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El humor puede salvarnos

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Es una actriz integral y sabe que el plus está en entregar todo en cada trabajo. Formada con grandes maestros de interpretación, estudió además baile y canto. En la televisión, en el cine o en el teatro, les pone el cuerpo a sus personajes con una descarga vital de talento y altas dosis de gracia. ¿Por qué reímos, Muriel? Ella tiene mucho que decir al respecto. Por María Eugenia Sidoti

Qué vértigo tener la posibilidad de subirse a la cabeza de alguien. En aquel film de Spike Jonze que nos preguntaba “¿Quieres ser John Malcovich?”, un grupo de morbosos aficionados se metía por un túnel para habitar unos instantes el cuerpo del actor y tener así una panorámica de su vida. Una historia extraña, llena de humor, que revelaba el costado más irracional de la visión que tenemos del ser y de la fama.

Todo lleva a pensar que desde la cabeza de la actriz Muriel Santa Ana debe de haber una vista privilegiada al sinsentido que ocupa, en primer lugar, ser considerado alguien famoso. “Me parece que las personas que tienen llegada al público generan curiosidad y mucha fantasía. Puede sonar a lugar común, pero es una vida como otras, no envuelve ningún glamour”, explica.

De hecho, durante la última entrega de los premios Martín Fierro, en la noche que supone la gran oportunidad de meterse dentro de un traje de celebridad y subirse a unos tacos lungos, ella decidió quedarse viendo la transmisión desde su casa, en pijama. Esta vez (la primera en que no fue ternada ni recibió el premio de APTRA), Muriel da cuenta de que el universo no se inmutó y todo siguió su curso. “Ser actor es una hermosa categoría, tiene una cosa muy lúdica y algo de excentricidad. Pero teóricamente, desde ese punto de vista, los actores tendríamos que ser unos iluminados y ese, al menos, no es mi caso”.

Bromea, claro, con su particular sentido del humor. Y no es que ande revoleando chistes a cada paso, como el payaso que arroja chupetines de colores por la kermés. Pero en su forma de hablar, de reírse, de hacer cierto gesto con la boca, habita la actriz que sabe perfectamente cómo hacernos reír con sus interpretaciones. Desde su papel de Grace en Lalola (2007), pasando por Lucía, la desesperada protagonista de Ciega a citas (2009), hasta su último papel televisivo interpretando a Ingrid, “la Polaca”, una mujer querible y algo desquiciada en Sos mi vida, el año pasado. O, para quienes hayan tenido oportunidad de verla (y vale la pena hacerlo), en el teatro. En su actual puesta, la comedia francesa Lluvia de plata (en el Multiteatro, junto a Luciano Cáceres y bajo la dirección de Arturo Puig), queda claro que, si algo sabe Muriel, es actuar. Y después, además, tocar con destreza la fibra del humor. Rico plus.

–¿Cómo te hace sentir la responsabilidad de ser cómica?

–Lo que me pasa es que mi sentido del humor se despliega en zonas donde estoy contenida. A veces hay una imagen esperable de mí de que yo llegue y los haga morir de risa. Ya ves claramente que no. Podemos conversar y pasarlo bien. Pero no te puedo hacer un personaje ahora para la entrevista. Sí puedo hacer una comedia, porque es algo que pongo al servicio de actuar. Veo que se espera de mí un derroche de simpatía, pero no hay caso, no viene…

–Eso a mí, por ejemplo, ya me hace reír. ¿Qué es para vos el humor?

–Algo que forma parte de mí. Entiendo por humor la capacidad de poner distancia sobre una situación. De no quedar capturado y creer que algo es definitivo. Es correr el punto de vista y evaluar las cosas desde otro lugar. Una vez que hacés eso, inmediatamente el foco cambia y se relativiza lo que sea que esté pasando. En eso ayudan mucho la familia, los amigos y los propios recursos. Hay gente que no se ríe de nada y tal vez sea porque se siente muy importante. Si no hay registro de las propias fallas y la finitud, la vida se vuelve una carga pesada, no hay humor posible.

–¿Todo puede ser relativo?

–No todo, pero hay cierta relatividad. Y hay que encontrar el valor en las relaciones, en el momento presente, en el paso del tiempo. El “pasalo bien” no tiene que ser vacío; hay que pasarlo bien conectándose y estando comprometido, queriendo a los compañeros, dejándose querer. En mi caso, tratar de trabajar para dar algo que sea hermoso y conecte a la gente con otras cosas, que la sensibilice y, en lo posible, la haga pensar. Eso ya es muchísimo. No me creo la dueña de hacer ese movimiento, es solo lo que quiero que me pase cuando veo actores que me gustan. El trabajo de un actor bien hecho es no dejarte nunca en el mismo lugar. Y eso es parte del humor también.

–¿Por qué es importante reír?

–Porque yo creo que el humor puede salvarnos. Nos revela el sentido de la vida y de uno mismo. Para eso, primero hay que reírse del supuesto lugar que uno ocupa. El título “¡Llegaste!”, como quien accede a determinado lugar, te tiene que dar risa. Las etiquetas siempre vienen a tratar de definir aquello que no se entiende. Pero lo que no se entiende es en realidad el recorrido de una vida, lo inasible y disparatada que puede ser. Yo le rajo a eso de meter todo adentro de algo preestablecido. No me interesa que me peguen una etiqueta de nada, que digan que soy esto o lo otro. Ni yo misma sé quién soy, es una búsqueda permanente y estoy en constante interpelación conmigo misma.

–¿Y cómo viene eso?

–Y… no obtengo muchas respuestas, la verdad.

