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Vivir bien

3 marzo, 2021

El ejercicio de volvernos peregrinos

Una acción tan simple y cotidiana como caminar (¡alcanza con hacerlo apenas 15 o 20 minutos diarios!) puede impactar positivamente en nuestras emociones, en la inteligencia y la creatividad, pero también en nuestra forma de contemplar aquello que nos rodea.


Por Florencia Rodríguez Petersen

Tenía un par de alternativas y me costaba decidir qué hacer. En un momento sentí que esa indefinición me estaba limitando. Supe que algo era mejor que nada. Agarré mochila, agua y las llaves del auto sin rumbo definido. Enseguida cambié de idea y empecé a caminar. En menos de una cuadra ya había decidido cuál sería el destino.

Era una mañana impecable de cielo celeste y apenas había algo de viento. Por momentos se sentía olor del pasto recién cortado y de algunas flores y árboles variados. Eran unos cuatro kilómetros por la orilla del río y sin saber bien cómo era el recorrido. Cada paso me devolvió la certeza de haber tomado la decisión correcta: ponerme en movimiento

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

EDUARDO GALEANO

De a poco, fueron apareciendo y aclarándose ideas que ni siquiera sabía que tenía dando vueltas en mi cabeza. Eso que hago a diario –aunque no todos los días con el privilegio de tener tiempo y estar rodeada de ríos y sierras– ordenó mi cuerpo, mi mente y mi alma. Todavía en el camino, tuve dos certezas: supe que dar el primer paso, con una meta y un recorrido sin presiones, fue lo mejor que pude haber hecho esa mañana. Y tomé conciencia de cómo caminar (me) transforma y ordena. 

Uno de los principales beneficios de caminar es enfocar nuestra mente sin forzarla”, dice Mariana Ferrari, quien hace ya siete años creó Fitness Emocional, un método de meditación activa que, justamente, saca provecho del impacto que tiene en la persona el ritmo de avanzar dando un paso tras otro. “Por ejemplo, cuando necesitamos una idea creativa, es buenísimo caminar y empezar a pensar en esas cosas. Siempre es mejor tener una meta”, sostiene quien, además, viaja una vez al año a España para guiar a peregrinos en el último tramo del Camino de Santiago

Luego de crear el método de Fitness Emocional, que consiste en repetir afirmaciones al compás de la caminata, Mariana Ferrari comenzó a organizar peregrinaciones a Santiago de Compostela: el Camino y sus paisajes son perfectos para una profunda introspección.

Puntualiza, entonces, otra forma de recorrido: ese que no tiene meta sino que consiste en “perderse” o ir sin rumbo. “Al vagabundear nuestra mente va de un lado a otro y eso no necesariamente ayuda a reflexionar”, sostiene. Sin embargo, reconoce que el mero ejercicio –rítmico, por su propia identidad– siempre es bueno, porque implica movimiento y permite descargar energía. 

“En el momento en que mis piernas comienzan a moverse, mis pensamientos comienzan a fluir”

La cita es de Henry David Thoreau y, lejos de ser algo aislado, refleja la postura de múltiples artistas, políticos y pensadores. De hecho, en la actualidad, cada vez son más los emprendedores y empresarios que apuestan a algo tan simple como caminar para ordenar ideas, destrabar proyectos y generar nuevos desarrollos. Uno de los abanderados de esta dinámica era Steve Jobs, que incluso tenía sus reuniones caminando. Antes de él hubo muchísimos otros: desde Aristóteles y la escuela de los peripatéticos, conocidos por andar para pensar, hasta Friedrich Nietzsche, quien señaló que “todas las grandes ideas se concibieron caminando”.

“Tu tarea es caminar —respondió la abuela—. Un cuerpo inmóvil se limita a sí mismo, un cuerpo en movimiento se expande, se vuelve parte del todo, pero hay que saber caminar ligero, sin cargas pesadas. Caminar nos llena de energía y nos transforma para poder mirar el secreto de las cosas. Caminar nos convierte en mariposas que se elevan y miran en verdad lo que el mundo es. Lo que la vida es. Lo que nuestro cuerpo es. Es la eternidad de la conciencia. Es la comprensión de todas las cosas. Eso es dios en nosotros, pero si quieres, puedes quedarte sentada y convertirte en piedra”.

