Sophia - Despliega el Alma

Mujer y trabajo

6 diciembre, 2016

¿El dinero tiene sexo?

Encarar un emprendimiento en busca de un mayor equilibrio entre lo doméstico y lo profesional implica, para las mujeres, un especial desafío en el manejo del dinero. ¿Cómo somos las mujeres a la hora de hacer negocios?


dinero sexo

Por Luz Laici. Ilustración: Maite Ortiz.

El trabajo es liturgia. Crear prácticas, costumbres, formas de construir que se vuelvan tan cotidianas como imperceptibles, casi tanto como un reflejo. Porque justamente ahí, en ese devenir constante que contrapone una imagen en luces y sombras, terminamos de configurar una parte de nuestro sentido y de nuestro ser. Ya sea que lo hagamos como arte y concentración, o desde la mecánica inconsciente, el trabajo es vocación, una búsqueda de identidad y significado que –en palabras de Thomas Moore y en forma de ritual– “crean un sentido”; alimentan el alma. En esa búsqueda laboral y de vida, la generación de un emprendimiento propio contiene los condimentos de lo artesanal: implica pensar, desde lo primario, qué es lo que vamos a hacer u ofrecer, mediante qué materiales, con qué mensaje, con cuántos recursos, desde la base de qué principios, construyendo qué tipo de identidad.

“El desafío es ser genuinas en nuestra particularidad”

Por Carina Onorato

Hablar de emprendedorismo implica hablar de mi propia experiencia y, al mismo tiempo, retrotraerme a quince años atrás, cuando me atreví a dejar mis trabajos en organizaciones establecidas para comenzar a transitar, junto a mi marido (N. de la R.: el economista Tomás Bulat, fallecido en 2015), un camino de apuesta familiar. Recuerdo que, en aquel entonces, yo era el sostén emocional del proyecto, tenía confianza en mi marido y juntos inauguramos una consultora económica, además de una productora de contenidos y medios. Por entonces no sentía el vértigo de emprender porque el proyecto se había dado de forma natural. Y –algo que no es un dato menor– los ahorros que teníamos eran suficientes para bancar los imprevistos y/o retrotraernos al comienzo, en caso de necesidad.
Tuvimos éxito, pero con el tiempo me vi obligada a enfrentar la adversidad: hace dieciséis meses enviudé y tuve que tomar decisiones sin margen para la disyuntiva y el análisis sesudo. Salí a la cancha de forma abrupta, haciendo lo que podía. Sin embargo, en ese “hacer” tomé decisiones más intuitivas que racionales y conté con una red de mujeres emprendedoras que se acercaron para facilitarme consejos y contactos, basar el recorrido en la empatía y en la solidaridad femenina, en una especie de “mentoreo” ad hoc que resultó maravilloso.
En un mundo de hombres, como son los medios, la expertise de otras mujeres fue un bálsamo y poder sostener los emprendimientos fue importante para poder generar dinero con que sostener a mi familia. Las mujeres somos culposas con la plata y también con la maternidad. Pero, frente al desafío de combinar lo personal con lo profesional, también somos como un gran “Windows”, capaces de tener abiertas varias ventanas, combinando las obligaciones laborales con las maternales y las femeninas. El desafío es encontrarnos en esa genuina particularidad: la combinación de todas las partes en un todo, en total libertad.

Periodista, directora de Speakers Bureau, empresa que nuclea a oradores especialistas en distintos campos: speakersbulat.com

En un país que se ubica sexto en el ranking mundial de oportunidades para emprendimientos dirigidos con y por mujeres, la configuración de ese horizonte de sustento y sentido plantea fortalezas y debilidades propias para el género. Porque, en definitiva, ¿las mujeres pensamos en el éxito y en el dinero? ¿Desde qué lugar? ¿Cómo? ¿Para qué?

Primero, vale pensar por qué la tasa de actividad emprendedora –de población femenina y hasta tres años de negocio– se mantiene relativamente estable (según datos de Global Entrepreneurship Monitor).

