El lado B del Mundial: lo que no se ve detrás de la gran fiesta del fútbol - Sophia Online

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El lado B del Mundial: lo que no se ve detrás de la gran fiesta del fútbol

Desde la fundación ÁGAPE de México, se lanzó la campaña "Fuera de lugar", un llamado a ampliar la conversación sobre las problemáticas que el festejo deportivo opaca.

POR Vero Flores Desentis

Cada cuatro años el mundo ensaya una versión de sí mismo que pocas veces consigue sostener el resto del tiempo. Personas que no hablan el mismo idioma empiezan a entenderse con los mismos códigos, ciudades enteras cambian su ritmo y desconocidos terminan abrazándose durante noventa minutos como si hubieran crecido juntos.

Los grandes eventos deportivos siguen siendo uno de los pocos rituales contemporáneos capaces de producir algo que parece cada vez más escaso: una sensación genuina de comunidad. Quizá por eso mismo resulta tan difícil hablar de lo que también ocurre alrededor de ellos.

Con la llegada del evento de fútbol de 2026, México ocupa un lugar central dentro de una celebración global. La conversación pública está —y debe estar— alrededor del turismo, la infraestructura, la seguridad y las oportunidades económicas.

Pero hay otra conversación que históricamente aparece mucho menos y que suele entrar demasiado tarde: cómo los contextos de alta movilidad y alto consumo pueden aumentar riesgos preexistentes de explotación y trata de personas.

Cuando hablamos de trata de personas no hablamos solamente de secuestros o redes criminales como suelen mostrarse en series o películas. Hablamos también de situaciones donde una persona es captada, trasladada o mantenida mediante coerción, engaño o abuso para ser explotada, obligada a trabajar o privada de decidir libremente sobre su propia vida.

La pregunta no es si el fútbol genera trata. La pregunta es qué hacemos para no fomentar productos o servicios que vienen de la explotación de personas. Lo que muestran distintos análisis internacionales es algo más complejo: los grandes eventos pueden amplificar vulnerabilidades ya existentes cuando coinciden movilidad masiva, turismo, economías informales y aumento del consumo.

Una conversación necesaria

Entre el Mundial de Rusia 2018 y el de Qatar 2022, la ONU registró un aumento del 25% en víctimas de trata detectadas a nivel mundial y un incremento del 47% en víctimas detectadas con fines de trabajo forzoso. Estos datos no prueban causalidad, pero sí obligan a abandonar una idea cómoda: que la celebración ocurre completamente separada de las condiciones sociales que la rodean. Más aún cuando el contexto global ya era alarmante incluso antes de pensar en 2026.

Hoy existen alrededor de 50 millones de personas viviendo en condiciones de esclavitud moderna. El 61% de las víctimas detectadas son mujeres y niñas. El 38% son menores de edad.

Y cuando hablamos de esclavitud moderna no hablamos de algo lejano o del pasado. Hablamos de personas obligadas a trabajar sin posibilidad real de salir, de explotación sexual, de jornadas impuestas mediante amenazas, de servidumbre por deudas o de situaciones donde alguien no tiene más libertad de decisión sobre su propio cuerpo o su trabajo. Pero incluso cuando hablamos de millones y porcentajes, hay algo que estos números pueden hacernos olvidar: este delito no se vuelve importante porque le pase a muchas personas. Se vuelve suficientemente grave desde la primera. La razón por la que insistimos en mirar los datos no es para competir por atención ni para demostrar magnitud; es porque detrás de cada cifra hay alguien cuya vida dejó de poder decidirse libremente.

Y aun así, la escala importa por otra razón. En 2024, la Organización Internacional del Trabajo estimó que el trabajo forzado —incluyendo explotación sexual forzada— genera alrededor de 236 mil millones de dólares anuales en ganancias ilegales. Para ponerlo en perspectiva: esa cifra equivale a una economía criminal que genera cada año recursos que superan ampliamente el valor combinado de clubes que millones seguimos cada fin de semana. Más que River Plate y Boca Juniors juntos en Argentina. Más que América, Chivas, Tigres y Monterrey juntos en México.

