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26 mayo, 2010 | Por

El fuego renovador


A veces, las parejas pasan por crisis que parecen arrasarlo todo. Pero de las cenizas de esos incendios surge una fuerza vital que los impulsa a seguir adelante.

Lo vi en Discovery Channel o en NatGeo, no lo recuerdo bien. En un programa, un científico mostraba una piña grande caída de un árbol. El hombre contaba que esa piña tenía en su interior una semilla que germinaba sólo cuando el calor del fuego debilitaba la parte externa, abriéndole el camino hacia su transformación en nuevo árbol.

“No siempre los incendios de bosques son dañinos, ya que sólo el fuego permite que estas semillas germinen. Esto habilita que nuevos árboles puedan nacer y que se renueve la flora de la zona incendiada”, decía el científico. Claro, como suele pasar con un psicólogo al que se le da por mirar programas acerca de la naturaleza, mi mente empezó a hacer analogías. “No siempre son dañinos los incendios…”, la frase resonaba en mi cabeza, mientras veía en la televisión el verde nuevo que emergía del terreno quemado; un verde lleno de energía y con toda la frescura de lo recién nacido.

Pensé entonces en las parejas y en esos momentos de su historia en los que surge un fuego que parece arrasarlo todo, pero que, en perspectiva, permite que las cosas cobren renovado verdor, el verdor de la verdad, sea juntos o separados.

Si siguen juntos, la semilla que germina hace nuevo lo que parecía no serlo. Si hay separación, aun atravesando un desierto, lo genuino se impondrá y lo nuevo estará en lo que surja, echando raíz en una tierra que ha sido fertilizada por la experiencia y el aprendizaje.

El ser humano es un animal de costumbres, y está bien que así sea (enloqueceríamos si viviéramos como si todo ocurriera por primera vez). Pero no hay que exagerar. Lo que era nuevo y brillante, como una pareja de enamorados, pronto pasa a generar costumbres gratas y otras no tan gratas. Empiezan los automatismos que parecen un bosque añejo, sereno, previsible, pero difícil a la hora de generar nuevos verdores. Un bosque lleno de energía contenida, en el que se acumulan cortezas, crecen yuyos, quedan cuentas pendientes y se dejan sin digerir situaciones de las que a veces ni los protagonistas son conscientes debido al ajetreo al que se ven expuestos en el funcionar de cada día. Esos bosques añejos parecen eternos, como si siempre hubieran estado allí, y como si siempre fueran a perdurar de esa manera. Pero no. Llega el fuego para despertar, no siempre para destruir. Porque, ojo, no necesariamente ese fuego es una crisis terrible. A veces, es un hecho que permite ver todo con una mirada que apunte a la sustancia viva de lo que es la pareja.

Una enfermedad, un viaje en el que se redescubren antiguas intimidades, un tercero en discordia, una crisis existencial, una pelea antológica, un encuentro fortuito con la pareja en un contexto diferente (el otro día un paciente me contaba lo “raro” y grato que fue encontrarse con su mujer por la calle y sentarse a tomar un café), un hijo que atraviesa una dificultad y exige al vínculo fuerza para superar el desafío… A conciencia pongo en el mismo lugar lo trágico, lo triste y lo que es grato. Reitero: el fuego es aquello que despierta, que permite que aparezca la vida en potencia que está allí, como dormida.

Tras el fuego, aparece ese verde nuevo, el del reencuentro, el de la reconciliación con uno mismo y con el otro, el de la verdad… A veces, el fuego duele, puede parecer un abismo sin fondo, dando la impresión de que nada podrá nacer tras su paso. Pero todo indica que no, que tras el calor y las llamas, una semilla nueva nace, y lo que era sigue siendo, sólo que ahora, despiertos gracias al fuego, nos damos cuenta y sentimos más viva a la vida.

ETIQUETAS crisis renacer Vínculos

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