Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

26 mayo, 2010

Anselm Grün: «El que no acepta sus límites enfermará»

El monje benedictino habló con Sophia sobre ese espacio personal que nos pertenece y que debemos aceptar, adueñarnos y hacernos responsables.


Por Marta García Terán y Carolina Cattaneo. Fotos: Mariana Ruddock.

Resulta paradójico que en tiempos de globalización, en los que se están borrando las fronteras y se acortan las distancias de tiempo y espacio, millones de personas de todo el mundo se interesen por lo que el monje alemán Anselm Grün (65) tiene para decir acerca de los límites. Los mismos que viven el espejismo de lo ilimitado, de lo infinito, de un hombre que todo lo puede piden a gritos un límite que los proteja, que le dé un sentido a su vida y que los ayude a encontrarse a sí mismos. Hace cinco años, Anselm Grün, acompañante espiritual y doctor en Teología, sintió la necesidad de llamar la atención sobre la falta de límites y escribió Límites sanadores, un libro con el que busca ayudar a todas las personas que sufren por no poder decirse “no” a sí mismos o a los demás. “Quien no sabe decir ‘no’, enfermará y quien siempre quiera responder a las expectativas, notará con dolor sus límites. Pero quien sabe de sus límites, podrá crecer más allá de ellos, acercarse al otro y encontrarlo verdaderamente”, dice este monje, de paso por la Argentina, invitado por cinco editoriales para dar conferencias sobre espiritualidad.

Aunque nos cueste aceptarlo, aunque nos duela, la vida una y otra vez se encargará de mostrarnos que somos limitados, que tenemos que aprender, aceptar y vivir con límites: los que surgen de nuestra propia humanidad, los que debemos ponerles a los demás para mantener nuestra individualidad y privacidad, los que tenemos que respetar para no invadir al otro, los que nos marca la edad y, sobre todo, el último límite, el que nos habla de nuestra finitud, la muerte.

Pero plantarse frente a los límites no es fácil para nadie. Ni siquiera para el propio Anselm Grün, monje benedictino, doctor en Teología y autor de más de doscientos libros sobre espiritualidad, quien desde hace años intenta manejar los suyos: “Me cuesta, pero ya va un poco mejor. Antes, cuando una mujer me llamaba y me decía que quería tener una confesión, yo siempre respondía que sí porque, por un lado, quería ser un buen monje y, por el otro, quería dejar bien parada a la Iglesia. Ésa era la trampa, porque yo no ponía límites. Por supuesto que trato de escuchar siempre, pero unas veces puedo y otras veces no. No es fácil; me acuerdo de una señora que una vez me dijo: ‘Mire, usted escribe libros muy lindos, pero cuando yo lo necesito, usted no está’”.

Anselm Grün recuerda esta anécdota y se ríe, y sigue trabajando para manejar ésta y otras tantas situaciones que lo colocan al límite de sus posibilidades. Es probable que haya hecho un buen trabajo interno, porque durante el encuentro con Sophia en el colegio Goethe, en San Isidro, se lo ve cálido y sereno, en su eje. Y así, en este clima de calma, empezamos a charlar:

–¿Cómo impacta en el ser humano esta falta de límites?

–Nuestro tiempo padece de falta de medida y eso no le hace bien al hombre, incluso a veces lo enferma. Algunos terapeutas opinan que la depresión, que hoy aumenta con rapidez, es un grito de ayuda del alma frente a la falta de límites. Estamos en una sociedad non stop, en la que todo es simultáneo, los límites se mezclan y al hombre le cuesta respetarlos. Por un lado, sentimos que es liberador viajar de un país al otro dentro de la Unión Europea sin someternos a los controles fronterizos; pero, por el otro, también experimentamos los peligros de que no haya fronteras, porque crecen el temor y la inseguridad. Esto también se ve en el ámbito profesional, donde la presión por lo económico lleva a sobrecargar a muchas personas más allá de lo tolerable. Otra muestra es el consumo: cada vez más personas se endeudan, hasta que se encuentran con una montaña de cuentas que les muestra su límite de manera dolorosa.

