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Reflexiones

24 agosto, 2021

El perdón no es cosa simple

¿Pedirlo borra todas las heridas provocadas? ¿Existen actos que no sean dignos de perdón? ¿Qué debemos aprender de él tanto ofensores como ofendidos? Una reflexión acerca de las consecuencias que tiene sobre los demás aquello que decimos y hacemos.


Fotos: Pexels.

Por Sergio Sinay

La palabra perdón estuvo en el centro del escenario durante el último tiempo en nuestro país. Se esperaba que alguien lo pidiera por haber transgredido alegremente las mismas normas que les impuso a otros para aislarlos de sus afectos, de sus trabajos, de sus proyectos y hasta para privarlos de despedir a seres queridos. Hubo excusas, justificaciones banales y hasta traslado de la responsabilidad a la propia pareja, pero la palabra perdón no apareció en los labios de quien debía pronunciarla. ¿Y si hubiera aparecido? ¿Borraba su sola presencia el dolor, la indignación, la injusticia? ¿El pedido de perdón cierra el ciclo de ofensas y heridas provocadas? No es ocioso trasladar estos interrogantes más allá del episodio de la continua tragicomedia nacional y llevarlo a la totalidad de las relaciones humanas.

Hay muchos mitos y malentendidos alrededor del perdón. Se lo ha rodeado de una aureola mágica que obliga a muchas personas lastimadas, ofendidas o humilladas por distintos motivos (deslealtades, infidelidades, injusticias, mentiras, olvidos, descalificaciones, difamaciones, inequidades) a hacer de tripas corazón y perdonar so pena de que, en caso de no hacerlo, sean consideradas ellas mismas injustas, rencorosas, resentidas o vengativas. Esto obliga a un penoso trabajo de forzado autoconvencimiento por el cual se minimizan los propios sentimientos y necesidades emocionales para ajustar la imagen a la mirada y el juicio ajenos.

Perdón y castigo

El perdón se pide, pero ni necesaria ni obligatoriamente se concede. Ante el dolor ajeno y la falta propia, pedirlo es una expresión elemental de reconocimiento de la existencia del otro, del lastimado. Negarse a pedir perdón ante la evidencia del error o el daño cometido equivale a negar al otro. Esto vale para un pequeño acto o para un gran daño. Y vale en todos los vínculos, las relaciones y las actividades humanas. La filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975) señala en su libro La condición humana que no hay convivencia ni existencia posible entre seres humanos si se excluye el perdón porque, sin él, quedaríamos anclados, con la imagen congelada en la consecuencia del acto doloroso, sin salir de allí, sin avanzar en la dirección de la vida. Desaparecida la noción de perdón desaparecerían también la de reparación y la de reconciliación. Y, sin embargo, advierte esta pensadora, no todo es perdonable. Lo imperdonable existe. Es aquello que, por su profundidad y su magnitud, ni siquiera puede castigarse porque el castigo nada repararía.

“El perdón se pide, pero ni necesaria ni obligatoriamente se concede. Ante el dolor ajeno y la falta propia pedirlo es una expresión elemental de reconocimiento de la existencia del otro, del lastimado. Negarse a pedir perdón ante la evidencia del error o el daño cometido equivale a negar al otro. Esto vale para un pequeño acto o para un gran daño”.

Quien puede determinar qué resulta imperdonable es el ofendido, nunca el ofensor. Y tampoco un tercero. Porque el dolor es siempre intransferible. Se puede acompañar el dolor del otro, pero no se lo puede sentir. Y hay que cuidarse de convertir esa intransferibilidad en una herramienta de venganza. La negación del perdón no debería ser nunca un acto de revancha. De la misma manera, quien pide perdón debería recordar que su pedido está siempre pendiente de resolución y que el solo hecho de manifestarlo no lo convierte en un salvoconducto. Lo imperdonable existe y a menudo somete tanto al ofensor como al ofendido a un difícil aprendizaje. El de poder vivir con la herida cuando esto, a pesar de todo, es posible. En muchos casos no lo es. Y ambos deben recordar que la concesión del perdón no significa un borrón y cuenta nueva en la historia común. La cuenta es la misma de siempre, y ahora tiene un nuevo capítulo, que cada uno tendrá que encajar dentro de sí y en el vínculo. La psicoterapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas, discípula dilecta de Viktor Frankl, el médico y pensador que creó la logoterapia, advierte en su libro Terapia en dignidad que quien perdona y olvida termina por olvidar lo que perdona y queda así expuesto a ser nuevamente herido en el mismo lugar y de la misma manera.

Perdón y responsabilidad

Perdón, vale repetirlo, no es olvido, no es revancha, no es salvoconducto. Es un ejercicio que requiere una honda comunión entre la razón y el sentimiento, entre el pensamiento y la emoción, y que está íntimamente ligado a un valor esencial. La responsabilidad. Actuar con responsabilidad significa hacerse cargo de las consecuencias de las propias acciones, decisiones, actitudes y elecciones y responder ante ellas. No se trata de una respuesta meramente verbal, que es lo más fácil y que es aquello a lo que suele apelarse para sacarse la cuestión de encima. La respuesta (de allí deriva la palabra responsabilidad) tiene que expresarse también a través de una acción, una actitud. Y en el caso del perdón el ofensor no puede decidir por su cuenta cuál será la acción reparadora. Debe plantear una pregunta esencial: “¿Cómo puedo reparar el dolor que te causé?”. Acaso se encuentre conque tenga que aprender a reparar del modo en que el otro necesita, porque momentáneamente no sabe hacerlo. Y a su vez el ofendido debe ser honesto en el pedido de reparación, no manipular ni pretender humillar al ofensor. También él se encuentra ante el hecho ineludible de que su palabra tendrá consecuencias. Porque, mientras vivimos, todas nuestras acciones e inacciones, palabras y silencios, decisiones e indecisiones, generan consecuencias. Y estas nunca se producen de manera abstracta, sino que recaen en el otro, en los otros.

“Perdón, vale repetirlo, no es olvido, no es revancha, no es salvoconducto. Es un ejercicio que requiere una honda comunión entre la razón y el sentimiento, entre el pensamiento y la emoción, y que está íntimamente ligado a un valor esencial. La responsabilidad”.

El sacerdote y psicólogo francés Jean Monbourquette y la ensayista Isabelle D´Aspremont escribieron a dúo un ensayo titulado Pedir perdón sin humillación, en el que señalan que muchas personas piensan que pedir perdón los rebaja y los deja en inferioridad frente al ofendido. Por el otro lado están quienes toman el perdón que les es concedido como una especie de limpieza de su historia personal. A estos últimos se refería William Shakespeare al decir: “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”.

El perdón, como se ve, es algo muy diferente y mucho más complejo que la liviana gimnasia espiritual a la que frecuentemente se lo suele reducir. Esto no hace más que banalizarlo. Y cuando desaparece la banalidad del perdón y se instala en su verdadera dimensión lo que significa lastimar a otro, se abre un espacio que invita a reflexionar sobre el alcance de los propios actos antes de ejecutarlos y de las propias palabras antes de emitirlas. También se limpia y enriquece el aire que respiramos en nuestras relaciones de pareja, de familia, de trabajo, de amistad y también como ciudadanos en todos los intercambios sociales. Según decía acertadamente José Ingenieros (1877-1925), autor –entre otras obras– de Las fuerzas morales y El hombre mediocre: “Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender”.

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