Sophia - Despliega el Alma

Hijos

14 octubre, 2011

El peligro de endiosar a nuestros hijos


Los chicos que crecen convencidos de que son mejores que el resto pagan un precio alto: presión, aislamiento y baja tolerancia a la frustración. ¿Cómo los alentamos sin riesgos? Por Astrid Hoffmann. 

Juancito me viene con unos planteos fascinantes. La maestra dice que no es normal”. “Mi hijo es muy especial, es mucho más sensible que los demás chicos de su edad”. “Anita siempre fue más rápida que sus compañeritos; a los 4 años ya decía el abecedario de corrido”. Muchos padres se habrán encontrado diciendo este tipo de frases, o escuchándolas en boca de otro. Pero más allá de que todos creemos que nuestros chicos son fabulosos, cada vez hay más padres que quieren ver en su hijo a un ser especial, distinto, y recurren a psicólogos y psicopedagogos para encontrar pruebas que demuestren que están por encima de la media.

No hablamos de los chicos que, en efecto, tienen un coeficiente intelectual superior –que siempre fueron pocos–, sino de esos a los que sus padres se empeñan en encasillar en categorías que surgieron en los últimos tiempos, como las de niños índigo o niños cristal. De los primeros, se dice que son extrovertidos, determinados, creativos, con un espíritu rebelde, y que están llamados a traer el cambio que las sociedades necesitan. De los segundos, que son introvertidos, tranquilos, sensibles, pacificadores y muy frágiles (de allí, la metáfora del cristal).

¿Por qué este tipo de modelos tienen tanta repercusión entre padres y educadores? ¿De dónde viene la necesidad de ponerles un nombre a determinadas características o conductas de los niños? ¿Cuánto tiene que ver esto con las exigencias de los padres y qué riesgos se corren al etiquetar a los chicos y no dejarlos ser lo que auténticamente son? Desde Sophia consultamos a especialistas de los ámbitos de la pedagogía, la psicología y la psiquiatría infantil, para que nos ayuden a dar respuesta a estas preguntas.

Algunos dicen que estas actitudes son una expresión de la época, marcada por una cultura donde reinan la imagen, la velocidad, la inmediatez y el individualismo. Julio César Labaké, pedagogo, psicólogo y doctor en Psicología Social cree que hoy hay una tendencia individualista que lleva a competir todo el tiempo y que puede derivar en una “hipervalorización” de los hijos por parte de sus padres, como una forma de fortalecerlos frente a la realidad que deben vivir. También dice que juegan un papel la estimulación temprana, que ha cobrado un mayor protagonismo en los últimos años, y la estimulación digital, que opera más allá de nosotros. Esta cantidad de estímulos que impactan a los chicos, según Labaké, producen nuevas formas de ser niños.

“Los chicos de hoy no son los de hace diez o quince años; hay otras sensibilidades. Siempre doy una definición de sensibilidad que me encanta, porque es un término que viene de la física: es la menor distancia entre dos estímulos –dice la doctora Marcela Armus, psiquiatra infantil y psicoanalista–. Para que esta sensibilidad se tome como un valor positivo, no tiene que producir dolor, ni ruido, ni alteración en el sistema. Por eso, que un chico sea sensible no es necesariamente bueno; hay que observar si eso no le produce un malestar”.

Aunque no todos los especialistas están de acuerdo con esa tendencia que busca describir nuevos modelos de chicos, la mayoría rescata el hecho de que la niñez ocupe un lugar más importante en la agenda de las sociedades actuales. “Destaco el deseo de criar a los hijos de un modo que no anule sus cualidades personales, que la gente se interese más por cómo son los chicos y por cómo quieren criarlos. Antes, casi no se prestaba mucha atención a la escolaridad o al desarrollo personal. Ahora, hay mayor conciencia de la individualidad, de que no todos los chicos son iguales”, dice el doctor Miguel Hoffmann, psiquiatra, psicoanalista y especialista en Primera infancia.

La preocupación de los especialistas es que los padres utilicen estos modelos para etiquetar a los hijos. Armus advierte acerca del peligro de “comprar” un estereotipo como un paquete y tratar de que el chico se acomode para mantenerse en esa categoría. Por eso, la psicóloga dice que se debe hacer un diagnóstico adecuado, para que los padres puedan entender a sus hijos sin pasar por alto algún tipo de conflicto o malestar quizás estén sufriendo. Hoffmann coincide y agrega  que otro riesgo que corren los padres es el de asfixiar las manifestaciones espontáneas y tapar al verdadero niño que hay detrás: “La participación de los padres es un ingrediente necesario para la autoestima, pero depende de los fines: si es por egolatría parental, no sirve; si es por un interés genuino en el niño, respetando sus manifestaciones e iniciativas, los padres se convierten en facilitadores”.

¿Cuánto tiene que ver el narcisismo de los propios padres con esa necesidad de tener hijos “diferentes”, “especiales” o “por encima de la media”?

En muchos casos, la búsqueda de que sus hijos entren en la categoría de “índigo” o “cristal” puede estar impulsada por cierta dosis narcisista de los padres o por historias personales no resueltas y, entonces, sus hijos vienen a cumplir con alguna deuda pendiente que arrastran los adultos. Estos chicos, explica Armus, pueden satisfacer las expectativas de los padres que quieren tener niños diferentes, porque la diferencia está puesta en “ser mejores”, que es el alimento del narcisismo paterno. “Pero no cualquier padre se agarra de uno de estos modelos así nomás; más bien, me parece que estas actitudes muchas veces dejan ver cierta expectativa frustrada o un tema que les ha quedado a mitad de camino. A los padres también hay que escucharles la subjetividad: ¿Por qué un papá quiere ver a un chico como índigo? ¿Qué le está pasando? ¿Por dónde le viene la deuda, la falla?”, señala la especialista.