Para Grün, los límites también deben quedar claros en las parejas (Foto: Pexels).

–Usted dice que los límites nos dan un marco de protección. ¿Nos podría explicar cómo nos protegen?

–El hombre necesita leyes e instrucciones que, si bien lo limitan, también le dan seguridad. Nuestra vida sólo puede ser exitosa si la vivimos dentro de determinados límites, conociéndolos y respetándolos. Nos relacionamos con los demás a través de límites, que separan y protegen. El límite me recuerda el fin de mis propias capacidades y posibilidades, me indica qué fue señalado para mí, cuál es mi medida, me delimita. Y también delimita “las tierras” propias y ajenas, los espacios privados. No es fácil reconocer los límites y muchas veces preferimos desarrollar imágenes de ilimitación, pero la clave de la felicidad está en conocer nuestros límites, aceptarlos y amarnos en nuestra propia limitación. Y también amar a los demás con sus límites.

–¿Se refiere a límites externos o internos?

–El respeto del límite exterior también es importante para el alma humana. Un hombre al que le habían entrado ladrones en su casa me contaba cuánta inseguridad interior le provocó que irrumpieran en su morada. No era tanto el daño material, sino la sensación de que habían lesionado su propio límite; fue como un sacrilegio que llenaba los ambientes de la casa, fue un ataque a su persona.

–La auténtica sabiduría está, para usted, en reconocer nuestros propios límites y aceptarlos. ¿Qué pasa si no lo hacemos?

–Se necesita humildad para reconocer los propios límites. Hay personas que se identifican con imágenes de héroes que no le temen a nada, de sanadores que pueden curar cualquier enfermedad o de auxiliadores que pueden ayudar a todos, pero eso no es posible. No somos héroes. Estas personas se sobreexigen y luego desarrollan una enfermedad. Las personas que crean una imagen demasiado elevada de sí mismas comienzan a llevar una vida para la que su inteligencia, su voluntad y sus posibilidades psíquicas no son suficientes, como el hombre que asciende en su carrera más alto de lo que corresponde a su aptitud y consume su energía para mantener la imagen de una persona segura de sí misma. Quien durante años vive de ese modo se daña a sí mismo y en algún momento su cuerpo y su espíritu se rebelarán. Parte de la sabiduría es reconocer que Dios nos ha colocado límites que no podemos traspasar: el de las capacidades, el de nuestro cuerpo, el de nuestro espíritu y, finalmente, el límite de nuestra vida.

«La clave de la felicidad está en conocer nuestros límites, aceptarlos y amarnos en nuestra propia limitación. Y también amar a los demás con sus límites».

–La contracara de esta sobreexigencia es estar por debajo de nuestras posibilidades o nuestro potencial, es no tratar de superar esos límites que nos permiten crecer. ¿Cómo hacemos para no caer en ese otro extremo?

–Es cierto, hay personas que se ponen tantos límites que no crecen. Los límites no son algo absoluto; en el sentido positivo pueden convertirse en un desafío. Hay personas que tienen miedo a expandir sus límites y que de tanto delimitarse ni siquiera se ponen en movimiento, ni descubren el potencial que está dentro de ellos. Esto puede tener consecuencias negativas, porque el límite en este caso los conducirá a un aislamiento que no les permite crecer. El que anhele un objetivo y lo persiga notará de qué es capaz y una vez que pase este límite se encontrará con uno nuevo. Así irá creciendo. Por eso es tan importante delimitarnos, conocernos y saber cuál es un límite sano, cuál no lo es y hasta dónde podemos llegar.

–¿Cómo logramos delimitarnos?

–Como dije, la visión de los límites no tiene por qué ser negativa, porque en ellos llegamos a saber quiénes somos y son una oportunidad para el crecimiento personal. De la misma manera, al establecer este marco de lo que quiero o lo que puedo, le estoy diciendo al otro hasta dónde puede llegar. Delimitarme me da armonía interior, me permite mantenerme dentro de mí mismo y hacer lo que percibo dentro de mi interior como correcto. El que está bien delimitado actúa desde su propio centro y no permite que desde afuera le digan qué debe hacer. Si por consideración a lo que nos piden desde afuera perdemos nuestro eje, nos esfumamos, se borran los límites y perdemos la percepción de lo que nosotros queremos. Pero a todas las personas les cuesta mantener estos límites que algunos quieren transgredir.

