nilo. Han inspirado relatos de conquistas, poemas de amor y discursos filosóficos de los más variados. Ya Heráclito, en la Antigua Grecia, señalaba que “nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río”. Expresaba así el cambio permanente en el devenir de las cosas. El río y la civilización humana van de la mano, a tal punto que se constituyen y afectan mutuamente.

El eterno devenir

Los hay de diversos cauces y tamaños. Fluyen en distintas direcciones. Superficiales o subterráneos. Algunos se consideran sagrados. Son un lugar para rituales y ayudan a mantener el equilibrio y sentido espiritual de poblaciones enteras. Atraviesan ciudades y campos para llegar en la mayoría de los casos hacia el mar. Éste los atrae y es el destino final para sus aguas dulces, pobladas de peces y vida en abundancia.

Durante este tiempo de Pandemia, la imagen del río me ha acompañado en forma recurrente. Se ha constituido en un signo de esperanza. Mi historia está atravesada por tres, especialmente: el Paraná (Sudamérica), el Rin (Europa) y el Ganges (Asia). He vivido junto a ellos en diversos momentos de mi vida. Y siempre me han enseñado el valor de la esperanza, de volver a creer. De aprender a cruzar a la otra orilla. Porque son esencialmente una metáfora de la vida. Ningún río culmina su recorrido siendo igual que en sus comienzos. Sus aguas, cristalinas en el manantial donde emergen, van juntando sedimentos en su lento fluir y transitar. Se enriquecen y hacen posible con estos nutrientes la vida en su interior. Ellos unen, conectan, inspiran sueños y permiten que construyamos puentes para unir sus orillas. Los modificamos con represas y alteramos su curso para nuestro beneficio. Pero el río nunca se detiene. Su vocación es correr hacia el mar, para regalarnos la vida misma en su navegar. “Todo fluye” decía Heráclito, y basaba su pensamiento en esas aguas que veía correr.

También nosotros fluimos. Somos personas de dos orillas, y necesitamos construir puentes para poder dialogar con quien se encuentra del otro lado, y que por ello ve la realidad con una perspectiva diferente. Y en este tiempo de aislamiento, el río sigue fluyendo. Como la vida misma. La tuya y la mía.

Me gusta pensar que mientras en nuestro planeta haya todavía un río que siga su curso, siempre habrá esperanza. Cada uno de nosotros sabe cuál es el mar al que se dirige. Lo intuye, aunque no lo conozca aún. Y en algún punto somos también ríos, múltiples y diversos, que vamos hacia la unidad que representa ese mar. Como el río, al final nos quedará nuestro recorrido y la vida que hemos dado. Siempre hay esperanza, mientras permitamos que eso que late en nuestro interior siga fluyendo. En pandemia o en tiempos de normalidad, en lo más profundo de nuestro corazón, y si sabemos escuchar… nos sigue llamando el mar.

*Federico Piedrabuena es teólogo, filósofo, músico y poeta. Párroco en el Conurbano bonaerense.

Leé también: La sabiduría de puertas y umbrales

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