LAURA ESQUIVEL

Pero, ¿cómo puede ser que algo tan simple y cotidiano tenga tanto potencial? No se trata solo del impacto psicológico de “ponerse en movimiento”. La caminata requiere que el corazón bombee más rápido y esto repercute en una mejor circulación de sangre y oxígeno en todo el cuerpo, incluido el cerebro (y este no es un dato menor, ya que diversos estudios han demostrado que tras el ejercicio las personas obtienen mejores resultados en las pruebas de memoria y atención). Además, si el ejercicio se realiza con regularidad, tiende a ralentizar el marchitamiento habitual del tejido cerebral que ocurre con el envejecimiento y a promover nuevas conexiones celulares. 

En 2013 tuve un accidente, me rompí el tobillo y estuve un mes entero confinada en mi casa con muletas –recuerda Ferrari y asegura que fueron días complicados–. Necesitaba hacer ejercicio, trabajar mi mente para estar en forma, estaba arrancando con mi empresa y sabía que para que nos vaya bien tenemos que estar en forma emocionalmente”.

Así que empezó a caminar para recuperarse, pero también porque era consciente del impacto que esta actividad tiene en las personas. “El primer punto a favor es físico: movernos es un gran beneficio. Pero además hay muchas ventajas desde el punto de vista psicológico y neurológico. Y eso impacta en los resultados que tenemos en la vida. Desde el punto de vista neurológico, por ejemplo, nos ayuda a reestructurar nuestra mente y cambiar nuestros patrones mentales”, asegura. 

Peregrinos en el Camino de Santiago, donde el recorrido siempre tiene algo que enseñar. 

En la caminata, los pies van marcando un ritmo que tiende a formar una unidad con el estado mental. Si bien esa marcha puede verse alterada por el estado de ánimo, también puede impactar en él. “Cuando una persona está deprimida camina encorvada. En cambio, cuando estamos contentos tenemos los ojos bien abiertos y hasta nuestra respiración cambia”, sostiene Ferrari, quien adhiere a la idea de que cambiar la postura corporal tiene estrecha relación con las emociones

Existe un triángulo en la mente: en qué nos enfocamos, cómo ponemos nuestro cuerpo –la postura corporal– y qué nos decimos, qué dice esa voz interior nuestra cuando estamos callados. Si cambiamos cualquiera de los vértices de ese triángulo cambian nuestros resultados”, señala. Por eso, su método implica repetir afirmaciones al ritmo de la caminata, en una suerte de meditación en movimiento. “Lo que nos repetimos una y otra vez tiene que ver con nuestras creencias que a su vez se convierten en patrones mentales, conexiones cerebrales que ayudan a nuestra mente a ser más eficiente en la toma de decisiones. Lo que decimos es muy importante y, cuando cambiamos lo que nos decimos, literalmente cambiamos nuestras conexiones neuronales”, asegura. Y señala que eso es lo que hace tan poderoso al Fitness emocional: 15 minutos diarios de caminata que pueden derivar en una transformación vital, ya que trabaja mente, cuerpo y espíritu como una unidad.  

“Aprendemos yendo adonde tenemos que ir”

Llegué al río con la respiración más calmada, la mente con menos ruido y los sentidos definitivamente más atentos. Desplegué lona, mate y libro. Me faltaba leer las últimas páginas de El Camino del Artista, de Julia Cameron. Enseguida descubrí que hablaba de lo que yo había vivido esa mañana: “acción rítmica y repetitiva que transfiere las energías del cerebro, del hemisferio de la lógica al del artista”. En su afán de des-cubrir al artista en cada persona, Cameron detalla: “El ejercicio es a menudo ese ir yendo que nos traslada del estancamiento a la inspiración, del problema a la solución, de la autocompasión al respeto por nosotros mismos (…) el acto de movernos nos coloca en el ahora y nos ayuda a dejar de dar vueltas. Se trata de estirar la mente más que el cuerpo”. Antes de dejar el libro para ir a disfrutar del agua fresca de las sierras, leí todavía algunas líneas más: “El ejercicio enseña las recompensas del proceso. Enseña la satisfacción por las pequeñas tareas bien hechas”.

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