«Las personas que crean una imagen demasiado elevada de sí mismas comienzan a llevar una vida para la que su inteligencia, su voluntad y sus posibilidades psíquicas no son suficientes»

–¿Por qué nos cuesta ponerle un límite al otro?

–Por el miedo a no ser querido y también por el miedo a lastimar al otro. Este miedo es justificado, es lógico; por lo tanto, tengo que entrar en contacto con ese miedo para entenderlo y preguntarme qué es lo que me da miedo: ¿qué el otro no me quiera más? Entonces, ¿yo me defino por lo que el otro me dice? ¿O me defino por lo que yo quiero? Hay que tener un diálogo con el miedo, ver a dónde nos lleva y preguntarnos qué pasaría si el otro no nos quiere más. Cada uno de nosotros tiene un talón de Aquiles y, a través de él, el otro puede entrar en nosotros y nosotros no podemos defendernos. Este talón puede ser el miedo a las habladurías, el perfeccionismo o la pretensión de no herir a nadie. Por eso, debemos ser conscientes de nuestro talón y no dejarnos empujar por los demás hacia cosas que diluyen nuestros límites, nos debilitan y nos empequeñecen.

–¿Cómo nos damos cuenta de que nos invadieron?

–Yo me he observado a mí mismo y me he dado cuenta de que cuando me dejo invadir demasiado, en algún momento me pongo agresivo y digo basta. Pero cuando estoy bien y me siento en mi eje, el límite que le pongo al otro no lastima, porque lo digo de buen modo. Si el otro traspasa un límite, me voy a dar cuenta por las propias emociones: siento que el otro se aprovechó de mí, siento una violencia interna; ésa es una señal de que el otro traspasó el límite y de que yo dejé que lo hiciera. Hay que confiar en las propias sensaciones, en los sentimientos.

–¿Cómo hacemos para lidiar con esa violencia interna y no dejarnos avasallar?

–Yo acompañaba a una señora que era terapeuta y que estaba divorciada. Cada vez que el marido necesitaba plata, iba y le decía lo maravillosa que era, y ella siempre se dejaba sacar dinero y después le daba mucha bronca, mucha rabia. Hablamos y le dije que la próxima vez que fuera su ex marido hiciera un ejercicio, que estuviera en ella, en su eje, en contacto con sus sentimientos. Entonces, al estar en contacto con lo que ella estaba sintiendo, pudo diferenciar y entender lo que el otro estaba haciendo y poner un límite para que no le sacara dinero. Otra mujer, una pedagoga social que trabaja en un jardín de infantes, tenía una jefa que siempre le pedía informes y cada vez que iba a la casa le lloraba al marido lo mal que le iba en el trabajo, lo difícil que era; entonces, le dije: “Tenés que prohibirle a tu jefa entrar a tu casa. Tenés que decirte: ‘En mi casa no entra mi jefa, no es tan importante, no es tan fuerte, no me dejo interrumpir la comida con mi marido’”.

«Si el otro traspasa un límite, me voy a dar cuenta por las propias emociones: siento que el otro se aprovechó de mí, siento una violencia interna».

–¿Qué pasa si nos piden ayuda constantemente? ¿Somos insensibles si ponemos un límite?

–Delimitarme no significa ser insensible frente al otro, sino establecer el límite hasta dónde puedo y quiero admitir al otro en mí y dónde debo protegerme para poder vivir como ser humano en este mundo. Un buen camino para delimitarse sin cerrarse por ello al dolor del mundo es rezar por los hombres de cuya miseria informan los medios, o puedo participar de un proyecto concreto que ayude a algunas personas. Pero debemos ver que tenemos límites. No podemos comprometernos a diario con las víctimas de la violencia o de las catástrofes naturales que nos muestran los medios. Sí podemos pedirle a Dios que no deje solas a estas personas.

