7 de mayo de 2025
Lo que hay detrás de esa máscara que marcó a varias generaciones es un navegante de la eternidad. Un eternauta capaz de hacer frente a la peor de las tormentas: la amenaza de un mal incierto, aunque verosímil. Ese hombre que encarna, sin buscarlo, la figura de un héroe no va solo, sino que encabeza la marcha de un grupo de personas que comprenden, como nunca antes, que la unión hace la fuerza. Y que llevan como bandera la esperanza de seguir vivos sin perder la humanidad.
Juan Salvo se llama el protagonista de esta serie —un personaje repleto de dobleces interpretado por Ricardo Darín— quien debe afrontar una realidad apocalíptica: Buenos Aires es arrasada en pleno verano por una nieve letal. Una sustancia desconocida, que mata al primer contacto y que plantea desde el capítulo uno la necesidad de reconocer lo humano que nos une, para dejar cualquier posibilidad de enfrentamiento atrás.
«Ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar», dice Salvo, dispuesto a encontrar a su hija en una ciudad donde una fuerza extraña sembró, en una calurosa noche de fin de año, escenas de caos, terror y muerte. Pero en la que también peligra algo más: la integridad y la compasión que se pierden cuando aflora lo peor del alma humana.
El Eternauta se llama este relato que nació como historieta en 1957 y fue creado por el escritor y guionista argentino Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López. Una tira fantástica que tuvo muchas lecturas políticas pero hoy, convertida en un ícono de la perseverancia individual y del trabajo en equipo, es un éxito mundial de la mano de la ficción recientemente estrenada por la plataforma Netflix.
“Nadie se salva solo”, es el slogan de la serie. Se entiende por qué: ese grupo de personas que hace lo posible para sobrevivir, a su vez acompaña la incertidumbre, el miedo y las heridas de otros.
Como Ana (en la piel de Andrea Pietra), una de las mujeres valientes y solidarias que comprenden desde el principio aquello que muchos pierden de vista ante el shock de la tragedia. O Elena (Carla Peterson), una médica que no duda en tender su mano a quien haga falta. O como esa monja que, en la cúpula de una iglesia diezmada, recibe con profunda humanidad a quienes buscan una salida que ya no parece estar en la tierra. Mujeres que son refugio, antes que fusil.
Es verdad que hay algo sórdido y conocido, como ese reflejo de lo vivido durante la última pandemia y las sombras de cierta idiosincrasia argentina. Además resuenan mensajes que cada uno puede tomar como propios, porque nos caben a todos. Como ese que dice que lo simple, que lo viejo, es lo único que al final funciona. O aquel que demuestra que un grupo de gente pequeña haciendo cosas pequeñas puede ser un antídoto contra los males del mundo.
Porque lo que late, aun en el corazón mismo de las peores tragedias, está muy lejos de lo que nos muestra la parafernalia de la modernidad, en esta historia ilustrada con sus ruinas repletas de autos de alta gama convertidos en chatarra. ¿De qué sirve un teléfono celular cuando no hay nadie del otro lado para hacernos saber que no estamos solos?
Algunos escapan de la trama por cuestiones ideológicas. Hay quienes consideran a la serie una apropiación mercantilista del orginial. Otros pueden reconocer el esfuerzo de una esmerada producción nacional en escenarios que se sienten muy propios. Como sea, todos hablan de él y él habla de todos, como una radiografía donde se hacen evidentes los puntos sanos y las roturas. Quizás por eso El Eternauta haya logrado convertirse en una navegante eterno que dice “Esto ya lo viví”. Una memoria colectiva que será tarea de cada uno volver a recordar.
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