Es posible que los padres hayan tenido una infancia difícil, que hayan sido poco atendidos o valorados, y quieran revertir la situación con sus hijos, aunque terminen en el otro extremo. “El peligro llega cuando esa atención se vuelve excesiva y hasta persecutoria, y no admite el nivel real del rendimiento de sus hijos. Muchas veces esa ‘ansiedad de sobreexigencia’ por parte de los padres es la expresión de una expectativa personal no alcanzada”, sostiene Labaké. Para él, la sobreestimación de los hijos puede llevar a que los chicos desarrollen una personalidad narcisista, algo muy diferente de una buena y necesaria autoestima: “El narcisismo no nos permite integrarnos con los otros; la genuina autoestima sí”.

El problema, además, es que cuando un chico se acostumbra a ser tratado de manera distinta todo el tiempo, desarrolla una muy baja tolerancia a la frustración y se ve mucho más afectado cuando las cosas no salen como espera. Por ejemplo, puede suceder que un chico haya aprendido a leer antes que el resto, y que esté muy orgulloso por eso, pero cuando entre al colegio descubrirá que hay otros chicos que también leen y que ese logro no lo hace distinto ni mejor. La forma en que acepte esa frustración dependerá de lo que los padres le han hecho creer acerca de sí mismo.

El riesgo mayor es que estas etiquetas lleven a que los chicos se sientan presionados y exigidos por tener que estar siempre a la altura de lo que sus padres y docentes esperan, y que se frustren enormemente cuando no lo logran. Es muy común que los padres de chicos con inquietudes y habilidades especiales tiendan a sobrecargarles las agendas con actividades y clases de todo tipo, que a la larga los agotan. Además, el hecho de que sean muy buenos en algún área no significa que eso sea lo que más disfrutan: quizás un chico está muy dotado para las matemáticas, pero su verdadera pasión es la natación. “Lo mejor es que cada chico busque su camino. Los padres, atentos a las manifestaciones, pueden encauzarlas, en lugar de armar una ‘currícula para el genio’”, recomienda Hoffmann.

Fantasía paterna vs. maternidad

“Los chicos pueden llegar a sufrir cuando se dan cuenta de que no son diferentes al resto. Pero, además, algunos pueden sentirse denigrados porque no cumplen con las expectativas de sus padres”, explica Armus. En algún momento, eso explota y puede ocasionar trastornos severos. “Por otra parte, se pone en juego la autoestima de los chicos, ya que sus supuestas habilidades tal vez nunca se comprobaron en la experiencia práctica. En esos casos, la decepción es tal que los chicos ni siquiera reconocen sus verdaderas capacidades: son brillantes, inteligentes, buenos deportistas, pero a ellos nunca les resulta suficiente,” explica Armus. Este tipo de niños suelen tener dificultades para elegir sus carreras profesionales o sus trabajos, porque siempre tienen la sensación de que nada está a la altura de sus expectativas.

Según Labaké, puede suceder que estos chicos desarrollen una ceguera psicológica que los lleve a un mecanismo de defensa proyectivo, culpando al mundo y exigiendo que la realidad se parezca a su deseo: “La falta de límites nos lleva a definir mal nuestra identidad, y hay pocas cosas más dañinas que una falsa autoimagen por sobredimensionamiento”, sostiene Labaké.

Distintos, pero siempre chicos

¿Qué pasa con los chicos que efectivamente son superdotados, o tienen capacidades especiales, superiores a la media?

Algunos chicos manifiestan desde muy temprano ciertas habilidades intelectuales o psicomotrices sobresalientes en comparación con el resto de sus pares. Labaké, que cuenta con una amplia trayectoria en el campo de la educación, recomienda consultar con especialistas que puedan diagnosticar el nivel de su desarrollo y aconsejen sobre si es conveniente o no que asistan a colegios especiales. “Al menos, por un tiempo limitado, para no malograr esas capacidades,” afirma.

El hecho de verse diferentes o superiores al resto de los chicos puede generarles cierta dificultad de adaptación al medio normal de sus pares, y en eso deben trabajar tanto los padres como los maestros. Aunque un chico tenga capacidades por encima de la media, los especialistas coinciden en que no es bueno hacerlo sentir diferente todo el tiempo, ni pretender siempre que él o ella tenga un mejor desempeño que el de sus pares, porque puede terminar sobreexigido.

Además, el hecho de tratarlos como especiales o diferentes puede llevarlos a una situación de mucho aislamiento, ya que al sentirse distintos les resulta difícil manejarse con sus pares: como no tienen con quiénes mirarse, compararse o compartir experiencias, están siempre desfasados. “Todo individuo con capacidades especiales, ya sea para más o para menos, sufre diferenciaciones de todo tipo, a favor y en contra”, dice Hoffmann.

“No son niños que no sufren porque están dotados; son niños que en algún momento no pueden terminar de realizar ese sufrimiento”, señala Armus, y concluye: “Hay que ayudar a los educadores y a los padres para que estos chicos no se queden afuera del sistema, porque así como quienes tienen dificultades en sus capacidades intelectuales o motrices deben ser incluidos, esto también vale para los niños que se destacan por encima de la media”.

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