–¿Es sano estar todo el tiempo dando explicaciones a los “no”?

–Como no puedo pretender que el otro sepa por qué le digo que no, puedo explicárselo de entrada. Para aminorar de alguna manera el efecto del “no”, uno tiende a justificarse. Está bien decir “No puedo porque tengo una cita”, pero lo importante es no presionarme con la necesidad de tener que justificarme. Cada vez que me justifico, le doy pie al otro para que logre que yo haga lo que él quiere, y habré perdido libertad. Si el límite está claro, no hay que dar muchas explicaciones. Si estamos en armonía interior, tendremos la certeza y la calma para decir que no sin tener que defendernos. Dije que no y esto es suficiente; lo que piense el otro es cosa suya. No debo romperme la cabeza pensando en ello.

–¿Nos ayuda con algunas pautas para proteger nuestros límites?

–Una de las pautas básicas es no decir ni sí ni no inmediatamente, tomarse un tiempo para pensarlo. Entonces, podemos ver si lo que nos piden está en concordancia con nosotros o no. Yo tengo tiempos fijos que todo el mundo respeta, como el tiempo que tengo para orar. Otra cosa importante es que siempre mantengo espacios importantes dentro de mí, que son espacios sagrados en mi alma, que sólo me pertenecen a mí.

«Si estamos en armonía interior, tendremos la certeza y la calma para decir que no sin tener que defendernos».

–¿Cómo se establecen los límites entre dos personas que están mucho tiempo juntas, como un matrimonio o padres e hijos?

–Muchos de los problemas que tienen los matrimonios están relacionados con la cercanía de los cónyuges, que creen que en el amor deberían fusionarse para siempre. Creen que amor es estar todo el tiempo juntos, pegados, pero no es así. Los miembros de una pareja que viven así no se encuentran a sí mismos. Un matrimonio resulta si se logra un equilibrio entre la cercanía y la distancia. Si están muy juntos, empiezan las discusiones, la tensión. Deben estar un tiempo separados, solos, deben soltarse para volver a sentir ganas de estar con el otro. Si cada miembro de la pareja quiere incorporar en sí al otro, si necesita al otro para su propia realización, se decepcionará constantemente y perderá de vista que en el otro hay un espacio individual al que no tiene acceso. La pareja debe encontrar el equilibrio entre el yo y el nosotros, entre la armonía y la unión, entre el dar y el recibir. El que sólo da se sentirá usado en algún momento, y el que sólo recibe se sentirá pasivo, carente de ideas.

–¿Por qué hay personas que no aceptan el “no” y siguen presionando? ¿A qué se debe esa actitud?

–Hay una desmedida en ellos; simplemente no saben aceptar un “no” y no entienden que deben respetar al otro. Quizá de chicos no les respetaron sus límites; por ejemplo, una mamá que se metía y le leía el diario íntimo a su hija, sin respetarla. Entonces, esa chica puede pensar que no hay límite que respetar y puede tender a traspasar el límite de los demás. También puede ser que no le hayan puesto límites claros de chica. Cuando viene una persona que está haciendo presión para invadirnos, es importante que nosotros nos pongamos más firmes para no permitírselo.

–Usted dice que la forma en la que nos relacionamos con el último límite, la muerte, determina la manera en que vivimos, ¿nos podría explicar eso?

–Sí, mi relación con ese límite tendrá una apariencia distinta según me imagine el más allá de ese límite. Quien piensa que más allá de la muerte no hay nada tenderá a reprimir ese límite y puede tener un comportamiento en que considere la vida como una pasión inútil, falta de sentido. Pero para el hombre creyente, Dios nos espera con su amor más allá de la muerte. La muerte nos invita a decir sí a nuestra limitación humana y, al mismo tiempo, a la inmensidad que Dios nos ha regalado. Entonces, la muerte será una invitación a vivir el aquí y ahora en forma consciente e intensa. Y a sentir el sabor de la plenitud.

Esta nota se publicó en el número 105 de la edición impresa de Sophia, en mayo de 2010.

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