Diana Cabeza: “El espacio público es la casa grande, de todos» - Sophia Online

Membresía digital

Círculo Sophia

Sophia Online

Entrevistas

Diana Cabeza: “El espacio público es la casa grande, de todos»

La arquitecta y diseñadora industrial dedicó años a investigar nuestra forma de vida y nuestras costumbres, para diseñar espacios comunitarios que contemplen las necesidades de quienes habitan las ciudades.

Atrás en el tiempo, Diana Cabeza era una niña introvertida y se refugiaba en el dibujo para poder desplegar un mundo interior que plasmó primero en simples hojas de cuaderno y que luego trasladó a los papeles de escenografía gigantes y a planos de arquitectura y diseño. Esta mujer, que se convertiría en arquitecta y en una referente del diseño industrial en nuestro país, también recuerda haber empezado a leer temprano “el alma” de las cosas.

Diana era chica, pasaba horas observándolo todo y a partir de lo que veía buscaba incorporar a sus dibujos huellas existenciales o estados de ánimo. Más tarde, en sus diseños de objetos, su preocupación fue siempre el contexto, el mundo ahí afuera y las necesidades humanas más esenciales.

Un recuerdo fundante del camino que empezó a recorrer en los setenta la lleva a una mesa del bar La Paz, cuando estudiaba Bellas Artes. Acompañada de dos compañeras de la época, Diana pasaba tardes enteras intentando capturar gestos, emociones o simples maneras de estar, que reflejaba en retratos hechos con carbonilla o pasteles. Ahora, muchos años después, sigue apelando a la observación y a la sensibilidad para, desde relevamientos cada vez más antropológicos, proyectar diseños de mobiliario urbano que pueden tomar la forma de un banco o un bebedero, un bicicletero, un parador, una rampa para personas con capacidades diferentes o una luminaria.

“En un momento venía de diseñar sillones, sillas y otros objetos más domésticos y me di cuenta de que el mundo privado era un poco acotado para lo que quería hacer e investigar. Me interesaba seguir trabajando en temas ligados a las personas en su contexto de interacción dentro de la vida en comunidad y decidí superar el ámbito doméstico para diseñar mobiliario urbano en el espacio público. Fue maravilloso, me siento muy cómoda en este lugar”, afirma la diseñadora, que se animó a desarrollar una actividad poco habitual hasta entonces para una mujer. Sus trabajos le valieron, en 2012, un Konex de Platino por su aporte en el área del diseño industrial.

La arquitecta y diseñadora industrial lleva años investigando nuestra forma de vida y nuestras costumbres, para diseñar los espacios comunitarios de nuestras ciudades. A partir de sus relevamientos, crea mobiliario urbano. Por Agustina Rabaini. Fotos: Nicole Arcuschin.

Para desandar mejor el camino, Diana rescata como un momento clave en su formación las clases de dibujo y pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, junto con los talleres de arte donde se ejercitaba con modelo vivo. Más tarde se inscribió en la carrera de Arquitectura y ese camino le permitió ahondar en las necesidades de los habitantes de su ciudad y en los temas que hasta hoy ocupan el centro de sus relevamientos: las relaciones entre el cuerpo, el espacio y el diseño.

Ya con el título de arquitecta bajo el brazo, se inclinó por el diseño industrial. En los inicios de los noventa, fabricó objetos y muebles que le permitieron fundar su empresa, Estudio Cabeza. Sus recordados Sensual Pampa Sofá, Silla Galletita o Chaise Longue Cinta revalorizaron los materiales regionales –el mimbre, el cuero,  la suela– y con ellos Diana trascendió fronteras.

En camino hacia el año 2000 –y  en un proceso de evolución que describe como “natural”– saltó al espacio público y sus diseños de líneas de equipamiento urbano pueden apreciarse en plazas, calles y rincones de Buenos Aires, pero también en ciudades como Nueva York, Washington, Tokio o Bangkok.

Fuentes de inspiración

Diana habla, sentada en su oficina-taller del barrio de Palermo Viejo, un lugar cargado de señas personales que está ubicado a pocas cuadras de la casa que proyectó su marido y donde viven con el hijo de la pareja, Julián, de 18 años. Diana y Jorge Hampton fueron testigos privilegiados de la transformación que vivieron las calles, bares y plazas del barrio. Un pionero en Palermo, él dejó su huella arquitectónica en las viviendas de la zona y fundó un bar bastión, El Taller, que cerró en 2010 sin haber logrado convertirse en bar notable; no llegó a entrar en debate en la Legislatura y se vendió, para cambiar luego de nombre y de arquitectura.