Palabras más

Muriel se crió en una casa en la que todo podía pasar. “Era un ambiente insólito y genial. Había mucho movimiento, mucha vida”. Por su infancia recuerda haber visto desfilar personas siempre interesantes, entre actores, pintores, músicos y psicoanalistas, de las que rescató algún detalle, una sensibilidad o una palabra. “Yo crecí con ese crisol”, define. Algo entendible si se tiene en cuenta que ella es la hija menor del gran Walter Santa Ana. “Mi papá, antes que todo, era actor. La vida le pasaba por ahí. Y tenía un humor excepcional, era brillante”, lo recuerda con devoción. Después del divorcio de sus padres, ella vivió con su hermana y su mamá, una peluquera en constante búsqueda espiritual, que le impartió un interés particular por el sentido de la vida.

Formada en el teatro de la mano de maestros enormes, como Agustín Alezzo y Rubén Szuchmacher, habla como quien repasa un texto bien aprendido, con una corrección idiomática llamativa y por demás grata. “Soy adepta a hablar bien, es parte de mi formación. El teatro me transmitió el valor de la palabra. Mis maestros siempre defendieron esa poética y yo la trasladé también a la vida. Las palabras me rescatan, me sacan de ciertos estados. Veo un mutilamiento del vocabulario que me resulta doloroso y eso me rebela, porque impacta en todo: se precarizan las relaciones, el horizonte, los sueños… ”.

De su vida personal actual solo dirá que está en pareja desde hace siete años, con un músico, y que no tiene hijos. “Me ocupo de desalentar el tema porque cultivo un perfil bajísimo, prácticamente invisible”. Lo dice y recién entonces se saca los anteojos negros, enormes, que casi no dejan ver detrás.

–¿Qué te interesa que se sepa de vos?

–Que me inclino por bordar valores que tengan que ver con la libertad y la verdad; con lo grande y no con lo chiquito o esperable. Yo voy por lo inesperado y ando liviana, por eso no hay bajada de bandera en mi posición.

–¿Por qué creés que las mujeres de tu generación sienten que podrían ser tus amigas?

–¿Te parece? No lo sé. Lo que veo a lo largo de este periplo es que he despertado mucha empatía con la gente. Una cercanía que se dio a partir de mi trabajo. Eso me conmueve, porque es algo que se construyó a partir de la llegada que tiene lo que hago. Pero es estrictamente desde los personajes que he hecho.

–¿Será porque lográs un registro muy humano?

–Interpreto personajes con muchas debilidades, o muy francos, expuestos. Y la imperfección me gusta, sí. Entonces, me siento elegida, afortunada, porque en la televisión la imagen es todo y mi imagen… bueno, es la mía, la única que tengo. No traté de forzar o de adaptar algo mío a ese lenguaje y nunca pensé que yo debía cambiar, sino al revés: siempre respeté el espacio de la televisión y le di un valor, con la idea de que puede ofrecer lugar para diferentes expresiones. Si voy a estar ahí, tengo que creer. No puedo estar en un lugar que desvalorice, que no respete, que no me interese.

–¿Cuál creés que fue tu herramienta para quebrar con el arquetipo de la protagonista femenina?

–El hecho de no ser una chica flaca, de no tener una imagen esperable. Pero no creo haber quebrado nada, pienso más bien que he inspirado confianza. Soy leal conmigo misma y tengo la enorme fortuna y emoción de no haber hecho cosas que no me gustaran, de haber podido elegir y prepararme. Este trabajo tiene una célula matriz que es la intermitencia. Hay muchos momentos de desprotección a lo largo de la carrera de un actor. Pero la protección no te la puede dar un productor, la tenés que armar vos. Si no, caés en el reclamo de que todo te lo tienen que solucionar. En el trabajo y en la vida existe el intercambio: hay oportunidades, hay elecciones y finalmente está en uno hacer, o no, una gran entrega cada vez. Y yo hago enormes entregas porque, si no, me aburro, me pongo de malhumor.

–¿Cómo te sentís al despedirte de cada personaje y abrirle el cuerpo a uno nuevo?

–Las despedidas son pura emoción porque se termina algo. Pero es eso: última escena de Muriel, interpretación, aplausos. Lo difícil es despegarse del grupo humano del que uno fue parte y sí, claro, está el pequeño duelo de toda despedida. Igual, la actuación es algo vital y siempre siento que estoy empezando de nuevo. Un personaje es algo que tengo que inventar e ir desplegando a lo largo del tiempo.

–¿Sentís que hay un humor elegante y otro más berreta?

–Sí, hay un humor elegante, con pensamiento. ¿Por qué nos reímos? En mi obra hay un absurdo, con personajes que están al límite, y los desesperados siempre son graciosos. Pero el humor tiene que estar habitado por la profundidad de una reflexión. Cuando el chiste está puesto en cuestiones de desvalorización de género, en la sexualidad, en un defecto del cuerpo del otro, eso puede dejarnos rebajados a niveles de pantano. Y no se sale de la vulgaridad. Pero cuando hay un actor atravesado de algo, el humor es genuino y hace que, hasta en el drama, la liviandad resulte positiva. La liviandad no es reírse de todo y ser un desconectado, es estar profundamente adentro de la vida y encontrar los propios sentidos.

–¿Y qué sentido tiene para vos todo este recorrido? 

–Yo hago mi camino y no saber qué va a ser de mí me propone una neurosis interesante. Ser actriz es algo particular… Te coloca como en una realidad paralela. Pero un día te das cuenta de que no sos ni Gardel y los guitarristas ni el último grano de arena. Entonces, si sos una persona que sabe escuchar y respeta la vida, podés integrarte.

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