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26 abril, 2011 | Por

El poder de un gesto


“Fijate bien… cuando pasás una bocacalle sin tener prioridad de paso y el otro auto tiene que frenar, si hacés con la mano un gesto de disculpa, el tipo no se enoja tanto, te perdona, porque reconocés tu error y lo mirás”.

La frase surgió, silvestre, de boca de un conocido que no imaginó que esa observación quedaría en mi mente y me haría escribir esta columna.

Es verdad: lo comprobé. Inmerso en el fragor del tránsito urbano, he incurrido en esa incorrecta maniobra que es la de adelantarme y pasar la bocacalle cuando otro tiene prioridad de paso por venir desde mi derecha. A veces, ese otro frena de puro gentil que es nomás. En otras ocasiones, lo hace porque no queda más remedio, si no quiere tener un problema de chapa y pintura. En ambos casos, suelo hacer un gesto de reconocimiento y levanto la mano pidiendo las disculpas del caso. Ante mi mano levantada, la mirada iracunda del otro conductor se atempera. Es más, a veces, un suave movimiento de cabeza deja entrever que, en realidad, se valora el reconocimiento y, seguramente por eso, la cosa no pasa a mayores.

Es que lo que enoja no es tanto la trasgresión, sino la indiferencia y el “ninguneo” que la situación puede significar si no hay un gesto de por medio.

El tema del tránsito me da para pensar en los gestos de reconocimiento en otros ámbitos. Cuántas discusiones se dan no tanto por un tema de actitudes contrapuestas, sino porque a través del forcejeo de ideas y opiniones discordantes, lo que se busca del otro es… un gesto, tan solo un gesto, de reconocimiento.

Ser ignorado es lo peor que hay. Que el mundo haga lo suyo como si nosotros no existiéramos es feo, muy feo. No tener un lugar en el alma o la mente del otro es de las cosas que más daño hacen, sobre todo, en espacios emocionalmente significativos como el de la pareja y la familia. De allí que muchas personas hagan todo por asegurarse ser vistos y reconocidos, aun a costa de grandes sacrificios.

Ejemplo de ello son algunos chicos que “se portan mal”. Prefieren un reto o una penitencia (el famoso “llamar la atención”) a la indiferencia o lo que ellos sienten como tal. No soportan que el otro pase de largo sin siquiera un gesto que les dé noción de que son parte de un vínculo y no sólo un objeto allí instalado.

Cuando dos personas discuten, creen que lo que va y lo que viene son razonamientos, argumentos y lógicas varias, sin tener en cuenta que lo que eleva la temperatura de la discusión es el hecho de que nada de lo que el otro está diciendo es tenido en cuenta, salvo para ver cómo refutarlo. Por eso, se grita… para ser oídos, porque lo que molesta sobremanera es la vivencia de lejanía y la indiferencia. Tanto miedo a no recibir un gesto de reconocimiento, por mínimo que sea,  lleva a no percibir que uno tampoco lo está haciendo respecto del otro, y así las cosas escalan hasta el infinito.

Un gesto, un solo gesto que indique que uno se deja habitar emocionalmente por el otro o que el punto que el otro esgrime tiene algo de validez, por mínima que sea, merma muchísimo la angustia. Esa actitud predispone a que los desacuerdos sean eso: desacuerdos por solucionar, y no escenarios en los que las ideas y los argumentos arrasan la capacidad de reconocer al otro, respetando su existencia más allá de los problemas.

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