Llega un café en vasito de vidrio –emblema del bar de barrio si los hay– y Diana vuelve otra vez a la infancia, al almacén-confitería de su abuelo Benito Medrano en Barrio Norte. “Los primeros años son una enorme inspiración para mí. Recuerdo siempre la casa de Caballito donde vivía con mi hermana y mis padres;  la casa de mi abuela y el almacén-confitería de mi abuelo Benito en la esquina de French y Bustamante. Recuerdo el patio del almacén y un banco chiquito con tapa roja y negra, donde nos sentábamos con mi prima Maggie. Mi abuelo me sentaba en la barra del almacén y, mientras atendía, me daba aceitunas de un frasco de vidrio gigante. En la barra del bar, había un cisne brillante, las tacitas de café relucientes, y en las mesas de la calle se sentaba el barrio entero a tomar vermut y comer maníes sin pelar. Yo era chiquita y me encantaba ver ese desfile de gente y personajes. Parecía El baile, de Ettore Scola”.

El recuerdo precioso de Diana queda suspendido en el aire y empieza a cerrarse cuando rescata a otro familiar muy querido, su tía Ñata, que regenteaba el almacén y movía cajones de botellas de un lado al otro. Cuando el abuelo Benito murió, el lugar se vendió y la tía fue a vivir a la casa de Diana en Caballito hasta sus últimos días.

–¿Y tus padres, Diana?

–Mamá era ama de casa. Antes de casarse había empezado a estudiar Economía y trabajó como secretaria del presidente de una compañía importante, pero una vez que armó su familia, ya no trabajó. Como a mi hermana y a mí, le gustaba dibujar, y fue una gran compañera para papá, que tenía una empresa metalúrgica… Papá era de descendencia marroquí y tenía una visión de otra época; creía que la mujer tenía que estar en su casa. Por eso, que yo estudiara Bellas Artes para él estuvo bien: no cuestionaba su idea de que la mujer tenía que ser más hacendosa que hacedora. Al final, yo hice mi camino y me volví muy independiente… Papá murió en 2007 y  fue una persona muy importante para mí. Lo admiraba mucho, me gustaba pasar tiempo con él y hasta hoy pienso que me habría gustado trabajar en su fábrica, porque ese mundo me encanta. Cuando entro a esos ambientes, siento una adrenalina increíble.

–De Bellas Artes pasaste a Arquitectura, y de allí, al diseño industrial. ¿Cuánto incide en tu trabajo de hoy tu formación en Bellas Artes?

–Bellas Artes fue fundante: mis diseños nacen de dibujos que hago a mano alzada. Dibujábamos con modelo vivo y eso me permitía sumergirme en el adentro de las personas. Después de la escuela, a la tarde iba a la Asociación Estímulo de Bellas Artes y en las sesiones de modelo vivo empecé a entender el movimiento de un cuerpo en el espacio. Además, iba al taller de Aurelio Macchi y él me sumergió en otra dimensión. A partir del análisis de Lucía, su modelo, entendí que dibujar era entrar con profundidad al mundo de quienes lo habitamos. Por un lado, había que entrar en el cuerpo del otro, en sus pensamientos y emociones, en cómo sus huesos y músculos se acomodaban en el lugar. Por otro lado, había que indagar en el afuera, en el hueco que su cuerpo dejaba en el espacio. Esa exploración de la dimensión entre el cuerpo y el espacio, ese  límite o esa conexión entre un cuerpo y un contexto, me ayudó en mis diseños y hoy es parte central de mi investigación.

–¿Qué intentás hacer ahora en el espacio o contexto del que hablás?   

–Cuando trabajo con las improntas que deja el cuerpo en el espacio, me refiero a que uno es parte de un contexto. Desde ahí trabajo sobre las cosas que nos limitan o nos protegen. Todos los elementos urbanos tienen esa “piel” que está en contacto con las personas y que se puede relacionar mejor o peor con el cuerpo. Me interesa que los objetos sean parte de un tejido urbano, que no sean objetos vedette sino parte de un contexto grande que los alberga. Y cada vez me alejo más del objeto preciso, como puede ser una silla, y pienso en soportes que no tienen nombre, que tal vez sirven para sentarse y para acostarse, pero también para otras cosas, como pueden ser esas ruedas gigantes que hicimos una vez (señala una foto en la tapa de una revista de diseño). Son elementos que se van de la unidad para conformar una topografía, un paisaje para habitar.

