2 de abril de 2026
En uno de los diálogos más sentidos de los evangelios, Nicodemo, un fariseo, un hombre ya mayor, se acerca de noche en búsqueda de Jesús para preguntarle por el camino espiritual. Jesús le responde que hay que nacer de lo alto y del espíritu. Y Nicodemo, a pesar de ser un maestro, no entiende y se pregunta: «¿Puede un hombre volver a nacer siendo viejo?». En esta pregunta, en esta búsqueda, podemos encontrarnos todos en el tiempo de Pascua, en los días santos que estamos a punto de celebrar.
Porque justamente una de las maneras que los primeros cristianos tuvieron de comprender lo que significaba compartir la experiencia de la muerte y la resurrección de Jesús tenía que ver con vivir un renacer; con entender que Dios, a través de esta experiencia que vive Jesús y desea compartir con todos, nos regala una y otra vez el don de comenzar de nuevo. La Pascua nos recuerda que nuestra identidad nunca es algo cerrado, ni fijo, ni limitado por nuestra historia, sino que estamos permanentemente en estado de inicio, en el primer casillero.
Esto no sólo acontece en un momento específico de nuestra vida o en alguna ocasión particular, sino que la posibilidad de recomenzar se abre permanentemente a nosotros a través del regalo de la muerte y resurrección de Jesús. Y aunque esto suena teórico o abstracto, cuando lo consideramos con atención, lo que nos revela la Pascua de Jesús no es otra cosa que la vida misma. Nos recuerda que vivimos en permanente proceso. Siempre hay algo muriendo y algo renaciendo. Con todo, lo distintivo aquí es la posibilidad de vivir esto como don, como regalo.
Descubrimos que todas nuestras muertes se puedan abrir hacia una vida nueva, que no es simplemente una continuación de lo anterior, sino la oportunidad de vivir realmente de una manera distinta. Por eso creo que el tiempo de Pascua nos llama, por un lado, a solidarizarnos con nuestros procesos, a amigarnos con nuestros itinerarios y a entender que, por desprolijos que sean, forman parte del camino necesario para ser transformados.
La Pascua nos recuerda que renacer nunca es algo que sucede de un día para el otro, sino que, al igual que cualquier nacimiento biológico, lleva tiempo, está sujeto a las fragilidades del cuerpo y necesita espacio. No podemos acelerar las cosas sino acompañar lo más amorosamente posible la vida que va creciendo mientras el pasado muere y lentamente se nos permite comenzar a vislumbrar el futuro.
Este tiempo puede leerse de múltiples maneras, encuentra en esta idea del renacer una punta muy luminosa para explorar cómo están nuestros procesos vitales. Este acontecimiento es para todos, creyentes o no, un símbolo potentísimo. Y se ofrece a nuestras vidas, sea cual sea el proceso que estemos atravesando, para que podamos vivir una experiencia transformadora o al menos dar un paso más hacia esa transformación tan temida y anhelada al mismo tiempo.
Por Euardo Mangiarotti, sacerdote y conductor del podcast La Brújula
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Que vivamos la Pascua con un corazón renovado!!!!