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Artes

13 diciembre, 2007

«El mundo de los chicos se pinta más rosa de lo que es»


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Ma­g­da­le­na Flei­tas – Com­po­si­to­ra, do­cen­te y mu­si­co­te­ra­peu­ta

Mag­da­le­na Flei­tas via­jó por La­ti­noa­mé­ri­ca bus­can­do can­cio­nes y así for­jó un es­ti­lo mu­si­cal que res­ca­ta tra­di­cio­nes en una mez­cla di­vi­na de fol­clo­re y ur­ba­ni­dad que aho­ra re­fle­jan sus dis­cos. En Bue­nos Ai­res, Flei­tas di­ri­ge un jar­dín de in­fan­tes y des­de allí afir­ma pa­ra quien quie­ra es­cu­char: “Mú­si­ca po­de­mos ha­cer to­dos”. Por Agus­ti­na Ra­bai­ni. Fo­tos: Elia­na Mos­co­vich.

Mag­da­le­na Flei­tas es una voz au­to­ri­za­da a la ho­ra de ha­blar so­bre el mun­do de los chi­cos y sus ro­man­ces con la mú­si­ca. Con­si­guió al­go ca­si im­po­si­ble: que los chi­cos de ciu­da­des co­mo Bue­nos Ai­res, po­co fa­mi­lia­ri­za­dos con el fol­clo­re, se en­tu­sias­ma­ran con esa mú­si­ca. A los 36 años, lle­va tiem­po via­jan­do con su ban­da a cues­tas por la Ar­gen­ti­na y otros paí­ses de La­ti­noa­mé­ri­ca, y en el ca­mi­no gra­bó los dis­cos Ri­sas de la tie­rra y Ri­sas del vien­to, don­de fu­sio­na lo fol­cló­ri­co y lo ur­ba­no en can­cio­nes co­mo pa­ra no pa­rar de can­tar y de bai­lar. En una ca­so­na de Pa­ler­mo, Mag­da­le­na tam­bién di­ri­ge un jar­dín de in­fan­tes, “El jar­dín de Mag­da”, que propone un in­no­va­dor pro­yec­to edu­ca­tivo y en ese mar­co con­ver­só con Sop­hia acer­ca del de­sa­fío de acom­pa­ñar a los chi­cos a sen­tir­se me­jor es­cu­cha­dos en una eta­pa ini­cial y fun­dan­te de la in­fan­cia.

–¿Siem­pre su­pis­te que que­rías de­di­car­te a es­to?

–Sí, la mú­si­ca es­tu­vo siem­pre y sa­bía que que­ría tra­ba­jar con chi­cos. Al prin­ci­pio, me es­pe­cia­li­cé en es­ti­mu­la­ción tem­pra­na y en tra­ba­jos con chi­cos que presentaban tras­tor­nos en el de­sa­rro­llo. Con el tiem­po, to­do se fue en­ca­mi­nan­do: es­tu­dié mu­si­co­te­ra­pia, me con­ver­tí en do­cen­te y via­jé in­can­sa­ble­men­te. Fue un ca­mi­no so­li­ta­rio, pe­ro tam­bién pu­de te­jer re­des con pa­res y así fui ha­cien­do ca­mi­no al an­dar. Fui tra­ba­jan­do, no pa­ré de mo­ver­me, y aho­ra mi­ro pa­ra atrás y di­go: “Uy, mi­rá la ban­da que ar­ma­mos”.

–¿Y el fol­clo­re?