–Durante años diseñaste muebles y objetos para la casa que rescataban materiales regionales.

–Sí, diseñaba sofás, sillas o mesas, y trabajaba con materiales como el mimbre, la madera y la suela. Uno de los diseños que más se vendió fue la Silla Galletita, que estaba inspirada en las sillas playeras de Mar del Plata. Más tarde pasé de diseñar elementos del ámbito privado de la casa a proyectar elementos urbanos para el espacio público, la casa grande, de todos.

–A la hora de proyectar tus diseños, seguís partiendo de tu interés por las personas.

–Sí, pienso que quizá se sientan o se acuestan, o si van a relacionarse con otros. Pienso esos bancos como superficies de integración en un mundo donde la integración es difícil. Me gustaría que los elementos que diseñamos ayuden a integrar. Y hay cosas que prefiero no hacer. Alguna vez me dijeron: “Poneles apoyabrazos a los asientos, así no los usan para dormir”. ¿Y qué problema hay con que se duerma la siesta en un banco? El problema es que nadie debe vivir en una plaza, pero eso corresponde a  un contexto de política social de las ciudades.

–El tema de la identidad también aparece reflejado en tus trabajos y elecciones.

–Sí. He escrito sobre el tema del rescate de lo propio y sobre trabajar con la memoria material de los lugares y con la idea de pertenencia. La memoria personal tiene que ver con mis afectos y puede reflejarse en la línea del mantel de encaje o en la huella que dejó en mí el recuerdo de las personas que entraban a la confitería de mi abuelo. Pero también trabajo con la memoria de la ciudad. Cuando hicimos el diseño del Metrobus Juan B. Justo, tuvimos en cuenta el arroyo Maldonado que va por abajo y que ahora está entubado. A partir de esa idea, diseñamos una gráfica de ondas que lo acompañan. Siempre hay un dato de la realidad que me conmueve y me ayuda a diseñar. Puedo inspirarme en un contexto geográfico o en un contexto histórico. En Avenida de Mayo, por ejemplo, incorporamos en un banco el color de la piedra París de las fachadas.

–Como ciudadana y como mujer, ¿qué proponés para que vivamos mejor en Buenos Aires?

–Sugiero trabajar en la construcción de una cultura de uso del espacio público y en la comunicación sobre cómo se debe usar y cómo respetar los edificios, el mobiliario urbano, las estatuas, los monumentos, las fuentes y las esculturas; el patrimonio vivo del ayer y el hoy. Sería bueno que todos entendiéramos que los edificios fueron creados por obreros que dejaron su trabajo en esas paredes, por arquitectos, ingenieros o simples geómetras (los italianos inmigrantes que construyeron muchos barrios). No corresponde que este trabajo se esconda detrás de un mapa de graffiti. En todo caso, los graffiti, que son un arte urbano, pueden ir sobre otros soportes que habrá que elegir con cuidado o sobre “no lugares” de la ciudad para reconvertirlos, pero no tapando otro arte u oficio. Otra asignatura pendiente para los gobiernos de las ciudades es trabajar en la limpieza y el mantenimiento del espacio público, capacitar al personal, preparar manuales de procedimiento y eficientizar el control.

–Por último, Diana, ¿qué le dirías a un joven que recién empieza?

–Ante todo, que explore y mire con todos los sentidos, que sea libre, que siga la intuición, que sueñe mucho porque detrás de cada concreción, hay un sueño. Y que se comprometa con la comunidad para que otros jóvenes que no tengan oportunidades puedan hacerlo.


Nació en Buenos Aires. Es Egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón” y de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Belgrano. En los últimos quince años se centró en la investigación y el diseño de elementos urbanos y soportes de uso comunitario para el espacio público. En 2012 recibió un Premio Konex de Platino.

¿Tu lugar en el mundo?

El noroeste argentino y el campo: la pampa.

¿Tu ciudad favorita?

Primero, Buenos Aires y Rosario; después, París y Roma, empatadas.

¿Una música?

Verdi, Puccini y Beethoven.

¿Tus películas  favoritas?

Muerte en Venecia, de Luchino Visconti; El Padrino, de Francis Ford Coppola; Voce Umana, de Rossellini; La ciénaga, de Lucrecia Martel, y El niño pez, de Lucía Puenzo.

¿Un libro?

El túnel y Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato; La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, El zoo de cristal, de Tennessee Williams; París era una fiesta, de Ernest Hemingway, y mucho Oscar Wilde. Los libros académicos también me interesan especialmente.

COMENTARIOS

FRASE DEL DÍA

"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss