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Laurence Freeman: «El fruto de la sabiduría es la compasión”

El monje benedictino inglés habló con Sophia sobre su vida, su camino espiritual y la importancia de encontrarnos profundamente con los otros.

Se lo ve tan sereno, tan centrado, tan contento que después de un rato de escucharlo una empieza a preguntarse: “¿Cómo hace?”. Llegó a la Argentina hace unos pocos días y no paró un segundo: visitó colegios e instituciones, viajó a Córdoba para guiar un retiro, volvió a Buenos Aires para dar charlas, se reunió con referentes de la meditación cristiana y ahora está a punto de volar a Brasil para continuar con este raid por tierras latinoamericanas. Pero Laurence Freeman está como si nada, charla distendido, no se queja del cansancio, se ríe y pasa de un chiste ocurrente a una idea profunda de un segundo para el otro, con la naturalidad de quien se mueve en territorio conocido.

Y mientras él habla con sencillez, una no puede dejar de pensar que este monje benedictino inglés es la cabeza de la Comunidad Mundial de Meditación Cristiana, que sus libros se leen en todas partes, que se reúne con los líderes religiosos para propiciar un diálogo interespiritual o que viaja por todo el mundo dando retiros y conferencias… En fin, que el  tipo es un capo, y acá está, lo más sonriente, compartiendo una charla con Sophia y sabiendo que le espera un día lleno de actividades. Y una, que no da abasto con la vida cotidiana, vuelve a preguntarse: ¿Cómo hizo para llegar hasta acá? ¿Será que las cosas se le fueron revelando de una manera sobrenatural? ¿O será, tal vez, que Dios simplemente le allanó el camino por ser monje?

Bueno, lamentablemente para nosotros, a quienes a veces nos gusta creer que las cosas pueden ser fáciles, la respuesta es no. A medida que avanza la charla, una se va dando cuenta de que Dios no le hizo ninguna gauchada; que no se la hizo más fácil que a nosotros, seamos abogados, médicas o amas de casa. Lo que una va descubriendo mientras él desanda el camino de su vida a través de anécdotas, recuerdos o pensamientos, e incluso a través de bromas, es que le llevó 60 años llegar hasta acá y que su sendero fue tan sinuoso y complejo como el de cualquiera. No zafó de las dudas, de los miedos ni del trabajo arduo; y Dios no se le reveló de manera sencilla, sino que tuvo que ir a buscarlo en lo profundo de su alma.

Así que Laurence no fue un niño perfecto, ni soñó con ser sacerdote ni con dedicar su vida a crear una sociedad más justa. De hecho, quiso ser un novelista famoso, conquistar el mundo… Y el mundo terminó “conquistándolo” a él: se entregó a las cosas de Dios tanto como a las cosas de los hombres. Aunque se toma su tiempo para meditar, no está encerrado en el claustro de su monasterio londinense, sino que sale a actuar en la sociedad, preocupado por la realidad en la que vivimos, por la pobreza, por la crisis social, política y religiosa; por los fundamentalismos o por la falta de diálogo entre los seres humanos.

Laurence nació en Londres en 1951, creció entre relatos fantásticos sobre la isla irlandesa de Bere –de donde era su mamá–, disfrutó de la compañía de una hermana y un hermano, y cuando terminó el colegio se inscribió en la Universidad de New College, en Oxford, para estudiar Literatura Inglesa. Más tarde trabajó como periodista y probó suerte en el mundo de los bancos. ¿Y cómo llegó a hacerse monje? Bueno, mejor que lo cuente él a lo largo de esta charla que no empieza con su infancia, sino con uno de los más profundos anhelos del ser humano: la libertad. 

–Algunos creen que los nombres tienen cierta influencia sobre nuestra vida. El suyo es Freeman, “hombre libre” en castellano. ¿Se siente hoy un hombre libre?