La pregunta, lógica y automática, nos devuelve al fuero interno: “Emprender es casi aspiracional. Una búsqueda con múltiples disparadores que se vuelve reconocida, deseable”, apunta Virginia
Porcella, periodista especializada en economía desde hace veinte años y autora del libro Feminomics. De la economía personal al emprendimiento propio (Planeta). Y agrega: “Lo paradójico es que el 75% de las mujeres no son emprendedoras por elección sino porque, como ellas mismas dicen, se han sentido obligadas a tomar esa decisión. Ya sea porque no estaban felices en sus trabajos, porque no les aumentaban el sueldo, porque las oportunidades nunca son igualitarias entre hombres y mujeres, o porque les resultaba difícil combinar sus exigencias profesionales con la maternidad o las obligaciones de su hogar, las mujeres inician el camino del negocio propio a partir de un disparador que no es, per se, darle vida a ese proyecto personal”.

“La respuesta nunca es única”, señala Porcella. “En primer lugar, porque los hombres y las mujeres no somos iguales; nadie le pregunta a un hombre cómo se las ingenia con su casa y los chicos para trabajar doce horas por día. A nadie le llama la atención que esté enfocado en acumular bienes materiales y escalar profesionalmente. La vara no es la misma para las mujeres: la ambición material no es un atributo esperable ni deseable, como sí lo son la empatía, la comprensión, la contención y otras tantas cualidades vinculadas a lo emocional y afectivo. En segundo término, hay que tener en cuenta que toda decisión económica respecto de nuestro dinero tiene algún nivel de riesgo. Aprender a convivir con eso es algo que a las mujeres nos molesta particularmente. Por eso es importante ser conscientes de qué tanto riesgo estamos dispuestas a asumir”.

Los números evidencian la reflexión: una investigación de Carnegie Mellon University reveló que las mujeres inician negociaciones salariales desde un piso cuatro veces menor que el de los hombres, y cuando lo hacen piden un 30% menos de dinero. La desigualdad en la consideración de capacidades y valorización demuestra la complejidad del asunto.

“Hay que decir que las mujeres somos muy culposas con el dinero –sigue Porcella–. Nos asusta mucho emprender desde ese lugar y, sobre todo, afrontar lo que viene cuando el negocio empieza a tomar magnitud. Somos muy adversas al riesgo y eso nos juega en contra: aquello que estuvo encarado con cierta liviandad, como parte de un ‘animarse’ por ser ‘nuestro momento’, de golpe crece e implica empezar a tomar otras decisiones, desde otra dimensión”. Entonces, aparece la economía y el modo en que nos pone en cuestión. Porque economía significa nomos, ley, el reconocimiento de la vida en comunidad que requiere reglas para su subsistencia. En ese marco, se presenta como una forma de desenvolvernos en el mundo, que es nuestro hogar, y la familia, que es nuestra primera célula social. Si pensamos el dinero como puente de conexión entre la comunidad y nuestro entorno, las preguntas se tornan complejas: ¿En qué lugar lo ubicamos: como trueque, como ganancia, como fortuna? ¿Cuál es el límite de la ambición? ¿Es sinónimo de éxito?

“La ambición material en las mujeres no es un atributo, como sí lo son la empatía y la comprensión”. Virginia Porcella

sexo trabajo

Emprendedoras se buscan

Emprender, un puente entre lo doméstico y lo profesional
En nuestro país, los emprendimientos generan el 45% del empleo a nivel nacional, dato que motivó el envío al Congreso de un proyecto de ley para las pymes. Se estima que las pequeñas y medianas empresas superan las 500.000 compañías. En ese total, revela Feminomics, se inscribe el 13% de las mujeres que, con edades que oscilan entre los 18 y los 64 años, desarrollan alguna actividad emprendedora. Un puente entre lo doméstico y lo profesional que encuentra orígenes múltiples –la necesidad de flexibilizar horarios, romper con una empresa que no asciende a la mujer por una cuestión de género, o simplemente querer darle rienda suelta a la creatividad– y que plantea desafíos financieros. Claro que, como apunta Porcella, siempre se le pide más al hombre “porque si una mujer fracasa en lo económico no genera tanta condena social como si lo hiciera un padre de familia. A la vez, hay que tener en cuenta que la ambición puramente material está mal vista en las mujeres. Sin ningún otro atributo especial, hay un dejo de condena social respecto a qué habrán hecho, con quién se habrán relacionado y cuánto tiempo les habrán quitado a los hijos aquellas mujeres que generan grandes ganancias. En algún punto, se las masculiniza, desvalorizando su alcance económico, a pesar del reconocimiento de la realización profesional”.

