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Cultura

28 agosto, 2019

El patriarcado interior: un viaje hacia los propios dones

Las mujeres trabajamos, criamos y muchas veces somos cabeza de hogar. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto sentirnos capaces? ¿Cómo podemos volcar el valor del alma femenina en este mundo tan materialista? Una reflexión a partir de la vida de Joan Didion.


Joan Didion, su marido y su hija en Los Ángeles en 1968. Foto: Julian Wasser / Netflix

Por Eugenia O. Gambetta

El viernes vi el documental sobre la periodista estadounidense Joan Didion. A los pocos minutos de empezar, recordé que alguna vez yo también quise escribir bien en inglés, casarme con un John G. Dunne, adoptar un bebé y vivir en una casa en Malibú. Del relato de su vida llena de dolor y encanto me impresionó una anécdota. Cuando Joan tenía diecinueve años, su madre le mostró un anuncio de un concurso de Vogue en la prensa y le dijo: “presentate: lo vas a ganar”. A los pocos meses, Joan ganó el premio, consiguió un puesto de redactora en la revista y escribió un primer artículo (“On self respect”), sobre aquel amor propio que definió su trabajo.

En el documental “Joan Didion: El centro cede“, que se puede ver por Netflix, su protagonista (la mismísima Didion) reflexiona sobre su exitosa carrera como escritora y sus conflictos personales. Un relato íntimo, en primera persona, dirigido por su sobrino Griffin Dunne, en el que la periodista pone al descubierto lo más oscuro de la cultura estadounidense y también de su propia vida. Más info: www.netflix.com

Joan Didion fue pionera en el viaje hacia los propios dones en la década del 60, pero todavía hoy las mujeres profesionales nos autolimitamos en nuestras carreras. Las que escribimos (periodistas, artistas, académicas) seguimos esperando la aprobación de otros a la hora de pensar y publicar, en mayor o menor medida. No siempre son las estructuras las que nos impide desplegarnos, sino la inseguridad subjetiva de no ser tan buenas, ni tan audaces y productivas como otros.

Algo implacable nos sentencia y ejecuta: a esto llamo el patriarcado interior.

La internalización de la voz patriarcal produce, muchas veces, la inseguridad intelectual o profesional de muchas, y esto no es algo que solo se revierte consiguiendo más cupos o más equidad salarial. Si se desestima una opinión por no ser lo suficientemente lógica o correcta, si un padre no quiere hablar de dinero frente a sus hijas o si uno le dice a su hermana, que vuelve con un posgrado en el exterior, “ahora cualquiera se doctora a los 28 años”, también se está ante el desafío de sobreponerse a desligitimaciones y privilegios todavía demasiado vivos.

¿Existe el patriarcado?

El documental de Didion lo vi la noche anterior a que apareciera en las redes una entrevista al psiquiatra Jordan Peterson, en la que éste sostiene que el patriarcado no existe. Allí argumenta que no solo las mujeres son las que tienen menos posibilidades laborales, sino también los varones. Estos, a su vez, son los que más se suicidan, los que más pueblan las cárceles y los que más mueren en las guerras. Más adelante retruca: no hay un patriarcado que discrimine mujeres, el mundo es competitivo, los excluidos son casi todos los seres humanos. Pequeños matices históricos aparte, esta mirada desestima otras dimensiones del fenómeno.

Peterson es un académico persuasivo que habla de temas poco sexys como la responsabilidad, el orden y los deberes. Tiene millones de seguidores. Entre ellos, mujeres y varones conservadores que se sienten identificadas con su “sentido común”. En aquellos ambientes tiene éxito porque él dice de una manera convincente razones que las religiones monoteístas han sostenido siempre.

Es curioso que entre quienes lo siguen haya mujeres que no lograron terminar sus estudios o, si lo hicieron, no pudieron conciliar familia y trabajo. Ellas, las mismas que en colegios privilegiados fueron animadas a alcanzar altos niveles intelectuales para influir en la sociedad, fueron aplastadas por la realidad en el momento de ser madres. En algunos casos, sus maridos, que se ríen del patriarcado y dicen que eso no existe, siguen refugiándose durante el día en sus espacios laborales del centro de la ciudad, mientras ellas crían a los hijos en las afueras, en casas con jardín y pileta, casi solas.

“En la mitad del arco de realidades y posturas, el juez interior actúa de todas formas. Esa “carga mental” de las mujeres, de la que tanto se habla es algo que, aunque quisiéramos, no podemos aún compartir con nadie. Ni Joan Didion se habrá librado de ella”.

El rol exclusivo de madre también es protegido por sectores de alta adhesión feminista, donde las tareas de cuidado se acuerdan como un aporte económico intangible. En uno y otro extremo, esas mujeres no logran insertarse tan fácilmente en el mundo laboral cuando los hijos crecen. Los años dedicados a la maternidad consciente no están bien valuados.

En medio de este espectro estamos las que trabajamos, criamos y muchas veces, somos cabeza de hogar. Las que tuvimos que dar saltos cualitativos, hacer escisiones mentales para poder concentrarnos y trabajar; las que luchamos por ser madres suficientemente buenas, pero teniendo que producir como un padre proveedor. En la mitad del arco de realidades y posturas, el juez interior actúa de todas formas. Esa “carga mental” de las mujeres, de la que tanto se habla es algo que, aunque quisiéramos, no podemos aún compartir con nadie. Ni Joan Didion se habrá librado de ella.

El ánima en los márgenes del materialismo

Un patriarcado es una construcción hegemónica y jerárquica donde la competitividad, la loca razón y la materialidad imperan. No es algo exclusivo del varón, cualquiera puede ser funcional a él. Si se habla tanto del patriarcado es porque aún hay que visibilizar algo que tiene más que ver con los vicios del capitalismo —de los que todos, sin embargo, disfrutamos en una u otra medida— que con la preeminencia de un género sobre otro.

En los márgenes del patriarcado intenta sobrevivir el principio femenino que C. G. Jung llamó ánima y también, la espiritualidad. Una sociedad con más presencia del ánima sería un cross de derecha al materialismo, un salto cualitativo imprescindible.

Pero el patriarcado también está dentro de nuestras conciencias y en nuestra autoestima. Es una tarea dura escuchar la voz interior que interpela instituciones que una solía respetar. Es difícil no tener certezas, soltar maestros y mandatos en un mundo tan complejo. En él tampoco parece haber lugar para la trascendencia y la afectividad, porque mostrarse creyente o vulnerable en la vida pública hoy sigue siendo imperdonable.

Reactivar el ánima en el mundo sería re-maternar a las sociedades y quizás esto deba tener expresiones políticas. Pero seguramente deba despertar primero en el fuero interno, mediante la experiencia interior, al decir de Georges Bataille. Es un camino menos cierto y solitario, pero seguramente fue el que hizo Joan Didion, animada, eso sí, por el poder del discurso materno.

Rodeada de varones durante sus jornadas de periodista, en San Francisco. Foto: ThoughtCo.

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