Es cierto, pero mi nombre también es Laurence. San Laurence fue llevado a la muerte en el siglo II, y es el patrón de los cocineros, porque lo cocinaron, literalmente. Eso puede tener un efecto, porque me encanta la comida (ríe). Bueno, lo cierto es que a mí me gusta la historia de San Laurence, que era diácono cuando en el año doscientos y pico el prefecto de Roma trató de robar las riquezas de la Iglesia y le ordenó a Laurence que se las entregara. Entonces, él se apareció a los tres días con todos los pobres, lisiados, ciegos y sufrientes que había encontrado en Roma, y le dijo: “Ésta es la riqueza de la Iglesia…”. Pero el prefecto no tenía sentido del humor y lo mandó a quemar. Se cuenta que mientras lo “asaban”, Laurence bromeaba, y decía: “Denme vuelta, que ya estoy listo de este lado” (se ríe). Cuando escucho estas historias, creo que los nombres tienen influencia sobre nosotros. Además, mi apellido es Freeman y eso hace que la gente espere que uno actúe en consecuencia. Creo que hay una libertad de acción, pero también existe la libertad del ser; y esta última es mucho más importante, porque no hay límite en la libertad interior. Entonces, existe la libertad “de” y la libertad “para”, y creo que me he liberado de las limitaciones o los miedos internos y soy más libre para amar.

–¿Recuerda en qué momento de su vida comenzó a sentirse más libre y cómo fue ese proceso?

Bueno, uno de mis primeros recuerdos es cuando aprendí a atarme los cordones y creo recordar a esa temprana edad cómo eso me hizo sentir una expansión de mi conciencia, porque pude hacer algo que pensé que nunca podría. Más tarde, cuando venía del colegio, me detenía en un negocio en el que vendían estampillas y miraba la vidriera. Un día pasó caminando por allí un amigo de la familia y me saludó; al día siguiente yo estaba mirando la misma vidriera y el hombre del día anterior volvió a pasar, me vio, se rió y me dijo: “Oh, ¿seguís acá?”. En ese momento sentí otra vez esa expansión de la conciencia, porque me di cuenta de que existía para otras personas.

–¿En aquel entonces soñaba con ser sacerdote?

No, no tenía ningún deseo de ser monje en esa época y tampoco lo tuve después. Cuando terminé el colegio, me puse a estudiar Literatura en la universidad y trabajaba como periodista freelance, escribiendo para algunos medios. También quise conocer el mundo de los bancos, y trabajé allí durante un tiempo, aunque ni siquiera era bueno para las matemáticas (se ríe). A los 14 años, había conocido a John Main –que después fue mi maestro y el creador del primer Centro de Meditación Cristiana en Londres– porque él enseñaba en mi colegio. Cuando estaba en el primer año de la universidad, tuve una crisis muy fuerte y fui a verlo al monasterio que él dirigía. Había muerto mi hermana y para mí había sido un gran shock. Él me introdujo poco a poco en la meditación, y yo sentí intuitivamente que era lo correcto, aunque intelectualmente no podía entender nada en absoluto. Sin embargo, años más tarde, a los 26, volví e hice un retiro de seis meses. Había dejado mi trabajo en el banco y tenía tiempo libre; en el monasterio podía seguir escribiendo, así que fui. Pero al cabo de esa experiencia, tenía que volver a mi trabajo. Era periodista y escritor, y eso era lo que quería hacer, así que me dije: “Bueno, ya está. Ya hice el retiro, aprendí a meditar y ahora vuelvo a mi vida”.

–¿Así nomás?