No estamos hablando únicamente de violencia. Estamos hablando de una economía. Y donde hay economía, hay incentivos. Donde hay incentivos, hay mercado. Y donde hay mercado, también hay consumo.

Durante mucho tiempo pensé que estos datos demostraban que necesitábamos hablar más. Con el tiempo empecé a sospechar que quizá necesitábamos hablar distinto.

Desde ÁGAPE —una fundación dedicada a prevenir la trata de personas, crear conciencia y construir alianzas para fortalecer respuestas frente a la explotación— llevamos casi dos décadas viendo algo que se repite. Gran parte de nuestros esfuerzos aparecen cuando el daño ya ocurrió.

Y fue justamente desde esa experiencia que nació FUERA DE LUGAR: una campaña que busca transformar la conversación alrededor de los grandes eventos y preguntarnos si también podemos prevenir cambiando aquello que normalizamos, consumimos o dejamos pasar.

Cuando hablamos de trata solemos pensar en tratantes, víctimas, rescate, denuncia y atención. Pero hablamos mucho menos del mercado. Mucho menos del consumo.

Vero Flores Desentis, la fundadora y directora general de ÁGAPE.

Y casi nunca hablamos de todas esas decisiones aparentemente pequeñas que vuelven rentable que el sistema siga funcionando. La conversación pública suele terminar en una frase conocida: si sabes algo, denuncia. Y claro que necesitamos denuncia. Pero si parte del problema depende de que exista demanda, quizá también necesitamos intervenir aquello que ocurre antes del daño: las conversaciones, las expectativas y las normas sociales.

FUERA DE LUGAR no es una campaña contra el fútbol ni una campaña construida desde el miedo, sino como una apuesta por mover la conversación de la reacción hacia la prevención. Tomamos el lenguaje del fútbol porque conserva algo que muchas conversaciones públicas han perdido: reglas claras: casi cualquiera entiende una tarjeta roja. Casi cualquiera entiende un fuera de lugar. Entonces quisimos trasladar esa lógica fuera de la cancha.

La campaña se construyó alrededor de tres verbos: informar, porque nadie cuestiona aquello que nunca aprendió a ver; incomodar, porque hay conversaciones que no cambian hasta que dejan de sentirse cómodas; e inspirar, porque señalar un problema sin abrir una posibilidad de acción termina generando indiferencia. Cada elemento de FUERA DE LUGAR busca hacer esas tres cosas al mismo tiempo: acercar información, desafiar narrativas instaladas y abrir una conversación sobre corresponsabilidad y consumo.

Hasta ahora, esta conversación ha llegado a millones de personas. Traducido a una imagen más humana, equivaldría a llenar más de sesenta veces el Estadio Azteca en Ciudad de México con personas que al ver el mensaje de la campaña se están replanteando esta conversación; o alrededor de sesenta y dos Monumentales de River o más de noventa Bomboneras completas.

Pero el dato que más me importa no es ese. Lo más importante es recordar que detrás de cada conversación hay personas reales y que varias posibles situaciones relacionadas con trata de personas han encontrado una ruta de atención y canalización. No porque unos cuantos casos cambien una estadística global. Sino porque ninguna persona debería necesitar convertirse en estadística para justificar que actuemos.

Todavía no sabemos si esta campaña puede transformar una estructura tan compleja como la trata de personas en el contexto de los mega eventos deportivos. Lo que sí sabemos es que una conversación que nunca cambia difícilmente transforma una realidad.

Y quizá la prevención más profunda no empieza cuando alguien llama para pedir ayuda. Quizá empieza mucho antes. Empieza cuando dejamos de considerar normal aquello que nunca debió formar parte de la celebración. Empieza cuando entendemos algo incómodo: que la demanda también tiene hinchada. Y que si no hablamos de ella, el marcador nunca va a cambiar.

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