El hechizo del dinero causa estragos al andar. Y provoca al pensamiento: ¿cuánto pesa lo monetario en función del éxito?
Veamos algunos casos basados en la experiencia en diversos ámbitos. “Nuestro emprendimiento permitió que hiciéramos una inversión inicial mínima y desde ahí fuimos creciendo. Siempre supimos que la empresa tenía que ser rentable y nos tenía que dar ganancias. En este caso, mi socia es especialista en el tema y eso fue una gran ventaja. Pero nunca se me ocurrió medir el éxito (o fracaso) económico en términos de género. Y tampoco considerarlos como sinónimo: éxito igual dinero”, cuenta Betina Suárez, fundadora y socia de Lazos, una agencia que ofrece servicios de información (análisis y monitoreo), y tiene un blog de humor, “Mujer, madre y argentina”, que forma parte de la plataforma de Disney Babble y del stream team de Netflix.

Shei Schuster (33) y Natalia Lichieri (34) son amigas y creadoras de Merengue –bolsos de tela de algodón estampados con diseño textil y sustentables. Ellas confiesan que su principal meta es vender, pero que eso no configura la vara para el éxito: “La maternidad impulsó casi en un 100% nuestras ganas de hacer algo propio para tener ‘alguito más de tiempo’. En ese esquema, somos conscientes de que queremos tener una marca redituable. Si embargo, la búsqueda implica también un mensaje y una estética que identifique a Merengue con la vida de las mujeres que lo llevan”, asegura Sheila.

Para Luciana Goldstein (32), que pensó su empresa a partir de la búsqueda de juguetes que sirvieran para trabajar con sus pacientes –es psicóloga infantil–, el mayor baluarte es “recibir una foto de un nene en plena actividad lúdica con algún alimento-juguete de los “Ponchi Ponchi”. A diferencia de la plenitud por el objetivo conseguido, la sustentabilidad del proyecto ocupó, para Luciana, una instancia fundacional: “Los números no tenían nada que ver con mi vida cotidiana –comparte Luciana– y por eso me resultó difícil pensar el emprendimiento desde ese lugar. Pero tuve que hacerlo, desprenderme y aprender a delegar. Asesorarme con especialistas y aprender desde la escucha le abrió paso al crecimiento. Entonces me di cuenta de que la organización y el diálogo permiten clarificar el mensaje completo de aquello que queremos hacer”.

El equilibrio funciona como alternativa al universo del “todo o nada” monetario. “Las mujeres –reflexiona Porcella–, como trabajadoras, consumidoras y madres, generamos cambios al andar que hasta provocan cambios en las agendas, como lo hizo el Ni una Menos. Poco a poco, logramos insertarnos de forma distinta en los mercados, en los medios, en la organización familiar. Alcanzar el equilibrio que conjugue todos los aspectos de nuestra vida es, también, una cuestión de tiempo”.

Y es además una cuestión de actitud. Alejarnos de la zona de confort, animarnos al desafío del negocio propio y naturalizar la relación con la plata desde el intercambio permitirá echar por tierra los esquemas de negocios que, nutridos por la masculinidad, también imponen prejuicios en el manejo del dinero por parte de las mujeres. Esto representa un peldaño más en la reconfiguración de género que, desde la plenitud, pretendemos alcanzar.

“Alcanzar el equilibrio que  conjugue todos los aspectos de nuestra vida es una cuestión de tiempo”. Virginia Porcella

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Whoops, you're not connected to Mailchimp. You need to enter a valid Mailchimp API key.

Comentarios ()