No (se ríe). Después de decir eso, tuve un shock enorme, entré en un conflicto interno con la idea de ser monje. Cuando volví a mi vida, me di cuenta de que ya no tenía la clase de ambición de antes de empezar el retiro. Antes quería se rico y famoso (se ríe), quería ser un escritor conocido, tener éxito en el mundo, conquistarlo. Pero después del retiro ya no me atraía tanto eso. Como tampoco quería ir al monasterio, busqué toda clase de alternativas y nada parecía funcionar. Pensé en dedicarme a viajar, en hacer otro tipo de trabajo, en volver a la vida académica… Estaba en un dilema; es un sentimiento muy incómodo percibir que uno no es libre ni siquiera para saber qué es lo que uno quiere hacer. Me tomé unos meses para viajar por Europa y meditar; entonces, me dije: “Bueno, tal vez tenga que probar en el monasterio, y si no me gusta, me voy”. Pero lo sorprendente es que cuando tomé esa decisión, sentí paz. No fue una paz racional, sino una paz del corazón, y también sentí libertad, porque para ser libre tenés que estar en contacto con lo que realmente querés.

–¿No creo que sea tan simple, no?

Nooo, eso lleva tiempo y un conflicto interior. Es un trabajo que necesita mucho tiempo, autoconocimiento y conocimiento de Dios.

–¿Y cómo le fue en el monasterio? Por lo que vemos, al menos no escapó…

–No (se ríe), pero no era lo que yo esperaba. No era un monasterio perfecto, pero estaba feliz allí y decidí aceptarlo y decir: “Éste es el lugar donde voy a estar el resto de mi vida”. Sin embargo, dos años después todo cambió y me fui a Canadá con John Main para comenzar en Montreal una nueva clase de monasterio basado en la meditación. Yo tenía 28 años y fue un tiempo de mucha actividad en mi vida. Estaba ayudando al padre John a formar esta comunidad y, a medida que la comunidad crecía, tenía que ocuparme de limpiar la casa, cuidar el jardín, hacer la comida, dar la bienvenida a los invitados, atenderlos, estudiar teología… ¡Y meditar cuatro veces al día! (se ríe).

–¿Cómo se sentía respecto de eso?

Sentía que lo que estábamos haciendo era real y tenía un sentido. Volviendo a lo que decíamos de la libertad, yo sentía eso: no podés ser libre interiormente, salvo que tengas un sentido en la vida. Así que me sentía libre.

–Bueno, no es un problema exclusivo de los monjes, hay muchísima gente que hoy vive prisionera del sinsentido.

Sí, claro. Y fijate que hoy tenemos muchas más posibilidades de elección que nuestros padres y abuelos: dónde queremos vivir, qué religión seguir o no seguir ninguna, qué trabajo queremos hacer, a dónde queremos viajar. Pero los psicólogos dicen que en la medida en que aumenta la cantidad de posibilidades en la elección, aumenta la depresión en la gente. Por eso, necesitamos el sentido, que es lo que nos muestra nuestro centro. Y ese sentido sólo proviene de encontrar profundidad en el alma, en el corazón; de descubrir y saber quiénes somos.

–Vamos un poco más atrás, cuando usted no había descubierto aún la importancia del sentido en la vida, a su infancia. Usted creció con los relatos fantásticos que le hacía su madre sobre la isla irlandesa de Bere, de donde era ella. ¿Cómo era esa época de imaginación, de continuo despertar, de descubrir, de aprender?

Bueno, yo de chico leí muchísimo, leía de todo, pero me encantaban los mitos griegos. Entonces, con los relatos de mi madre me formé una imagen mítica de la isla. Para mí, era un mundo como el de Harry Potter (se ríe) con cosas sobrenaturales; un mundo que jamás era aburrido o prosaico. Como niños necesitamos desarrollar completamente nuestra imaginación, pero parte de la caída de la mente humana, como en la historia de Adán y Eva, es que en un momento nos despertamos y tenemos que dejar este maravilloso Jardín del Edén. Es muy importante que dejemos este mundo mítico gentilmente, en la edad adecuada, y por eso debemos proteger mucho a los niños y no podemos empujarlos al mundo adulto antes de tiempo. Pero al  mismo tiempo tenemos que prepararlos para que crezcan.

–¿Se acuerda de cómo fue ese paso para usted?