–Es­cu­cha­ba mú­si­ca fol­cló­ri­ca des­de chi­ca. Mis pa­dres te­nían un fuerte com­pro­mi­so so­cial y via­ja­ban a pro­vin­cias del in­te­rior a mi­sio­nar. Cuan­do em­pe­cé a via­jar so­la, vi­si­ta­ba es­cue­las y lle­va­ba mi gra­bador­ci­to pa­ra ha­cer in­ter­cam­bios con los maes­tros y re­gis­trar las vo­ces de los chi­cos. Así pu­de gra­bar los can­tos de los chi­cos de la co­mu­ni­dad ya­mu­ní en el la­go Ti­ti­ca­ca. Fue tan ma­ra­vi­llo­so es­cu­char­los… los chi­qui­tos bo­li­via­nos can­tan a gri­to pe­la­do. Los ves tran­qui­li­tos, de al­gu­na ma­ne­ra su­mi­sos, y cuan­do can­tan sa­le un hu­ra­cán de aden­tro de la pan­za que te ha­ce reír por la vi­ta­li­dad que tie­nen. Pa­san de a uno, ha­cen una cir­cu­la­ción ex­tra­ña de poe­sías y cuan­do ter­mi­nan gri­tan: “¡Gra­cias!”.

–¿Te­nés hi­jos o ga­nas de te­ner­los?

–No to­da­vía, pe­ro des­pués de tan­tos años de tra­ba­jar con be­bés y ni­ños, con mi pa­re­ja em­pe­za­mos a pen­sar en esa po­si­bi­li­dad. Es­toy en pa­re­ja con el com­po­si­tor y es­cri­tor Luis Pes­cet­ti, y te­ner un hi­jo es par­te de nues­tro pro­yec­to fa­mi­liar. Con Luis hi­ci­mos un re­co­rri­do pa­re­ci­do: es­tu­vi­mos muy vol­ca­dos ha­cia afue­ra y aho­ra nos gus­ta­ría traer to­do lo que co­no­ce­mos del mun­do de los ni­ños a nues­tra vi­da per­so­nal. Des­pués de mu­chos años de tra­ba­jar con chi­cos, co­noz­co las ca­ren­cias de los be­bés y a las ma­más que se van des­ga­rra­das a tra­ba­jar por­que no tie­nen otra op­ción. Si que­da­ra em­ba­ra­za­da, es­ta­ría dis­pues­ta a de­le­gar par­te del tra­ba­jo. Mag­da­le­na, que cum­plió 36 años, cre­ció en una fa­mi­lia don­de las me­lo­días flo­ta­ban en el ai­re: su bi­sa­bue­lo era mú­si­co, y con sus cin­co her­ma­nos, pri­mos y tíos can­tan has­ta el día de hoy en fies­tas fa­mi­lia­res. Se formó con los planteos de ar­tis­tas que pro­po­nían la mú­si­ca des­de un lu­gar muy ex­pre­si­vo y es­tá con­ven­ci­da de que “mú­si­ca po­de­mos ha­cer to­dos”.

­–¿To­dos?

–La mú­si­ca fue su­frien­do de ese mi­to que di­ce que pa­ra po­der vi­vir es­tas ex­pe­rien­cias, te­nés que ser un do­ta­do o un vir­tuo­so, pe­ro to­dos po­de­mos can­tar. To­dos los ni­ños es­cu­chan la voz de la ma­má, lo que can­ta la abue­la, y esos so­ni­dos ter­mi­nan con­for­man­do un len­gua­je muy afec­ti­vo. El que no can­ta en la du­cha, can­ta en el au­to, y los chi­cos van de la sa­la al pa­tio can­tan­do. La re­pre­sión so­cial ha­ce que los adul­tos de­je­mos de can­tar, pe­ro cantar es muy li­be­ra­dor. A los pa­pás les pi­do que se sien­ten a can­tar, que pon­gan mú­si­ca y bai­len con sus hi­jos.

–¿Qué opi­na de los con­cur­sos mu­si­ca­les de la te­le?

–Al­gu­nos es­tan­da­ri­zan la ex­pre­sión mu­si­cal: hay que can­tar y bai­lar co­mo la chi­ca de High School Mu­si­cal, y en­tre to­dos ar­man una es­pe­cie de ca­rre­ra de con­cur­sos. Lo po­si­ti­vo es que aho­ra mu­chos chi­cos an­dan con sus gui­ta­rras, van a ta­lle­res y rea­li­zan ac­ti­vi­da­des mu­si­ca­les co­mo par­te de su cu­rrí­cu­la es­co­lar. El cre­ci­mien­to de la ex­pre­sión mu­si­cal en los úl­ti­mos diez años es lla­ma­ti­vo. No ocu­rre en to­dos los paí­ses.

–¿Qué apren­dés vos de los chi­cos?

–Me asom­bra la re­la­ción di­rec­ta que tie­nen con las co­sas. Los gran­des so­mos men­ta­les, nos ago­ta­mos pen­san­do y eno­ján­do­nos. Los chi­cos tie­nen otro ma­ne­jo de la ener­gía; pa­san an­gus­tias, mie­dos e in­se­gu­ri­da­des, pe­ro las vi­ven des­de lo emo­cio­nal. Es­ta re­la­ción con el mun­do tan co­nec­ta­da con las emo­cio­nes y los de­seos per­mi­te apren­der mu­cho. Los gran­des es­ta­mos so­brea­dap­ta­dos, nos ol­vi­da­mos de lo que que­re­mos. Pa­ra los chi­cos to­do es nue­vo; mi­ran de­ba­jo de la me­sa y des­de allí sa­can fo­tos de un mun­do que no­so­tros ya no mi­ra­mos.

–¿De qué manera los ayu­dás co­mo mu­si­co­te­ra­peu­ta?

–La mu­si­co­te­ra­pia es un abor­da­je te­ra­péu­ti­co ri­quí­si­mo, con mu­chos re­cur­sos pa­ra abrir puer­tas. Al crear, sa­cás afue­ra tus emo­cio­nes, y eso que te do­lía y en­fer­ma­ba se ha­ce mú­si­ca. Mediante las can­cio­nes, los chi­cos se vin­cu­lan di­rec­ta­men­te a lo afec­ti­vo, sa­can sus tris­te­zas, ce­los, mie­dos, di­fi­cul­ta­des y com­par­ten su ale­gría. Es im­por­tan­te de­jar que los chi­cos se de­ten­gan un ins­tan­te a es­cu­char lo que les pa­sa y nom­brar­lo.

–¿Hay mú­si­ca pa­ra chi­cos?

–Sí, pe­ro ese con­cep­to a ve­ces se in­fan­ti­li­za. La mi­ra­da de los chi­cos es­tá tan lle­na de con­tra­dic­cio­nes co­mo la nues­tra. En ge­ne­ral, se pin­ta el mun­do de los chi­cos más ro­sa de lo que es, y ése es un pre­jui­cio de los gran­des. No ve­mos lo di­fí­cil que es cre­cer, có­mo due­le la pan­za, có­mo in­co­mo­da asu­mir con­sig­nas y te­ner que com­par­tir cuan­do no se es­tá pre­pa­ra­do. El mun­do de los chi­cos es in­ten­so y con­tra­dic­to­rio, y las can­cio­nes tie­nen que abor­dar eso. Es im­por­tan­te que ha­ya algunas que ge­ne­ren un cli­ma ín­ti­mo e in­clu­so tris­te. Una can­ción así pue­de ayu­dar­los a ver que a sus pa­res les pa­san co­sas pa­re­ci­das.

 

Can­ción con to­dos

“En Bue­nos Ai­res, to­dos te­ne­mos una sed de fol­clo­re muy gran­de. Yo no pen­sa­ba de­fi­nir mi tra­ba­jo co­mo fol­cló­ri­co, pe­ro se fue de­fi­nien­do por la res­pues­ta de la gen­te. No me da­ pa­ra ha­cer rap, pe­ro soy ur­ba­na; no me da­ pa­ra can­tar una vi­da­la, pe­ro me en­can­tan las vi­da­las. Y me gusta el can­dom­be, que es uru­gua­yo. En­ton­ces, hi­ce to­do mi re­co­rri­do para unir tra­di­cio­nes. Siem­pre in­ten­to ha­blar de la tie­rra y de los ani­ma­les. En la ciu­dad, los chi­cos es­tán des­co­nec­ta­dos de la na­tu­ra­le­za”.

ETIQUETAS educación hijos música

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