Sí, todos los chicos de mi edad creían en Papá Noel. Algunos de mis amigos ya sabían que no existía y recuerdo haber estado en ese estado de transición, en que yo también ya lo sospechaba, pero no quería creerlo. Un día tome coraje y desafié a mi madre: “Decime la verdad. ¿Existe Papá Noel o no?”. Entonces, ella me dijo: “¿En serio querés saber?”. Y con eso ya supe la respuesta (se ríe).

–¿Y cómo le cayó la verdad?

Mal (se ríe). Recuerdo que cuando me dijo la verdad estaba muy enojado.

–Eso pasa mucho de grande también… ¿Por qué a veces nos enoja tanto la verdad?

Porque nos sentimos en un mundo construido por nuestras ilusiones. Tenemos miedo de muchas cosas y las ilusiones nos protegen de esos miedos; de hecho, nuestros propios temores son ilusiones. Pero nosotros pensamos que nuestros temores son reales. Entonces, cuando el sistema de creencias que tenemos está basado en las ilusiones y ese sistema de creencias es amenazado, reaccionamos con mucho enojo. Es el enojo de la persona fundamentalista, y por eso vemos tanta violencia asociada con la religión; y también vemos que la religión no saludable opera a través del miedo. Entonces, las cosas que creen los chicos son válidas, pero a medida que van creciendo, se van dando cuenta de que son historias.

–Van tomando conciencia de que se trata de una ilusión.

Sí, los niños no se decepcionan a sí mismos; los adultos elegimos decepcionarnos a nosotros mismos. Nosotros negamos la realidad si es amenazante. Un gran mito describe esto –el mito de la caverna, de Platón–, pero también podemos verlo a través de las enseñanzas de Jesús. Cómo interpretamos esas enseñanzas nos dice algo de cómo somos nosotros mismos y la clase de mundo que creamos para vivir. Lo cierto es que creamos un mundo de estructuras de poder, en donde nos explotamos o cometemos actos de violencia unos contra otros, en donde nos tememos en lugar de amarnos… Y el signo de esto es cómo tratamos a los pobres, que son las primeras víctimas de este mundo, las personas más vulnerables de la sociedad, a los que no les prestamos atención. Ése no es el mundo que nos enseña el evangelio, es un mundo irreal.

–¿Cómo es el mundo que nos enseñan los evangelios?

–Los evangelios nos dicen que el reino de Dios no es un lugar al que hay que llegar ni una recompensa que recibimos por ser buenos, sino que está en nuestro interior. El reino de Dios significa la experiencia de Dios, que está presente aquí y ahora, interactuando siempre entre nosotros. En cambio, en el mundo ilusorio que creamos los hombres, decimos “Dios es amor”, pero después perseguimos a las personas que no están de acuerdo con eso. Esto también se refleja en la crisis que está viviendo la humanidad.

–Hablando de esta crisis, usted dice que hay dos cosas que nos podrían ayudar a salir adelante: la sabiduría y la compasión. ¿De qué manera podrían ayudarnos?

La sabiduría es una percepción de la naturaleza de la realidad, que está formada por interrelaciones. Por eso, el ego no puede ser sabio y comete errores. Si actuamos desde el punto de vista egocéntrico, siempre cometeremos errores, porque el ego piensa que es el centro de la realidad y que el mundo gira alrededor de él. Pero la sabiduría es la percepción de que pertenecemos a un sistema como el solar; y que cada planeta es único, pero el centro es el Sol. Luego, tenés que vivir la sabiduría en la vida ordinaria y el fruto natural de la sabiduría es la compasión. Es verte a vos en los otros y a los otros en vos.

–A veces, se confunde la compasión con la lástima.

Sí, pero no es sentir lástima, porque en ese caso mirás al otro desde afuera. Podés hacer un buen trabajo ayudándolo desde afuera, pero la lástima es esa clase de sentimiento que en el fondo dice: “Qué suerte que no soy yo”. En cambio, en la compasión sentís: “Éste soy yo”. El peligro de esto es que colapses en la codependencia. Y esto es algo que las mujeres hacen mucho y les hace mal.

–¿Por qué?

Porque, de alguna manera, las mujeres son de la tierra y los varones son del cielo. No me gusta generalizar, pero los hombres viven más conceptualmente, más en el mundo de las ideas; y las mujeres están más arraigadas a la tierra. Se dice que cuando un varón se mira en el espejo piensa que es más flaco de lo que es, y cuando una mujer se mira en el espejo, piensa que es más gorda de lo que es. Entonces, los dos son capaces de malinterpretar la realidad. Los hombres conceptualizan más, son más racionales; dicen, por ejemplo: “Tenemos esta estructura, necesitamos tanta plata, etc., etc”. Por supuesto que eso es necesario, y esto no quiere decir que no puedan sentir compasión. Pero la compasión es darse cuenta de que los sentimientos humanos están conectados, que las necesidades no nos aíslan unos de los otros, sino que son como puentes que nos unen. Creo que las mujeres saben eso intuitivamente; quizá por ser madres conocen las necesidades del niño y de los demás. El hombre no siente tanto eso, y esa capacidad de las mujeres también es necesaria. Las dos cosas son necesarias. Por eso, las mujeres tienen que aprender de los hombres para no lastimarse, y los hombres, de las mujeres, para conectarse más.

–Ya que habla de aprender de los otros, ¿por qué es tan importante el diálogo que usted impulsa entre religiones, comunidades o personas que piensan distinto?

Siempre he respetado otras creencias, nunca pensé que ser cristiano implicara rechazar otras tradiciones religiosas y tampoco creo que el diálogo religioso tenga que ver con averiguar quién es mejor o cuál es la verdad. Tenemos que dejar esa pregunta abierta. La única solución a la crisis global va a ser el despertar de una conciencia espiritual y esto se hace cada vez más evidente: el fracaso del liderazgo político en Europa es el resultado de la concreta estupidez; Italia y Grecia, con sus continuas luchas internas y con gente que se apega al poder, crean caos global. Las cosas tienen que cambiar y las apuestas son hoy mucho más elevadas que en el pasado, porque vivimos en una cultura y una economía globales. Creo que el diálogo religioso es necesario para abrirnos a una nueva conciencia, pero no es sólo entre religiones, sino que tiene que ser interespiritual. Si únicamente nos encontramos como personas religiosas, no vamos a hacer una gran diferencia.

–Entonces, ¿cuál es el desafío que tenemos por delante?

El desafío para las religiones hoy es reconectarse con esa dimensión espiritual, pero no va a pasar de arriba hacia abajo, sino desde las raíces hacia arriba. Ésta es una oportunidad real, para las mujeres, de contribuir y liderar este despertar espiritual, porque en las instituciones religiosas –y esto ocurre en todas las religiones– el poder para administrar y gobernar las instituciones está en manos de los varones, pero quienes realmente la practican y la viven son en su mayoría mujeres. Entonces, tenemos que crear nuevas formas de experiencia religiosa, que sería como crear nuevas formas de comunidad, en la que las mujeres y los hombres colaboren; y este poder de los varones sobre las mujeres tiene que cambiar. El movimiento feminista ha sido fuerte por décadas, pero la representación de las mujeres en las instituciones fundamentales de la sociedad sigue siendo muy baja. No se trata sólo de un cambio externo o de forma, sino que es más bien un cambio de mentalidad y conciencia, porque en el Nuevo Testamento se dice: “En Cristo no hay varón ni mujer”. Eso no quiere decir que desaparezcan las diferencias, sino que tiene que haber lugar para un arquetipo de matrimonio espiritual, donde haya un verdadero espacio para los dos.

Por Marta García Terán. Fotos de Manuel Pascual.

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